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Por qué falló la paz

Ahora que los mortales enfrentamientos entre israelíes y palestinos son noticia diaria, es fácil olvidar que el 27 de enero de este mismo año marcó el momento de mayor acercamiento a un acuerdo entre ambos pueblos, con el primer documento en que los israelíes admitían su responsabilidad en el drama de los refugiados palestinos, además de los elaborados sobre fronteras, Jerusalén y seguridad. Pero ya nada podía evitar el triunfo del halcón Ariel Sharon en las elecciones israelíes del 6 de febrero último. Los documentos de Taba son la referencia a la cual se debe volver para evitar una confrontación regional.

“El problema de los refugiados palestinos es central en las relaciones palestino-israelíes. Su solución global y justa es esencial para crear una paz duradera y moralmente irreprochable (…). El Estado de Israel expresa solemnemente su tristeza por la tragedia de los refugiados palestinos, su sufrimiento y sus pérdidas, y será un socio activo para cerrar este terrible capítulo abierto hace cincuenta y tres años (…)”.

Incrédulo, un dirigente palestino prosigue la lectura del documento que acaba de ser transmitido a su delegación. La escena se desarrolla en Taba, balneario sobre el golfo de Aqaba, a principios de 2001. En este enclave de un kilómetro cuadrado, restituido por Israel a Egipto en 1998, se encuentran encerrados desde el 21 de enero representantes israelíes y palestinos para intentar “salvar la paz”.

“A pesar de su aceptación de la resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas de noviembre de 1947 (que recomienda dividir Palestina en dos Estados, uno judío, el otro árabe), el naciente Estado de Israel fue arrastrado a la guerra y a la efusión de sangre de 1948-1949, que provocaron víctimas y sufrimientos en ambas partes, incluyendo el desplazamiento y la expropiación de la población civil palestina que devino en refugiada (…)”.

“Un arreglo justo del problema de los refugiados palestinos, de acuerdo con la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, debe conducir a la puesta en marcha de la resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (…)”. El dirigente palestino recuerda sus reacciones cuando tomó conocimiento de ese documento: “Me vi dividido entre dos sentimientos: la alegría por este avance significativo en las negociaciones, y la tristeza porque estoy convencido de que ya es demasiado tarde”. Por primera vez, en efecto, Israel reconoce que fue en parte responsable del drama de los refugiados palestinos, acepta contribuir directamente a la solución del problema y reconoce que ésta supone la aplicación de la resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, confirmada año a año desde diciembre de 1948 y que estipula especialmente que “es conveniente permitir a los refugiados que lo deseen regresar a sus hogares lo antes posible y vivir en paz con sus vecinos”. Este documento israelí entre otros y las conversaciones con gran cantidad de protagonistas, atestiguan los progresos alcanzados durante los meses de negociaciones, que siguieron al fracaso de la cumbre de Camp David en julio de 2000.

Sin embargo, todos los participantes de Taba saben que ya nada puede salvar a Ehud Barak de la derrota en las elecciones del 6 de febrero, puesto que se arrastra detrás de Ariel Sharon con una desventaja de más de 20% en las encuestas. Y en efecto, unos días después el responsable de las masacres de Sabra y Chatila, el halcón impenitente, se convierte en Primer Ministro.

Una oferta inicua

Siete meses más tarde, el abismo entre los dos pueblos parece no haber sido nunca más profundo ni la paz tan lejana. La represión contra los palestinos alcanza cimas inigualadas. Cada día aporta su cuota de muertos e inválidos, de casas destruidas y campos devastados. Las incursiones israelíes en los territorios redujeron el contenido de la autonomía. El bloqueo de ciudades y pueblos, menos espectacular que los bombardeos de los aviones F-16, condena al hambre a una población confinada en la miseria, que se asfixia en nuevos enclaves dispersos, aislados, separados unos de otros. Los malos tratos, la tortura –incluida la de niños1–, los asesinatos de responsables, las humillaciones en los “puestos de control” ilustran el martirio de toda una población que resiste a la ocupación, abandonada por la comunidad internacional. En estas condiciones, puede parecer casi asombroso que el porcentaje de apoyo a Hamas y a otras fuerzas islámicas sólo haya pasado en un año del 15 al 25% de la población.

Enfrente, ha vuelto a prevalecer el miedo, alimentado por los atentados suicidas. Cada cual, al salir a la calle, teme por sí mismo, por sus hijos. Insensibles al sufrimiento del Otro, los israelíes se sienten nuevamente amenazados, a pesar de su inmensa superioridad militar. ¿Cómo se llegó a esta situación, cuando a principios del año 2001, en Taba, se había rozado el acuerdo?

Para la inmensa mayoría de israelíes, al rechazar la “generosa oferta” formulada durante la cumbre de Camp David en julio de 2000, Yasser Arafat habría “desvelado su verdadero rostro”, según una fórmula de Ehud Barak. Los palestinos habrían confirmado entonces su proyecto oculto de destruir Israel.

¿“Una oferta generosa”? ¿Cómo se la mide? De seguro, no con la vara del derecho internacional, que obliga a Israel a retirarse de todos los territorios ocupados en 1967 y desmantelar todas sus colonias, incluidas las de Jerusalén Este. La expresión es en sí misma elocuente: se trata de la de un vencedor, que el vencido debe ratificar humildemente. Expresa la visión de una paz impuesta por el más fuerte al más débil. Durante largos meses, un bombardeo mediático ocultó esta realidad, cargando sobre los palestinos el fiasco de la cumbre. Un año más tarde, se conocen los detalles del encuentro de Camp David, que ponen en evidencia el carácter inicuo de las ofertas israelíes2.

El Estado palestino concedido entonces por Ehud Barak sólo disponía de una soberanía limitada. La vida de los palestinos seguía subordinada al ocupante. El 9,5% de la superficie de Cisjordania debía ser anexada y alrededor del 10%, a lo largo del Jordán, alquilada a “largo plazo” a Israel. Esta superficie estaba cortada en tres por dos grandes bloques de colonias; un largo corredor permitía un acceso directo israelí a Kiryat Arba y al corazón de Hebrón. Israel conservaba el control de las fronteras exteriores del Estado palestino. No se contemplaba ninguna solución para los refugiados. En cambio, Ehud Barak había flexibilizado un dogma inamovible sobre Jerusalén: consideraba por primera vez la división de “Jerusalén unificada”, decretada en 1967 “capital eterna” de Israel. La ciudad podría convertirse en capital de ambos Estados, aun cuando faltaba determinar lo que pertenecería a cada uno.

El diálogo no se inició en Camp David. El Primer Ministro se negaba a encontrarse con Arafat a solas y el dirigente palestino desconfiaba de su interlocutor. Elegido en mayo de 1999 ¿no había enterrado Barak el tema palestino durante casi un año para negociar, en vano, con Damasco? ¿No había aplazado sine die el tercer despliegue de tropas en Cisjordania que había negociado en persona? ¿No había rechazado transferir a los palestinos tres pueblos circundantes de Jerusalén (Abu Dis, El Eyzaria y Sawahra), a pesar de que la transferencia había sido aprobada por su gobierno y el parlamento?

En líneas generales, la filosofía de las propuestas israelíes en Camp David reflejaba una visión de la paz y de los acuerdos de Oslo. Israel, tanto el gobierno como la opinión pública, consideraba normal que se subordinara el derecho de los palestinos (a la dignidad, a la libertad, a la seguridad, a la independencia, etc.) a los derechos de los israelíes. Nunca se insistirá lo suficiente en que los acuerdos de Oslo no eran un contrato matrimonial entre dos esposos iguales en derechos y deberes, sino un arreglo entre un ocupante y un ocupado. Y el ocupante quiso imponer, en cada etapa y con el apoyo de Estados Unidos, su solo punto de vista. Aun cuando se firmaron una decena de acuerdos entre 1993 y 2000, sólo se aplicaría una pequeña proporción de las obligaciones inscriptas en los textos, y por lo general con retraso. “Ninguna fecha es sagrada”, proclamaba Itzhak Rabin. Acumuladas, las demoras y las prórrogas acabarán con la paciencia de los palestinos…

Sin embargo, a pesar de todo, la población palestina siguió creyendo, durante largos años, que la independencia y la libertad brillaban al final del camino. La influencia de los organismos radicales e islamistas seguía siendo limitada. Pero un año después del final del período previsto para la autonomía, las propuestas israelíes en Camp David atestiguan que Israel no abandonó la idea de un control de los palestinos. Sobre todo cuando la colonización avanza inexorablemente sobre el terreno.

