Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

¡Viva la crisis política!

Luego de la conmoción provocada por la derrota de los socialistas y el ascenso de la extrema derecha (frenado por la sociedad en la segunda vuelta electoral), Francia renueva este mes la Asamblea Nacional. Más allá de los resultados, importa analizar algunas causas de la crisis política. La invocación a coerciones externas para justificar la impotencia política y las medidas antisociales de los gobiernos están en el núcleo de la crisis de representación: abstencionismo, votos en blanco, fortalecimiento de la extrema derecha. La sobrevaloración de esas coerciones, propias del marco de la mundialización, potencia la dictadura del mercado y es intrínsecamente destructora de la democracia.

El lapso entre las dos rondas de la elección presidencial francesa, en mayo de 2002, estuvo marcado por manifestaciones populares de gran envergadura. En opinión de algunos, esas manifestaciones traducirían un “deseo de política”1. Sin embargo, esta excepcional movilización y lo que la provocó –la presencia de la extrema derecha en la segunda ronda del escrutinio– revelan sobre todo una profunda crisis del sistema representativo. Los órganos intermedios, en particular los partidos, funcionan en un creciente desfasaje respecto de la realidad del cuerpo social. La crisis actual es el resultado de un largo proceso de deslegitimación del poder político, intrínsecamente destructor de la democracia.

Hace veinte años que los partidos denominados “de gobierno” invocan, teorizan y organizan la limitación de la acción pública. El debilitamiento del Estado-nación, la inserción en la mundialización y la construcción europea justificarían, según ellos, una modestia de lo político, incluso su “duelo”2. Recientemente, Michel Barnier, delegado europeo, evocaba la “mentira por omisión”, el “gran secreto” que ocultaría a los ciudadanos que “los compromisos asumidos por los candidatos a la elección presidencial responden a un poder compartido con la Unión Europea” (UE)3. Después de la reconversión al rigor en 1983, los responsables socialistas popularizaron este fenómeno con la expresión “coerción exterior”.

En efecto, aunque ningún observador serio se atrevería a negar que los “tiempos son duros y (que) el margen de maniobra no es grande”4, ni sugeriría un “repliegue miedoso” dentro del marco nacional, como gustan hacer temer los promotores del pensamiento único, el discurso sobre la coerción no es neutro. Antiguo como la democracia, sirvió siempre para legitimar el orden establecido. Ya en 1791, Barnave intentó en su nombre “poner fin a la revolución”, ya que la superación de los logros de 1789 implicaba el cuestionamiento del derecho a la propiedad privada. De todos modos, las coerciones siempre aparecieron para refrenar las ansias reformadoras de la izquierda. ¿Acaso en 1936, la semana de 40 horas y los francos pagos no iban a llevar a la ruina a las empresas francesas?5 Pero en esa época existía un presidente del Consejo socialista –León Blum– quien, al ser interrogado por un presidente de la República recalcitrante, respondió: “Eso está en mi programa”.

De ahí en más, el realismo llegó tan lejos que se opone sistemáticamente a toda lucha social. Así, en 1999 el primer ministro Lionel Jospin confesó su impotencia frente a una importante ola de despidos: “Lo que pasa en Michelin no debe hacernos olvidar la tendencia económica actualmente en curso… Creo que ya no se puede administrar la economía… No es con la ley, ni con los textos, ni a través de la administración que vamos a regular la economía hoy en día”6.

Esta limitación del poder público ejerce violencia sobre el cuerpo social. ¿Quién no constata, en efecto, que la coerción, el “contexto cada vez más mundializado y europeizado”, pesa constantemente sobre las mismas categorías sociales? Como subrayaba John Kenneth Galbraith, lo que se considera engorroso es aquello que responde a los intereses de los ciudadanos marginalizados7. Cuando en nombre del realismo se justifican las decisiones conservadoras, la “coerción” uniformiza la “oferta” política y deja sin representación a una parte significativa de la sociedad: los “pobres”, los obreros, los abandonados por el orden social, los “dominados”…

Y su representación no se ve mejor garantizada cuando los que dominan, en ciertos casos con las mejores intenciones del mundo, pretenden hablar en su nombre y defender sus intereses. Esta evolución sustituye el combate del explotado por la asistencia al pobre. Este desplazamiento se hacía evidente en un boletín socialista parisino de 2001: “Para nosotros, el socialismo –en el sentido literal de la palabra–, es integrar en nuestras vidas los valores fundamentales que nos aportaron Jaurès, Blum, Marx, Zola, y más cerca de nosotros, el abad Pierre, o Coluche”8.

