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Progresismo desorientado

A mediados de junio pasado, un chico de diez años de edad, erguido en la punta de sus pies, indicó al conjunto de la sociedad argentina una de las vías más seguras para atacar sus problemas.

Conviene reproducir la escueta crónica: "Un chico de diez años subió al ómnibus 146, interno 163, en el centro de Rosario. Viajaba hacia el Colegio San José, de los salesianos. Y se encontró con un problema que no dejó pasar. Se negó a colocar la tarjeta magnética porque el chofer fumaba. ‘No puede fumar en un lugar cerrado y público', le dijo el nene (...). En ese momento empezó una discusión entre ellos. ‘El chofer puede fumar y manejar al mismo tiempo', le contestó el conductor. El chico también vio a otra persona que hablaba con él -sería un inspector de la línea- que también fumaba. ‘Tiene que apagar el cigarrillo -insistió el chico- si no, yo no pongo la tarjeta.' El chofer se puso más nervioso, giró el micro rumbo a la comisaría, dejó ahí al nene y siguió conduciendo. Eran las 10.30 del jueves pasado. Poco después llegó la madre y junto a su hijo hicieron la denuncia. La causa fue notificada al Juez de Faltas, Osvaldo Alzugaray" 1.

Si se compara esta rarísima actitud con la de los adultos ante la infinita cantidad de transgresiones impunes que ven, sufren y también cometen todos los días por la calle (al volante, por ejemplo), en las reparticiones públicas, en los servicios privados, en los medios de comunicación, en las empresas y sindicatos, la conclusión es que los males de la política, de la economía y de las instituciones tienen su raíz en una manera social de ser y estar en la vida; en una cultura, en el sentido antropológico.

La secuencia del nene rosarino es ejemplar: fumaba el conductor, fumaba el inspector, ningún pasajero intervino y el valiente niño acabó en la comisaría. También es ejemplar, en más de un sentido, la actitud de la madre al formalizar la denuncia. Ese ciudadano de diez años es así porque tiene esa madre y probablemente un padre similar; de otro modo no se concibe que tuviese tan claros sus derechos y los deberes del responsable de un transporte público. Sólo un niño que ha mamado ciudadanía, aunque sólo se tratase del vástago de una familia de militantes antitabaco sin otras inquietudes, puede reaccionar con ese coraje y determinación.

En cambio, la mayoría de los argentinos ha acabado por instalarse en una dinámica sistemática de la transgresión, de la que no tiene conciencia alguna. Si adultos de ingreso y educación medios o altos toleran y también cometen todo tipo de transgresiones menores (y no tanto), ¿qué puede esperarse de su actitud en otros órdenes? ¿Qué de quienes no disponen de medios ni educación, sobre todo los más jóvenes? Que un Presidente de la República se haya hecho construir un aeropuerto internacional frente a su casa de campo en una provincia lejana alegando que era "para exportar aceitunas", ¿es indicio del descalabro mental del personaje o de su certeza de la indiferencia de la sociedad? El contenido y las formas, la profunda idiotez de la mayor parte de la programación radial y televisiva y de la cobertura deportiva; las groserías, el machismo, cuando no el racismo y el antisemitismo de muchos medios de comunicación, ¿responden a la voluntad de esos medios o a "lo que la gente quiere"?

En otros tiempos, cuando la movilidad social era hacia arriba y no hacia abajo, ascender comportaba no sólo la conquista de medios materiales, sino un estilo, unas maneras, un comportamiento. Se trataba no sólo de "estar", sino en lo posible de "ser" como las clases más altas, las que al margen de su eventual hipocresía en la materia se veían obligadas a "comportarse", a aparentar al menos que eran educadas y honestas. Y no era sólo ni esencialmente un problema formal: se ascendía en la escala social mediante el estudio y el trabajo, no a través de la rapiña y el acomodo generalizado actuales. El suicidio por quiebra, el duelo de honor y quitarse el sombrero ante las damas serán anacrónicos, pero no han sido reemplazados por el cumplimiento de las leyes y nuevas formas de respeto igualitarias, sino por la vanagloria de la estafa, la cobardía moral y la grosería generalizada entre ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. "Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos" ya se sabe 2, pero una cosa es tener un norte ético, incluso formal, y otra haberlo perdido por completo.