No hay dudas de que Barak sorprendió por la negativa de Arafat en Camp David. Midiendo sus proposiciones con la vara de lo que parecía aceptable a la clase política israelí, denigrando el derecho internacional, pensaba que los palestinos cederían, una vez más. Pero el dirigente palestino estaba prevenido: así como las concesiones sobre los acuerdos provisorios eran posibles, la “solución definitiva” sólo podía alcanzarse en conformidad con la resolución 242 del Consejo de seguridad, que demandaba el fin de la ocupación de Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este, y de Gaza3. Pero, ensordecidos por un sentimiento de superioridad respecto de los “colonizados”, los responsables israelíes no escuchaban…

La negativa de Arafat a ceder sobre los principios en Camp David encontró un total apoyo de la opinión palestina, que se tomaba en serio la consigna “la paz contra los territorios”. Por lo tanto, esta cumbre desembocó en un fracaso parcial. ¿Pero había por ello que hacer sonar las trompetas del apocalipsis? Las negociaciones continuaban, era posible lograr ciertos avances.

Sin embargo, la paciencia de la población palestina había desbordado sus límites. La chispa que encendió la hoguera surgió de la cocina electoral israelí. El 28-9-00, Ariel Sharon se paseaba provocativamente sobre la explanada de las mezquitas en Jerusalén. Al autorizar esta excursión, Ehud Barak esperaba reforzar la posición del dirigiente del Likud frente a… su rival partidario, Benjamin Netanyahu. Ante la perspectiva de elecciones anticipadas, el Primer ministro israelí prefería enfrentarse a Sharon, quien esperaba poder vencer con facilidad. Pero los palestinos percibieron la “visita” como una provocación y expresaron su cólera. En tres días, sin que se hubiese utilizado arma alguna en su contra, el ejército israelí abatía treinta personas y hería a otras quinientas. Los palestinos, sin directiva central, se rebelaron, reclamando nada menos que el fin inmediato de la ocupación. Así se iniciaba la segunda Intifada de una población palestina exasperada por siete años de prórrogas, promesas incumplidas, sueños destrozados.

Al borde de un acuerdo

Aun cuando el gobierno israelí carga con la responsabilidad fundamental en la explosión, no se puede exonerar por completo a la dirección palestina de la confusión que se instala a partir del verano boreal de 2000. Marcada por las prácticas autoritarias de Yasser Arafat, bloqueada por las luchas por la sucesión, carcomida por la corrupción, durante largos meses dio pruebas de una parálisis mortal4. No midió el peligro que representaba la posible victoria de Sharon en las elecciones y esperó los últimos dias de la campaña para presionar a los electores árabes israelíes –traumatizados por la terrible represión de octubre de 2000– a fin de movilizarse. No fue capaz ni de formular claramente sus objetivos, ni de definir una estrategia, ni de desarrollar una campaña mediática para responder a la desinformación que siguió a la cumbre de Camp David. Avivó los temores de la opinión israelí mediante algunas declaraciones intempestivas sobre “el derecho al regreso” a Israel de cada refugiado o mediante la expresión de dudas sobre el carácter sagrado del monte del Templo para el judaísmo. Convencido de que Estados Unidos controla el 99% de las cartas de la negociación, Yasser Arafat ignoró un factor crucial: ningún acuerdo es posible sin el apoyo de la opinión israelí.

Pero las muy serias carencias de la Autoridad Palestina no borran los derechos de su pueblo, definidos por las resoluciones de la ONU. Como escribió Henry Siegman, investigador del Council of Foreign Relations, un rechazo de Arafat a una propuesta israelí, aun suponiendo que fuese injustificado, “no anula los derechos reconocidos por la comunidad internacional”5.

“Tómalo o déjalo”. Así caracterizaba Barak sus ofertas. Sin embargo, debió avanzar, modificar una por una las intangibles “líneas rojas” que había trazado. ¿Habría consentido sin la presión ejercida por la segunda Intifada? Como señala Ami Ayalon, ex jefe de los servicios israelíes de seguridad interior (Shin Beith), “los palestinos aprendieron que Israel sólo entiende el lenguaje de la fuerza”. Por su parte, la OLP confirmó que podía ser flexible, con la condición de que se preserven los intereses mínimos de su pueblo.

