Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Nuevo concepto: guerra preventiva

Los atentados terroristas que hace un año sacudieron a Estados Unidos y al mundo han sido tomados por el presidente George W. Bush como excusa para un abrupto cambio en la doctrina militar del país que más armas mortíferas posee en el planeta. Las "acciones preventivas", señaladas como clave para la "guerra contra el terrorismo", constituyen en los hechos una justificación de la intervención de Washington -incluso secreta- en cualquier país con todo su peso militar, sin excluir el empleo de armamento nuclear.

El 1º de junio de 2002, el presidente George W. Bush presentó ante la academia militar de West Point la doctrina estratégica que inspirará en lo sucesivo a su administración. Más que un nuevo concepto de defensa, se trata de una desvergonzada revisión de los principios admitidos hasta ese momento por Estados Unidos, con importantes consecuencias en cuanto a la conducción de su política extranjera, la organización, el mando y la doctrina de utilización de sus fuerzas.

Según Bush, las amenazas que EE.UU. debe afrontar proceden de grupos terroristas internacionales y de los Estados que los toleran, albergan o apoyan, pero también de aquellos que poseen armas de destrucción masiva, están abasteciéndose de éstas o preparándose para construirlas. Dado que estas amenazas han cambiado de origen y naturaleza, la respuesta también debe cambiar por completo.

En resumen, el Presidente afirmó que de ningún modo Estados Unidos debe aceptar que sus nuevos enemigos puedan volver a realizar contra ellos o sus aliados ataques análogos a los que padeció este país el 11 de septiembre, ni tampoco admitir que puedan atacar, como lo hicieron en el pasado, embajadas, unidades navales o guarniciones estadounidenses. Así pues, anunció que la estrategia de Washington apuntaría en adelante a impedir que tales amenazas se materialicen, poniendo en marcha “acciones preventivas” (preventive actions) contra sus enemigos.

Sería erróneo creer que se trata en este caso de declaraciones emitidas bajo el muy comprensible impacto causado por los terribles atentados del 11 de septiembre. En realidad, los expertos del Pentágono llevaron a cabo tres estudios fundamentales desde la asunción de Bush: uno trata sobre las condiciones de vida del personal militar, pero los otros dos, la Nuclear Posture Review (NPR), entregada en enero de 2002, y la Quadriennal Defense Review, abarcan temas de estrategia esenciales. El discurso del Presidente develó su significación y anunció su puesta en marcha. Se trataba de un viraje decisivo. Hasta el momento, aun cuando la realidad lo desmentía, Estados Unidos afirmaba que no emplearía la fuerza militar más que en respuesta a una agresión y que la iniciativa de las guerras en las que se viera implicado procedería siempre de sus enemigos. Este tabú ha sido levantado.

El presidente Bush ya lo había dado a entender en su discurso sobre el Estado de la Unión, a principios de año. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, lo había explicado más claramente el 31 de enero cuando declaró: “La defensa de Estados Unidos requiere prevención, autodefensa y en ciertos casos la iniciativa en la acción. Defenderse contra el terrorismo y otras amenazas emergentes del siglo XXI puede perfectamente exigir que se lleve adelante una guerra en territorio enemigo. En ciertos casos, la única defensa es una buena ofensiva”. Y durante la reunión ministerial de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) del pasado 6 de junio: “Si los terroristas pueden atacar en cualquier momento, en cualquier lugar y con cualquier técnica, y dado que es materialmente imposible defender todo, todo el tiempo, contra todas las técnicas, entonces tenemos la imperiosa necesidad de redefinir qué es defensivo (…) La única defensa posible es hacer el esfuerzo de encontrar a las organizaciones terroristas internacionales y tratarlas como es debido, como Estados Unidos lo hizo en Afganistán”.

Estas reflexiones fueron reunidas por el mismo Consejo Nacional de Seguridad bajo el título general de National Security Strategy: anuncian explícitamente el abandono de las anteriores doctrinas de “disuasión” o “contención” y definen la nueva mediante expresiones tales como “intervención defensiva”, “acción preventiva o prioritaria”.

Queda pues planteada la pregunta: ¿contra qué adversarios podría iniciar EE.UU. una “acción preventiva”? Las autoridades estadounidenses no ahorran esfuerzos para hacerlo entender a todos sus conciudadanos y, en lo posible, a la comunidad internacional. Se dijo y se escribió todo con el fin de mostrar claramente que no se trataba de preparar una acción de este tipo contra Rusia. Contra ella, la disuasión nuclear del tiempo de la Guerra Fría sigue siendo el único instrumento apropiado, si bien a título de precaución teórica y de última instancia, dado que con toda evidencia, ya no dispone de una capacidad convencional realmente amenazadora y que, además, su interés nacional consiste en asegurarse un permanente entendimiento con Estados Unidos, en especial contra las actividades “terroristas” de inspiración islámica, como demostró el presidente Vladimir Putin al ponerse instantáneamente del lado de Washington tras los atentados.

Tampoco se trata de imaginar una “acción preventiva” contra China: sin hablar de su capacidad de respuesta nuclear, un conflicto con este país cobraría necesariamente dimensiones desmesuradas y también en este caso la disuasión nuclear tradicional sigue siendo la precaución elegida por Estados Unidos.

Por el contrario, como explicó el secretario de Estado Colin Powell, “para estar plenamente adaptada a su objetivo, la acción preventiva debe ser decisiva”1. Podemos citar varios ejemplos: la destrucción por parte de Israel, en agosto de 1981, del reactor nuclear iraquí Osirak; la amenaza de una operación masiva contra un grupo de rebeldes filipinos que los hizo desistir de una acción aérea contra el régimen de Corazón Aquino; la respuesta que habría sido necesaria si el atentado que causó 11 muertos frente al consulado estadounidense, el pasado 14 de junio, se hubiese conocido de antemano.

A la luz de esta nueva doctrina se comprende mejor la selección que hizo el presidente Bush, en su discurso sobre el Estado de la Unión, de los tres Estados que constituyen el “eje del mal”: Irak, Irán y Corea del Norte. Pudo verse entonces que las declaraciones oficiales que denuncian como enemigos a los Estados que toleran, albergan o apoyan a las organizaciones terroristas y aquellos dotados de armas de destrucción masiva o en proceso de fabricarlas o conseguirlas, simplemente encubren la voluntad de Estados Unidos de defender el orden internacional establecido, tal como la potencia lo concibe y en cuanto corresponde a sus intereses.

El Estado iraquí no estuvo implicado en los atentados del 11 de septiembre, pero no hay chance alguna de que acepte un día someterse al dominio estadounidense: por lo tanto, justificaría una acción preventiva. Irán estaría en proceso de dotarse de armas de destrucción masivas, en particular nucleares, según los expertos estadounidenses convencidos de que los dirigentes iraníes tomaron esa decisión al ver a su país rodeado de potencias que proyectan tener o ya tienen armamento nuclear (Rusia, Irak, Israel, Pakistán e India); como si esto fuera poco, este país podría dar una mano a organizaciones que Washington considera “terroristas”, como es el caso del Hezbollah libanés.

Corea del Norte, por cierto, consintió un acuerdo explícito con Estados Unidos para circunscribir sus investigaciones nucleares a objetivos civiles, pero siguió vendiendo misiles de mediano alcance a varios Estados que a su vez podrían proveerlos a organizaciones terroristas o verse despojados de ellos por éstas. Está claro que la lista de estos Estados que conforman “el eje del mal” no es exhaustiva, y está lejos de serlo: pero sugiere la extensión de los objetivos que se ofrecen a la nueva concepción estratégica que inspira en adelante a la política estadounidense.

Esta nueva concepción tiene, por lo demás, considerables consecuencias sobre la doctrina de empleo de las fuerzas, en particular nucleares. Esto ya fue revelado por la NPR publicada en enero y puntualizado por los trascendidos orquestados acerca de su implementación, en marzo pasado. Pero es a la luz del concepto de acción preventiva que se comprende mejor su alcance. La NPR constituía lisa y llanamente el trípode de la disuasión tradicional –misiles balísticos, bombarderos estratégicos, submarinos lanzadores de explosivos– dentro de un “sistema de ofensiva a la vez nuclear y no-nuclear”. Este es el primer elemento de una tríada que incluye otros dos: la “capacidad defensiva” cuyo instrumento más innovador es la defensa antimisil –que dio un nuevo paso con el éxito reciente de una experiencia de destrucción de un misil tomado como objetivo por un antimisil lanzado desde un navío de guerra– y una infraestructura apta para responder a los desafíos revelados por los atentados del 11 de septiembre, que apunta a garantizar en tanto sea posible la invulnerabilidad del suelo estadounidense y que englobaría 28 administraciones y 170 mil funcionarios, bajo los auspicios de un Departamento de Seguridad Interior.

Estrategia de “respuesta gradual”

Pero en el caso de la “fuerza ofensiva de disuasión”, destinada a toda “acción preventiva” según la nueva doctrina, lo que se pone directamente en discusión son las concepciones tradicionales de utilización de las fuerzas nucleares. No es que se abandone la disuasión nuclear, en el sentido habitual de la expresión, del mismo modo que no la abandona Francia. Pero siendo que ésta apunta únicamente a la hipótesis extrema y no plausible de un ataque generalizado contra los intereses vitales de Estados Unidos por parte de una potencia claramente identificable y que justifique destrucciones masivas, no supone más que un arsenal reducido.

La NPR proyectó entonces reducciones unilaterales que consisten en disminuir el número de cabezas nucleares del arsenal estratégico estadounidense, de las 3.456 fijadas por el acuerdo Start II y 2.496 previstas por las negociaciones de Start III, a 2200. Esta cifra se estableció en el acuerdo firmado el 25-5-02 entre Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, éste es tan sólo un aspecto del poderío nuclear estadounidense. En adelante, la NPR le confiere como virtud principal la “flexibilidad”, definida como permanente adaptación a las nuevas amenazas y como reversibilidad.

Este último punto es radicalmente nuevo: implica que la nueva postura permita un nuevo aumento del poderío de toda la gama de armas nucleares y el reinicio de los ensayos en un plazo promedio de algunos meses. La NPR previó por adelantado la recomposición de los equipos de investigadores disueltos luego de la decisión tomada en 1992 de detener las investigaciones sobre nuevas armas, y el reacondicionamiento de las unidades de producción. Y proporciona su justificación: “Existía una evidente necesidad de revitalizar nuestro complejo de fabricación de armas nucleares”, y prescribe explícitamente “la definición de opciones nucleares de variable amplitud, alcance y objetivo, que sean complementarias de los otros instrumentos no nucleares”. De este modo se proclama abiertamente la inserción de una gama de armas nucleares en el conjunto de la panoplia de las fuerzas, tanto convencionales como atómicas, utilizables ambas allí donde parezcan las más apropiadas.

Los trascendidos orquestados sobre este tema provocaron reacciones en la medida en que vinieron acompañados de ejemplos e hipótesis. Se recordó que en la Guerra del Golfo de 1991, el secretario de Estado James Baker había enviado al ministro de Relaciones Exteriores de Irak, Tarak Aziz, una carta del presidente Bush padre al presidente Saddam Hussein, advirtiéndole que en caso de que se emplearan armas químicas iraquíes, la respuesta sería de índole nuclear, aunque la palabra, según se dice, no estaba escrita. Simultáneamente se planeaba el uso de un arma nuclear adaptada a casos tales como “un ataque iraquí contra Israel y sus vecinos, un ataque norcoreano a Corea del Sur, o un enfrentamiento militar a propósito de Taiwan”2.

Por lo demás, se admitía de antemano una utilización adaptada de armas nucleares “en circunstancias inmediatas, potenciales o imprevistas” en las que podrían estar involucrados países tales como “Corea del Norte, Irak, Irán, Siria y Libia”3. Se ubica a todos estos países en la misma categoría, aunque sus situaciones políticas y posiciones estratégicas son muy distintas, porque “todos patrocinan o albergan a terroristas” y todos “son activos en la investigación o construcción de armas de destrucción masiva”.

Esta doctrina de empleo de las armas nucleares esbozada en la NPR no es una novedad en la historia de la política de defensa de Estados Unidos. Se trata más bien de una restauración. Bajo una forma adaptada al actual contexto internacional, marca el regreso a la estrategia de “respuesta gradual” concebida por las autoridades estadounidenses a principios de los años ’60. En la perspectiva de un conflicto, el empleo de la gama de armas nucleares denominadas tácticas ocupaba en ese entonces el lugar de un refuerzo, complemento o sustituto de las armas convencionales, según la evolución de las operaciones y el comportamiento del adversario.

Como es sabido, el resultado fue el despliegue paralelo de este tipo de armas tanto en el Este como en el Oeste del continente europeo, que prometió transformarse inevitablemente, en caso de guerra, en campo de batalla a la vez nuclear y convencional. Allí reside la verdadera diferencia entre el tiempo de la “respuesta gradual” y el contexto estratégico actual. Si se lo juzga apropiado, el eventual empleo de armas nucleares sería el instrumento de la “acción preventiva” decidida por Estados Unidos contra Estados –o en términos más generales contra enemigos– provistos o desprovistos de armas de este tipo o en proceso de dotarse de ellas.

Los gobiernos de los Estados europeos miembros de la OTAN recibieron una advertencia al respecto el pasado 6 de junio, cuando sus ministros de Defensa escucharon la exposición que hizo Donald Rumsfeld sobre la actual concepción estadounidense. Los ministros presentes habían recibido previamente una carta común del Primer Ministro inglés, Anthony Blair, y del presidente del Consejo Español, José María Aznar, pidiéndoles expresamente que prepararan la reorientación de la OTAN contra “el terrorismo internacional y las armas de destrucción masiva”. Este será el tema principal de la próxima cumbre atlántica de noviembre, en Praga, donde por primera vez estarán presentes los representantes de los siete nuevos miembros de la Alianza. En esa fecha, todos sabrán a qué atenerse.

  1. The Washington Post, 17-6-02.
  2. Le Monde, 13-3-02.
  3. Nuclear Posture Review, citado por Los Angeles Times, 12-3-02.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:18,19
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos