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Jenín, un crimen de guerra

Terje Roed-Larsen, jefe de la misión de las Naciones Unidas en Jerusalén, describió la destrucción de Jenín por parte del ejército israelí como "moralmente repugnante" (The New York Times, 24-02-02). Durante once días se impidió el ingreso de observadores al campo de refugiados, completamente devastado. "Combatir el terrorismo no da carta blanca para matar civiles", subrayó Roed-Larsen. El ministro de Relaciones Exteriores de Israel calificó la operación como "masacre", y se mostró alarmado por el efecto que tendrá sobre la opinión pública internacional.

El paisaje desafía toda imaginación. Una encarnación del horror, una visión posterior al huracán. Casas destruidas, total o parcialmente, restos de cemento y de hierro, cables eléctricos entremezclados. Autos pulverizados por los tanques o los misiles agregan una dimensión de barbarie a este espectáculo espantoso. Un olor áspero de cadáveres flota sobre los escombros. Nada queda de las infraestructuras.

En medio del campo, un terreno baldío rectangular. Era el barrio Hauachin, que contaba alrededor de 150 casas, sobre un total de 1.100 para el conjunto. Unas topadoras gigantes demolieron completamente este barrio antes de apisonar la superficie. Mujeres, ancianos, niños, hombres, erran entre los escombros en búsqueda de sus parientes enterrados.

Un hombre de unos treinta años excava con una pala, mientras su hijo saca los restos con sus manos. Esperan encontrar a los miembros de su familia que fueron sepultados vivos. Algunas decenas de metros más lejos, tres hombres arrancan de la tierra el cadáver de su padre, desfigurado, de los restos de lo que alguna vez fue su hogar. El campo de refugiados de Jenín está entre los más pobres de Cisjordania.

En la esquina de un edificio, a mitad destruido, una mujer de unos cuarenta años llora y grita: “¡Dios! Vénganos y haz morir a Sharon”. Miembros de su familia, insiste, yacen bajo las ruinas. Unos niños observan a su alrededor, pasmados; el horror borró toda sonrisa de sus caras. “Sharon, por su operación demente y criminal, hizo de todos estos chicos futuros hombres-bomba. Es él, este monstruo, quien nos llevará a todos a responder por todos los medios, para expulsar su ejército y sus colonos de nuestra tierra”, dice una joven cuya familia entera se salvó, el primer día del asalto contra el campo, al escapar hacia el pueblo vecino de Rumaneh.

“Las terribles destrucciones en el campo fueron realizadas siguiendo un plan minucioso. Sharon quería aterrorizarnos”, explica Muhammad Abu el-Hija, dentista de 32 años, cuya familia fue expulsada en 1948 de la región de Haifa, como muchos otros habitantes. Entre el 80 y el 90% de las casas quedaron inhabitables. En el lado Este y en el centro de la localidad, la devastación es total. El delegado general de la Oficina de Socorro y Trabajo de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNRWA), Peter Hansen, se mostró horrorizado y declaró al campo zona siniestrada.

Jenín fue invadida el 3 de abril pasado, quinto día del asalto contra las ciudades palestinas de Cisjordania. Un ola intensa de disparos, obuses de tanques y misiles de helicópteros señalaron el comienzo del ataque. Se decretó el toque de queda y los atemorizados habitantes buscaron refugio en sus casas. Como los tanques no podían penetrar en las callejuelas, topadoras gigantes destruían las casas de ambos lados de la vía. La segunda ola comenzó cuatro días más tarde. Una destrucción sistemática del centro, donde se alzaban casas de uno a tres pisos. Allí se reagruparon combatientes palestinos, armados de kalachnikovs y explosivos, para hacer frente a uno de los ejércitos más modernos del mundo. La batalla fue muy dura y desigual. Los palestinos sufrieron pérdidas muy pesadas; los heridos –combatientes pero también, en su mayoría, civiles– agonizaron sin asistencia, puesto que el ejército israelí prohibió a las ambulancias de la Media Luna Roja palestina la circulación dentro del campo.

