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Metamorfosis de la extrema derecha europea

La extrema derecha que avanza en Europa asume parte del legado ideológico del nazismo y fascismo tradicionales, pero ha modernizado su discurso y sus estructuras organizativas, integrándose al parlamentarismo. Encarnada por excelencia en el Frente Nacional francés, el Vlaams Blok belga y la nueva derecha escandinava, es económicamente liberal, pero contraria a la Unión Europea y a la mundialización. Su denominador común es "la preferencia nacional", es decir, la atribución exclusiva de los bienes del Estado benefactor a los nativos.

La cantidad de votos reunidos por Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas vuelve a poner en el orden del día la cuestión de la naturaleza ideológica de las formaciones nacional-populistas llamadas de “la tercera ola”, que el movimiento antifascista militante, pero también especialistas advertidos, siguen clasificando entre los movimientos de extrema derecha tradicional, e incluso fascistas1.

Es un error: más bien asistimos al éxito de una extrema derecha atípica, que abandonó el culto del Estado por el ultraliberalismo, el corporativismo por el juego del mercado y a veces incluso el marco del Estado-nación por los particularismos regionales o meramente locales. Es cierto que hay formaciones políticas que se identifican con las ideologías autoritaria y fascista, incluso nacional-socialista, pero precisamente por eso se han vuelto marginales, mientras progresan los partidos sin filiación histórica e ideológica extremistas, que parecen susceptibles de traer soluciones a una oferta política cerrada, ampliamente consensual y totalmente adherida al modelo económico y social ultraliberal.

En ninguna parte, tampoco en Alemania, existe la amenaza real de una ultraderecha activista y neonacional-socialista. El Nationaldemokratischer Partei Deutschlands (NPD), expresión legal del neonazismo, cuyas autoridades están prohibidas desde hace dos años, tenía en el 2000 sólo 6.500 adherentes frente a los 6.000 de 19982. Esto a pesar de la personalidad carismática de Horst Mahler, ex abogado y miembro de la Fracción Ejército Rojo (RAF) a quien un antisemitismo obsesivo sugirió la idea de una ruptura indispensable de Alemania con los tabúes y culpabilidades vinculadas con la Shoah y el nazismo3. En cuanto a la Deutsche Volksunion (DVU), combina el revanchismo y el irredentismo con cierta rehabilitación del período nazi; en los Länder del este atrae también a una población mayoritariamente joven, desclasada, obrera y a menudo nostálgica del encuadramiento social y económico de la República Democrática Alemana (RDA). No por eso deja de disminuir: después de lograr el 12,9% de votos en el Land de Saxe-Anhalt en 1998, en las elecciones del 21 de abril pasado ni siquiera se presentó. Algo debe tener que ver el endurecimiento de la Democracia Cristiana (CDU) y su ofensiva contra el gobierno de Schröder.

En el sur de Europa, la asunción del falangismo, el salazarismo y la dictadura de los coroneles griegos llevó a que los partidos que se remiten a ellos deviniesen grupúsculos. En España, el conjunto de los cinco partidos falangistas o radicales que participaron en las elecciones europeas de junio de 1999 ganó 61.522 votos, es decir, menos del 1% de los sufragios. En las legislativas del 2000, los mismos resultados: Democracia Nacional, próxima al Frente Nacional francés, tuvo que contentarse con … el 0,01%. En Portugal el fracaso del neosalazarismo es todavía más patente: el Partido Nacional Renovador (PNR), formación que sucedió a la Aliança Nacional, sólo reunió 3.962 votos (0,07%), mientras que el Partido Popular, una formación conservadora de derecha que tiene un ala antieuropeísta, alcanzaba un 8,75%.

Por último, en Italia la evolución de la Alleanza Nazionale deja muy poco espacio a los neofascistas no arrepentidos. La Alleanza Nazionale comprende en la actualidad tres corrientes: la de los partidarios de Gianfranco Fini, dirigida por Ignazio La Russa y Maurizio Gasparri, el mismo que después del 21 de abril manifestó su negativa a todo contacto con Le Pen; una corriente moderada, “gaullista”, partidaria de un régimen presidencial; la Destra Sociale, dirigida por Gianni Alemanno y el presidente de la región Latium, Francesco Storace, el más cercano al filón ideológico del fascismo social.

