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Cuando la izquierda “no es socialista”…

Aquello que genéricamente se denomina izquierda, ¿qué es en realidad?, ¿en qué se apoya?, ¿qué intereses defiende y qué horizontes se traza? La estrepitosa caída de los partidos Socialista y Comunista en los dos últimos comicios en Francia subraya que el abandono de conceptos teóricos y convicciones políticas provoca el rechazo de un sector social clave, cuyo incierto rumbo proyecta inestabilidad y desconcierto hacia toda la sociedad. La izquierda ha iniciado un proceso de reeducación que deberá contemplar los vertiginosos cambios en el mundo.

Dos meses de elecciones permitieron la reaparición en Francia de un grupo social cuya existencia ya ni imaginaban los responsables políticos ni los comentaristas: los obreros. Simultáneamente, esas elecciones parecen haber decretado la desaparición, en el debate político, del tema de la propiedad de los medios de producción.

Semejante paradoja, en primer término plantea interrogantes a la izquierda, que debería entrever la existencia de una correlación entre el destino –cada vez más difícil– de una Francia de bajos salarios y de precariedad, y la continua expansión de las áreas de la vida comunitaria que quedan libradas a las finanzas y a la renta. A fuerza de ocuparse de la propiedad colectiva únicamente para estudiar el arte de sacársela de encima lo mejor posible, se acaba, en efecto, “obligado” a favorecer la “creación de valor” para los accionistas. Opción que obliga a convertir el salario en la principal variable de ajuste, pues el “atractivo” de Francia como sitio de implantación requiere que el “costo del trabajo” sea tan competitivo como en otras partes.

Es en período electoral que uno descubre que Francia no es un sitio de implantación, sino un país habitado por un pueblo; que el costo del trabajo de unos es el nivel de vida de otros, más numerosos, aunque se los tenga menos en cuenta. Sin embargo, cuando se expone esta idea se corre el riesgo de ser acusado de retraso intelectual. Así, resulta que un politólogo, más notable por el espacio que ocupa en los medios escritos que por la originalidad de sus análisis, acaba de proclamar: “Los políticos deben hacer el duelo de la política revolucionaria, de esa religión secular que reinó hasta comienzos de los años 80, y que decía a los ciudadanos: ‘Vamos a cambiar vuestra vida’”1.

En la facultad parisina de Ciencias Políticas, donde la vida es agradable, ese “duelo” es menos difícil que en otras partes. Pero incluso entre los amigos de Lionel Jospin, no hay muchos que consideren que tuvo razón en llevar adelante una campaña tan conforme a las prescripciones del citado politólogo. Es decir, una campaña escasamente “revolucionaria” y que gritaba a los cuatro vientos: “Francia está mejor que antes”, y que proponía para prolongar esa “mejoría” un programa “que no es socialista”. La derecha, de nuevo en el gobierno con sus habituales amuletos (“Lo que es bueno para la empresa es bueno para los asalariados”) se prepara a aplicar una política “que no es socialista” para nada.

Antaño consciente de que los ricos utilizan su fortuna para adquirir una influencia política cada vez mayor, y que luego utilizan su influencia política para aumentar su fortuna, la izquierda trataba de reducir las desigualdades y de luchar contra “el poder del dinero”2. Este año, si el programa del candidato socialista no fue “socialista”, se debe a que su política de Primer Ministro tampoco lo fue. En la oposición, ese balance puede resultar incómodo.

Prueba de ello se tuvo la noche de la primera vuelta de las elecciones legislativas, a través de dos ex ministros de Finanzas de Jospin. Uno tras otro, Laurent Fabius, en el canal televisivo TF1, y Dominique Strauss-Kahn, en el de France 2, le reprocharon a François Fillon no querer aumentar el salario mínimo más allá de lo que marcaba la ley. La réplica del nuevo ministro de Asuntos Sociales no se hizo esperar: “En 1999 ustedes no aumentaron el salario mínimo. Tampoco en 2000. Y en 2001 lo subieron un 0,29%…”

Unas semanas antes, la secretaria nacional del Partido Comunista, Marie-George Buffet, había padecido la misma suerte al interpelar a Fillon en el canal televisivo France 3. Un poco desconfiada y un poco triste, le preguntó: “¿Ustedes piensan privatizar?”. Y también en esta ocasión la respuesta fue fulminante: “Vamos a privatizar. Pero seguramente vamos a privatizar menos que el gobierno del cual usted participó, porque no queda mucho…”

Entre uno y otro viaje a Porto Alegre, ciertos ministros de la izquierda plural sin dudas no percibieron que el gigantesco programa de privatizaciones anunciado por la derecha en julio de 1993 ya estaba casi terminado, más a causa de su propia diligencia que a la de los gobiernos de Edouard Balladur y de Alain Juppé. Y de ello se enorgullecía el órgano teórico del Partido Socialista: “En materia de privatizaciones, la ‘izquierda plural’ realizó en tres años un programa más importante que ningún otro gobierno francés”3. En enero de 2002, Fabius propuso incluso que “el Estado se retire” del capital de la compañía mixta de gas y electricidad EDF-GDF, y se manifestó a favor de la aplicación de “márgenes de apertura más amplios” en el caso de France Telecom.

