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Los aprendices de brujo del clima

Científicos y centros de investigación, tanto estadounidenses como europeos, desarrollan experimentaciones climáticas, con el fin de resolver el problema del efecto invernadero. Ya sea acelerando la producción de plancton, gran consumidor de gas carbónico, o almacenando este gas en el fondo del mar o en cavidades terrestres, los investigadores apuestan a la conquista financiera de eventuales mercados relacionados con la eliminación de la polución. Estos experimentos no hacen más que retrasar la necesidad de prescindir de las energías fósiles.

De aquí al 2008 se creará un vasto mercado mundial de derechos de emisión de gases de efecto invernadero (GEI), tal como surge del acuerdo celebrado por los 167 países que participaron de la última Conferencia sobre el Clima, llevada a cabo en Marruecos1, en noviembre de 2001. Las industrias contaminantes en los países desarrollados deberán reducir estos gases nocivos o resignarse a pagar, si no respetan el medio ambiente. Sin embargo, Estados Unidos, que estuvo presente en dicha reunión, no ratificó el texto del acuerdo.

A la espera de nuevos mercados financieros, en los últimos años se desarrolló una ciencia muy controvertida, la ingeniería del clima, que utiliza técnicas muy disímiles. La más importante es el almacenamiento duradero de gas carbónico (CO2). Los industriales que no pueden o no quieren poner en tela de juicio sus emisiones contaminantes se defienden ejerciendo una fuerte presión. Es el caso, especialmente, de las multinacionales vinculadas al carbón y al petróleo, cuyas actividades, grandes generadoras de gas carbónico, deberían ser cuestionadas en un mediano plazo. Los gigantes de la energía, como la compañía petrolera Exxon o la multinacional del carbón Edison, hacen lo imposible por revertir la imagen contaminante de sus empresas.

Entre todas las técnicas de almacenamiento del CO2, cuatro han sido objeto de minuciosas investigaciones. La primera, que ya ha sido experimentada durante las perforaciones de petróleo y gas, consiste en encerrar el gas carbónico en grandes cavidades subterráneas. Esta técnica es utilizada en Noruega por la compañía petrolera Norsk Hydro. TotalFinaElf invertirá próximamente en ella varios millones de euros2. Sin embargo, y contrariamente a lo que pretenden quienes la utilizan, el CO2 no es inyectado en el suelo por motivos relacionados con el medio ambiente, sino para mantener la presión en la perforación y recuperar el máximo de energía fósil.

En 1999, el Departamento de Energía de Estados Unidos encargó a la Universidad de Berkeley y al laboratorio Lawrence Livermore National el desarrollo de investigaciones sobre una segunda técnica: el almacenamiento del CO2 en los océanos. El gas carbónico es recuperado directamente en la fuente de emisión –por ejemplo, en la salida de las chimeneas de las centrales térmicas– y luego enviado mediante gasoductos a 1.500 e incluso a 3.000 metros de profundidad, donde, comprimido por la presión del agua, se mantiene en forma de líquido.

Nada indica que, una vez depositado en el fondo del océano, permanezca allí en forma estable y dentro de un perímetro determinado. Hermann Ott, director del Departamento de Política Climática del instituto alemán de Wuppertal, señala su preocupación: “No se sabe qué reacciones podrían provocarse. Estos depósitos de CO2 afectan profundamente la cadena alimentaria”. En los mares del Sur, donde se estarían realizando estos experimentos3, existe el temor de que puedan afectar a los peces y a la barrera de corales.

La tercera línea de investigación se basa en la absorción del gas carbónico a través de las plantas. El objetivo es incrementar intensamente la productividad vegetal plantando extensos bosques. La Conferencia de Marrakech convalidó este principio. Las empresas aprovechan la ocasión fundamentalmente para mejorar la imagen de su marca, como Peugeot, que invirtió en el Amazonas con el fin de recrear bosques llamados “pozos de carbono”. Pero nada impide que este objetivo se desvirtúe. La empresa japonesa Toyota habría estado trabajando en la investigación de árboles genéticamente modificados para absorber mayores cantidades de CO2. El instituto de investigación japonés RITE (Research Institute of Innovative Technology for the Earth) desarrolla trabajos sobre plantas genéticamente modificadas, capaces de resistir la falta de agua y los excesos climáticos, con el fin de reverdecer los desiertos.

Otra técnica, aun más controvertida, consiste en el esparcimiento de polvo de hierro. Partiendo del hecho de que en ciertas zonas del océano la escasez de nutrientes, como el amoníaco y el hierro, limita el desarrollo de las algas, se pensó en esparcir polvo de hierro en algunos kilómetros cuadrados cuidadosamente elegidos: esto genera, efectivamente, una fuerte proliferación de algas. En el semanario inglés Science, oceanógrafos han advertido sobre los riesgos de la extensión incontrolada de este tipo de proyectos comerciales4. Sin embargo, ya se llevaron a cabo algunas pequeñas experiencias, dirigidas o no por científicos. Otras han sido previstas. Así, el laboratorio Ocean Technology Group de la Universidad de Sydney propone fertilizar las costas de Chile con amoníaco, para alcanzar dos objetivos: incrementar la absorción de gas carbónico y aumentar la producción de peces. Los japoneses, que son grandes consumidores de pescado, están particularmente interesados.