La democracia entera se ve afectada por la limitación del poder político: el principio mismo de la representación -el sufragio universal- pierde su sentido si las decisiones políticas se enmascaran bajo una “coerción objetiva”. La violencia de la dominación puede surgir entonces por caminos inesperados. Los resultados de la elección presidencial francesa lo confirman: los defensores de la “coerción”, sean de izquierda o de derecha, fueron sancionados en la primera vuelta (Jacques Chirac obtuvo un resultado excepcionalmente bajo para un presidente saliente: menos del 20% de los votos; el Primer Ministro socialista quedó afuera) mientras que el candidato de un cuestionamiento –aunque absurdo y xenófobo– al fatalismo económico accedía por primera vez a la segunda ronda obteniendo una parte importante de los votos populares, en particular el voto obrero9.

Oposición al conformismo

Se ha subestimado el poder de destrucción de la democracia contenido en la aplicación, en nombre de la izquierda, de políticas antisociales. La extrema derecha, con su programa de regresión social y cultural, ocupó el terreno político abandonado por los demócratas. Además, otras formas de oposición al conformismo político salieron a luz: abstención, récord de votos en blanco y anulados, multiplicación y éxito de candidaturas chicas que se acercaron o superaron el umbral del 5% de los votos emitidos. Sin embargo, ¿cuántos electores hubieran querido “realmente” ver acceder al gobierno de la República al candidato que votaron?

Efectivamente, la crisis está vinculada simultáneamente con la definición de las áreas de la acción pública (local, nacional, europea, mundial) y con el atascamiento del constructivismo político, o sea, de la capacidad de pensar la realidad y elaborar soluciones a los problemas. Porque la dilución del poder político es a la vez mecánica –la inserción en la mundialización- e ideológica, en el sentido en que Claude Lefort, siguiendo a Marx, analizaba la ideología como aquello cuya función, al imponerse como discurso racional, es impedir la pregunta acerca de los fundamentos, la legitimidad y la evolución del orden social10.

Además, estos dos problemas se nutren mutuamente: dado que lo político es impotente, transfiramos el poder a la sociedad y a su “accionista mayoritario”, el mercado; dado que lo real se nos escapa, oficialicemos la muerte de la acción pública. La profesionalización de la política, que se convierte en oficio antes de ser mandato, es la consecuencia lógica de este proceso. Administrar no es representar.

No obstante, el carácter mecánico e ideológico de la desposesión del poder político es, en gran parte, el producto de una sobrevaloración de las coerciones. Esta última corresponde a lo que Claude Lefort llama el “desconocimiento ideológico de la ideología”. En efecto, en el origen de la mundialización hay ciertas decisiones, adoptadas primero por Estados Unidos (como la del presidente Richard Nixon de independizar al dólar del oro, en 1971, que desencadena la volatilidad de los movimientos de capitales); luego por la UE (por ejemplo, la libre circulación de los capitales acelerada por el Acta Única).

Y los dirigentes políticos atan voluntariamente sus propias manos al adoptar tratados que los despojan, en beneficio del mercado, de todo medio de acción. La instauración y el fortalecimiento constante de algunas instituciones, como la Organización Mundial de Comercio (OMC), y de ciertos acuerdos internacionales que coaccionan a los gobiernos se realiza siempre con su consentimiento. Si el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) hubiese visto la luz del día, habría acabado de cerrar el “candado jurídico” que impide que los Estados se opongan a las decisiones de las empresas. Los tratados europeos, en particular el tratado de Maastricht y el pacto de estabilidad presupuestaria y de crecimiento, adoptados y ratificados por unanimidad, cumplen una función idéntica de compresión del poder político.

El derecho se ha convertido en un arma temible, mediante la cual los representantes del pueblo se precaven contra sí mismos. A diferencia del internacionalismo obrero emanado de las luchas sociales del siglo XIX, la mundialización no es un proyecto democrático. Por el contrario, marca la muerte de la representación política y del sufragio universal en nombre de una concepción “objetiva” de la realidad. La confusión fomentada entre los dos términos –internacionalismo y mundialismo– alimenta esta degeneración de la democracia.

Sin embargo, la sobrevaloración de las coerciones no está exenta de contradicciones. El gobierno de Estados Unidos acostumbra liberarse de las barreras del orden mundializado cuando sus intereses están en juego. En marzo de 2002, por ejemplo, aumentó sensiblemente los derechos aduaneros para proteger el acero estadounidense. Asimismo, en la UE, los gobiernos salvaguardan importantes medios de acción: el rol determinante que cumple el Consejo Europeo, donde los jefes de Estado y de gobierno están representados en forma igualitaria y deciden por consenso; la necesidad de ratificar todo nuevo tratado por unanimidad; la persistencia del derecho de veto, cuyo propósito quedó demostrado en la Cumbre de Niza, en diciembre de 200011. El presidente francés podría, si así lo deseara, demostrar esto en el Consejo Europeo de Sevilla que se celebra el 21 y 22 de junio, basándose en la legitimidad particular que le confiere su aplastante resultado electoral (82% en la segunda ronda) para exigir ciertas reformas.