Sobre la mayor parte de las cuestiones sociales, Alleanza Nazionale mantiene un equilibrio entre las tres corrientes, y no es el más reaccionario de los partidos italianos, especialmente debido a su relativa indiferencia religiosa: es el partido católico CCD de Rocco Buttiglioni el que bajo la presión del movimiento católico tradicionalista Comunión y Liberación impulsa al gobierno de Berlusconi a revisar la ley de aborto y la del financiamiento de la enseñanza privada. En estas condiciones, el Movimiento social-Flama tricolor, dirigido por Pino Rauri, dirigente histórico del ala radical del Movimiento Social Italiano (MSI) y ex combatiente de la República de Saló, se reduce a 0,3% de los votos (1% en las elecciones de mayo de 2001 para el senado).

Esto significa que las formaciones de derecha dura que progresan en Europa son aquellas que asumiendo parte de la herencia ideológica de los movimientos autoritarios, modernizaron su discurso y su estructura organizativa. Se remiten a una suerte de capitalismo ultraliberal proteccionista, aceptan formalmente la democracia parlamentaria y el pluralismo y reivindican una modernización del marco institucional; ya no una ruptura. Todas estas formaciones comparten la misma reivindicación identitaria: la preferencia nacional, esto es, la atribución exclusiva a los nacionales de cepa de los derechos políticos, económicos y sociales. Además profesan la misma aversión hacia la sociedad multicultural, supuesta fuente de todas las disfuncionalidades del cuerpo social, y por consiguiente quieren limitar la inmigración o invertir los flujos migratorios expulsando a los residentes extranjeros no europeos.

El Front National (FN) francés es la más importante de estas “formaciones mixtas”. A través de su constante política del “compromiso nacionalista”, asume un rol de unificador de las diferentes tradiciones ideológicas de la extrema derecha. Las múltiples declaraciones de Le Pen sobre el “pequeño detalle” y la “internacional judía” atestiguan la persistencia de “manías” que se remontan a los años 1930-1940.

Sin embargo, su proyecto económico y social, centrado hasta el momento en la conquista del electorado de las profesiones independientes y de los dueños de pequeñas y medianas empresas, es esencialmente ultraliberal: la eliminación del impuesto sobre el ingreso, así como la denuncia constante del “fiscalismo” y el rechazo a la ley de las 35 horas, confirman que Le Pen, tal como declaró la noche de la primera vuelta, es “económicamente de derechas”. Pero enseguida añadió que estaba “socialmente a la izquierda”, y “por encima de todos los franceses”.

Hace ya diez años, el FN conquistó a un electorado mayoritariamente popular, en honor del cual había anunciado en otoño de 1995 el “vuelco social”. ¿En qué consiste este vuelco? En la rehabilitación del rol regulador social y económico del Estado, en tanto fortaleza contra la mundialización liberal. Pero en la óptica frentista no se trata de privilegiar las políticas redistributivas y el impulso estatal de la economía: el Estado protege otorgando el beneficio exclusivo de lo que queda de las prestaciones y derechos sociales solamente a los nativos, a través del principio de preferencia nacional.

Para defender a los desposeídos de la mundialización ultraliberal, el Estado frentista se hará Estado gendarme, colocando en el corazón de su discurso la cuestión de la seguridad y la lucha contra el laxismo moral. El no cuestionamiento de los postulados de la mundialización liberal (salvo la retórica de un antiamericanismo) resulta enmascarado por algunas medidas espectaculares, como la salida de la Unión Europea, evidentemente más fácil de declamar que la construcción de una necesaria Europa de las naciones, o el retorno del franco una vez abandonado el euro.

El otro gran “partido mixto”, el Vlaams Blok (Bloque flamenco, VB4 también es ambiguo. Todavía se remite al nacionalismo solidarista de Joris Van Severen y a los teóricos del nacionalismo flamenco colaboracionista procedentes de la izquierda (Henri de Man, Edgar Delvo), pero alberga una corriente liberal encarnada por la diputada Alexandra Colen, que en el bimestral Peper en Zout alaba a Margaret Thatcher, que “liberó a su país de la dictadura de los sindicatos”, como asimismo a las tesis libertarias del estadounidense Dick Armey.

Los partidos categorizados en el lenguaje corriente como “de extrema derecha” que tienen más éxito son los escandinavos. En Dinamarca, el Dansk Folkeparti (Partido del Pueblo) de Pia Kjaersgaard logró el 12% de los votos en las elecciones legislativas de noviembre de 2001. En Noruega el Fremskridtspartiet (Partido del Progreso) de Carl Ivar Hagen totalizó el 15,3% en las de 1997. Estas formaciones expresan un “populismo de prosperidad” antes que de crisis (la tasa de desocupación noruega es residual y el petróleo garantiza un alto nivel de vida), y su electorado se compone de miembros de las clases medias, empresarios independientes y cada vez más obreros. Sin embargo el Partido del Progreso noruego defiende la idea de una desregulación total del mercado de trabajo que implica incluso la desaparición del salario mínimo.