Hasta 1998 la izquierda francesa no nacionalizaba, pero jamás privatizaba. Y la derecha casi tampoco lo hacía, hasta 1986. En cambio, en los últimos quince años el papel de las empresas estatales como fuente de empleo asalariado se redujo a la mitad, cayendo al 5,3% del total4. Ahora bien, la reivindicación social se apoyó a menudo en las empresas estatales, caracterizadas por un mayor índice de sindicalización respecto de las otras, y cuyas grandes huelgas marcaron la historia del país: Carbonífera de Francia en 1963, fábrica Renault en 1968, SNCF (ferrocarriles) y RATP (transportes públicos de París) en 1995. La gestión miope del dinero obtenido de las “privatizables” por parte del gobierno de Jospin, puede entonces tener un gran peso en la perspectiva de las futuras luchas progresistas.

¿Y cuáles fueron las ventajas? En momentos en que la izquierda se negaba a aumentar los mínimos sociales, que eran los más bajos de Europa, hacía regalos fiscales que muchas veces beneficiaban a las capas superiores (y a ciertos dirigentes socialistas): reducción del impuesto (progresivo) a la ganancia; eliminación del pago de patentes para automóviles (tasa progresiva y favorable a la ecología); transformación de Francia en un paraíso de stock-options en el Viejo Continente.

En fin de cuentas, como Strauss-Kahn lo teorizaría con un cinismo refrigerante5, el Partido Socialista parecía haber adoptado la sociología de su ideología. El diputado socialista Henri Emmanuelli lo hizo notar al día siguiente de las elecciones municipales del año pasado: “En adelante, la influencia de la izquierda tenderá a acompañar el precio del metro cuadrado, cuando antes era inversamente proporcional al mismo”6. Las elecciones legislativas confirmaron ese análisis: derrotada en París, la derecha conquista la localidad de Argenteuil. Socialmente, electoralmente, el cálculo debe estar equivocado, pues la izquierda se encuentra ahora en la oposición.

De esa forma, la izquierda tendrá tiempo de plantearse dos cuestiones. La primera concierne al entorno. ¿Quiénes son su punto de apoyo, la estimulan y difunden sus temas? ¿Los “líderes de la opinión” –los empresarios, los periodistas influyentes, los ensayistas mediáticos y los encuestadores– todos convencidos de que el país va bien porque a ellos les va bien? ¿O el pueblo, del cual la izquierda parece desconfiar a causa de ciertas patologías que le imputa, como el miedo a la “apertura” y a las “reformas”, el extremismo, la xenofobia, la irracionalidad, la incomprensión de la “complejidad” de las cosas?

Dirigirse a ambos exige, en efecto, un excelente sentido del equilibrio. El 6 de junio de 2002 Le Nouvel Observateur dedicó un gran dossier lleno de compasión a “Esa Francia que no anda bien”. Diecinueve páginas de texto, veintiún de publicidad: a la izquierda los artículos sobre el horror económico; a la derecha los avisos de productos de lujo (Hermès, BMW, Dunhill, Alfa Romeo). La “Francia que sí anda bien” no podía ser olvidada ni siquiera por una semana…

En esos medios que descubren las desigualdades sociales con más atraso que el que mostraron para sospechar de las start-up de la nueva economía, la conversión ideológica de los socialistas fue aun más apoyada y estimulada, dado que la misma siguió la evolución económica de la información: influencia creciente de los anunciantes y de los administradores, papel jugado por la Bolsa, dominio por parte de grandes grupos capitalistas, enriquecimiento vertiginoso de periodistas y ensayistas dominantes7.

La otra cuestión es la de las “limitaciones”. El mes pasado, Francis Mer, ex empresario y actual ministro de Jean-Pierre Raffarin, apenas había sugerido que “el pacto de estabilidad no está grabado en el mármol” cuando la socialista Elisabeth Guigou le replicó, aparentemente indignada: “Es la primera vez que oigo a un ministro de Economía y Finanzas dar marcha atrás respecto de los compromisos asumidos por Francia”.

Aprobado inicialmente por Jacques Chirac, ese cepo monetarista había sido sin embargo duramente criticado por Jospin cuando era primer secretario del Partido Socialista. Hoy en día, uno de sus antiguos ministros se sobresalta cuando la derecha lo pone en tela de juicio. La reeducación de la izquierda recién comienza. Pero si se termina sin que encare otro futuro que el de la mundialización mercantilista, la consecuente inseguridad social y el “mármol” funerario del círculo de la razón, la vuelta al gobierno no será rápida.

  1. Pascal Perrineau, Le Nouvel Observateur, París, 6-6-02. Unos días antes, demostrando que cuando son estadounidenses las “religiones seculares” no son siempre criticables, Perrineau se hacía corresponsable de un texto titulado “Bienvenida al presidente Bush” (Le Figaro, París, 25-5-02.)
  2. Pierre Mendes-France, “L’Etat fort face à l’argent fort”, Notre Temps, París, 1929. Cf. Quand la gauche essayait, Arléa, 2000.
  3. Laurent Bouvet, La Revue socialiste, Nº 4, julio de 2000. El autor también se alegraba de que, al instaurarse la semana laboral de 35 horas, “las exigencias de los empresarios fueron tenidas en cuenta, pues la contrapartida de la aceptación de las 35 horas por parte del patronato llevará a una mejora sustancial de la flexibilidad laboral en las empresas”.
  4. Les Echos, París, 21-11-00.
  5. “Flamme bourgeoise, cendres prolétariennes”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2002.
  6. Libération, París, 27-3-01.
  7. Alain Minc ganó 4,4 millones de euros en 2002; Anne Sinclair adquirió 230.000 stock options del canal televisivo TF1 por un valor aproximado de 7 millones de euros (Challenges, París, 16-5-02, y despachos de la Agencia France Presse del 31-5-02).
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 37 - Julio 2002
Páginas:22,23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Neoliberalismo, Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Francia