Quien esto escribe es consciente de que muchos de sus lectores estarán preguntándose si no se habrán equivocado de periódico y leen una publicación conservadora o liberal. No faltará quien lo acuse de achacar a la sociedad las responsabilidades del capitalismo. Pero justamente, el objetivo es alertar al amplio espectro de cultura progresista del país que la educación, la moral cívica, la disciplina en el trabajo, en la escuela y en la calle, la exigencia de profesionalidad y esmero, el respeto por las leyes, la denuncia de cualquier abuso -aunque lo haya cometido "un compañero"- no deben abandonarse al discurso puramente formal de las derechas.

A través de su formidable maquinaria cultural y mediática, el capitalismo neoliberal está ganando en el terreno de la ideología la batalla que pierde ineluctablemente en el económico y social. Se trata de un fenómeno mundial, pero que en los países en desarrollo se expresa de manera más aguda. Sobre todo en aquellos que, como Argentina, han arañado el cielo del Primer Mundo para descender bruscamente al purgatorio del anteúltimo y que ahora no saben dónde están ni quiénes son. La dictadura militar argentina perdió todas las batallas, menos la ideológica.

En términos políticos, esto conduce a que gobiernos reformistas de distinto signo y origen, como los de Brasil, Venezuela y Argentina, corran el riesgo de fracasar ahogados en sus propias contradicciones, ya que deben lidiar no sólo con una derecha cerril, sino con sociedades fracturadas y enfeudadas a una ideología reaccionaria; con clases sociales en las que la "conciencia para sí" que reclamaba Carlos Marx a los trabajadores 3 ha desaparecido casi por completo. A la pregunta sobre qué pasaría en Brasil si al final de su mandato Lula hubiese fracasado, su ministro de Educación y ex alcalde de Porto Alegre, Tarso Genro, respondió que en ese caso se iría "a una solución populista (...), con tentaciones totalitarias" 4.

Este peligro ha dejado de ser latente en muchos países, incluso en los desarrollados. La aspiración a una derrota de George W. Bush en las elecciones de noviembre es universal y casi una certeza, pero el huevo de la serpiente seguiría incubándose si no se producen cambios de fondo en el capitalismo mundial, lo que por ahora aparece como improbable (Klare, pág. 20). Los síntomas de reacción al curso de las cosas, que se multiplican en todas partes, son por ahora difusos, contradictorios.

Mirando así el devenir del mundo, es aleccionador observar el comportamiento de la Iglesia católica. Juan Pablo II no es un simple reaccionario que acabará hundiendo aun más a la Iglesia en su crisis de fieles y vocaciones con sus posiciones sobre el sexo, las mujeres, el aborto o el sida. Al contrario, este Papa tiene claro que la iglesia lleva casi dos mil años y debe durar otro tanto. La prepara para la oscuridad que se anuncia; un mundo de democracias extremadamente restringidas o sin democracias tout court. El regreso del misticismo y la vieja excusa de hablar del más allá para no hablar del más acá. Se acabó la experiencia soviética, que mientras negaba el socialismo contribuía a socializar las democracias capitalistas desarrolladas. Sin enemigos a la vista, el capitalismo va ahora hacia adelante y hacia atrás en un doble movimiento: un mundo de tecnología y ciencia del siglo XXI y de relaciones políticas y sociales premodernas. El nuevo medioevo: Orwell se habría equivocado sólo por algunas décadas 5. En ese mundo, los individuos volverán a confiar sus almas a la religión y sus vidas a la iglesia; necesitarán otra vez de la indulgencia divina a lo que hacen para sobrevivir en la jungla. Los débiles merecerán piedad (quizá ni siquiera eso, visto el exceso de población), pero ni hablar de igualdad. Se tornará a las escuelas pías, a la caridad selectiva, a la mazmorra y el cadalso para los herejes; por algo el polaco es extremadamente ambiguo sobre la pena de muerte. El nuevo ecumenismo se practicará entre Estados religiosos como el Vaticano, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita y con las sectas evangélicas financiadas por la CIA y los neoconservadores estadounidenses que ahora se dedican a recoger de la calle a los desesperados y excluidos del sistema.