En estos países donde el Estado providencia progresó tanto bajo gobiernos burgueses como bajo gobiernos socialdemócratas, la fidelidad de la clase obrera para con la izquierda tiende a erosionarse. Prevalece el componente autoritario de la cultura obrera, que no encuentra otro lugar donde encarnarse que en la “nueva derecha”.

Este autoritarismo se manifiesta también en la negativa a ver sociedades tradicionalmente muy homogéneas desde el punto de vista étnico y religioso, abrirse al multiculturalismo. En este sentido, la situación danesa es preocupante, porque el Partido del Pueblo ya está en condiciones de imponer en el Parlamento la legislación que quiera a la coalición liberal-conservadora: por ejemplo, podría adoptarse una ley que prohiba casarse a dos extranjeros de la misma nacionalidad que tengan menos de 24 años. También se prevé la limitación del reagrupamiento familiar, la prolongación del procedimiento de obtención del permiso de residencia y la supresión del delito de racismo en el Código Penal.

Dimensión de protesta populista

Esta tendencia xenófoba, racista y sobre todo antimusulmana, caracteriza a todo este movimiento en Europa, incluido, por supuesto, el FN francés. También cumplió un papel importante en el fortalecimiento a menudo estudiado5 del partido de la libertad de Austria (Freiheitliche Partei Österreichs, FPÖ) dirigido en otro tiempo por Jorg Haider (con el 26,9% en las elecciones legislativas de 1999), y la Unión Democrática de Centro (UDC) del suizo Christophe Blocher (22,6% en las elecciones legislativas de 1999).

Últimamente han surgido otras formaciones más difíciles todavía de categorizar. En Holanda es el caso de la lista de Pim Fortuyn y del movimiento Leefbaar Nederland: la primera ganó cerca del 34% de los votos en las elecciones municipales de marzo de 2002 en Rotterdam, y aborda las legislativas del 15 de mayo con aproximadamente la misma intención de voto; la segunda llegó primera en Almere, Eindhoven y Hilversum en el mismo escrutinio municipal, pero a nivel nacional no recoge más que el 3,1% de intenciones de voto. En el norte de Alemania el Partei Rechtsstaatlicher Offensive (PRO), creación del abogado Ronald Schill, logró un éxito espectacular (19,4%) en las elecciones regionales de Hamburgo en septiembre de 2001, pero de menor envergadura en las de Saxe-Anhalt en abril de 2002 (4,9%).

¿Qué tienen en común estos partidos? Ante todo la dimensión de protesta y populista: las dos formaciones holandesas impugnan el sistema de “coalición violeta” que gobierna el país, mientras que el PRO acusa a la Democracia Cristiana alemana (CDU) de no ser bastante de derechas. En segundo lugar, la problemática de “la ley y el orden” asociada con el rechazo de la inmigración: las formaciones holandesas priorizan la necesidad de limitar la permisividad de las leyes y apuntan a la criminalidad de la comunidad magrebí, especialmente la marroquí; el único programa del PRO, cuyo dirigente llegó a ser ministro del Interior en Hamburgo, es la eliminación de la criminalidad. Por último, todas son iniciativas locales de ambición nacional: Leefbaar Nederland funciona como una coordinación que reúne listas locales, y el PRO, aunque haya decidido no presentarse en las elecciones al Bundestag en 2002, se propone claramente estar presente en todas partes.

Se advertirá otra similitud, referida al perfil personal de los dirigentes de éstas y otras formaciones: se dirigen al pueblo, incluso explicitan sus orígenes modestos (Le Pen dice que “pasó hambre y frío”; Christoph Blocher es hijo de un pastor pobre), pero hay quienes son de clase acomodada, e incluso muy ricos: Blocher es un millonario que dirige una multinacional química; el primero de la lista del PRO en Saxe-Anhalt, Ulrich Marseille, hizo una fortuna fundando una cadena de residencias médicas.

