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¿Hacia una guerra regional?

La posibilidad de que el conflicto palestino-israelí se convierta en guerra regional es el deseo profundo de Hamas, expresión palestina del islamismo, y la pesadilla de Estados Unidos, que ve peligrar la estabilidad instaurada en la región desde la guerra del Golfo. Yasser Arafat y su entorno apuestan a la supervivencia de la Autoridad Palestina. Siria y Egipto desearían evitar involucrarse, pero la política del primer ministro israelí Ariel Sharon, exasperante para Estados Unidos, no les facilita el camino.

¿La segunda Intifada conducirá a la guerra? Todos los responsables políticos de Medio Oriente temen una explosión regional. Esta amenaza, que es la pesadilla de muchos, también es la esperanza de los que cuentan con que el vigor y la combatividad de la resistencia palestina sacudirán al mundo árabe y musulmán hasta el punto de provocar la emergencia de un nuevo contexto político y estratégico menos favorable a Israel.

Mientras el engranaje de la Intifada y de la represión israelí ha paralizado todos los esfuerzos con vistas a un alto el fuego real, en Palestina se pone de manifiesto la determinación de quienes están dispuestos a mantener la prueba de fuerza todo el tiempo que sea necesario para obligar a Israel a volver a la negociación política y la angustia de los que quieren evitar el desmoronamiento de la Autoridad Palestina y el naufragio de todo lo conseguido desde los acuerdos de Oslo.

Uno de los principales dirigentes de Hamas lo afirma sin rodeos: “Dado que el estancamiento total del ‘proceso de paz’ demostró que era necesario volver a la lucha armada, no hay que abandonarla más; claro que no afectará sólo al territorio palestino, sino que nuestro objetivo es provocar en el conjunto del mundo árabe y musulmán una sacudida lo suficientemente fuerte como para que finalmente se movilice en nuestro favor”. Si se objeta que ningún Estado de la región parece dispuesto a implicarse, ni siquiera indirectamente, en un conflicto con Israel, la respuesta es inmediata: serán la opinión pública, la población y las masas quienes obliguen a los gobiernos a salir de su indiferencia y a encontrar sus propios medios de acción para ayudar a la resistencia palestina, o para amenazar directamente al Estado hebreo. Y si se objeta que la OLP contaba a finales de los años ’60 y comienzos de los ’70 con las “revoluciones” que estallarían en respuesta a su llamado y que esa espera fue en vano, esta vez la respuesta es reveladora de la corriente política y social denominada “islamista”, de la que Hamas no es más que la expresión palestina: no son las “revoluciones” las que pueden movilizar al mundo árabe y musulmán, sino la religión.

A este discurso responde en primer lugar el de los dirigentes del Fatah, sostenido tanto por uno de los principales dirigentes de la actual Intifada, Marwan Barguthi, como por los responsables de seguridad Mohamed Dahlan, para la zona de Gaza, y Jibril Rajub, para Cisjordania: después de casi un año de Intifada, dirigida por Al Fatah pero donde cumplieron un rol otras organizaciones palestinas, no se trata de admitir que algunos palestinos han resultado muertos y miles heridos para nada. No puede haber ningún alto el fuego sin una contrapartida política clara y verificable. No se pueden además admitir detenciones preventivas de varios cientos de cuadros, o de militantes de Hamas y de la Yijad islámica, aunque sus métodos sean formalmente rechazados por Al Fatah. Si antes esos mismos responsables de seguridad efectuaron detenciones, fue porque entonces existía la esperanza de construir un Estado palestino viable; hoy no existe más horizonte que el enfrentamiento sin cuartel con la represión israelí.

En cuanto al discurso del equipo que rodea a Yasser Arafat, y en particular el de los que estuvieron a cargo de las negociaciones a partir de los acuerdos de Oslo hasta las conversaciones de Taba, en enero de 2001, se resume así: hay que intentar todo para salvar lo conseguido durante los últimos años y, por encima de todo, la existencia en el territorio palestino de un gobierno que aunque no lleve ese nombre, se imponga a toda la comunidad internacional como el único interlocutor real y que, libre de las servidumbres del exilio, cuente incluso con el apoyo popular. Eso es lo que ha llevado a Yasser Arafat y a sus consejeros a proseguir incansablemente el diálogo con sus interlocutores estadounidenses y, subsidiariamente, israelíes. El 15 de junio pasado ese diálogo parecía a punto de llegar a una serie de “secuencias” que iban desde un alto el fuego verificado hasta medidas de “enfriamiento” y, a partir de octubre, a una reanudación de las conversaciones políticas que teóricamente tenía que conducir a un acuerdo, a más tardar en junio de 2002. Todo este andamiaje se derrumbó bajo el impacto de los enfrentamientos.

Alarma de Estados Unidos

La guerra en Palestina puede intensificarse en cualquier momento de manera brusca y radical: el mando del ejército israelí ya tiene programada una operación de gran envergadura. La Autoridad Palestina sería neutralizada y destruida y sólo quedaría la autonomía parcial de la aglomeración de Gaza y de algunos cantones en Cisjordania para los que el gobierno israelí, a pesar de todos los fracasos anteriores, cree poder encontrar, sobre el terreno, nuevos interlocutores. Sin embargo, teniendo en cuenta las objeciones estadounidenses, el gobierno israelí optó por proceder gradualmente en la destrucción del aparato político y militar de la resistencia palestina, alcanzando casi diariamente objetivos precisos. Pero aunque se quede en este punto o elija la opción más radical, esta guerra ya comporta el peligro de extensión.

Estados Unidos está alarmado e intenta evitar a cualquier precio nuevas explosiones que pondrían en cuestión el orden político, estratégico y económico instaurado en la región a partir de la Guerra del Golfo y que encaja perfectamente con sus intereses. El objetivo no ha variado, pero la nueva administración del presidente George W. Bush debe tener en cuenta las consecuencias del fracaso final de la administración Clinton, tanto en sus esfuerzos para llegar a un acuerdo sirio-israelí como para coronar felizmente las negociaciones palestino-israelíes. Ya nadie en el seno de esta administración duda de que Estados Unidos debe imperiosamente tratar el asunto palestino-israelí, pues sería dramático que el conflicto se extendiera a toda la región.

Varios responsables estadounidenses no ocultan la irritación que les produce el comportamiento de Ariel Sharon. La ofensiva para demonizar a la Autoridad Palestina y a Yasser Arafat va directamente en contra de los esfuerzos de la diplomacia estadounidense: hasta el director de la CIA, George Tenet, en su primera entrevista con Yasser Arafat a mediados de junio, quiso garantizarle que Estados Unidos lo consideraría siempre como su único interlocutor. Asimismo, los portavoces del Departamento de Estado en Washington, a instancias del secretario de Estado, Colin Powell, condenaron enérgicamente que sigan implantándose nuevas colonias en los territorios palestinos, así como el espectacular ingreso de las fuerzas israelíes en las zonas autónomas.

Las presiones fueron demasiado fuertes como para que de momento se concrete la fulminante operación para neutralizar y liquidar a la Autoridad Palestina. Sin embargo, no se puede deducir de esto que Estados Unidos esté dispuesto a emplear todos sus medios de acción para modificar la política israelí: como todos sus predecesores, George W. Bush debe tener en cuenta otros muchos factores en la gestión de la crisis. Aunque sólo sea en razón de su débil resultado en las elecciones de noviembre de 2000 y del talante que prevalece en el Congreso.

A partir de este momento, la política exterior de Estados Unidos ve comprometidos sus objetivos por el desarrollo de la crisis palestino-israelí. Ya ocurrió lo mismo con el caso de Irak. La nueva administración se había propuesto una revisión profunda del sistema de sanciones: el régimen de las importaciones iba a flexibilizarse ampliamente, por lo que el control del comercio exterior de Irak se reforzaría aun más, en primer lugar porque continuaría el embargo sobre los flujos financieros pero también por la vigilancia directa sobre los intercambios comerciales en las fronteras del país. Parecía que la diplomacia estadounidense iba a ganar la causa. En el Consejo de Seguridad, Francia se alió con sus proyectos (gracias a lo cual, inmediatamente perdió la privilegiada posición que tenía en sus relaciones con Bagdad), al igual que China, dispuesta a que terminaran cuanto antes las largas negociaciones para su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Pero Rusia lo vetó, especialmente a causa del claro rechazo de los vecinos de Irak a prestarse al sistema propuesto por Washington: ni Siria, ni las monarquías de la península arábiga podían correr el riesgo de ser acusadas de prestarse al juego político de Estados Unidos mientras el conflicto palestino-israelí se encontrara en ese nivel.

Ahora la administración estadounidense debe hacer frente a un flujo continuo de lamentos y reproches, procedente de sus interlocutores árabes, antes los mejor dispuestos. El aplazamiento de la visita a Washington del príncipe Abdallah Ben Abdel Aziz, heredero del trono de Arabia Saudí, es sólo el signo más visible. Los regímenes árabes “conservadores”, precisamente porque siempre se han apoyado en sus tradiciones religiosas, deben priorizar el destino de Jerusalén.

Y llegamos así a uno de los problemas a los que la administración de Estados Unidos dedica la mayor parte de sus esfuerzos, más de lo que suele creerse en Europa: el del terrorismo de origen árabe y musulmán y las acciones que lleva a cabo contra sus intereses. Las advertencias a los estadounidenses que viven o se desplazan por la región, el cierre provisional de la embajada de Estados Unidos en Yemen, los fracasos de todos los intentos de neutralizar o capturar a Ossama Ben Laden1, son sólo algunos de los indicios de una preocupación que ahora es primordial: hacer frente al probable recrudecimiento de un “terrorismo” dirigido específicamente contra los intereses de Estados Unidos, que recibiría un formidable impulso si se produjera un brutal agravamiento del conflicto palestino-israelí.

Ninguno de los gobernantes de la región quiere verse arrastrado a la guerra, pero ¿cómo evitarlo? En Damasco no cesan de debatir las razones del fracaso del encuentro en Génova de los presidentes Clinton y Hafez El-Assad, el 26-3-2000. El ministro de Asuntos Exteriores, Faruk El Charah, no para de recordar las doce llamadas telefónicas sucesivas del presidente Clinton al Presidente sirio para convencerle de que fuera a reunirse con él, aunque no se preparó seriamente una entrevista que hubiera debido ser decisiva. El Charah continúa preguntándose acerca de las razones que llevaron al Presidente de Estados Unidos a asumir una propuesta israelí que consagraba la pertenencia de un pequeño espacio, a lo largo de la ribera del lago Tiberíades, al Estado hebreo, cuando siempre había repetido a los sirios que las negociaciones no podrían terminar sin la consolidación de los logros de las conversaciones anteriores, en particular el compromiso del primer ministro Isaac Rabin a favor de una evacuación total de los territorios ocupados en junio de 1967.

En Damasco están convencidos de que no existe ninguna razón para esperar un acuerdo en un plazo de tiempo previsible. Las declaraciones del primer ministro israelí Ariel Sharon el 10 de julio pasado, durante una visita a los Altos del Golán, lo confirman. Declaró entonces que era necesario hacer “irreversible” su pertenencia a Israel y que era preciso sobre todo “desarrollar el Golán, su población judía, sus colonias, para conseguir que eso se convierta en una realidad irreversible”, llegando incluso a designar esa colonización como “una de las realizaciones y logros más hermosos de la historia del sionismo”2.

Rumbo inquietante

Es en este contexto que hay que situar la inflexión de la política del presidente Bachar El-Assad sobre el caso libanés. Cuando su padre se lo encargó, se había orientado hacia una entente directa con el presidente libanés Emile Lahoud. Contaba con que éste ejerciera plenamente su autoridad, apoyándose en la comunidad maronita –a la que pertenece– en los medios que le proporciona su antigua función de jefe del Estado Mayor del ejército y en la influencia que la propia Siria podría ejercer sobre las otras comunidades. Pero una coalición de todas las fuerzas políticas tradicionales obtuvo la victoria en las últimas elecciones legislativas y en Damasco extrajeron las consecuencias. Por su parte, el primer ministro libanés Rafik Hariri, de nuevo en el poder, sigue convencido de que aunque habría que lograr que Siria dejara de interferir tan directamente en los asuntos internos de su país, no se trata tampoco de llegar a una confrontación. El vicepresidente sirio, Abdelhalím Jaddam, de nuevo encargado del asunto libanés, preparó el acuerdo que redefine las relaciones entre los dos Estados, consolidando fuertemente el dispositivo militar sirio en territorio libanés.

Simultáneamente, el presidente Bachar El-Assad aprovechó la celebración de una cumbre árabe en Amman para establecer buenas relaciones personales con Yasser Arafat, sin que eso signifique en absoluto asociar sus respectivas políticas, porque es muy importante, tanto para él como para su padre, no exponer a Siria a las imprevisibles y múltiples vicisitudes del conflicto palestino-israelí. El-Assad ya dio prueba de ello absteniéndose de cualquier reacción significativa cuando la aviación israelí atacó las bases sirias en territorio libanés. Finalmente, el Presidente sirio mantuvo e incluso desarrolló las disposiciones tomadas para facilitar los intercambios de toda índole con Irak a través de la frontera entre los dos países, incluso utilizando, aunque cuidadosamente dosificado, el oleoducto que atraviesa el territorio sirio y permitiendo la salida de una parte de las exportaciones iraquíes de petróleo. De esta manera, Siria hizo fracasar el proyecto estadounidense de un nuevo sistema de sanciones contra Irak. Pero se abstuvo de cualquier compromiso político con Bagdad y de cualquier apoyo a la persona Saddam Hussein.

Desde hace mucho tiempo, Hussein no cree que le sea posible conseguir el levantamiento, puro y simple, del bloqueo impuesto por Estados Unidos y sus aliados. Por lo tanto, su objetivo es “eludirlo” , haciendo que pierda su nocividad, aunque sin atenuar por cierto el sufrimiento del pueblo, pero también sin aceptar un control físico y permanente de la comunidad internacional, es decir de Estados Unidos, sobre el territorio. Para conseguirlo, Hussein manipuló con éxito los intereses de los países vecinos. Favoreciendo el desarrollo de intercambios con Irak, se estima que Jordania consiguió ganancias de 600 millones de dólares, Siria más de 800 millones y Turquía de 1.000 millones de dólares. Esta última, siempre alerta ante las zonas kurdas del norte de Irak, querría también preservar su libertad de acción para destruir las bases de la retaguardia del Partido Comunista Kurdo (PKK), sin comprometer sus actuales relaciones, principalmente económicas, con el régimen de Bagdad. Por su parte, Irán no querría prestarse al juego que pretende Estados Unidos a pesar de que sus relaciones con Irak siguen siendo malas.

En este nuevo contexto regional, Egipto da la impresión de estar acorralado. El presidente Mubarak, empeñado siempre en la búsqueda de un acuerdo utilizando incansablemente sus relaciones personales con Yasser Arafat, está viendo cómo se malogran sus esfuerzos. En el plano interno, los limitados resultados del desarrollo económico y el debilitamiento de todas las fuerzas políticas, dejan el campo libre a la oposición islamista más rigurosa. Sólo un éxito exterior espectacular, es decir, en la práctica un arreglo de paz palestino-israelí, podría enderezar este rumbo inquietante. La prensa egipcia, cediendo al nerviosismo que parece invadir al poder, se lanza mucho más a menudo que antes a campañas antisemitas que ponen de manifiesto su impotencia para actuar. El propio presidente egipcio admitió su desasosiego al declarar el pasado 18 de julio: “Con Sharon no hay nada que hacer, es un hombre que sólo entiende de asesinatos, de ataques y de guerra”3.

  1. Multimillonario islamista de origen saudita, acusado de varios atentados contra objetivos de Estados Unidos.
  2. Agence France Presse, 11-7- 01.
  3. Agence France Presse, 18-7-01.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:20,21
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Conflictos Armados, Geopolítica, Islamismo
Países Israel, Palestina