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Recuadros:

De “persona no grata” a aliado ferviente

A diferencia de la administración Clinton, que promovía el acercamiento entre el líder palestino Yasser Arafat y los dirigentes del laborismo israelí con miras a un acuerdo de paz en la región, para la administración Bush y el Pentágono la estrategia central en Medio Oriente es la eliminación de Saddam Hussein, integrada en la campaña antiterrorista. Una estrategia para la que han desistido de buscar aliados entre los países árabes. Sólo la gravedad de la crisis los obliga a involucrarse, con una escandalosa complacencia para con la agresión militar del general Sharon.

Hasta mucho tiempo después de su renuncia obligada al puesto de ministro de Defensa israelí (debida a su responsabilidad en las matanzas de Sabra y Chatila, en septiembre de 1982), Ariel Sharon siguió siendo persona no grata para Washington. Su rehabilitación comenzó cuando Benjamin Netanyahu lo nombró ministro de Relaciones Exteriores. En noviembre de 1997, Sharon fue a la Casa Blanca para reunirse con Sandy Berger, asesor de Seguridad Nacional del presidente William Clinton. Sharon había reconocido el carácter inevitable del Estado palestino, tratando de conseguir apoyo de la administración Clinton para su versión de los límites de ese Estado: una entidad compuesta por la mitad de Cisjordania y la casi totalidad de la Franja de Gaza. Según el diario israelí Haaretz del 28-11-1997, “un responsable de alto rango de la administración Clinton” habría declarado entonces que el asesor Berger “quedó impresionado por el encuentro: Sharon le había parecido pragmático y moderado”.

Pero la estrella de Sharon nunca brilló tanto como en la primavera de 2002, en el Washington de George W. Bush. Según el primer ministro británico Anthony Blair, Sharon es uno de los soldados más fervientes de la guerra contra “el eje del Mal”… Así fue cómo se borró de la memoria de los responsables de decisiones y sus consejeros el recuerdo de los problemas que Sharon le creó a Washingotn durante años. Cuando más de tres divisiones israelíes –es decir, 75.000 soldados– se desplegaban en Cisjordania, cuando las principales ciudades de Cisjordania volvían a convertirse en ruinas, cuando israelíes y palestinos lloraban la muerte de cientos de inocentes, George W. Bush pronunciaba el 18 de abril esta declaración inverosímil: “Creo que Ariel Sharon es un hombre de paz”.

En cuanto a Yasser Arafat, agotó hace mucho tiempo la escasa buena voluntad de Washington. El presidente Bush declaró el 6 de abril: “Arafat nunca pudo ganar mi confianza; nunca cumplió”. Pero el líder palestino no padece solamente de la incapacidad de complacer los deseos de la administración estadounidense. En Washington es escarnecido y puesto al nivel de los dirigentes considerados como parias políticos. Nadie teme ni respeta a este Premio Nobel de la Paz. Las discusiones se focalizan en su merecida eliminación política, que resulta no de las urnas –dado que es más popular que nunca– sino de la luz verde que Washington le da a Sharon.

Arafat paga su asociación con el proceso de paz de Oslo, al que se oponen hace tiempo los principales estrategas de defensa nacional de la administración Bush, en la medida en que se oponen a la retirada israelí de los territorios ocupados. Durante la presidencia de Clinton, Arafat era recibido regularmente en la Casa Blanca; en el entorno de Bush eso es considerado ahora como un despilfarro de las facultades de un presidente: una carrera ilusoria hacia la paz palestino-israelí. Después de denigrar el proceso de Oslo como contradictorio con los intereses de Israel, los partidarios de Bush ven en la negativa del jefe palestino a la “oferta generosa” de Ehud Barak una señal del callejón sin salida diplomático al que está condenado todo intento de negociación con él.

