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La diplomacia alemana se activa en Medio Oriente

Alemania, recuperando su estatuto de gran potencia diplomática, "juega un nuevo rol político y militar, en el marco de su sociedad con Estados Unidos" 1, explica el embajador estadounidense en Berlín, Daniel R. Coats. El lugar de Alemania en una Europa pacificada no anula su compromiso con Washington, forjado por la Guerra Fría. Como escribe Bernd Ulrich, "Norteamérica hace la guerra y Alemania prepara la paz" 2. Puesto a punto en Afganistán, este esquema podría repetirse en una intervención militar estadounidense en Irak.

El renacimiento de la diplomacia alemana se ve favorecido por una antigua tradición que, desde los Balcanes hasta el Cercano Oriente, recobra toda su vigencia. Por lo demás, siempre según Bernd Ulrich, “el pasado alemán se convirtió en un punto más en el ámbito de la política extranjera”. Y el ministro de Relaciones Exteriores Joschka Fischer, líder de los Verdes, parece ser, según la óptica del semanario Die Zeit, “el único ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Europea en quien confían por igual israelíes y palestinos”3.

Efectivamente, a causa del genocidio que perpetró, Alemania contrajo una deuda inalienable con los judíos. Ésta garantiza, desde 1948, un apoyo financiero, político y moral primordial para el Estado hebreo. Cualquier gobierno israelí sabe perfectamente que ningún dirigente político alemán actuaría o querría actuar hoy en contra de los intereses de Israel. En Berlín, la impronta de la Shoah prohíbe incluso todo cuestionamiento radical de la política del Estado hebreo, aunque ese tabú se haya visto amenazado por la reciente operación militar israelí “Muralla de defensa”.

De ahí que el vicepresidente del Partido Liberal (FDP) Jürgen Mölleman, presidente de la asociación Alemania-Mundo Árabe, haya ocupado durante semanas los titulares con su crítica a la política de Ariel Sharon, luego con su legitimación de los atentados suicidas y finalmente al acusar al vicepresidente del Consistorio judío, Michael Friedmann, quien censuró sus declaraciones, de reactivar con su “arrogancia” el antisemitismo. Pero Mölleman fue rápidamente aislado dentro de la clase política (e incluso etiquetado de “antisemita”), acusado de procurar ampliar su influencia dentro del electorado de extrema derecha con el fin de sumar puntos para su partido en las elecciones de septiempre próximo.

En otro tono, desde el pasado 25 de abril, durante un debate en el Bundestag, se elevaron ciertas voces “autorizadas” para criticar la política de Sharon: es el caso de Karl Lamers, portavoz del grupo parlamentario de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) para la política extranjera, así como de Christoph Moosbauer, del Partido Social Demócrata (SPD), miembro de la comisión de asuntos extranjeros del Bundestag y de la asociación Alemania-Mundo Árabe.

Pero el canciller Gerhard Schröder y su adversario Edmund Stoiber, candidato demócrata cristiano a la cancillería, reafirmaron de común acuerdo la conducta intangible de Berlín, subrayando los singulares lazos históricos que unen a Berlín y Tel-Aviv y que fundan el imperativo de moderación impuesto a Alemania. Uno y otro subrayaron al mismo tiempo la necesidad de una solución política del conflicto y el derecho de los palestinos a un Estado viable, respetando así la diplomacia del equilibrio observada por Alemania desde la creación del Estado hebreo.

Es que desde principios del siglo XX, la República Federal goza de una imagen favorable dentro del mundo árabe. “No agredió al islam en el pasado”, explica el historiador tunecino Hichem Djaït; “no colonizó tierras árabes o musulmanas. Alemania era la enemiga de nuestros enemigos. Además, era aliada de Turquía que, por múltiples razones, seguía representando algo para la conciencia árabe-islámica.” Durante la Segunda Guerra Mundial, “las masas deseaban mayoritariamente una victoria alemana, gracias a la cual esperaban liberarse de la dominación colonial (…), la mentalidad colectiva admiraba el coraje alemán, la audacia y la desenvoltura alemanas, y ese combate casi solitario contra una coalición tan gigantesca”4.

Después de la guerra, la imagen de Alemania, gigante económico reconstituido y pacificado, recupera esa funesta simpatía cómplice. El peso cultural de la religión más allá del Rhin facilita, por lo demás, el diálogo con los países del mundo musulmán. La CDU, por ejemplo, representa un modelo para el ala modernista de los islamistas de Turquía. La laicidad a la alemana, que integra lo religioso hasta en su Constitución, sirve como referencia en los países donde el tipo de relación entre religión y política condiciona la instauración y el respeto de las libertades.

Disminuida por la escisión del país, Bonn supo de todos modos sacar frutos de los lazos diplomáticos tendidos por Guillermo II, Bismark y Hitler. “Los alemanes siempre trabajaron con seriedad y corrección en nuestros países”, constata recientemente Saif al islam Khadafi, hijo del dirigente libio5. Y prosigue: “Una relación histórica une a Alemania, Italia y Libia”. Agrega que el primer auto del guía de la revolución fue un Volkswagen y recuerda también que en 1944, la primera ayuda militar a Libia provino de Alemania. Khadafi junior sirvió además de intermediario entre Berlín y los talibanes, cuando estos últimos tenían prisioneros en Kabul a los miembros de la ONG alemana Shelter Now.

“Afganistán es heredero histórico de Alemania”, subraya el periodista pakistaní Ahmed Rashid durante la reunión en Bonn, el 27-11-01, de la conferencia de las Naciones Unidas consagrada a la reconstrucción de ese país. Ya en los años ’20, Berlín había contribuido en la formación del primer ejército nacional afgano. Los alemanes participarán también en la construcción de la infraestructura del reino independizado. El rey Amir Amunullah frecuentará Weimar. Durante la Segunda Guerra Mundial, su sucesor Zaher Schah se negará a expulsar a los alemanes de Kabul.

A partir de los ’80, la Alemania unificada se comprometió con el apoyo humanitario y el buen funcionamiento del grupo de apoyo a Afganistán, fundado en 1996 e integrado por quince países. En varias oportunidades, supo reunir en su territorio a los representantes de los pueblos afganos, y Berlín será la sede de las reuniones del grupo 6+2, que intentó resolver –antes del 11 de septiembre– la crisis afgana, con el aval de los países vecinos. Tras la caída de los talibanes, varios dignatarios afganos reclaman que la Bundeswehr asuma el mando de las tropas internacionales enviadas a Kabul. Función que, finalmente, se asignó a Turquía.

Pero Berlín es ante todo el primer socio económico de Ankara, su interlocutor ineludible en Europa. Más de dos millones de ciudadanos turcos viven en Alemania, donde constituyen la primera comunidad extranjera. La relación entre estos dos países es secular. Los mundos otomano y germánico se enfrentaron desde el siglo XVI, imponiendo una división implícita en Europa Central y Oriental como en los Balcanes. La caída del imperio otomano transformará ese enfrentamiento en alianza. Desde 1835, el imperio otomano recurre a los servicios del general Helmut von Moltke. Luego el emperador Guillermo II sella en 1888 el acuerdo con el sultán Abdul Hamid. Colmar Freiher von der Goltz, apodado Goltz Pascha, se convierte en vicejefe de estado mayor del ejército otomano. Éste permanecerá bajo el mando de oficiales de la Reichswehr hasta después de la Primera Guerra Mundial. Ellos serán los testigos privilegiados (habrá quienes lleguen a decir que los actores) del genocidio armenio6. Mustafá Kemal, padre de la República Turca, se mostrará hostil a la influencia de Berlín, pero el fulgor del nacionalismo alemán y de la identidad nación/raza marcó profundamente a los “jóvenes turcos”, sus camaradas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en cuyo transcurso Ankara (“neutral” hasta su entrada en guerra junto a los aliados en 1945) mantiene vínculos económicos con Hitler, los lazos “privilegiados” de Alemania y Turquía se fortalecen dentro de la OTAN. Alemania es el primer proveedor de armas del ejército turco después de Estados Unidos. “Son los dos países que se oponen en forma directa al expansionismo soviético”, explicaba por entonces Ercan Vulharan, ex embajador turco en Bonn.

Pero su relación acopia una mezcla de historia compartida, de atracción-repulsión, de complicidades y golpes bajos. Así, la CDU del canciller Helmut Kohl se opuso siempre por principio a la integración de Turquía a la Unión Europea, concebida como un club de Estados cristianos. Edmund Stoiber no dice otra cosa. Al mismo tiempo, señala Ilnur Cevik, director del Turkish Daily News, “en el transcurso de las dos últimas décadas, hemos visto a las fundaciones alemanas instalarse en Turquía. La contribución de la fundación Adenauer (vinculada a la CDU) al desarrollo de nuestro país fue inmensa, en especial en lo que concierne a nuestra democratización”.

