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Guerra non sancta

¿Asistimos al comienzo de una era de terror mundial, definido por atentados como los perpetrados en Washington y Nueva York y respuestas simétricas aún más mortíferas e insensatas como las que anuncia –y acostumbra– la maquinaria bélica de Estados Unidos y sus eventuales aliados? ¿A una era de crímenes y sospechas, de más odio y hambre? ¿O acaso esos horribles atentados representarán un hito en la conciencia de Occidente –en particular en la de la satisfecha e indiferente sociedad estadounidense– a partir del cual éste se decidirá por fin a poner por delante de intereses mezquinos y hegemonistas los de las sociedades de todo el planeta?

Los atroces atentados del martes 11 de septiembre en Estados Unidos, que provocaron miles de desprevenidas víctimas civiles, son condenables desde cualquier punto de vista. Sus responsables deben ser identificados y castigados según la ley. Pero hechos de este tipo obligan a analizar las consecuencias de las políticas de Estados Unidos respecto al resto del mundo.

Los atentados terroristas provocaron unánime repulsa y condena en todo el mundo. Las imágenes transmitidas en directo por televisión desde pocos minutos después del ataque a la primera Torre Gemela (el segundo ocurrió 18 minutos más tarde y la televisión llevaba ya rato emitiendo), conmovieron la sensibilidad de cientos de millones de personas y generaron un sentimiento de solidaridad hacia las víctimas y, en general, el pueblo de Estados Unidos. No sólo se trató del más grande atentado terrorista de todos los tiempos; también fue la primera vez que el mundo entero fue testigo en directo del desarrollo de un asesinato masivo.

Atentados de esta envergadura, en el corazón mismo de la potencia militar y económica más importante del planeta, indican un salto cualitativo en la preparación, recursos, determinación y contactos internacionales del terrorismo. Al mismo tiempo –y por esa razón, entre otras– deben suscitar una reflexión seria sobre el tipo de respuesta adecuada y, esencialmente, sobre las causas que originan este tipo de situaciones. Que atentados como los ocurridos en Manhattan sean injustificables no quiere decir que resulte imposible explicarlos.

A lo largo de toda su historia, pero de manera más acentuada a medida que consolidaba su poderío, Estados Unidos se ha comportado como una potencia imperial que sólo atiende a sus propios intereses.

Esta actitud ha cristalizado en la última década, desde que la implosión de la Unión Soviética marcó el final de la Guerra Fría y Estados Unidos quedó como única potencia mundial.

Esta situación, de por sí preocupante, puesto que supone el desequilibrio mundial, se ve agravada por los antecedentes internacionales de Estados Unidos. Su intervención en varias guerras se apoyó en incidentes –con numerosas víctimas estadounidenses– sobre los cuales muchos historiadores coinciden en que o bien fueron provocados por Estados Unidos mismo, o que tuvieron lugar con conocimiento previo de la inteligencia y el gobierno de ese país: fue el caso de la voladura del buque Maine en el puerto de La Habana, en 1898, que dio comienzo a la guerra hispano-estadounidense; el del masivo ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, en diciembre de 1941, que dio pie a que el Congreso autorizase la declaración de guerra a las potencias del Eje; fue también el caso de los incidentes del golfo de Tonkín, en agosto de 1964, que suministraron la excusa para invadir Vietnam…

En América Latina, los latrocinios (no se los puede llamar de otra manera) cometidos por Estados Unidos son incontables y de una extrema gravedad, desde el reconocimiento del filibustero William Walker como máxima autoridad de Nicaragua, pasando por la anexión violenta de un tercio del territorio mexicano en el siglo XIX y, ya en el XX, invasiones sangrientas en República Dominicana, Cuba, Granada y Panamá; financiamiento y conspiración para la destitución de gobiernos progresistas como el de Jacobo Arbenz en Guatemala (1954) o el de Salvador Allende en Chile (1973), etc., hasta las conspiraciones para desestabilizar los gobiernos de Nicaragua (Plan Irán- “Contras”), Cuba, Panamá… Las intervenciones delictuosas de Estados Unidos en América Latina son incontables; la última de ellas, el llamado “Plan Colombia”, que aunque está aprobado por el gobierno de ese país, supone la utilización de desfoliantes y herbicidas que causan gravísimos daños a la población civil1.

En el resto del mundo, sus antecedentes no son mejores: en las páginas siguientes, diversos autores se encargan de detallarlos. Agregaremos aquí que Estados Unidos fue la única potencia que se negó a firmar el Tratado de abolición de las minas antipersonales que causan miles de víctimas –principalmente niños– en varios países; que hace tres meses se retiró unilateralmente del Tratado de descontaminación mundial de Kyoto, firmado por centenares de países; que en los años ’80 desoyó olímpicamente una condena formal del Tribunal Internacional de La Haya (presidido por un juez estadounidense) por sus intervenciones contra el gobierno sandinista en Nicaragua…

Estados Unidos se comporta sistemáticamente de manera violenta, ilegal y arbitraria en el plano internacional, lo que ha llevado a decir a uno de sus más destacados intelectuales, Noam Chomsky, que ese país es “el terrorista mundial número uno”2.

Violencia que engendra violencia

Los autores y responsables de los atentados de Nueva York deben ser identificados y castigados con el mayor rigor. Cuanto más precisa resulte la identificación y contundentes las pruebas, tanto más se percibirá como justo y ejemplar el castigo. Pero también aquí los antecedentes de Estados Unidos hacen temer represalias indiscriminadas y el aprovechamiento de estos atentados tanto con fines de política interna como internacional. Un comentarista señaló que “(Bill) Clinton, en un caso que hoy parece menor por cadavérica comparación –los atentados contra dos embajadas de Estados Unidos en África Oriental– había reaccionado bombardeando una fábrica de aspirinas en Sudán y regado de bombas un par de campos del páramo afgano, donde se supone que vela sus miserables armas el tal Ben Laden”3. En diciembre de 1989, durante la invasión a Panamá, para ahogar la resistencia de la Guardia Nacional panameña Estados Unidos no vaciló en bombardear el barrio de El Chorrillo, donde habitan decenas de miles de civiles. Aún hoy no se sabe cuántos panameños murieron ni –a diferencia de las Torres Gemelas– se ha difundido una sola foto de El Chorrillo devastado…

Es por esto que a pesar del horror y el repudio suscitado por los atentados de Nueva York, inmediatamente se levantaron voces advirtiendo sobre los peligros de una escalada de violencia, represalias indiscriminadas, supresión de libertades, utilización de los atentados con fines políticos e, incluso, sobre la necesidad de analizar las injusticias del orden económico y social internacional como única manera de acabar, a mediano y largo plazo, con este tipo de manifestaciones de violencia.

“Lo que se necesita es un análisis de dónde estamos en este mundo y por qué somos odiados por tanta gente en el planeta”, afirmó a un periódico mexicano4 Richard E. Rubinstein, profesor de resolución de conflictos en la universidad George Mason, de Washington. El profesor y varios psicólogos subrayaron que los ataques probablemente no fueron realizados por “locos”, sino por activistas con compromisos ideológicos, razón por la que la pregunta que debe formularse es: ¿por qué?

Autor de varios libros sobre terrorismo, Rubinstein afirmó que, desde su perspectiva, la respuesta es que “por todo el mundo, no sólo en Levante, sino en Colombia, Indonesia, o por ejemplo, en varios países africanos, la gente está luchando para proteger su identidad, su forma de vida; lucha por la dignidad o por la justicia económica, y se encuentra frente a balas, armas, tanques, o bombardeos de aviones y, virtualmente, todos estos proyectiles, bombas y armas tienen escrito: ‘Hecho en Estados Unidos’”. Este país, dijo el experto, “es el exportador mayor de la violencia en el mundo hoy día”. El profesor de Ciencias Políticas expresó por supuesto su condena a los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, y supuso que habrá una reacción militar casi inmediata. “Lo primero que tenemos que hacer, claro, es apesadumbrarnos por nuestros muertos, aunque la gente demandará que se adopten medidas para encontrar a los responsables, fiscalizarlos o matarlos”, pero destacó que la respuesta militar no detendrá más ataques en el futuro. “La gente en este país tiene que entender que la represalia sólo continúa el ciclo de violencia, no acaba con él”, dijo.

En el mismo artículo, el almirante retirado Eugene Carroll afirmó: “Si simplemente destruimos Kabul en represalia, eso no detendrá las agresiones (…)”. Rubinstein subrayó por su parte que “necesitamos entender este ataque como un intento para igualar la balanza o de tomar venganza contra el país más poderoso del mundo por gente que se siente victimizada por esta nación, y que comparte una combinación particular de un sentir de falta de poder, humillación y esperanza de un cambio radical que forma parte de la mentalidad terrorista (…) En verdad no importa si eres un palestino que participa en la Intifada, o si eres un campesino colombiano intentando vivir en el campo, o un separatista indonesio, o de Sri Lanka: es probable que seas víctima de las armas otorgadas por Estados Unidos a tropas asesoradas o capacitadas por Estados Unidos”. Si la población estadounidense, dijo el especialista, “estuviera consciente de las armas o el entrenamiento militar que otorga este gobierno a otros países, quedaría horrorizada (…) Esta información no justifica la muerte de civiles en este país o en cualquier otra parte, (pero) ciertamente, es más comprensible que la gente esté enfurecida, sea incapaz de atacarnos de una forma convencional y sienta que es poco posible armar un caso contra nosotros políticamente, dado que controlamos de forma sustancial a la Organización de Naciones Unidas… Así, algunos utilizarán el arma de los débiles, que es el terrorismo”.

Este tipo de advertencias viene siendo formulada también en otros tonos. Uno de los más destacados comentaristas estadounidenses, William Pfaff, opinó que “la inutilidad práctica de la venganza ha quedado ilustrada en repetidas ocasiones, y se sigue demostrando en Medio Oriente, ya que quienes emplean el terrorismo no funcionan según una escala pragmática de castigo y recompensa. Como saben los israelíes, hacer mártires a tus enemigos sólo sirve para fomentar más martirios”5. La conmoción por los atentados fue enorme, pero numerosos intelectuales y activistas estadounidenses y de otros países reaccionaron valientemente ante la ola chauvinista y vindicativa que aquellos provocaron. Entre ellos, Susan Sontag, Gore Vidal, Martin Amis, Carlos Fuentes, José Saramago y el diplomático estadounidense Christopher Ross6.

Es probable que estos horribles atentados generen una respuesta masiva e irracional de parte de Estados Unidos, con el apoyo más o menos incondicional de sus aliados de la OTAN y los países satélites; pero también es razonable suponer que a mediano plazo comiencen a imponerse reflexiones como la del profesor Rubinstein. En este sentido, es muy alentadora la reacción de sectores importantes en Estados Unidos –donde el movimiento pacifista ya se ha movilizado– y el rechazo a una aventura guerrera en el resto del mundo. En Argentina, las autoridades harían muy bien en tener en cuenta que el país alberga comunidades árabes y judías muy importantes, que a lo largo de la historia han convivido y soportado tensiones de manera extremadamente civilizada. El “seguidismo” ciego hacia las aventuras militaristas de Estados Unidos podría derivar en la importación del conflicto de Medio Oriente.

En suma, que la gran paradoja –y la gran deuda– de la civilización occidental es que mientras la libertad, ciertos niveles de igualdad y el respeto a las leyes y los derechos humanos existen en un puñado de países desarrollados, para el resto de la humanidad, la abrumadora mayoría, siguen siendo pura retórica, abalorios, espejillos de colores. Mientras Occidente no resuelva esa contradicción, seguirá recogiendo de tanto en tanto y quizá cada vez con mayor violencia, los frutos de sus políticas de agresiva expoliación.

  1. Maurice Lemoine, “La muerte que viene del cielo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2001.
  2. Noam Chomsky, “Estados Unidos, un Estado ilegal”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2000.
  3. Miguel A. Bastenier, “Hacia una nueva bipolaridad”, El País, Madrid, 12-9-01.
  4. Jim Cason y David Brooks, corresponsales, “La respuesta militar no frenará los ataques”, La Jornada, México, 13-9-01.
  5. William Pfaff, “Tres lecciones para Estados Unidos”, Los Angeles Times Syndicate, reproducido por El País, Madrid, 13-9-01.
  6. Sus artículos fueron ampliamente reproducidos por la prensa mundial. En Buenos Aires, por Clarin y La Nación, 23-9-01. En cuanto a Ross, ver “La estrategia de Washington”, en 3 puntos Nº 221, Buenos Aires, 20-9-01. En Internet: www.3puntos.com
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Temas Terrorismo
Países Estados Unidos