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Las raíces de la desesperanza obrera

Las condiciones de vida de los asalariados, se trate de los despedidos destinatarios de planes sociales, de los amenazados de despido, reducción salarial o recategorización, o aun de quienes integran el nuevo mundo laboral, atomizado y competitivo, constituyen un factor de la pérdida de conciencia ciudadana que se puso de manifiesto en las últimas elecciones presidenciales, favoreciendo a la extrema derecha.

¿Prepara el trabajo para ocupar con conciencia ciudadana el propio lugar dentro de la sociedad? Cabe ponerlo en duda, en tanto el comportamiento de una parte del electorado en la elección presidencial francesa revela un malestar cuyas raíces deben buscarse también en las transformaciones del mundo del trabajo.

Por ejemplo, algunos reportajes televisados mostraron el desaliento y la rebeldía de algunas obreras de Moulinex, víctimas del cierre de la empresa y los planes sociales. Daban a entender que no votarían por la izquierda ni por la derecha gubernamentales. Representan, de algún modo, a un sector creciente de asalariados súbitamente descalificados. ¿Por qué deberían respetar las reglas del juego de la democracia política, cuando las de su universo laboral son pisoteadas?

A partir del verano de 2000, estos asalariados no han dejado de recordar a los directivos y a las autoridades que no aceptan ser considerados como un número más del balance, al punto de poner en peligro el orden público. Recordemos a los trabajadores de Celatex (fábrica de producción de viscosa en Givet, en las Ardenas) y de la fábrica de cerveza Adelshoffen en Schiltigheim (Heineken), que hicieron temblar a la opinión pública, amenazando en un caso con provocar una catástrofe ecológica derramando 5000 litros de ácido sulfúrico en el río Mosa; en el otro con hacer explotar barriles de gas. Y a los de Forgeval en Valenciennes, que planeaban incendiar su fábrica… y también a los de Bertrand Faure, que rompieron máquinas de taller ante el anuncio de cierre de su fábrica.

Así fue como obligaron a recordarlos a un mundo que parecía haberlos perdido de vista. En efecto, estos trabajadores ya no aparecían más que bajo la forma técnica de medidas de recategorización, o bajo la forma contable de indemnizaciones. Un cierre o unos despidos no constituyen sólo hechos cuantificables: una cifra de empleos perdidos, una cifra de recategorizaciones, cifras de retiros anticipados, indemnizaciones financieras, propuestas de formación, eventuales traslados, representan otras tantas pruebas, rupturas, traumatismos, pérdidas para las personas involucradas, que desaparecen detrás de los imperativos económicos y financieros, los dictados de la modernización, las nuevas reglas del juego de la mundialización capitalista.

Estos hombres y mujeres no sólo pierden su empleo, sus proyectos, sus parámetros, la seguridad de una vida bajo control: se ven privados también de su dignidad de trabajadores, de la autoestima, del sentimiento de ser útiles y de tener un lugar en la sociedad. Su vivencia de estos acontecimientos, el traumatismo que ellos encarnan son transpuestos, transfigurados en cláusulas jurídicas convencionales; son despedazados, trozados por los informes de aptitud, la derivación a empresas de reconversión, negados por indemnizaciones financieras destinadas a clarificar las deudas y poner la cuenta en cero.

“La sociedad del vacío”

¿Quién se ocupa de lo que esas personas experimentan, de la violencia de la ruptura padecida? ¿Quién se hace una idea de la dimensión del drama que los golpea? En total muy pocos, tan fuerte es la convicción de que es un asunto ineludible, de que no hay más remedio que pasar la curva de la “modernización” sea cual fuera el precio subjetivo. La especificidad del ser humano en relación a los demás recursos económicos debe desaparecer frente a la lógica económica.

Sin embargo, la sociedad deberá reconsiderar su jerarquía de valores. Deberá aceptar la idea de que antes de la economía y sus leyes, está el ser social, del mismo modo que poco a poco descubre que las leyes de la naturaleza imponen preocupaciones ecológicas, por restrictivas que sean para la economía. Si no, quienes resulten diezmados entrarán dentro de ciertas lógicas que pisotean los fundamentos democráticos de nuestra sociedad: la última elección presidencial francesa demostró la realidad de ese riesgo.