El encuentro de Taba en enero de 2001 marca el punto más avanzado de las negociaciones entre los palestinos y el equipo de Barak. En el comunicado final del 27-1-01, las partes afirmarían que nunca habían estado tan cerca de un acuerdo. Los documentos elaborados sobre los cuatro puntos principales (territorio, Jerusalén, seguridad, refugiados), las confidencias de importantes protagonistas6, confirman esta afirmación.

Ante todo, las partes reconocieron que de acuerdo con la resolución 242 del Consejo de Seguridad, las líneas del 4-6-1967 servirían de base al trazado de las fronteras definitivas: había que compensar toda anexión por Israel de territorios palestinos. La delegación israelí propuso devolver el 94 %7 de Cisjordania (que comprende alrededor del 20% de los colonos) y ceder el equivalente al 3% de los territorios israelíes, sobre el supuesto de que el 3% faltante se equilibraría con el “paso seguro” que vincularía a Cisjordania con Gaza, pero que no se encontraría bajo soberanía palestina. En relación con Camp David, Israel renunció al valle del Jordán, en Shilo, al este de Ariel, y a algunos puntos más aislados, como Kedumin y Beit El, así como a una región al norte de la colonia de Modim, que abarcaba a 50.000 palestinos. También admitió la partida de los colonos del corazón de Hebrón y el desmantelamiento de Kiryat Arba.

Por su parte, la delegación palestina insistió en el concepto de “100%”. Según explicaba, “en una cárcel el 95% del espacio es para los presos (las celdas, la cafetería, los gimnasios, la enfermería) pero el 5% restante es lo necesario para que los guardianes sigan controlando a los prisioneros”8. Admitió ceder el 2% de Cisjordania (incluidos alrededor del 65% de los colonos), a cambio de territorios del mismo valor (los israelíes ofrecían ceder las dunas de arena en Helutza, en el desierto de Neguev). La evacuación debía realizarse rápidamente: según Israel en 3 años; según los palestinos en 18 meses.

“Humanidad del adversario”

Jerusalén no se dividiría y se convertiría en la capital de los dos Estados. Como explica Yossi Sarid, dirigente del partido de izquierda Meretz, uno de los participantes en Camp David, “estábamos de acuerdo en el principio de la partición, conforme al plan Clinton9 los barrios judíos nos serían asignados a nosotros y los barrios árabes a los palestinos”. Los palestinos exigían la soberanía sobre Haram El Sharif (la explanada de las mezquitas), los israelíes la exigían sobre el conjunto del muro occidental (incluido el Muro de los lamentos). Se analizaron diversas sugerencias, entre ellas la de confiar por un lapso limitado la soberanía a los cinco miembros del Consejo de Seguridad y a Marruecos.

También en cuanto a seguridad confluyeron las posiciones. Los palestinos admitieron una limitación del armamento de su Estado, como así también la instalación en ciertas condiciones de estaciones de alerta israelíes sobre el Jordán. Se aceptó la presencia de una fuerza internacional en las fronteras.

El drama de los 3.700.000 de refugiados palestinos dispersos entre Jordania, Siria, Líbano y los territorios autónomos representaba el escollo principal. Fue el centro de numerosas polémicas desde el fracaso de Camp David. ¿Arafat no buscaba acaso sumergir a Israel bajo una ola de refugiados? Charles Enderlin, testigo privilegiado de las negociaciones desde septiembre de 199910 refutaba: “Es un insulto a la inteligencia imaginar, como lo afirma cierta propaganda, que los dirigentes palestinos creían posible concluir un acuerdo de paz que implicara el regreso a Israel de 3.700.000 refugiados. La verdad es que no podían aceptar renunciar a esta reivindicación histórica de la OLP sino a cambio de un Estado palestino viable sobre la casi totalidad de Cisjordania y Gaza, con el sector árabe de Jerusalén como capital”11.