Además, en la perspectiva estratégica más amplia que representan “la guerra contra el terror” y la futura ofensiva contra Saddam Hussein, los palestinos y el mundo árabe sólo pueden cumplir una función secundaria. En la administración Bush nadie considera a Arafat y los suyos como “socios” al mismo nivel que los israelíes. En el mejor de los casos, el jefe de la Autoridad Palestina deberá ser neutralizado en tanto factor de inestabilidad. En el peor, Washington podría concluir, lo mismo que el Primer Ministro israelí, que Arafat y las instituciones que representa franquearon el límite del no retorno, y que en adelante se puede prescindir de ellos.

Por otra parte la administración Bush estuvo a punto de tomar esa decisión en enero de 2002, después de que Israel interceptara un navío cargado de armas procedente de Irán destinado a los palestinos. Por eso la visita del secretario de Estado Colin Powell a la región a principios del mes de abril fue considerada por Henry Kissinger, pero también por el grupo de jóvenes asesores reagrupados alrededor del Presidente palestino, como “un intento estadounidense de dar una última oportunidad a Arafat”, para que satisfaga el deseo de Bush de “actuar conforme con su condena del terror”. Kissinger añade: “Habida cuenta de cómo reacciona el Presidente ante estas cosas, no tendremos proceso de paz sin que los participantes en ese proceso se opongan al terrorismo”.1

Bush encontró su “voz presidencial” con el tema emocional, pos Guerra Fría, de “la guerra contra el terror”. En la secuela de los ataques de Al-Qaeda contra Estados Unidos, el Presidente se complace en la claridad virtuosa de su cruzada. La respuesta estadounidense a los ataques del 11 de septiembre estableció su razón de ser política. Demostró su capacidad para movilizar a la opinión pública a favor de un designio diplomático, militar y estratégico que preexistía a la tragedia, y cuya pieza clave es el despliegue de nuevas generaciones de armas y sistemas nucleares encargados de contrapesar un eventual ataque aéreo. Así es como Bush alía el credo moral de la guerra contra el terror con preocupaciones mucho más prosaicas, como el escudo antimisiles o la proliferación de armas no convencionales.

El 31de enero pasado el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, declaraba: “La verdadera inquietud en la actualidad es el vínculo existente entre las redes terroristas y los Estados terroristas que poseen armas de destrucción masiva. Tiene que llevar a la población del mundo entero a comprender con qué nos enfrentamos: algo muy diferente a lo que hubo en otros períodos, que no amenaza miles de vidas, sino cientos de miles. ¡Imaginen la potencia y el carácter letal de esas armas!”2

Principal aliado y admirador de Bush, Israel es también uno de sus apoyos fervientes en esta campaña de guerra. Pretende contar con el único sistema de escudo antimisiles balístico táctico que funciona en el mundo. Estados Unidos lo alienta a exportarlo a Turquía y la India. La alianza estratégica entre Jerusalén y Washington descansa sobre una colaboración de punta en materia de tecnología y estrategia antimisiles. Comparado con esto, los desacuerdos palestino-israelíes, o sirio-israelíes, a Washington le parecen menos imporantes.

Hace más de veinte años que los dirigentes israelíes tratan de que Washington comparta su percepción de las amenazas no convencionales que representan Irán, Irak y en menor medida Siria. Sharon y sus aliados del Pentágono nunca aceptaron uno de los postulados de las negociaciones de Madrid (1991) promovidas por Estados Unidos después de la guerra del Golfo: la posibilidad de desplegar contra los regímenes radicales de Bagdad y Teherán una coalición que reúna a Israel con algunos Estados árabes.

Después del fracaso de las negociaciones de paz, la administración Bush ha dejado de considerar que un acuerdo árabe-israelí sea la manera más eficaz de enfrentar a Irak o Irán. Rumsfeld, lo mismo que el vicepresidente Richard Cheney, piensa que ante todo hay que “terminar el trabajo” que empezó Bush padre y derrocar a Saddam Hussein. No ven la ventaja de pagar el precio político de una cooperación árabe que no es esencial, y que por otra parte están seguros de conseguir una vez lograda la victoria. La gira de Cheney por la región en el mes de marzo no hizo más que corroborar esa opinión.

