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Alianza fundada en un malentendido

El fundamentalismo evangélico operó en Estados Unidos un espectacular viraje desde el antisemitismo al antiislamismo, simultáneo con el abandono por parte de sectores de la comunidad judía estadounidense de su tradicional liberalismo. Los atentados terroristas en Nueva York cimentaron una alianza entre integristas cristianos y judíos, fundada en el resbaloso terreno de las profecías del Apocalipsis.

“El Dios del Islam no es nuestro Dios, y el Islam es una religión dañina y perversa”. De este modo se expresaba el reverendo Franklin Graham en octubre de 2001. Quiso el azar que algunas semanas después, el público descubriera que su padre, el reverendo Billy Graham, sin dudas el predicador más respetado del país, tenía la costumbre de hacer declaraciones tan poco cordiales como ésta, pero a propósito de los judíos. Acababa de darse a conocimiento público la grabación de una conversación privada mantenida en 1972 con Richard Nixon en el despacho oval de la Casa Blanca. El pastor –quien desde los años ’50 fue amigo íntimo y consejero espiritual de todos los presidentes– se quejaba (entre otras cosas) del poder de los judíos en los medios: “Hay que quebrar ese poder, si no el país está perdido”. Billy Graham presentó sus “sinceras excusas” por declaraciones “que no reflejaban en absoluto su pensamiento”, y recordó que siempre había dado un inquebrantable apoyo al Estado de Israel. El heredero de su imperio de predicación, por su parte, no procuró moderar sus declaraciones anti-musulmanas. Por el contrario, las amplificó desde entonces.

La transición del antisemitismo a la islamofobia es aun más impactante en el caso del pastor Pat Robertson. En un libro publicado en 1990, se erigía contra “los judíos liberales que en los últimos cuarenta años se dedicaron a reducir la influencia cristiana en la vida pública estadounidense”. Desde entonces, el célebre tele-evangelista se encarniza sobre todo con los musulmanes: “Quieren coexistir hasta el momento en que puedan controlar, dominar y luego, si es necesario, destruir”. En julio de 2002, este mismo Pat Robertson recibía el premio de los amigos de Israel otorgado por la Organización Sionista de Estados Unidos1.

Hay que remontarse a fines de los años ’70 para comprender el ascenso al poder de la derecha cristiana y su alianza con Israel. Los trastornos sociales, políticos y económicos de la época crearon un terreno fértil para los grupos religiosos reaccionarios tales como la Mayoría Moral del pastor Jerry Falwell. En Israel, el Likud, partidario del “retorno” a toda la tierra bíblica de Israel (Eretz Israel), había accedido finalmente al poder. En 1978 y 1979, el reverendo Falwell había viajado a Tierra Santa, por invitación del primer ministro Menahem Begin. Se entendieron tan bien que en 1980 el pastor fue honrado con la medalla Vladimir Jabotinsky (en homenaje al fundador del sionismo “revisionista” y mentor de Begin)2.

Esos años se vieron igualmente marcados por profundos cambios en el seno de la comunidad judía estadounidense. Dos de sus principales figuras, Irving Kristol y Norman Pokhoretz, rompían con la tradición “liberal” (en el sentido estadounidense de progresista) a la que durante mucho tiempo habían adherido los intelectuales judíos. Después de haber militado por los derechos cívicos, la “discriminación positiva” y la distensión con la Unión Soviética, acababan de operar un espectacular viraje, fundando así el movimiento neo-conservador. Numerosos puntos en común –la crítica del Estado benefactor, el regreso a los “valores tradicionales”, el anticomunismo férreo, y el apoyo sin reservas al Likud– los acercaban de allí en más a la derecha cristiana3.

La elección de Ronald Reagan en 1980 consagró esta alianza. Los neo-conservadores desempeñaban por entonces la función de una corte de intelectuales, mientras el nuevo presidente nombraba en su gabinete a fundamentalistas de choque. El secretario de Interior James Watt explicaba que la contaminación del planeta no debía ser fuente de inquietud ya que “el regreso del Señor está cerca”. Y fue frente a la asociación nacional de grupos evangélicos que el Presidente pronunció su célebre discurso en que calificó a la Unión Soviética de “Imperio del mal”.

Dios en el debate público

Durante los períodos presidenciales de Bush padre y Clinton, el repliegue de estos grupos fue sólo aparente: si bien los neo-conservadores y la derecha cristiana eran menos visibles, seguían ejerciendo su influencia en el panorama político e ideológico. En 1989, considerando “cumplida” su misión, el reverendo Falwell había suspendido la actividad de su Mayoría Moral. Las iglesias fundamentalistas, por otra parte, se encontraban debilitadas por el escándalo de los tele-evangelistas, y el lobby israelí AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) sufría una de sus pocas derrotas. En efecto, el presidente Bush se había opuesto a avalar un préstamo de 10.000 millones de dólares, en tanto el primer ministro Yitzak Shamir proseguía su política de estímulo a las colonias de los territorios ocupados.

Además, la caída del comunismo restaba un argumento de peso a los que apoyaban a los movimientos anticomunistas en América Central (numerosos entre los fundamentalistas) así como a los defensores geoestratégicos de Israel (“único Estado democrático y estable en una región amenazada por la Unión Soviética”). El AIPAC se dedicó entonces a ampliar su área de influencia; de allí en más, en lugar de concentrar sus esfuerzos en los estados con mucha población judía (Nueva York, California, Florida, Illinois), el lobby pro-israelí trabó alianzas en todo el país, incluso en los lugares donde la población judía era casi inexistente4. Durante la presidencia de Clinton, las travesuras del Presidente y sobre todo la batalla del impeachment reunieron nuevamente a neo-conservadores y derecha fundamentalista en una liga virtuosa generosamente financiada y muy bien organizada.

