Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Ingobernable Argentina

Llegados a este punto de la crisis, el problema acuciante de la sociedad argentina es cómo canalizar la enorme preocupación por el destino del país hacia una propuesta política con reales posibilidades de materializarse y que exprese las necesidades y aspiraciones de la mayoría. La tarea es urgente, ya que cada día que pasa se hace más claro que el conjunto de la dirigencia –gobierno, oposición, sindicatos, empresas– es incapaz de resolver la crisis, tanto en el sentido que le exige el Fondo Monetario Internacional (FMI) en nombre de Estados Unidos y la Unión Europea, como en el que reclama con creciente convicción la mayor parte de la ciudadanía: un proyecto democrático autónomo y soberano1.

Hace cinco meses, cuando asumió el presidente Duhalde, el menor de los males era que lograse navegar lo más airosamente posible un período de transición, hasta finales de 2003, de modo que a derecha, centro e izquierda se organizaran nuevas alternativas políticas, con nuevos dirigentes. Ésa era –y sigue siendo, al menos en abstracto– la mejor de las opciones, porque impediría que un inmediato llamado electoral fuese capitalizado por los aparatos políticos tradicionales y daría tiempo a la renovación. El único interrogante emanaba de la velocidad y profundidad de la crisis, que combinada con la falta de legitimidad del gobierno y la ineficacia y deshonestidad proverbiales de la dirigencia, podía conducir a un desenlace abrupto. Tanto la opción como el interrogante siguen siendo válidos, aunque este último se torna poco a poco en certeza.

En cualquier caso, la necesidad de conformar rápidamente una alternativa viable es la misma. Podría ocurrir que la dirigencia lograse satisfacer las exigencias del FMI y obtuviese un respiro hasta las elecciones en el plazo previsto. Puesto que esto supondría un ajuste económico mayor y se profundizaría una recesión que ya lleva casi cinco años, sería previsible un tiempo de convulsiones sociales muy graves, con serio peligro para la estabilidad institucional y la democracia. Podría ocurrir también –y esto parece cada día más probable– que ese acuerdo no llegue o que se vea interrumpido por una nueva explosión social que acabaría con este gobierno y, muy probablemente, con el conjunto de la dirigencia.

De todos modos, y sin descartar la posibilidad de una “bordaberrización” del proceso (declaración del Estado de Sitio y llamado a las Fuerzas Armadas para mantener el orden, con eventual postergación de las elecciones, último recurso de la dirigencia política para sostenerse y del establishment local e internacional para evitar males mayores), es evidente que más temprano que tarde el conjunto de esta dirigencia deberá ceder el espacio a nuevos protagonistas y propuestas.

La derecha neoliberal tiene su programa: es el de siempre, con la variante esta vez de que prescinde de los partidos tradicionales –o en todo caso los asociará de manera secundaria, obligándolos a “modernizarse”– e intenta presentarse como seria, eficaz y moralizadora. Su problema es que tiene escasas posibilidades electorales, aunque según la evolución de los hechos puede tentar a ciertos sectores sociales. La extrema izquierda también tiene programa, pero comparte con la derecha la escasa adhesión popular, aunque ha crecido en las últimas elecciones legislativas y puede volver a crecer a caballo del descontento y la falta de alternativas. Ambos extremos del espectro político comparten una dificultad operativa: en la Argentina de hoy sus respectivos programas son incompatibles con la paz social, si no con la democracia. Parece claro entonces que existe un enorme espacio, que va desde el centroderecha nacionalista hasta el socialismo, en el que puede plasmarse la alternativa deseada por la mayoría de la población. Posible de realizar además, en la medida en que contaría con amplio respaldo y participación políticos.

El problema es que esa alternativa aún no se ha conformado, en parte por la velocidad de los acontecimientos, pero sobre todo porque no parece haber todavía clara conciencia de la gravedad de la crisis y de las dificultades para salir de ella, ni del poder y determinación de quienes se opondrían, dentro y fuera del país. En otras palabras, de las dificultades para gobernar con un programa alternativo y soberano, que contemple los intereses populares y nacionales. Tal como van las cosas, es probable que el próximo gobierno se encuentre, por un lado, con las demandas urgentes de más de 20 millones de pobres –de los cuales 8 millones de miserables2–, la producción paralizada, los servicios educativos, científicos y sociales desmantelados, el sistema financiero quebrado, el Banco Central sin reservas y una inflación desmesurada; por otro, con las presiones financieras internacionales de siempre y un contexto de guerra comercial y proteccionismo del que las últimas medidas del gobierno estadounidense no son más que la avanzada3.