El 9 de abril, los palestinos tendieron una emboscada, en la que murieron trece soldados israelíes. El ejército dio entonces consignas para evitar nuevas pérdidas a cualquier precio y se comenzó a disparar a primera vista sobre todo lo que se movía. ¿Acaso no se había informado a los soldados que el campo era un refugio de terroristas de Hamas y de la Jihad? Eso justificaba a sus ojos una punición colectiva del campo… Se intensificó la voladura de casas. En este campo, como en todas las ciudades palestinas, toda institución u oficina de la Autoridad Palestina fue sistemáticamente destruida: se trataba de eliminar todos los símbolos y todos los recursos.

Se registró sistemáticamente cada apartamento: una vez encerrada la familia en una habitación, los soldados volcaban los muebles, abrían los armarios, tirando todo al piso y provocando un desorden indescriptible. Los robos de dinero, joyas e incluso cigarrillos (“recuerdos” en su lenguaje militar), se multiplicaron. Para abrir puertas se servían de un escudo humano, a saber un habitante del campo, una práctica catalogada como crimen de guerra. Si no había respuesta, hacían volar la puerta con explosivos. Un “incidente” entre tantos otros: un “escudo” le dice al soldado que en el interior de la casa se oyen ruidos, pero éste hace explotar de todos modos la puerta, hiriendo gravemente a una mujer. “Lo siento” dice el soldado, antes de pasar a la puerta siguiente…

Misiles contra civiles

Las ruinas de Jenín, a cielo abierto, atestiguan una voluntad destructiva. Pero, ¿qué hay del número de víctimas? El campo contaba 14.500 almas. Unas mil personas escaparon hacia los pueblos vecinos la víspera del asalto israelí. Al segundo día de la entrada de los blindados, los altavoces del ejército llamaron a los palestinos a abandonar el campo. Decretado al comienzo de la operación, el toque de queda fue levantado para facilitar la partida. Ese mismo día y durante los días siguientes, miles de personas partieron a pie hacia siete pequeños pueblos de la región: 4.000 permanecieron escondidos en sus casas en condiciones desastrosas, sin agua, ni comida, ni electricidad, sin poder ir al hospital y en una atmósfera infernal de tiros, bombardeos y explosiones, día y noche.

Los helicópteros “regaron” el campo sin piedad. Sólo los Cobras, los temibles “monstruos” que operaban durante la guerra de Vietnam, estaban en servicio. Un piloto de la escuadrilla, el teniente coronel Sh., cuenta: “Nuestra escuadrilla lanzó durante todos los días de combate una cantidad enorme de misiles al interior del campo de refugiados. Centenares de misiles. Toda la escuadrilla fue movilizada para estas operaciones, incluso algunos reservistas (…) Durante los combates, había permanentemente sobre Jenín dos Cobras listos a lanzar un misil hacia la casa indicada por el cuartel general (…) Los ‘combatientes volantes’ no jurarán que sus misiles no tocaron civiles”.

Pregunta: ¿No se parece a un videojuego trucado? Ustedes arriba, con un misil Tau y ellos armados con kalachnikovs…

Respuesta: “Sí, no es un combate con armas iguales y está bien que así sea (…) Nunca tiré un misil sobre mujeres y niños (…) Sí, la respuesta es positiva. No pude hacer otra cosa”1.

La intervención de los Cobras fue objeto de centenares de horas de preparación. El campo fue fotografiado por satélite, cada una de las casas recibió un número de cuatro cifras, los pilotos tenían un mapa y, cuando captaban una orden indicando un número, enseguida lanzaban el misil sobre la casa designada. ¿Cuántas personas fueron alcanzadas por estos misiles? ¿Cuántas víctimas hubo entre los combatientes? ¿Y cuántas entre los civiles inocentes? Nadie podría decirlo.

“No es difícil imaginar lo que pasa en el interior de esas casas después de todo lo que se tiró encima (…) Luego de la muerte del comandante de nuestra compañía en los primeros minutos de combate, la orden que recibimos fue muy clara: había que tirar sobre todas las ventanas, regar cada inmueble sin tener en cuenta si tiran o no de allí. Se nos dijo de manera clara: ¡Rómpanlos! A partir de ese momento, escupimos municiones de todas las armas que posee el ejército, salvo la artillería. Tiramos decenas de misiles al interior de las casas y utilizamos las metralletas pesadas contra cada ventana. Incluso matamos un caballo que pasaba por la calle”, dice un reservista que pide el anonimato.

“Cada noche, según las órdenes, había que ‘despertar el campo’. El objetivo era tirar contra (los combatientes) para provocarlos a responder y entonces tirar exactamente sobre los lugares de los cuales provenía el fuego. Sin embargo, en realidad, tiramos cantidades enormes de municiones en todas las direcciones (…) Durante el toque de queda, había ‘patrullas violentas’. Un tanque ‘galopaba’ por las calles desiertas, aplastaba todo lo que encontraba a su paso y abría fuego sobre todos aquellos que violaban el toque de queda”.

Pregunta: ¿Vio usted víctimas?

Respuesta: “Yo, personalmente, no. Estaban en sus casas. Los últimos días, la mayoría de aquellos que salían de los edificios eran ancianos, mujeres, niños que habían sufrido nuestro fuego. No les dejamos ninguna chance de salir del campo; se trata de un gran número de personas. Una noche monté guardia en un departamento en el cual nos habíamos instalado. Toda la noche escuché una nena llorando. Ciertamente soportamos un fuego nutrido, pero en revancha borramos una ciudad”2. El 11 de abril, los últimos combatientes palestinos pusieron fin a la resistencia.

El gran número de víctimas palestinas conmovió en Israel a todos aquellos que rechazan la política de fuerza del gobierno de Sharon, pero también a todos los que temen que la imagen del Estado judío salga empañada. Los pacifistas manifestaron en todas las grandes ciudades del país, intentando incluso hacer llegar ayuda humanitaria a la población siniestrada. Hasta el ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, se alarmó, según el diario Haaretz, de las “reacciones internacionales hostiles cuando se conozcan las dimensiones de la batalla en el campo de refugiados de Jenín, en la que fueron muertos más de 100 palestinos. En conversaciones a puerta cerrada, Peres calificó la operación de masacre”3.

Al enojarse Sharon contra sus “declaraciones irresponsables”, Peres afirmó que había sido mal citado. Pero los hechos son los hechos, y el número de víctimas aumentaba sin cesar. El especialista en cuestiones de Defensa en el diario Haaretz, Zev Schiff, conocido por sus lazos con el establishment militar, contó que “tras el fin de los combates, durante las primeras búsquedas, se encontraron 80 cadáveres. Se estima que el número de víctimas en los combates alcanza unos 200 palestinos, incluidos civiles; parte de ese número se encuentra enterrada bajo los escombros de las casas derrumbadas”4. La cifra de 200 muertos se impone. El portavoz del ejército, el coronel Ron Kitri, también la usa5.

Para los habitantes del campo, este número está subestimado. Sin embargo, el ministro de Defensa, el laborista Benjamin Ben Eliezer, interviene y declara que la “verdadera cifra” es de algunas decenas. Un editorialista israelí se pregunta: “¿Es posible que en combates tan duros como los de Jenín, que costaron la vida a 23 soldados israelíes y heridas a unos 60, en el que participaron helicópteros de asalto, tanques y topadoras, con destrucciones tan pesadas, el número de muertos (palestinos) sea tan reducido? Hay algo que no funciona en ese cálculo”6.

El secreto del balance exacto, de todas formas muy elevado, está enterrado bajo las casas destruidas, en el centro de Jenín y en otras partes, así como en las tumbas palestinas y las fosas cavadas por el ejército. Durante los combates, quince víctimas fueron enterradas por los habitantes, ocho delante del hospital del campo. En el lado Este del campo existe un terreno baldío donde los soldados israelíes, según varios testigos, cavaron la tierra con una topadora, “y seguramente enterraron cadáveres”. Cerca del cementerio, algunas víctimas fueron inhumadas, en número desconocido. También existen todavía decenas de cadáveres en los servicios de salud, que esperan ser enterrados.

Finalmente, el traslado de cadáveres recogidos en el campo y llevados en un principio al bosque de Saadeh, al norte de la localidad, quedó rodeado del mayor misterio. Embalados por el servicio de rabinos militares en bolsas de plástico negro, fueron transportados por grandes camiones refrigerantes hacia el cementerio creado y mantenido por el ejército israelí para los activistas palestinos, cerca del puente Damiah, en el valle del Jordán (“cementerio de los terroristas” para los israelíes, “cementerio de los números” para los palestinos, debido a los números que aparecen sobre las tumbas). Algunas asociaciones israelíes de derechos humanos se dirigieron a la Alta Corte de Justicia para frenar estos entierros, pero la mayor parte del “trabajo” ya estaba hecha. ¿Cuántos cadáveres fueron transportados? Misterio…

Esto significa que la Comisión creada por el secretario general de la ONU sobre los acontecimientos de Jenín –cuya composición y objetivos Sharon ya comenzó a rechazar– tiene por delante una tarea delicada. Además, deberá estudiar la interdicción de intervenir impuesta por once días a la Cruz Roja y a la Media Luna Roja, así como a distintos grupos humanitarios, violando las convenciones sobre el derecho de guerra.

Los palestinos solicitaron de urgencia el envío de material pesado para despejar las casas destruidas, a fin de buscar sobrevivientes. Israel, que dispone de esos medios, se negó. El largo y hermético cerco al lugar del desastre impuesto para la prensa local e internacional, poco habitual en este país, provocó muchas dudas sobre los informes del ejército y del gobierno. ¿Qué había que esconder? La prensa israelí no estuvo a la altura de los acontecimientos, salvo algunos periodistas que no respetaron el eslogan “¡Silencio! Estamos tirando”.

De ahora en más, el campo de refugiados palestinos de Jenín pertenecerá a la larga lista de crímenes que jalonan el conflicto palestino-israelí, de la masacre de Qibya (1953) a la de Sabra y Chatila (1982). Con un denominador común: el general Ariel Sharon.

El paisaje desafía toda imaginación. Una encarnación del horror, una visión posterior al huracán. Casas destruidas, total o parcialmente, restos de cemento y de hierro, cables eléctricos entremezclados. Autos pulverizados por los tanques o los misiles agregan una dimensión de barbarie a este espectáculo espantoso. Un olor áspero de cadáveres flota sobre los escombros. Nada queda de las infraestructuras.

En medio del campo, un terreno baldío rectangular. Era el barrio Hauachin, que contaba alrededor de 150 casas, sobre un total de 1.100 para el conjunto. Unas topadoras gigantes demolieron completamente este barrio antes de apisonar la superficie. Mujeres, ancianos, niños, hombres, erran entre los escombros en búsqueda de sus parientes enterrados.

Un hombre de unos treinta años excava con una pala, mientras su hijo saca los restos con sus manos. Esperan encontrar a los miembros de su familia que fueron sepultados vivos. Algunas decenas de metros más lejos, tres hombres arrancan de la tierra el cadáver de su padre, desfigurado, de los restos de lo que alguna vez fue su hogar. El campo de refugiados de Jenín está entre los más pobres de Cisjordania.

En la esquina de un edificio, a mitad destruido, una mujer de unos cuarenta años llora y grita: “¡Dios! Vénganos y haz morir a Sharon”. Miembros de su familia, insiste, yacen bajo las ruinas. Unos niños observan a su alrededor, pasmados; el horror borró toda sonrisa de sus caras. “Sharon, por su operación demente y criminal, hizo de todos estos chicos futuros hombres-bomba. Es él, este monstruo, quien nos llevará a todos a responder por todos los medios, para expulsar su ejército y sus colonos de nuestra tierra”, dice una joven cuya familia entera se salvó, el primer día del asalto contra el campo, al escapar hacia el pueblo vecino de Rumaneh.

“Las terribles destrucciones en el campo fueron realizadas siguiendo un plan minucioso. Sharon quería aterrorizarnos”, explica Muhammad Abu el-Hija, dentista de 32 años, cuya familia fue expulsada en 1948 de la región de Haifa, como muchos otros habitantes. Entre el 80 y el 90% de las casas quedaron inhabitables. En el lado Este y en el centro de la localidad, la devastación es total. El delegado general de la Oficina de Socorro y Trabajo de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNRWA), Peter Hansen, se mostró horrorizado y declaró al campo zona siniestrada.

Jenín fue invadida el 3 de abril pasado, quinto día del asalto contra las ciudades palestinas de Cisjordania. Un ola intensa de disparos, obuses de tanques y misiles de helicópteros señalaron el comienzo del ataque. Se decretó el toque de queda y los atemorizados habitantes buscaron refugio en sus casas. Como los tanques no podían penetrar en las callejuelas, topadoras gigantes destruían las casas de ambos lados de la vía. La segunda ola comenzó cuatro días más tarde. Una destrucción sistemática del centro, donde se alzaban casas de uno a tres pisos. Allí se reagruparon combatientes palestinos, armados de kalachnikovs y explosivos, para hacer frente a uno de los ejércitos más modernos del mundo. La batalla fue muy dura y desigual. Los palestinos sufrieron pérdidas muy pesadas; los heridos –combatientes pero también, en su mayoría, civiles– agonizaron sin asistencia, puesto que el ejército israelí prohibió a las ambulancias de la Media Luna Roja palestina la circulación dentro del campo.

El 9 de abril, los palestinos tendieron una emboscada, en la que murieron trece soldados israelíes. El ejército dio entonces consignas para evitar nuevas pérdidas a cualquier precio y se comenzó a disparar a primera vista sobre todo lo que se movía. ¿Acaso no se había informado a los soldados que el campo era un refugio de terroristas de Hamas y de la Jihad? Eso justificaba a sus ojos una punición colectiva del campo… Se intensificó la voladura de casas. En este campo, como en todas las ciudades palestinas, toda institución u oficina de la Autoridad Palestina fue sistemáticamente destruida: se trataba de eliminar todos los símbolos y todos los recursos.

Se registró sistemáticamente cada apartamento: una vez encerrada la familia en una habitación, los soldados volcaban los muebles, abrían los armarios, tirando todo al piso y provocando un desorden indescriptible. Los robos de dinero, joyas e incluso cigarrillos (“recuerdos” en su lenguaje militar), se multiplicaron. Para abrir puertas se servían de un escudo humano, a saber un habitante del campo, una práctica catalogada como crimen de guerra. Si no había respuesta, hacían volar la puerta con explosivos. Un “incidente” entre tantos otros: un “escudo” le dice al soldado que en el interior de la casa se oyen ruidos, pero éste hace explotar de todos modos la puerta, hiriendo gravemente a una mujer. “Lo siento” dice el soldado, antes de pasar a la puerta siguiente…

 

  1. Yedioth Aharonoth, Tel-Aviv, 19-4-02.
  2. Ibidem.
  3. Haaretz, Tel-Aviv, 9-4-02.
  4. Haaretz, 12-4-02.
  5. Ibidem, 15-4-02.
  6. Yedioth Aharonoth, 19-4-02.
  7. Yedioth Aharonoth, Tel-Aviv, 19-4-02.
  8. Ibidem.
  9. Haaretz, Tel-Aviv, 9-4-02.
  10. Haaretz, 12-4-02.
  11. Ibidem, 15-4-02.
  12. Yedioth Aharonoth, 19-4-02.
Autor/es Amnon Kapeliuk
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:18,19
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Justicia Internacional
Países Israel, Palestina