El ingeniero estadounidense Michael Markels desea dirigir próximamente un experimento a gran escala, sobre 10.000 km2. Su nueva empresa Greensea Venture había celebrado anteriormente un acuerdo con el gobierno de las islas Marshall, para utilizar sus aguas territoriales. Ante las recientes reticencias de ese gobierno, se inclinó por las islas Galápagos, de Ecuador5. Según Markels, bastaría fertilizar regularmente 150.000 km2 de océano con 250.000 toneladas de copos de hierro, para absorber todo el carbono que emite Estados Unidos quemando energías fósiles6.

Con respecto a los mercados de derechos de emisión de contaminantes, Michael Markels piensa proponer a los industriales un costo por la eliminación de cada tonelada de carbono de aproximadamente dos dólares, precio muy inferior al de mercado, estimado en ocho dólares7. Al respecto, señala: “Las compañías mineras podrían estar interesadas. Una etiqueta pegada en sus combustibles recordaría que se han comprometido a eliminar de la atmósfera una cantidad de gas carbónico equivalente a la que emiten”8. No se trata de un caso aislado. La sociedad Ocean Science (antiguamente Carboncorp) creada en California por el ingeniero Russ George, trabaja también en la fertilización a través del hierro. Esta sociedad propone que los buques comerciales sean contratados y equipados para esparcir el fertilizante durante sus viajes, en el lugar más adecuado del océano. Sin esperar y en nombre de la “constatación científica” (sic), Russ George ha desarrollado un sistema de venta de “Green Tags”, al precio de cuatro dólares por unidad, siendo supuestamente cada una de ellas capaz de asegurar el almacenamiento de una tonelada de carbono a través del microplancton de los océanos. Con sólo sesenta dólares, un matrimonio estadounidense podrá comprar, a partir de ahora, las “Green Tags” correspondientes a las quince toneladas de gas carbónico que emite anualmente. Avezado hombre de negocios, Russ George ha elaborado un proyecto sin riesgos. Si la hipótesis es favorable y la fertilización de océanos es aceptada en el marco de un futuro mercado de emisión de contaminantes, la venta de las “Green Tags” podría generar ganancias. Caso contrario, la inversión efectuada se deduce de los impuestos en concepto de ayuda a la investigación de los océanos.

Simplificaciones

Sin embargo, nada asegura que el gas carbónico sea almacenado por las algas en forma permanente. Stéphane Blain, oceanógrafo de la Universidad de Brest, señala sus inquietudes sobre las perturbaciones generadas por estas experiencias. “Todos los océanos están conectados y no puede decirse que los efectos estarán limitados a un lugar determinado. Es difícil, pues, evaluar sus consecuencias reales. Es necesario considerar que la acumulación de muchas pequeñas experiencias puede ser tan perjudicial como una grande. De hecho, el control de estas experimentaciones debería ser internacional”. Paul Johnston, responsable del laboratorio científico de Greenpeace International de Exeter, en Gran Bretaña, sostiene: “Estas experimentaciones son ideas de ingenieros que simplifican al máximo un problema y pretenden encontrar una solución duradera. Es un punto de vista parcial que no tiene en cuenta la visión de los microbiólogos, los oceanógrafos… La gente mal informada no puede comprender los ecosistemas globalmente”. Estas controversias ponen en evidencia la debilidad de las legislaciones. Más allá del límite de 200 millas marinas, los océanos no pertenecen a nadie y ningún Estado puede pretender oponerse a que se realicen experimentos.

Teniendo en cuenta que los gases de efecto invernadero generan un recalentamiento del planeta, el propósito de la cuarta técnica consistiría en disminuir la radiación solar que recibe la Tierra. Se trata de esparcir en la alta atmósfera finas partículas sólidas o líquidas, denominadas aerosoles, que funcionarían como pantalla de la radiación solar. El esparcimiento se realizaría a través de aviones de línea. La difusión de aerosoles se produce naturalmente durante las erupciones volcánicas y las inmensas nubes de polvo que se generan provocan un efecto de enfriamiento. Hervé Le Treut, especialista en climatología y director de investigaciones del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de París, manifiesta su preocupación: “Con los aerosoles, no se resolverá el problema. Por el contrario, se producirán otros cambios en el mundo. Más aun cuando los aerosoles generan lluvias ácidas”. Este terreno tampoco está legislado. En Francia, como en muchos otros países, ninguna legislación regula acerca de la alta o la baja atmósfera.