Existen varias propuestas económicas bastante elaboradas y cierto consenso sobre los requisitos de corto y mediano plazo (ver págs. 4 y 5) para sujetar la crisis y reencaminar al país, capaces de obtener la aprobación y suscitar el entusiasmo de la mayoría del electorado. Pero no es perceptible aún la propuesta política capaz de encolumnar a todo el arco democrático, nacional y progresista. De los dos candidatos alternativos que han sabido concitar la mayor parte de las adhesiones actuales, Elisa Carrió parece reproducir el modo personalista y arrebatador de acumulación política que hizo que Chacho Alvarez apareciese y desapareciese como un cometa en el paisaje político argentino; en cuanto a Luis Zamora, sus propuestas de democracia directa y rotación presidencial anual, entre otras, resultan una juvenilia más adecuada para una crisis social de país desarrollado, como la del mayo francés, que para la Argentina de hoy. Esto no debe entenderse meramente como crítica, sino como preocupación, porque una y otro son dirigentes capaces, valientes y honestos que se han ganado a pulso el lugar que ocupan y las expectativas que generan; que deben luchar además con la rapidez de la crisis, la carencia de recursos, el asedio de oportunistas y corruptos que huelen el cambio de los tiempos y la escasa o nula cultura política nacional. Pero debe entenderse cabalmente que si cualquiera de las opciones progresistas se viese catapultada al gobierno en su estado actual de desarrollo y organización su fracaso sería más que probable, y que ése es un escenario de mediano plazo que haría frotarse las manos a quienes especulan quedarse con el país a precio de remate y con la aprobación de sus ciudadanos.

La gravedad de los problemas y las dificultades de todo tipo para construir una alternativa sólida constituyen entonces razones para que desde todos los sectores y ámbitos del país que actualmente estudian y trabajan por evitar la catástrofe se inicie un generoso esfuerzo de confluencia, en el que cada uno sepa postergar objetivos últimos en orden a uno urgente y principal: frenar la crisis, eliminar las injusticias más flagrantes, recuperar soberanía, salvar las instituciones.

Esta no es tarea sólo de partidos políticos: si se empieza por allí, como parece ser hasta ahora el caso, se repetirán las frustraciones. En una República, los partidos y dirigentes “representan” a la sociedad, a su proyecto histórico; “representan” por lo tanto a una cultura, en el sentido antropológico. No “elaboran” el objeto de representación; lo sintetizan y ejecutan. Concretamente, es la sociedad la que acerca a los partidos políticos sus necesidades y aspiraciones y no la que acepta sumisa las interpretaciones que éstos hacen de ellas. Los grandes partidos o movimientos políticos que han transformado a sus sociedades son aquellos que han sabido representarlas cabalmente en este sentido, en un momento histórico dado.

El actual estado de movilización y la crisis de identidad política que atraviesa la sociedad argentina hacen que esta dialéctica sea posible, en lo que constituye el elemento más positivo de la situación. La multiplicidad de foros, debates, grupos de estudio, asambleas y todo tipo de iniciativas económicas, científicas, sociales y culturales que actualmente se reproducen a lo largo y ancho del país deben confluir hacia la política no sólo en forma de propuestas, sino también de participación, de exigencia de renovación y vigilancia. Esto vale en particular para los sectores intelectuales y de la cultura en general, hasta hoy comprensiblemente asqueados de la política. El país está amenazado de disolución4 e incluso de desintegración. La tarea de salvarlo, de recuperarlo, requiere de un programa único serio que concite la adhesión, participación y control de todos los sectores sociales y de la mayoría de los ciudadanos.

  1. Una encuesta reciente indica que "dos de cada tres personas están en contra de continuar las negociaciones con el FMI". Ibope OPSM para Página/12, Buenos Aires, 12-5-02.
  2. Susana Torrado, “Pobreza: el modelo para no seguir”, Clarín, Buenos Aires, 27-2-02; y Roberto Navarro, “Lleno de pobres”, suplemento Cash de Página/12, 26-5-02.
  3. Christopher Marquis, “In Miami, Bush faces criticism for ignoring Latin America”, International Herald Tribune, 20-2-05; y Joaquín Estefanía, “La hipocresía de los falsos librecambistas”, El País, Madrid, 25-5-02. También Matías Longoni, “EE.UU. da más subsidios a sus agricultores y golpea a Argentina”, Clarín, Buenos Aires, 9-5-02. El proteccionismo estadounidense también afecta a productos industriales, pero sólo respecto de los agropecuarios, Argentina perderá unos 1.400 millones de dólares por año.
  4. Esta posibilidad es una preocupación cada vez más extendida y ha sido evocada incluso por la Iglesia católica. Sergio Rubin, “Un mensaje para sacudir conciencias”, Clarín, Buenos Aires, 26-5-02.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:3
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina