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Recuadros:

Chomsky, el coraje intelectual

Actos de Agresión, Noam Chomsky Editorial Crítica, Barcelona, 2000. 165 páginas, 15 pesos.
Cartas de Lexingtont, Noam Chomsky Siglo XXI; México, 2000.

Premonitorio, Chomsky advierte: “Permítanme que en vez de hablar de la última guerra, hable de la próxima…”. Lo hace en Actos de Agresión, una selección de textos críticos de la política interna y mundial de Estados Unidos, en los que demuele la noción de “Estado delincuente”, que no es –sostiene– “sencillamente un Estado criminal, sino un Estado que desobedece las órdenes de los poderosos… los cuales, huelga decirlo, están exentos”. El célebre lingüista rastrea el papel de la propaganda como mecanismo de control de la opinión pública y analiza el decenio de 1930, cuando en el marco de la depresión económica, debía quebrarse el espinazo de toda resistencia porque –señala– “la gente debía estar atomizada y segregada”.

Chomsky da cuenta de un sórdido y largo listado de operaciones estadounidenses como la de Guatemala en 1954, que derrocara al gobierno para instaurar “una sociedad criminal basada en escuadrones de la muerte”.

Este científico comprometido con su tiempo muestra el respaldo de Estados Unidos a Israel y el terror desatado sobre el Líbano; el aval a la invasión de Indonesia a Timor Oriental con 200 mil víctimas; la “diplomacia callada” frente a Sudáfrica y la segregación. El horror “no hirió nuestras almas sensibles” dice Chomsky con sarcasmo.

La noción de Estados delincuentes surge –sostiene el autor– como la necesidad de forjar nuevos enemigos1. Finalizada la guerra fría, Estados Unidos debía proteger al mundo. ¿De qué?, interroga Chomsky. En el interior, del miedo a la delincuencia y las drogas. En el extranjero, del terrorismo internacional, los narcotraficantes hispanos y los “Estados delincuentes” en una serie que sitúa a Libia, Irán, Irak. Chomsky es punzante al desenmascarar cómo el apelativo de Estado delincuente cabe al propio Estados Unidos, que ha desplegado ataques terroristas contra Cuba durante más de 40 años. Plantea una opción de hierro: vivir en una sociedad libre o en una forma de totalitarismo con una población gritando consignas patrióticas. Y define con actualidad pasmosa: “Terminamos sirviendo como Estado mercenario que se dedica a imponer la ley, con la esperanza de que otros nos paguen por destruir al mundo. Éstas son las opciones”.

Idéntico rigor y coraje intelectual muestra Chomsky en el volumen publicado por Siglo XXI, donde reúne una serie de artículos enviados a modo de cartas al periódico de crítica a los medios LOOT (Lies of Our Times; juego de palabras, dado que puede entenderse como “Mentiras de nuestro tiempo” o, de “nuestro Times”, en referencia al New York Times, a la vez que loot significa saqueo). Entre 1990 y 1993 el autor sigue los pasos de la prensa y específicamente del NYT en el tratamiento de temas tales como la guerra del Golfo, el conficto árabe israelí y la caída de la Unión Soviética.

Ahora, ante los acontecimientos que conmueven al mundo, Chomsky no ha demorado en exponer su punto de vista, notoriamente diferenciado del sostenido por casi la totalidad de la prensa de su país: “Los atentados fueron una divisoria de aguas para Estados Unidos y para Occidente”, dice Chomsky en una entrevista2. “Si miramos la historia estadounidense, ésta es la primera vez desde la guerra de 1812 que el territorio nacional fue atacado (…) por ser el primer ataque al territorio, representa un gran cambio. Lo mismo es verdad para Europa y Occidente en modo general. Europa pasó por guerras sangrientas pero fueron internas. El Sur –lo que hoy llamamos Tercer Mundo, las ex colonias–, nunca atacó Europa, aunque fue atacado por ella durante cientos de años. Ésta es por lo tanto la primera vez que la Historia toma otra dirección: las grandes potencias guerreras son las víctimas y no los perpetradores. Es una mudanza gigantesca”.

Antes aún de que George Bush planteara su división entre “los que están con nosotros y los que están con los terroristas”, Chomsky apuntó esa misma tendencia en el diario más importante de Estados Unidos: “El New York Times en un artículo de hoy (14-9-01) dice que a partir de ahora o los países colaboran con Estados Unidos o serán destruidos. Esto no tiene precedente histórico”. En cuanto a la perspectiva militar, dice Chomsky: “Lo que ocurre es nuevo en escala, pero no es la primera vez. Veinte años atrás, en 1983, el ejército de Estados Unidos, que es de lejos la fuerza militar más poderosa del mundo, fue expulsado del Líbano por un terrorista suicida. Cuando un hombre bomba se lanzó contra una base militar estadounidense matando varios soldados, Estados Unidos se retiró. Los terroristas suicidas son incontrolables”. Y ante la pregunta respecto de la capacidad estadounidense para lidiar con este tipo de enemigos, el autor es terminante: “No pueden, así como no lo consiguieron en el Líbano. Estos problemas tendrán que ser tratados encarando las cuestiones que llevan a esta situación. Esto nace de algo. No se trata de justificativos para el crimen pero nacen de algo, no surgen de la nada. Vienen de una enorme reacción popular de hostilidad en relación con las políticas de Estados Unidos y de Gran Bretaña para la región. Tome por ejemplo a Irak. No se sabe cuántas personas murieron por causa de las sanciones. Unos dos años atrás la secretaria de Estado Madeleine Albright, frente al número de medio millón de niños muertos, dijo que éste es un precio alto pero estamos dispuestos a pagarlo. Imagine lo que sienten las personas de la región. Piense en los territorios ocupados. Las personas en Occidente pueden decidir no prestar atención, pero allá en la región definitivamente prestan atención y saben muy bien quién es el responsable. Helicópteros, aviones militares y misiles atacan blancos civiles en los territorios ocupados. Son helicópteros, aviones militares y misiles estadounidenses; y ellos lo saben”.

  1. Este capítulo fue publicado con el título “Estados Unidos, un Estado ilegal” en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2000.
  2. Gabriela Máximo, “Noam Chomsky: un pensador crítico de la política externa de Estados Unidos”, Jornal do Brasil, Rio de Janeiro, 16-9-01.

Kissinger, de Vietnam a Chile

Warde, Ibrahim

En su última obra, destinada a servir de breviario a los diplomáticos del siglo XXI, Henry Kissinger se aleja de su tono docto y frío cuando evoca la aparición reciente del principio de “jurisdicción universal” en las relaciones internacionales1. El ex secretario de Estado estadounidense no cede en su cólera cuando habla del arresto en Londres en 1998 de su protegido, el general chileno Augusto Pinochet, por orden de un juez de España (“un país de pasado dudoso”). Afirma que el discurso sobre los derechos de la persona (cuya paternidad se atribuye) debía “servir ante todo como arma diplomática ofrecida a los ciudadanos de países comunistas para permitirles combatir el régimen soviético, y no como arma legal utilizable contra dirigentes políticos frente a tribunales de terceros países”. Un párrafo más adelante, afirma sin embargo que hoy es imperativo prohibir que “los principios del derecho sean utilizados con fines políticos”.

Si el análisis es embrollado, incluso contradictorio, es sin duda a causa del problema que afecta a Kissinger desde el caso Pinochet. En efecto, de paso por París el 28 de mayo de 2001, el ex secretario de Estado recibió la visita de la brigada criminal, que le presentó una convocatoria del juez Roger Le Loire. Invitado a comparecer al palacio de justicia como testigo en el caso de la desaparición de cinco franceses en Chile, Kissinger, que creó el Plan Cóndor –red de caza de opositores en seis dictaduras militares de América Latina (Chile, Bolivia, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina)– se niega a responder. Al día siguiente, abandona Francia precipitadamente.

El periodista británico Christopher Hitchens efectuó el inventario de artimañas del “mago de la diplomacia” que según la nueva jurisprudencia internacional podrían constituir crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad u otros delitos justiciables2. Sus revelaciones, fundadas en documentos oficiales estadounidenses recientemente “desclasificados”, contradicen las versiones presentadas por el interesado en sus tres volúmenes de memorias, tan voluminosos como tendenciosos.

La carrera política del hombre que obtuvo el premio Nobel de la paz en 1972 fue en efecto marcada por el culto a la violencia y el secreto. Queda a la vista la responsabilidad directa de Kissinger en la prolongación (injustificada desde un punto de vista estratégico) de la guerra de Vietnam y su extensión a Camboya y a Laos, en las campañas de asesinatos y subversión de la democracia en Chile, en Chipre, en Grecia y en Bangladesh, y su complicidad con el genocidio en Timor oriental.

¿Tendrá el ex secretario de Estado la suerte de Pinochet y otros Milosevic? Sin duda no. Pero el diplomático más célebre del mundo es un hombre preocupado, si no acosado. Cuando recorre el planeta para pontificar –con tarifas de 20.000 dólares la hora– evita desde ahora todos los países donde el sistema de justicia podría importunarlo. Y aunque goza hasta el presente de una reverencia mediática sin fisuras, debe ahora exigir a sus entrevistadores el compromiso escrito de que no le harán ninguna pregunta relativa al libro de Christopher Hitchens o al tema que éste aborda.

  1. Henry Kissinger, Does America need a foreign policy? Toward a diplomacy for the 21st Century, Simon & Schuster, New York, 2001.
  2. Christopher Hitchens, Les crimes de monsieur Kissinger, Editions Saint-Simon, París, 2001, 206 páginas, 99 FF.


Lamentos

En 1998, las revelaciones del antiguo director de la CIA Robert Gates confirmaron que varios meses antes de la intervención soviética, Estados Unidos había ayudado a la oposición al régimen de Kabul.

Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad del presidente James Carter, había sido el hombre clave de la ayuda masiva a los “combatientes de la libertad” afganos.

Intelectual brillante de origen polaco, Brzezinski fue mentor de la Trilateral Commission e ideólogo principal de la política que presentó a Estados Unidos como paladín de los “derechos humanos”, precisamente después del fin de la guerra de Vietnam.

Interrogado en 1998 por Le Nouvel Observateur1 para saber si lamentaba la operación que al cabo de años de luchas tribales llevó al poder a los talibanes, Brzezinski respondió: “¿Lamentar qué? Esa operación secreta fue una excelente idea. Tuvo como efecto atraer a los rusos en la trampa afgana y usted quiere que lo lamente.

El día en que los soviéticos traspasaron oficialmente la frontera, le escribí al presidente Carter: ‘Tenemos ahora la ocasión de darle a la URSS su guerra de Vietnam’ (…) ¿Qué es más importante respecto de la historia mundial? ¿Los talibanes o la caída del imperio soviético? ¿Algunos islamistas excitados o la liberación de Europa central y el fin de la guerra fría?”.

Tal vez sea necesario reformularle la pregunta.

  1. Le Nouvel Observateur, París, Nº 1732, enero de 1998.


Autor/es Cristina Camusso
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:9
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Nueva Economía, Periodismo
Países Estados Unidos