Teherán es el segundo aliado privilegiado de Berlín en la región y, también en ese caso, la relación entre ambos países tiene una vieja historia. “Está profundamente enraizada”, según el presidente del Parlamento iraní, Mehdi Karrubi7. El 26 de febrero pasado, el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Kamal Kharazi, y el presidente del Parlamento alemán, Wolfgang Thierse, reafirmaron de común acuerdo, en la capital alemana, la solidez de los lazos entre ambos países. Fischer no dejó de criticar el concepto de “eje del Mal”, integrado por Corea del Norte, Irak e Irán, caro a George W. Bush.

A comienzos de los años ’50, Alemania y Estados Unidos apoyan la instauración de la dictadura de Reza Pahlevi. Pero la revolución iraní congelará las relaciones con Berlín. Alemania buscará entonces fortalecer sus lazos con Bagdad8, luego se convertirá progresivamente en el primer interlocutor de Teherán, a través de un “diálogo crítico” que debía hacer avanzar los derechos humanos y el comercio al mismo tiempo. Actitud que chocará constantemente con Washington.

La sólida relación entre ambos países resistirá el asesinato de opositores kurdos, dirigentes del Partido Democrático del Kurdistán de Irán (PDKI, en septiembre de 1992 en Berlín) teledirigidos por los servicios secretos de Teherán, así como el contragolpe de la justicia alemana, que en abril de 1997 condenó a las personalidades más destacadas del Estado iraní. La detención y condena a muerte de un hombre de negocios alemán en Teherán, luego el arresto y el proceso de varios intelectuales iraníes, a su regreso de Berlín (donde participaron en abril de 2000 en un foro sobre el porvenir de Irán) “condimentarán” aun más este período de crispaciones diplomáticas. Fischer y Thierse acudirán a Teherán en marzo de 2000 y febrero de 2001 respectivamente, para fortalecer los lazos con el presidente Mohamed Khatami, germanófilo y germanófono. Khatami realizará su primera visita oficial a Berlín y Weimar en julio de 2001. Durante la crisis afgana, Berlín servirá de conexión entre Washington y Teherán.

Hace tiempo que la cooperación de los servicios secretos alemanes e iraníes es estrecha. La RFA es un intermediario privilegiado entre Israel y el Hezbollah en el Líbano, en lo que tiene que ver con los intercambios de soldados israelíes prisioneros de la milicia chiíta contra miembros del Hezbollah detenidos por el Estado hebreo9.

Señalemos finalmente que el comercio de armas reforzó el basamento de la influencia de Berlín en la región. En los ’80, Alemania figuraba a la cabeza de sus proveedores de armamento. Permitió, en particular, que Irak, Irán y Libia adquirieran tecnologías de fabricación de armas químicas10. Asimismo, ¡fueron empresas alemanas las que posibilitaron la fabricación de los Scuds B irakíes lanzados sobre Tel Aviv durante la Guera del Golfo! Pero también es cierto que en esa oportunidad Bonn contribuyó con el equipamiento de Israel en misiles interceptores Patriot… y en máscaras de gas.

  1. Berliner Zeitung, Berlín, 21-1-02.
  2. Bernd Ulrich, “Neue Deutsche Rolle”, Der Tagesspiegel, Berlín, 29-12-01.
  3. Nº 36, 2001.
  4. Hichem Djaït, L’Europe et l’islam, Seuil, París, 1978.
  5. Der Tagesspiegel, Berlín, 7-1-01.
  6. Wolfgang Gunst, Der Völkermord an der Armeniem, Hanser Verlag, Munich, 1993. Véase también Noureddine Zaza, Ma vie de Kurde, Labor et Fides, Bruselas, 1993.
  7. En Les Turcs, les Arabes et la Révolution française, Edisud, Aix-en-Provence, 1989.
  8. Erich Schmidt-Eenboom, Der Schatten Krieger, Klaus Kinkel und der BND, Econ, Düsseldorf, 1995.
  9. Haaretz, Tel-Aviv, 3-12-01.
  10. Jürgen Grässlin, Den Tod bringen Waffen aus Deutschland, Knaur Verlag, 1994.
Autor/es Michel Verrier
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 37 - Julio 2002
Páginas:18,19
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Estado (Política), Geopolítica
Países Alemania (ex RDA y RFA)