La idea de intervenir directamente en los ciclos naturales no es nueva. En los años ’60, se desarrollaron numerosos programas de ayuda a favor de la agricultura. Con el fin de aumentar las precipitaciones, se cubrían las nubes con yoduro de plata. Algunos miraban con buenos ojos esta solución que podía hacer llover en la región del Sahel, en África. En Estados Unidos, numerosas sociedades continúan trabajando activamente en este terreno, como Atmospherics Inc., creada en 1960, Weather Modification Inc. o incluso la TRC North American Weather Consultants, que ha dirigido más de 200 proyectos sobre modificación del clima, desde 1950. Sin embargo, el impacto de estos programas es débil: sólo 10% a 15% de precipitaciones adicionales. Durante el mismo período, los militares se mostraron interesados en estas técnicas. Entre 1966 y 1972, durante la guerra de Vietnam, los estadounidenses llevaron a cabo experiencias denominadas Proyecto Popeye. Buscaban prolongar el período del monzón, para que el avance de las tropas norvietnamitas fuese más lento, a causa del barro9. En 1976, una convención internacional que prohibía el uso de armas relacionadas con el medio ambiente10 puso fin a estas experiencias.

No obstante, la idea de un control del clima con fines militares no ha sido totalmente abandonada. El Proyecto Haarp, financiado por el Pentágono y desarrollado por el Centro de Investigación sobre la Ionosfera11 de Alaska, es un ejemplo. Bernard Eastlund, impulsor del proyecto, había patentado la idea de modificar el clima mediante la proyección de rayos láser de gran intensidad, sobre corrientes de altitud, los jets stream12, cuyas variaciones influyen notablemente en los climas regionales. Asimismo, un informe elaborado en 1966 por la Fuerza Aérea de Estados Unidos insiste en que es necesario que la aviación estadounidense intervenga localmente sobre el clima, ya sea para incrementar la visibilidad, suprimiendo nubes o niebla, o por el contrario, alentando la formación de inestabilidades, para generar nubes y tormentas en su propio beneficio13.

Los actuales intentos de modificar el clima son paradójicos. Si bien las experiencias de fertilización son técnicamente simples en cuanto a su implementación y poco costosas, generan muchos riesgos. En lo que respecta a las técnicas de almacenamiento del gas carbónico en cavidades terrestres o en el fondo de los océanos, los científicos se olvidan de mencionar que todos estos procedimientos insumen muchísima energía: es necesario capturar el CO2, comprimirlo, transportarlo hacia el lugar de enterramiento, inyectarlo bajo la tierra o en el fondo del mar…

Según Kitsy McMullen, especialista en impactos y adaptaciones a los cambios climáticos de Greenpeace Estados Unidos: “Estas investigaciones son realizadas o financiadas por agencias gubernamentales o grandes empresas que piensan que sólo la tecnología de punta resolverá nuestros problemas y son incapaces de pensar en soluciones simples”. Hervé Le Treut, del CNRS, va aun más lejos: “Todos estos proyectos se basan en consideraciones económicas. Las posibilidades de controlar estos procesos son extremadamente débiles”. Sería más conveniente cuestionar los modos de producción industriales y los hábitos de los consumidores occidentales. Estas experiencias de modificación del clima no hacen más que retrasar el vuelco que deberá darse tarde o temprano, con el fin de prescindir totalmente de las energías fósiles, orientando el rumbo hacia el ahorro de energía y la utilización masiva de energías renovables como la solar, la eólica o la biomasa.

  1. Ver: http://unfccc.int/cop7/. Leer además Agnès Sinaï, “El clima, rehén de los lobbies industriales”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2001.
  2. Le Monde, París, 7-11-01.
  3. Bajo el impulso del gobierno de George W. Bush, el Departamento de Energía estaría preparando en Hawaii una serie de pequeñas experimentaciones. Según Greenpeace, Australia, Noruega, Suiza, Canadá y Japón están asociados al proyecto.
  4. Sallie W. Chisholm, Paul G. Falkowski y John Cullen, “Dis-Crediting Ocean Fertilization”, Science, vol. 294, Washington D.C., 12-10-01.
  5. Amanda Onion, “Just Add Iron, Some Suggest Dumping Iron in Oceans May Be Global Warming Fix”, ABCnews.com, 12-10-00.
  6. Michael Markels Jr., “Fishing for markets”, Régulation, vol. 18, N° 3. Washington D.C., Cato Institute, 1995.
  7. Nathan Hervé, “167 pays s’accordent sur le marché de la pollution”, Libération, París, 12-11-01.
  8. Don Knapp, “Ocean fertilization yields hope, uncertainty for global warming”, Cable News Network, 23-1-01.
  9. E. M. Frisby “Weather-modification in Southeast Asia, 1966–1972”, The Journal of Weather-modification, abril de 1982.
  10. “Convention on the Prohibition of Military and any other Hostile Use of Environmental Modification Techniques”, Asamblea General de las Naciones Unidas, 10-12-1976.
  11. Capa superior de la atmósfera ubicada entre 100 km y 1.000 km de altitud.
  12. Tim Haines, “Los dueños de la ionosfera”, documental realizado en 1996 y difundido el 26-3-02, por el canal Futur.
  13. “Weather as a Force Multiplier: Owning the Weather in 2025”, estudio prospectivo para la Fuerza Aérea de Estados Unidos, agosto de 1996.
Autor/es Philippe Bovet, François Ploye
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 37 - Julio 2002
Páginas:32,33
Traducción Gustavo Recalde
Temas Tecnologías, Medioambiente, Salud