Las negociaciones de Taba le daban la razón ¿pero basta con decir la verdad para ser escuchado? Nabil Chaath y Yossi Beilin, a cargo del asunto de los refugiados, insistieron ambos en los progresos logrados. Las dos partes afirmaron que una solución justa del problema de los refugiados acorde con la resolución 242 debía llevar a la implementación de la resolución 194 de la Asamblea General de la ONU; avanzaron en la formulación de un análisis de los orígenes del problema de los refugiados. A partir de esos principios, se elaboraron soluciones concretas. Se les ofrecerían a los refugiados cinco posibilidades: regreso a Israel; regreso a los territorios cedidos por Israel a Palestina; regreso al Estado palestino; instalación en su lugar de residencia (Jordania, Siria, etc); partida hacia otro país (varios Estados, entre ellos Canadá, ya hicieron saber que están dispuestos a aceptar importantes contingentes de palestinos).

Insistiendo siempre en la libre opción de los refugiados, los responsables palestinos reiteraron que no querían cuestionar el carácter judío del Estado de Israel, carácter que reconocieron en ocasión de la declaración de independencia de Palestina adoptada por el Consejo Nacional de 1988. Tal como precisa Yossi Sarid, la parte palestina admitió que “la decisión final para el regreso de todo refugiado a Israel está en manos israelíes”. Israel consintió en el regreso de 40.000 refugiados en cinco años, a quienes se añadirían los incluidos en el marco del “reagrupamiento familiar”, pero los palestinos refutaron que una oferta inferior a los 100.000 no permitía avanzar. Según Yasser Abed Rabbo, ministro palestino de información, el último obstáculo era la definición de esa cantidad.

Las dos partes estuvieron de acuerdo también en que se otorgue la prioridad a los refugiados del Líbano, que son los que viven en peores condiciones debido a la política discriminatoria del gobierno de Beirut. El texto israelí precisa: “El Estado de Israel reconoce su deber moral de encontrar una solución rápida para las condiciones de vida de las poblaciones refugiadas en los campos de Sabra y Chatila”.

Se instaurarían rápidamente una Comisión Internacional y un Fondo Internacional para indemnizar a los refugiados. Por último, las dos partes aceptaron el hecho de que la cuestión de la indemnización de los judíos que abandonaron los países árabes para instalarse en Israel no dependía de una discusión bilateral12.

¿Por qué no se convirtieron en acuerdo estos progresos de Taba? Los dos protagonistas lo sabían, era demasiado tarde: las elecciones israelíes ya estaban resueltas. “Si hubieran sido en mayo, hubiéramos podido concluir en dos o tres semanas”, insiste Yasser Abed Rabbo. Además Barak vacilaba, tergiversaba, suspendía las negociaciones, las reanudaba, reivindicaba la soberanía sobre el conjunto de la ciudad vieja. Nabil Chaath recuerda “las presiones ejercidas por los ‘moralistas’ del gobierno israelí, conducidas por Abraham Burg, que afirmaban que los electores sospecharían que Barak había sacrificado los intereses nacionales a los de su gobierno”. Tanto más cuanto que una derrota en las elecciones significaría una denegación de los compromisos de Taba. Por otra parte, como explica Yasser Abed Rabbo, “no teníamos tiempo de redactar un tratado, ¿y qué status tendría una simple declaración? Un texto así no hubiera tenido ningún valor coactivo”. Habría que vender las concesiones a la opinión palestina, concesiones sin ninguna contrapartida concreta dado que Sharon no se hubiera sentido comprometido por una simple declaración. Se abandonó por fin la idea que se había acariciado por un momento de una cumbre Arafat-Barak.

Para que no se perdieran los logros de los últimos meses, las dos delegaciones encargaron a Miguel Ángel Moratinos, enviado especial de la Unión Europea presente en Taba (Estados Unidos, en plena transición presidencial, no había delegado a nadie), que hiciera un informe de las conclusiones. Sin duda para la historia, pero también porque en cualquier momento habrá que volver a sentarse a una mesa.

Porque si hoy es preciso otorgar la prioridad absoluta a una protección internacional de la población palestina, que por el momento sólo garantizan misiones civiles internacionales, sólo una solución política puede permitir escapar de un engranaje mortal. Eso es lo que recordaron valientemente a fines del mes de julio personalidades representativas de los dos campos, entre ellos varios ministros (Yasser Abed Rabbo, Nabil Amr, Hisham Abdul Razzek) e intelectuales (la señora Hanan Ashrawi, Sari Nuseibeh, Salim Tamari) palestinos, y también Yossi Beilin, ex ministro de justicia del gobierno de Barak, y muchos escritores, entre ellos Amos Oz, A.B.Yehoshua, David Grossman.

“Nosotros, israelíes y palestinos, en las circunstancias más difíciles para nuestros dos pueblos, venimos juntos a reclamar el final del baño de sangre, el final de la ocupación, la reanudación urgente de las negociaciones y la implementación de la paz (…). A pesar de todo creemos siempre en la humanidad del campo adversario, y en el hecho de que tenemos un socio con quien vamos a hacer la paz. Es posible una solución negociada al conflicto entre nuestros pueblos (…). Para avanzar hay que aceptar la legitimidad internacional y la aplicación de las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU que llevan a una solución fundada en las fronteras de 1967 y en dos Estados, Israel y Palestina, contiguos, cuya capital es Jerusalén. Cabe encontrar soluciones justas y duraderas para todos los problemas pendientes, sin atentar contra la soberanía de los Estados israelí y palestino, soberanía que definen sus respectivos ciudadanos y que comprende la aspiración a un Estado de los dos pueblos, palestino y judío”.

Porque como todos sabemos, la única opción remite a una pesadilla: una escalada que culminará inexorablemente en una conflagración regional suplementaria, un enfrentamiento sin fin cuya consigna sería “ellos o nosotros”, una guerra en cuyo transcurso serían vencidos unos y otros.

  1. Ver las investigaciones de Joseph Algazi en Haaretz, e International Herald Tribune, París, 20-8-01.
  2. Contrariamente a los palestinos, la delegación israelí orquestaría una serie de fugas durante Camp David y después ofrecería la única versión oficial de la cumbre, versión tomada tal cual por los medios israelíes y occidentales. Ver Aluf Benn, “The selling of a summit”, Haaretz, Tel Aviv, 26-7-01. Hubo que esperar un año para que los palestinos presentaran su versión en un documento muy pormenorizado que parece más próximo a la realidad que las ideas de oferta generosa. Ver Akiva Eldar, “What went wrong at Camp David- the offical PLO version”, Haaretz, Tel Aviv, 24-7-01.
  3. Palestine Report, 1-2-01.
  4. La crítica palestina más dura vino de Yezid Sayigh, un intelectual que trabaja en Gran Bretaña y que en varias oportunidades asesoró a la delegación palestina en las negociaciones de paz abiertas en Madrid en octubre de 1991. Ver “Arafat and the Anatomy of a Revolt”, Survival, The International Institute for Strategic Studies, Londres, vol. 43, nº 3, otoño 2001.
  5. “Middle East Conflict: Seek Palestinian Confidence in What?”, International Herald Tribune, Paris, 17-7-01.
  6. Las delegaciones son conducidas respectivamente por Abu Ala, presidente del Consejo legislativo palestino, y Shlomo Ben Ami, ministro israelí de asuntos extranjeros. Los miembros de la delegación palestina son Nabil Chaath, Sueb Erakat, Yasser Abed Rabbo, Hassan Asfour, Mohamed Dahlan; los de la delegación israelí, Yossi Beilin, Amnon Lipkin Shahak, Gilad Sher, Israel Hassoun y Yossi Sarid.
  7. Estos porcentajes merecen discusión. No incluyen los 72 kilómetros cuadrados de Jerusalén Este (1,3% de Cisjordania) ni la zona desmilitarizada que Israel anexó y que representa el 1,8% de Cisjordania.
  8. “What went wrong…”, op.cit.
  9. El plan Clinton retoma las propuestas formuladas el 23-12-2000 por el ex presidente de Estados Unidos sobre los principales legajos israelí-palestinos. Ver el texto en el cuaderno Medio Oriente del portal web de Le Monde diplomatique, Francia.
  10. Fue registrando los testimonios de todos los protagonistas de las negociaciones, con la condición de que no se difundirían antes de fines del año 2001.
  11. Libération, Paris, 20-2-01.
  12. Tanto más cuanto que Israel nunca planteó este problema en ocasión de su tratado de paz con Egipto.
Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Temas Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Terrorismo, Geopolítica, Islamismo
Países Israel, Palestina