Actualmente, cuando los estrategas de Washington estudian un mapa del Medio Oriente, su mirada se clava en el Golfo. Sólo coaccionados por las circunstancias se ocupan de Palestina y sus guerras interminables. Su único temor verdadero es que la violencia desborde al este de Israel, hacia Irak y Jordania, y que pueda arrastrar incluso a Siria o al Líbano. A los ojos de la administración de Estados Unidos, el conflicto palestino-israelí es un agujero negro lleno de esperanzas frustradas, que hay que evitar a toda costa. Se trata de un espectáculo secundario que precede a un acontecimiento mucho más serio y determinante para el futuro de la región: la caída del poder iraquí. Qué alivio abandonar esas complicaciones que cuestan tiempo y cansancio sin aportar la más mínima ventaja.

Powell parece comprender lo que está en juego en la ofensiva que Israel lanzó contra los palestinos: “Me voy, pero dejo detrás de mí cuestiones fundamentales para los pueblos y líderes de la región, como así también para la comunidad internacional. Para el pueblo y los dirigentes de Israel, se trata de saber si ha llegado el momento de que el Estado de Israel, un Estado fuerte y ardiente, mire más allá de las consecuencias destructoras de las colonias y la ocupación, que deben tener fin, de acuerdo con las claras posiciones asumidas por el presidente Bush en su discurso del 4 de abril. Los israelíes tienen que mirar hacia adelante, hacia la promesa de una paz global y duradera forjada por la región y el mundo entero. Para el pueblo y los dirigentes de la Autoridad Palestina, se trata de saber si será posible renunciar para siempre a la violencia y al terrorismo, y concentrarse en una paz lograda estrictamente a través de negociaciones. Los terroristas y los responsables de hechos violentos no deben tomar como rehén el sueño palestino de independencia e impedir la emergencia de un Estado palestino”, explicaba antes de abandonar Jerusalén, el 17 de abril pasado.

El secretario de Estado impulsa a su gobierno a reconocer las ventajas de una independencia palestina, diez años después de que la anterior administración Bush se comprometiera en una “carta de garantía” dirigida al gobierno de Izhak Shamir a oponerse a ese Estado. Pero Powell se ve doblemente bloqueado: por los favores de que goza en Washington el Primer Ministro israelí, pero también por un marco diplomático que no tiene relación con los cambios que Sharon impone en el terreno. Estas transformaciones reflejan por otra parte la concepción israelí, según la cual el acuerdo firmado en Oslo con Arafat toca a su fin.

Cuando accedió al poder, la intención de la administración Bush era no desempeñar ninguna función importante en la cuestión. Pero la persistencia de la Intifada y los ataques militares de Israel en las zonas autónomas palestinas se impusieron a los principales responsables de Washington. Esta implicación dio lugar a una gestión de la crisis cada vez más ineficaz, carente de una verdadera estrategia política. Los únicos rasgos claros en la actitud actual de Estados Unidos son, por una parte, los reiterados llamados a la Autoridad Palestina para que ponga fin a la rebelión palestina, remita a sus propias fuerzas o a fuerzas opuestas; y por otra parte, la exigencia de que el Primer Ministro israelí coordine sus iniciativas militares con la Casa Blanca, como prometió.

La actitud benévola de Bush para con el gobierno de Sharon fue extraordinaria, incluso a la luz de la estrecha colaboración y la amistad histórica entre Estados Unidos e Israel. En 2001 Washington asistió con desapego a la destrucción por Israel de los fundamentos de los acuerdos de Oslo, que sin embargo Estados Unidos había firmado. A principios de diciembre de 2001, en ocasión de una reunión entre Sharon y Bush en Washington, este último se limitó a pedir que no mataran a Arafat. En el curso de las semanas siguientes el gabinete israelí negó toda legitimidad a la Autoridad Palestina, definiéndola como “una entidad que apoya al terror”, y al mismo Arafat como “fuera de lugar”.

Cuando sus incursiones se hicieron cada vez más numerosas, en marzo y abril de 2002, Israel asestó el golpe de gracia a los servicios de seguridad palestinos que operaban en Cisjordania. Sin embargo estos constituían uno de los elementos esenciales de un acuerdo firmado hace diez años entre Israel y la Organización por la Liberación de Palestina (OLP), que había hecho posibles las negociaciones de Oslo. Y aunque la CIA haya apoyado políticamente y asistido técnicamente a esos servicios durante mucho tiempo, Estados Unidos no reaccionó cuando Sharon los mutiló, e intervino únicamente durante el ataque de abril para modificar en algo las condiciones de su capitulación.

Sin embargo, la preocupación que llevó a Powell a emprender su repentino viaje en abril era ante todo la amenaza de deterioro de la situación regional debido al ataque israelí. “Dos o tres días después del comienzo de las incursiones (israelíes), las embajadas (de Estados Unidos) empezaron a darnos a conocer sus consecuencias en las calles y para los dirigentes de la región. Vimos cosas que nunca hubiéramos imaginado ver: coches calcinados en Bahrein, medio millón de personas protestando en Marruecos, manifestaciones en Egipto. La situación nos inquieta, y esta inquietud es que no afrontamos solamente un conflicto entre dos bandos en los territorios ocupados, sino algo que hierve y desborda la marmita, que concierne no solamente a los intereses estadounidenses, sino también a los de Israel, y de manera duradera, a largo plazo”, explicó Powell el 9 de abril pasado.

El itinerario que eligió Powell traiciona la voluntad de evitar un eventual contagio más allá de Israel y Palestina. En ocasión de sus visitas previstas a Marruecos, Egipto y España, Powell dio su acuerdo a una declaración de las Naciones Unidas, de la Unión Europea y Rusia, más agresiva que los discursos de la Casa Blanca, pero Washington y los medios estadounidenses la olvidaron enseguida. En sus encuentros en Beirut y Damasco precisó que deseaba una tregua con el Hezbollah en la situación sobre el frente norte de Israel. En cuanto al presidente Bush, también llamó a Siria e Irán a no intervenir en este asunto. Declaraciones que prueban la naturaleza de los principales objetivos estadounidenses en la región, mientras Israel seguía con su agresión militar.

La política de Estados Unidos para con Palestina e Irak da muchos dolores de cabeza a sus numerosos aliados árabes: Egipto, Jordania, Arabia Saudita. Esta última trató de llenar el vacío diplomático creado por las elecciones de Bush y de Sharon formando una coalición árabe para un plan que ofrece la paz y el reconocimiento de Israel. Después de poner en sordina esta oferta, Bush la interpretó erróneamente como un intento dirigido a quitar el “caso Palestina” de manos de Arafat y la OLP para entregarlo a los Estados árabes, que lo detentaron de 1948 a 1974. El hecho de que el Primer Ministro israelí haya podido impedirle al Presidente palestino que fuera a la cumbre árabe de Beirut demuestra que a pesar de sus discursos la Casa Blanca contaba con pasar por encima de Arafat, lo mismo que Sharon.

“Desde el 11 de septiembre, me empeño en transmitir este mensaje: todo el mundo tiene que elegir: o se está con el mundo civilizado o se está con los terroristas. Todos en Medio Oriente tienen que elegir y actuar de manera más decisiva, en las palabras y en los hechos, contra el terrorismo. El Presidente de la Autoridad Palestina no se opuso a los terroristas de modo perseverante, no los enfrentó. Es en buena parte responsable de la situación en la que se encuentra. No aprovechó las oportunidades que se le presentaron, de manera que traicionó las esperanzas del pueblo que supuestamente lidera. Dado su fracaso, el gobierno israelí se ve en la obligación de atacar las redes terroristas que matan a sus ciudadanos… Mientras Israel da un paso atrás, los responsables palestinos y los vecinos árabes de Israel tienen que avanzar y demostrarle al mundo que son verdaderamente partidarios de la paz. El peso de la opción les corresponde a ellos”, observaba Bush en su discurso del 4 de abril pasado.

Al abandonar Medio Oriente el 17 de abril, el secretario de Estado de Estados Unidos dejó la región en un estado todavía más grave que cuando llegó. El Primer Ministro israelí no puede sino sentirse alentado por la complacencia con la que la administración Bush lo deja poner en práctica su programa político y militar. Arafat no puede sino estar consternado ante la ausencia de interés de Washington por rehabilitarlo. Y de un lado y otro hay inocentes que se preparan a caer en los futuros enfrentamientos.

  1. Entrevista con Kissinger, CNN, 10-4-02.
  2. Special Report, primavera de 2002.

Contradicciones de la solidaridad árabe

Saade, Wissam

“A Jerusalén marcharemos/ mártires a millones”. Los manifestantes de todo el mundo árabe retomaron este grito del jefe de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, horas después del comienzo de la ofensiva israelí del 29 de marzo pasado contra las ciudades de Cisjordania. Clavados al atardecer ante la cadena de televisión Al Jazirah, vieron atroces imágenes que persiguieron a cada uno hasta lo más profundo de su ser. El asedio de las oficinas del presidente Arafat y la nueva ocupación de Cisjordania al día siguiente de la cumbre árabe de Beirut (que había aprobado la iniciativa del príncipe heredero saudita Abdallah)1, intensificaron esos sentimientos.

No se puede reducir las manifestaciones del mundo árabe a una simple frustración o a un desquite. Cuando el general Ariel Sharon se paseó por la explanada de las mezquitas el 28 de septiembre de 2001, millones de personas que ardían de indignación invadieron las calles, denunciando el “silencio árabe” de los gobiernos. Sin embargo, la calle también se llamó a silencio unas semanas más tarde; se “ausentó” hasta la última ofensiva israelí. La protesta popular actual no refleja un regreso de la política, aun cuando trasunta una impugnación a la falta de expresión política institucional. El llamado a la democracia en tierra árabe se acompaña de la exigencia de una mayor firmeza en el conflicto regional.

La brecha entre gobiernos y ciudadanos es cada vez más ancha. Pero estos últimos no elaboraron una línea que les permita reagruparse como “oposición”. Buena parte de los manifestantes son apolíticos, o bien despolitizados. Es demasiado pronto para saber si la movilización actual consolidará las fuerzas políticas constituidas o dará nacimiento a otras nuevas.

En estas movilizaciones se detectan dos grandes corrientes. La primera, populista e integrista, se posicionó resueltamente contra la iniciativa del príncipe heredero saudita Abdallah, incluso contra el principio mismo de una negociación con Israel o de una resolución pacífica del conflicto. La otra corriente quiere que terminen la ocupación y el conflicto y apoya un acuerdo de paz.

La nueva ocupación de las ciudades palestinas no diluyó estas dos tendencias. Para los irredentistas, los acuerdos de Oslo no fueron capaces de proteger a los palestinos contra la ocupación de sus territorios. En cambio para los pragmáticos esta ofensiva atestigua que estas ciudades gozaban de cierta libertad después de Oslo. La enorme popularidad que logró el Presidente de la Autoridad Palestina en estas últimas semanas es ambigua: ¿se trata de la popularidad de un jefe que lucha por la independencia de su pueblo o por la paz entre dos pueblos? ¿O corresponde al retrato presentado por el general Sharon, que convierte a Arafat en el símbolo de la guerra santa musulmana y el terrorismo, a imagen de Hassan Nassrallah, secretario general del Hezbollah, y Osama Ben Laden?

En Egipto las manifestaciones ganaron terreno con bastante rapidez. Con una exigencia popular tan simple como clara: romper toda relación con Israel, expulsar de El Cairo al embajador de Tel Aviv. Nadie se conformó con la decisión del gobierno de congelar los contactos y las relaciones no diplomáticas con Israel, manteniendo abiertos “los canales diplomáticos que sirven a la causa palestina”. Desde El Cairo hasta Alejandría, desde las ciudades del alto Egipto al Delta, continuaron las manifestaciones de solidaridad con los palestinos. Los llamados de unos a la guerra santa coinciden con la nostalgia nacionalista de otros, que añoran la época de Nasser, tal como lo manifestaron ante las oficinas de la Liga Árabe de El Cairo. Además, el antisionismo se mezcló con el antiamericanismo. El poder egipcio pretendió responder con bombas lacrimógenas y matracas electroshocks, provocando la muerte de un manifestante.

También en Jordania hubo un muerto: Hamza Fuad Chebane. Era un niño de 11 años, refugiado palestino del campo Al-Bakaa, a quien las fuerzas de represión aplastaron el cráneo en el curso de una manifestación de solidaridad. El campo implantado en el norte de Amman, que reúne a 150.000 habitantes, fue asediado por los blindados del ejército hachemita y las tropas de la policía antimotines.

Jordania intenta en vano apaciguar la furia de sus habitantes, palestinos en su mayoría. Por una parte, la población no puede permanecer indiferente ante lo que padecen sus “primos” del otro lado del Jordán; por otra, el gobierno tiene miedo de dejar que los habitantes se manifiesten libremente. Sin embargo, la situación ha evolucionado en parte. El poder no se plantea romper relaciones con Israel ni expulsar al embajador David Dadoon, pero trata de canalizar la furia. A la cabeza de unos 80.000 manifestantes marchan ministros al lado de personalidades de la oposición islámica y nacionalista que piden la apertura de fronteras para la guerra santa. Los medios otorgan un espacio preponderante a los gestos de solidaridad, como los del rey Abdallah y la reina Rania, que donan su sangre para los palestinos.

Jordania se encuentra en el medio de la tormenta. Frustrados, los manifestantes callejeros entran en ebullición. El gobierno se ve entre el fuego cruzado de la oposición islámica y la furia palestina. Mientras en todo el mundo árabe se pone de moda el keffieh blanco y negro palestino, el keffieh beduino blanco y rojo fue quemado en el campo de Bakaa, y se esgrime el retrato de Arafat, a veces junto al del Rey y otras en su contra.

Antiamericanismo masivo

En Damasco, Siria, el poder se inquieta ante el retorno del retrato de Arafat, aun cuando sea levantado al lado de los retratos de los dos presidentes Assad, padre e hijo, y del jefe del Hezbollah, Nassrallah. Las manifestaciones se suceden sin interrupción en diferentes regiones, y la oposición encontró en ellas la oportunidad de exhibir su presencia política en las calles, especialmente los comités de revitalización de la sociedad civil.

Sin embargo estas manifestaciones siguen controladas por el aparato del poder y el partido Baas. Sirven para transmitir mensajes. Así, los manifestantes pudieron arrojar piedras contra las dos embajadas de Egipto y Jordania, países cuyas relaciones con Siria son muy tensas en la actualidad.

En el Líbano, el movimiento de masas empezó antes de la ofensiva del general Sharon. El 29 de marzo pasado, miles de refugiados palestinos pudieron bajar a la calle con sus conciudadanos libaneses en el centro de Beirut. Blandiendo pancartas y cantando consignas hostiles a Israel y Estados Unidos, se produjo una cadena de manifestaciones y concentraciones. El retrato de Arafat reconquistó el oeste de Beirut, lo que no resulta fácil de digerir para ciertos dirigentes y medios de comunicación. Los jóvenes de izquierda optaron por centrar su acción en una sentada día y noche en la Plaza de los Mártires, en el centro de la ciudad, en solidaridad con “la Intifada de la independencia nacional palestina” y tomando distancia respecto del Hezbollah, que instaló allí su tienda.

Este movimiento de apoyo se caracteriza por un antiamericanismo masivo. La izquierda estudiantil hace campaña por un boicot a todo lo estadounidense: organizan sentadas ante los McDonald’s, los Burger King y los Starbucks. El conjunto de manifestantes se da cita sistemáticamente en Awkar, sede de la embajada de Estados Unidos. Sin embargo son pocos los dispuestos a aceptar la reapertura del frente meridional con Israel: “Va contra el interés nacional palestino”, afirman.

En cuanto al antiamericanismo del Hezbollah, se manifestó abiertamente en ocasión de la llegada de Colin Powell a Beirut, el 15 de abril pasado. Decenas de miles de militantes y simpatizantes manifestaron desde la mañana, condenando la política de apoyo estadounidense a Israel. Estados Unidos sigue siendo el Gran Satán. Desde fines del mes de marzo el Hezbollah había reunido a 200.000 simpatizantes en el suburbio sur de la capital.

En los países del Golfo las manifestaciones se intensificaron, también en aquellos que hasta el momento ignoraban casi por completo este tipo de expresión pública. También allí hubo una fuerte posición contra Estados Unidos. En Bahrein 20.000 manifestantes bombardearon con piedras y botellas incendiarias la embajada de Estados Unidos de Manama. Exigían la retirada de las tropas estadounidenses de la isla, uno de los peones clave de Estados Unidos en el Golfo y puerto donde ancla la quinta flota estadounidense. El viraje violento de los acontecimientos provocó la muerte de uno de los manifestantes.

Aunque de menor envergadura, tuvieron lugar manifestaciones en Oman, los Emiratos, Qatar y Kuwait. Los teléfonos portátiles cumplieron un importante papel en el éxito de las concentraciones. En Arabia Saudita, a pesar de que la policía impidió que la gente marchara hacia el consulado de Estados Unidos en Dharan, hubo una manifestación, toda una primicia para el reino.

En Irak, Libia, Yemen y Sudán, las manifestaciones aparecen más bien como expresiones de apoyo al poder establecido. De todos modos hubo enfrentamientos brutales en Yemen, por ejemplo, donde fue muerto un manifestante. En Irak se levantaban uno al lado de otro los retratos de Arafat y Saddam Hussein. Por decisión del consejo municipal, una de las calles de Bagdad tomó el nombre del dirigente palestino.

En Libia el coronel Muammar Khadafi encabezó la concentración, declarando ante 100.000 manifestantes que las fronteras de su país están abiertas. Desafió a los árabes a abrir sus fronteras a los voluntarios libios con el objetivo de apoyar a Jerusalén y a Abu Ammar (apodo de Arafat).

En Marruecos, expresar solidaridad está anclado en la vida política misma. Cantando: “Presidente del Comité Al-Qods, aplace su matrimonio”, los jóvenes protestaron contra la guerra israelí y la complicidad estadounidense. La cantidad de manifestantes de la gran marcha de solidaridad con el pueblo palestino sigue siendo difícil de evaluar: las autoridades calcularon 500.000 personas; los organizadores 3 millones. El primer ministro Abderrahmane Youssoufi, tras su fugaz presencia, tuvo que escapar de los abucheos. Fue muy atacada la ”política pro occidental” del país. La multitud era heterogénea, con una presencia considerable del movimiento islámico.

Desde el Golfo al Océano, siguen las manifestaciones, siempre marcadas por la ausencia de una perspectiva política. Una tendencia hace del conflicto actual una guerra “entre el Bien y el Mal”; otra reúne a quienes están empeñados al mismo tiempo en la liberación nacional del pueblo palestino y en la paz palestino-israelí. Todavía falta elaborar una estrategia eficaz.

  1. Ignacio Ramonet, “Paz ahora”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2002.


Autor/es Geoffrey Aronson
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:20,21,22
Traducción Marta Vassallo
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Terrorismo, Mundialización (Economía)
Países Estados Unidos, Israel