Hay que insistir, entonces, sobre la relación entre los acontecimientos de orden económico, industrial, profesional, y los de orden individual, personal, que aquellos inducen. Los planes sociales desestructuran a las comunidades; cada cual se ve repentinamente arrancado de su mundo y ubicado solo frente a un futuro a reconstruir. Las entrevistas1 permiten descubrir la dimensión del drama que corresponde al derrumbamiento de un mundo obrero con sus valores generadores de identidades colectivas y solidarias, dentro de un juego de espejos donde cada cual encuentra su lugar. Valores que son el fundamento de la dignidad de cada uno y que dan sentido, pese a un universo desvalorizador, a un trabajo poco gratificante. De pronto surge una competitividad feroz, que entraña estrategias y vivencias irreductiblemente individuales. La sucesión de los planes sociales corresponde a un ataque verdaderamente sistemático al mundo obrero: su desgarro identitario deriva en otros tantos dramas personales, donde cada cual se enfrenta consigo mismo.

Contrariamente a una idea preconcebida, los asalariados no temen el cambio. Para ellos es algo natural: asistieron a importantes transformaciones tecnológicas y organizativas, y algunos están incluso a caballo entre varias culturas. Lo que les causa horror es el advenimiento de un mundo que niega todo aquello que remite a las formas colectivas del trabajo, a la cultura del oficio, de la solidaridad. Un mundo que destruye todas las formas protectoras y productivas en sentido colectivo, capaces de crear una sedimentación y un espesor social, todo lo que corresponde a la experiencia colectiva y contribuye a modelar comportamientos ciudadanos. Temen ese mundo de movilidad sistemática y de completa individualización, que crea un sentimiento insuperable de inseguridad…

Estamos en lo que Yves Barel llama “la sociedad del vacío”2, en el sentido de que la base ya no consigue comprender las decisiones ni saber dónde se toman: “El vacío social es, en primer lugar, la aparición de esa distancia casi infranqueable entre la base y la cúspide, lo local y lo global, distancia creada por la desaparición y el desgaste de múltiples canales, mediadores, códigos de comunicación. La base no sabe dónde está el ‘poder’, cómo buscarlo y cómo dirigirse a él para hacerse entender y ejercer alguna influencia sobre él.”

El mundo del trabajo se está convirtiendo en un lugar de atomización y competencia entre los asalariados. Bajo una presión cada vez mayor, se encuentran inermes para cumplir con ciertas complejas misiones de las que se los ha decretado responsables, sea cual fuere su nivel jerárquico. Estamos muy lejos de los nuevos estereotipos que describen en forma unilateral el trabajo moderno como más autónomo, más enriquecedor, socialmente más satisfactorio. Por el contrario, vemos desarrollarse formas deficientes de socialización, al punto que cabe preguntarse si el trabajo todavía puede contribuir a la cohesión de la sociedad.

Si es verdad que la aplicación de la dimensión técnica del taylorismo (a saber, la predeterminación de las modalidades de ejecución de las tareas) se hace cada vez más problemática, las opciones gerenciales suelen desembocar en situaciones paradójicas, en las que los asalariados se enfrentan a contradicciones insostenibles: se les pide autonomía, al tiempo que se procura presionarlos con imperativos de productividad difícilmente conciliables con las exigencias de calidad que se les impone.

En efecto, definir de un modo preciso y minucioso los procedimientos y la duración de la intervención ya no se adapta al marco de un trabajo que, en el sector industrial, corresponde cada vez más a tareas de vigilancia, de conducción de instalaciones; en el sector terciario a una interacción con el cliente, y en todos los casos a una parte importante de gestión de información, de datos, y de imponderables. Es tiempo de salir de las lógicas taylorianas. Pero para los equipos directivos, el dominio de la subjetividad de los asalariados constituye un imperativo que se vuelve tan importante como el dominio del trabajo mismo.

Hay que asegurar también que el asalariado se imponga siempre el método más adaptado a cada situación, aquél que posibilitará la mayor eficacia, el más alto rendimiento. Así se impuso la individualización, verdadera revolución silenciosa iniciada por los empleadores que buscaban neutralizar la capacidad de protesta masiva expresada por los asalariados en 1968. Las consecuencias: fragmentación y diversificación de las formas de empleo, tiempos de trabajo, horarios, individualización de las remuneraciones acompañada por la conversación individual con el “N+1” (es decir el superior inmediato en la jerarquía) para “negociar” los objetivos que el asalariado se compromete a alcanzar y evaluar su rendimiento del año anterior. La formación y las carreras se diseñan a partir de informes individuales de capacidades, de la evaluación del potencial personal.

En los puestos de trabajo, la responsabilización de cada uno compromete la calidad, los tiempos, incluso en los niveles más subalternos. La palabra magna es la competencia, que remite no sólo a conocimientos y saberes, sino a capacidades vinculadas con la personalidad. Los equipos directivos utilizan a veces a equipos de especialistas para definir los rasgos salientes de la personalidad de los asalariados y así definir su carrera.

Las transformaciones tecnológicas, que instauran un aislamiento físico, consolidan estas innovaciones en la gestión de los recursos humanos: los puestos de trabajo están cada vez más lejos unos de otros debido a los nuevos equipamientos.

Al tiempo que responde a ciertas expectativas de los asalariados, la individualización se asienta en la interiorización por parte de cada asalariado de las exigencias, los objetivos y los intereses de la empresa, la adhesión a sus valores, incluso a su ética. Múltiples procedimientos contribuyen a ello: dispositivos de participación, formación idónea, comunicación orientada a un objetivo, etc. En suma, el asalariado debe ponerse él mismo en situación de dirigirse como lo harían sus superiores jerárquicos y los responsables de los métodos. Debe inventarse permanentemente lo que los sociólogos británicos llaman “una cadena de montaje en la cabeza”.

Pero a esa camisa de fuerza mental, que amenaza con erradicar toda distancia crítica respecto al orden establecido de la empresa, se agrega paradójicamente otra, que impone ciertos principios taylorianos siempre vigentes aunque resulten inapropiados: en la mayoría de las situaciones, las normas de productividad y las exigencias de tiempo son muy coercitivas.

El ejemplo más caricaturesco procede de las agencias de empleo: allí vemos ese híbrido extraño entre unas exigencias muy altas en materia de personalidad y capacidades de relación por un lado, y la aplicación de una fórmula muy detallada y de tiempos de convocatoria muy restringidos. Los reclutamientos se hacen además con una fuerte sobrecalificación de los asalariados, que deben hacer malabarismos con imperativos difícilmente conciliables, sin tener por ello la necesaria autonomía para introducir una mayor coherencia en su función. Estas agencias ilustran las contradicciones del trabajo moderno, del mismo modo que las cadenas de montaje automotriz cristalizan los aspectos más característicos del taylorismo clásico.

Esta coexistencia entre los ritmos impuestos (que funcionan como barrera) y una movilización de la subjetividad remodelada de los asalariados es difícil de vivir. Es fácil imaginar la muy profusa fuente de tensiones para el asalariado. Las organizaciones del trabajo son deficientes en ese aspecto, y las dirigencias no procuran hacer conciliables esas exigencias, sino que derivan estas dificultades a los propios asalariados. Para un asalariado, encontrar soluciones se reduce a demostrar sus conocimientos y experiencia, su capacidad de adaptación y por ende su empleabilidad.

Así es como se dibujan los contornos de un nuevo tipo de relación laboral, más obsesionante, más dolorosa, donde cada uno se encuentra individualmente, personalmente confrontado a una permanente puesta a prueba, ante el desafío de resolver problemas para los cuales la organización no provee recursos sino más bien presiones que juegan en su contra.

El miedo de no lograrlo, de verse descalificado y, finalmente, de vivir en lo laboral lo que viven los asalariados afectados por el cierre y los planes sociales, es omnipresente. El desaliento, el temor de los otros, el sentimiento de impotencia tensionan de modo persistente un mundo laboral atomizado. Lo cual no deja de tener consecuencias en la calidad de la socialización. El trabajo acapara, pero no prepara para tomar el propio lugar como ciudadano en la sociedad.

Igualmente chocante es la ausencia de discusión dentro y fuera de las empresas. El tema del acoso en el trabajo, presente en el debate público al punto de haber dado lugar a una ley, descuida una dimensión mayor: el factor principal de acoso es la organización del trabajo, dentro de la cual cada uno se saca de encima los problemas que no puede resolver, pasándoselos al más débil. Claro que semejante situación se inscribe en el marco de un contrato de trabajo, contrato jurídico de subordinación del asalariado a su empleador. Pero no resiste a la importancia de lo que está en juego, que atañe directamente a la calidad del vínculo social. La modernización social implica un auténtico derecho de la sociedad a conocer las condiciones en que se desarrolla la actividad laboral de los asalariados. Va en ello el porvenir democrático del país.

  1. Entrevistas a asalariados despedidos, véase Les Déchirures du travail, Erès, París, 2002.
  2. La société du vide, Empreintes, Seuil, París, 1984.
Autor/es Danièle Linhart
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:18,19,20
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Ultraderecha, Neoliberalismo, Políticas Locales, Unión Europea, Clase obrera
Países Francia