La crisis política se instala en este hiato entre el dogma y la realidad, y sin duda es allí donde yacen las vías de su resolución. En efecto, la devaluación del poder político y el retorno de la fatalidad social prosperan sobre la destrucción de un elemento consustancial a la democracia: la existencia de una “otra parte” posible o utópica que ayuda a soportar los padecimientos del presente, al tiempo que aporta la perspectiva de su superación. Es decir que, simétricamente al proceso totalitario, la victoria ideológica del liberalismo instaura una dictadura de los hechos, donde los intereses económicos y sociales inmediatos de un grupo prevalecen sobre los intereses a largo plazo de la colectividad. Poco importa la injusticia del mundo, no existe una solución en “otra parte”. Y por su aparente espíritu amistoso y neutralidad, la función de la retórica de la “aldea planetaria” es también la de anestesiar las relaciones sociales.

La reconstrucción de la oferta política no se llevará a cabo sin una reconquista de esa “otra parte”, fundada en un análisis crítico del mundo y de las relaciones de dominación que en él se ejercen. Esto implica, en especial para la izquierda, superar el fracaso y el miedo que inspira el recuerdo de los sistemas totalitarios que intentaron oponerse a la lógica capitalista. En efecto, como subraya el economista anti-utilitarista Alain Caillé, la autolimitación de lo político interviene precisamente en un momento en que “el capitalismo empieza realmente a ajustarse a la descripción marxista; tras haber logrado liberarse de toda regulación, no sólo política sino también moral, ética o cultural, ya no es compensado por otros principios y sólo se rinde cuentas a sí mismo”12.

Se trata de rehacer un verdadero proceso de aculturación política, so pena de ver al “deseo de política” convertido en un tribalismo fraterno desarticulado (en una de las manifestaciones del 1º de mayo de 2002 contra la extrema derecha, una joven expresaba esta confusión cultural al exclamar: “¡Esto me recuerda al mundial de fútbol!”). Pero la aculturación concierne al conjunto de un cuerpo político que “desaprendió” a pensar en términos de seres libres gracias al discurso de las coerciones. Pierre Bourdieu decía en 1992: “Lo que me llama la atención es el silencio de los políticos. Están increíblemente faltos de ideales movilizadores. (…) Hay que generar urgentemente las condiciones para un trabajo colectivo de reconstrucción de un universo de ideales realistas capaces de movilizar las voluntades sin mistificar las conciencias”13.

Quedan por determinar las modalidades y los lugares de ejercicio de la regulación pública, local, nacional, europea. Su definición ya no puede establecerse en secreto, fuera de todo debate democrático. La oferta política debe redefinirse con total libertad en torno a estas opciones fundamentales. Porque poco importa que ningún proyecto inmediato pueda oponerse por el momento a la mundialización liberal: los ciudadanos siguen teniendo la posibilidad –e incluso el deber– de tomar un camino distinto al señalado por la fatalidad social.

  1. Michel Wievorka, “Donnez-nous envie de voter à gauche”, Libération, París, 10-5-02.
  2. Pascal Perinneau, TF1, París, 21-4-02.
  3. Michel Barnier, “Le grand secret de l’élection présidentielle”, Libération, París, 12-2-02.
  4. Le Monde, París, 14-1-1992.
  5. Serge Halimi, Quand la gauche essayait, Arléa, París, 2000.
  6. France 2, París, 14-9-1999.
  7. J.K. Galbraight, La République des satisfaits, Seuil, París, 1993.
  8. Coluche, famoso actor cómico muerto en un accidente hace cinco años, fundó los famosos “Restaurantes del corazón”, para alimentar a los marginales.
  9. Véase, en particular, Le Figaro, París y La Tribune, Ginebra, 23-4-02.
  10. Claude Lefort, “L’idéologie”, Enciclopedia Universalis, 1973.
  11. Bernard Cassen, “La mecánica europea confisca la soberanía popular”, Info-Dipló, (www.eldiplo.org), 10-5-02.
  12. “Le capitalisme a démantelé les régulations sociales et symboliques”, Libération, París, 6-5-01.
  13. Le Monde, París, 14-1-1992.
Autor/es Anne-Cécile Robert
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Ultraderecha, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Francia