¿Catastrofismo? Simple advertencia de un devenir posible, visible. En el contexto actual, el progresismo se encuentra aislado de sus interlocutores sociales porque el mundo cambia más rápidamente que su capacidad de asimilación, pero también porque en muchos aspectos ha asumido los métodos de acumulación política de las derechas y ha abandonado el fértil espacio del discurso cívico y transformador, del trabajo de base y largo aliento, en pos de revoluciones abstractas y en nombre de compincherías "de clase".

¿Ejemplos? Para citar el caso argentino, el mutismo generalizado sobre las provocaciones de ciertos sectores piqueteros y el grupo Quebracho. O el hecho de que la progresista Asociación de Trabajadores del Estado no establezca por sí misma una lista de los falsos compañeros que integran las sucesivas capas geológicas de cargos políticos en la administración pública. O el discurso machacón sobre el aumento de la pobreza como causa exclusiva de la inseguridad, con lo que se acaba adoptando la retórica que criminaliza a los pobres. O que la mayoría de los sindicatos lleven años sin realizar asambleas y que a nadie se le mueva un pelo. O el blando interés por una reforma política profunda. O la forma en que algunas izquierdas dinamitaron desde adentro las promisorias asambleas populares nacidas en diciembre de 2001.

¿Dónde encontrar hoy la prédica y el ejemplo del esfuerzo, del estudio, de la unidad, del civismo, de la ética y la honestidad a toda prueba, que son las marcas distintivas del progresismo? En junio pasado festejó discretamente sus veinte años el ejemplar Equipo de Antropología Forense 6, un grupo de jóvenes científicos y voluntarios que junto a las organizaciones de derechos humanos, algunas ONG y otros sectores en la educación, los barrios, los medios, las cooperativas, etc. -cuyo punto de confluencia internacional es el Foro de Porto Alegre- vienen haciendo más por la democracia que todos los partidos políticos y sindicatos reunidos. Si el viejo progresismo se ha refugiado en el arte y la cultura para dar batalla, el nuevo despunta en esos millares de jóvenes que trabajan eficazmente y en silencio, apoyados por veteranos de esos que no bajaron los brazos, pero aprendieron de la historia.

El asesinato del dirigente piquetero Martín Cisneros, el 26 de junio pasado en Buenos Aires, fue otra muestra de la estrategia del establishment mafioso: cristalizar la protesta e impedir que ésta evolucione hacia una alternativa política del conjunto de la sociedad; volcar hacia la derecha a la clase media; responsabilizar a éste gobierno por el caos y la inseguridad; fracturarlo y fracturar a la sociedad que lo apoya en la esperanza de un cambio. Una vieja trampa que cierto progresismo, las izquierdas, no parecen haber aprendido a evitar.

  1. Jorge Brisaboa, "Por fumar, un nene denunció a un colectivero", Clarín, Buenos Aires, 17-6-04.
  2. Enrique Santos Discépolo, Cambalache, tango (1935).
  3. Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, Grijalbo, Barcelona, 1972.
  4. Joaquín Estefanía, "¿Y si Lula fracasase?", El País, Madrid, 7-6-04.
  5. George Orwell, 1984, Destino, Madrid, 2001.
  6. Raúl Maldonado, "En busca de Antígona", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2004.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 61 - Julio 2004
Páginas:3,4