Es emblemático el caso del ex jefe del FPÖ Jörg Haider. Heredero de una fortuna familiar constituida a partir de la expoliación de bienes judíos, se rodeó de un joven cuadro dirigente del sector privado (el ministro de Finanzas Karl-Heinz Grasser) y del dirigente de la patronal, Thomas Prinzhorn. Los ministros FPÖ de la coalición desarrollan por otra parte una orientación contraria a los intereses del electorado obrero del partido en cuanto al déficit cero, el futuro de las jubilaciones y la política familiar; esto podría explicar la disminución de este sector en las elecciones parciales celebradas desde su acceso al gobierno de coalición, en febrero de 2000.

Este panorama de las derechas suscita una pregunta: ¿se puede seguir hablando de formaciones fascistas y denunciar esencialmente la continuidad de su ideología con las expresiones históricas anteriores del radicalismo de derecha? Los nuevos extremismos representan ante todo una forma de protesta de tipo reaccionario contra el alineamiento masivo tanto de la derecha como de la izquierda tradicionales a los postulados del ultraliberalismo económico y social y de la mundialización. A la izquierda, por alejarse de las capas populares, por gobernar a través de élites que se autorreproducen y se encierran en el discurso tecnocrático y gestionario, le cabe una responsabilidad cierta en esta tendencia, que sólo podría ser bloqueada por la rehabilitación de la oposición derecha/izquierda y por el regreso a un proyecto que coloque al Estado en el corazón de la acción pública.

  1. Para Yves Mény, “la especificidad de este populismo del FN es reconocerse en un liderazgo que asume un legado fascista. Está tan anclado en los valores de la extrema derecha que no puede aliarse con la derecha clásica”. Libération, París, 24-4-02.
  2. Uwe Backes/Eckhard Jesse (ed), Jahrbuch Extremismus und Demokratie, Bouvier Verlag, Bonn, 2001.
  3. Mahler fue invitado a Francia el 6-4-02 por el grupo Unidad Radical, cuyos cuadros dirigentes pertenecen a al Movimiento Nacional Republicano de Bruno Mégret.
  4. Sobre el VB, véase Marc Spruyt, Wat het Vlaams Blok verwijgt, ediciones Van Halewyck, Louvain, 2000; también Marc Swyngedouw, “Le cadre de réference de l´electeur d´extrême droite en Flandre belge”, en Pascal Perrineau, Les croisés de la société fermée. L´Europe des extrêmes droites, Editions de l´Aube, Paris, 2001.
  5. Paul Pasteur, “Autriche, pourquoi la dérive”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2000; y Peter Niggli, “El avance de la derecha radical suiza”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 1999.

La peste

Ramonet, Ignacio

¿Por qué el 21 de abril pasado 5,5 millones de franceses votaron por dos partidos de extrema derecha xenófobos, antisemitas, racistas y ultranacionalistas en la primera vuelta de la elección presidencial? Limitarse a abuchear y denostar a esos votantes no ayuda necesariamente a comprender las razones y las significaciones de una elección de este tipo. Los insultos no deben sustituir una profunda, urgente e indispensable autocrítica del conjunto de la clase política.

Si sirve para despertar a la sociedad, abrir los ojos de los dirigentes de los partidos y reiniciar el debate para construir una Francia más justa y solidaria, la conmoción del 21 no habrá sido en vano. Lo que se desplomó ese día es una confortable certeza: todo cambia en el mundo, pero nada debe modificarse en la política francesa. Dos viejos partidos, el gaullista y el socialista, podían continuar compartiendo el poder tranquilamente, como ocurre desde hace treinta años…

Pero se palpaba en el aire que esas dos fuerzas políticas estaban desgastadas, que su misión histórica parecía agotada desde hacía tiempo. Cada una a su manera daba la impresión de no funcionar, con sus aparatos en descomposición, sin organización ni programa digno de ese nombre, sin doctrina, sin brújula y sin identidad.

Elecciones anteriores habían mostrado ya que ninguno de esos dos partidos sabía comunicar con esos millones de franceses atemorizados por la nueva realidad del mundo post industrial, nacido de la caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría. Esa masa de obreros descartables, de marginados de los suburbios, de desempleados crónicos, de excluidos, de jubilados plenos de vida, de jóvenes sin futuro, de familias modestas amenazadas por la pobreza. Todas esas personas angustiadas por los miedos y las amenazas de un periodo en el que las referencias habituales parecen definitivamente perdidas…

El Partido Socialista en particular, que ya casi no cuenta con dirigentes salidos de las capas populares y que, al contrario, tiene a muchos contribuyentes del impuesto a las grandes fortunas, ha transmitido la impresión de habitar otro planeta social, a años luz del pueblo llano. Se ha mostrado poco sensible “a los sufrimientos de esa sub-Francia”1, según la expresión de Daniel Mermet.

En cuanto a la derecha, si algunos de sus dirigentes consideran que la extrema derecha no es frecuentable, otros no vacilaron en realizar ciertos acuerdos con el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. ¿Acaso el ex dirigente liberal Michel Poniatowski no afirmaba que era “más inmoral aceptar los votos de los comunistas, que han asesinado a millones de personas en Europa, que los del Frente Nacional?2. Un razonamiento perverso, que condujo a los dirigentes democristianos de la Unión por la Democracia Francesa (UDF), a aceptar el voto de los electores del Frente Nacional para ungir a sus candidatos a la presidencia de cinco regiones de Francia…

¿No resultaba ilusorio creer que el país se mantendría al abrigo de una epidemia que conmocionaba la vida política de sus vecinos (Austria, Noruega, Bélgica, Suiza y, más recientemente, Italia, Dinamarca, Holanda y Portugal), cuando la peste neofascista contaminaba insensiblemente los engranajes de las instituciones políticas francesas?

¿Podía existir una excepción francesa, cuando del mismo modo que esos otros países europeos, la sociedad era sometida -en nombre de la “modernidad”- a traumatismos y temblores de formidable violencia? Por ejemplo, la mundialización liberal, la unificación europea, la reducción de la soberanía nacional, la desaparición del franco y de las fronteras, la hegemonía de Estados Unidos, el multiculturalismo, la pérdida de identidad, la crisis del Estado benefactor…

Todo esto en un contexto de fin de era industrial y de enormes mutaciones tecnológicas, que trajeron consigo la inseguridad económica general y causaron insoportables daños sociales. Un contexto en el que las violencias y delincuencias de todo tipo no podían sino multiplicarse, puesto que la lógica de la competencia fue elevada al rango de imperativo natural.

Ante la imprevista brutalidad de tantos cambios, las incertidumbres se acumulan, el horizonte se esfuma, el mundo se muestra opaco y la historia parece escapar a todo control, a toda lógica. En tales circunstancias, numerosos ciudadanos se sintieron abandonados tanto por los gobiernos de derechas como de izquierdas, descritos por los medios de comunicación como vulgares negociantes, tramposos, mentirosos y corruptos.

Perdidos en el corazón de esta crisis, muchos son presas del pánico y sienten, como diría Tocqueville, que “puesto que el pasado ya no aclara el porvenir, el espíritu navega en las tinieblas”… A la vela de este nuevo oscurantismo y sobre semejante manto social hecho de miedos, desencanto y resentimientos, reaparecen los antiguos brujos. Esos que en base a argumentos demagógicos, autoritarios y racistas, prometen el retorno del mundo de antaño (“trabajo, familia, patria”), culpan al extranjero o al judío de todos los problemas, de todos los desórdenes, de todos los males y todas las inseguridades. Los inmigrados constituyen el objetivo más fácil y constante, porque simbolizan las nuevas alteraciones sociales y representan una competencia indeseable para los franceses más modestos.

Ese discurso absurdo, odioso y criminal del Frente Nacional seduce desde hace mucho tiempo, según ciertas encuestas, “a más de uno de cada cuatro franceses”3 y fue aprobado el 21 de abril pasado por millones de votantes: 30% de desocupados; 24% de obreros y 20% de jóvenes.

No obstante, está claro que el neofascismo no pasará, como quedó demostrado en las calles de Francia. Tampoco pasará el 16 de junio próximo, en las elecciones legislativas. Pero si una vez atrás el terrible susto los mismos partidos de siempre prosiguieran con su política liberal de privatizaciones, de desguace de los servicios públicos, de creación de fondos de pensión, de aceptación de despidos masivos dictados por la Bolsa… En síntesis, si continuasen enfrentando las aspiraciones populares de una sociedad más justa, más fraternal, más solidaria, nadie puede asegurar que el neofascismo, aliado con las fuerzas colaboracionistas de siempre, no logrará el triunfo la próxima vez.

  1. Intraducible juego de palabras: “la souffrance de cette sous-France”. Daniel Mermet es un popular, excelente periodista francés.
  2. Libération, París, 20-3-1998.
  3. Le Monde, París, 13-4-1996.


Autor/es Jean-Yves Camus
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:12,13
Traducción Marta Vassallo
Temas Ultraderecha, Mundialización (Economía), Estado (Política), Movimientos Sociales, Unión Europea
Países Francia