Ayudada por la fiebre milenarista, la elección presidencial del año 2000 marcó el gran retorno de Dios al debate político. El candidato republicano George W. Bush declaró que su filósofo político preferido era Jesucristo, mientras que su rival Albert Gore anunciaba que antes de tomar una decisión difícil, se preguntaba : “¿Qué habría hecho Jesús?”. Cuando eligió como acompañante de fórmula al senador Joseph Lieberman, judío ortodoxo conocido por su discurso moralista, hizo las delicias de todos los integristas5.

Pero lo que cimentó sobre todo la alianza de los neo-conservadores y los fundamentalistas, consagrados ambos a hacer del “choque de civilizaciones” una profecía autocumplida, fueron los atentados del 11 de septiembre de 2001. En efecto, el islam fue designado como el nuevo imperio del mal. El discurso machacado sin descanso por los medios y reproducido por la casi totalidad de los parlamentarios estadounidenses6 adoptaba las tesis del gobierno israelí: siendo Yasser Arafat “el Ben Laden de Israel”, los dos países están unidos en una misma lucha. Por otra parte, los partidarios de la línea dura allegados a Israel (como el secretario adjunto de Defensa Paul Wolfowitz o el estratega del Pentágono Richard Perle) fueron quienes presidieron la puesta al día de la doctrina de defensa: Estados Unidos procederá en adelante a ataques preventivos contra los países capaces de dotarse de armas nucleares, biológicas o químicas –de donde la urgencia de un “cambio de régimen” en Irak (véase el artículo de Paul-Marie de la Gorce, pág. 18).

Todos los personajes importantes de la derecha cristiana –Ralph Reed, Gary Bauer, Paul Weyrich, etc.– se embarcaron en la nueva cruzada, en muchos casos teledirigida por Israel. Así, fue el mismo Ariel Sharon quien quiso que el rabino Yechiel Eckstein, fundador del International Fellowship of Christians and Jews, reclutara a Ralph Reed, ex presidente de la Coalición Cristiana, para predicar la buena nueva: así fue como 250 mil cristianos enviaron más de 60 millones de dólares a Israel. Y la organización Christians for Israel/USA financió la inmigración de 65 mil judíos, con el fin de materializar “el llamado de Dios que consiste en ayudar al pueblo judío a regresar y restaurar la tierra de Israel”, según afirmaciones de su presidente, el reverendo James Hutchens7.

La retórica del presidente Bush (“los que no están con nosotros están con los terroristas”, “nosotros somos buenos”, etc.) favoreció un discurso binario y maniqueo que coincide con los esquemas de pensamiento de los integristas. Según un reciente sondeo de Time/CNN, el 59% de los estadounidenses piensa que los acontecimientos descritos en el Apocalipsis van a producirse, y el 25% cree que los atentados del 11 de setiembre estaban anticipados en la Biblia8. De ahí el fenomenal éxito de la serie Left Behind (50 millones de ejemplares vendidos): diez volúmenes, a medio camino entre la novela de ciencia ficción y la guía práctica para el fin de los tiempos, que pretenden ofrecer las claves de los misterios del Apocalipsis9.

En ciertos ámbitos fundamentalistas, la intransigencia de Ariel Sharon y su espíritu guerrero son recibidos con exaltación. ¿No fue acaso su visita –puramente provocativa– del 28 de septiembre de 2000 al Monte del Templo (la explanada de las mezquitas) el desencadenante de la ola de violencia cuyo fin sigue sin avizorarse? Y según Las Escrituras, en ese lugar sagrado se erigirá el Tercer Templo, preludio de las sangrientas guerras escatológicas. En estas condiciones, una solución pacífica o ciertas concesiones territoriales podrían comprometer –o retrasar– la realización de las profecías. Como subrayó el pastor Hutchens: “No puede haber paz allí antes del advenimiento del Mesías”.

Pese a su solidez aparente, la alianza entre extremistas israelíes y fundamentalistas cristianos se apoya en un malentendido. El teólogo Harvey Cox afirma : “Si yo perteneciera al bando israelí, sería extremadamente prudente”. En efecto, la cronología prevista por los fundamentalistas encierra motivos de inquietud: primero las plagas, los sufrimientos y las guerras; luego la reconstrucción del Templo y la llegada del Anticristo; finalmente el segundo advenimiento del Mesías y el combate final entre el Bien y el Mal en Jerusalén. Los Justos serán entonces transportados en “éxtasis” al Cielo. Los dos tercios de los judíos se convertirán, los otros serán eliminados o condenados para la eternidad10. Por otra parte, para algunos, el fin del mundo es más inminente de lo que parece. En enero de 1999, el reverendo Jerry Falwell declaraba que el advenimiento del Mesías podría producirse en los próximos diez años. Y afirmaba también que el Anticristo ya estaba entre nosotros, y que era “judío y varón”11.

  1. Pat Robertson, The New Millenium: 10 trends that will impact you and your family by the year 2000, Word Publishing, Dallas, 1990, Christian Broadcasting Network, 21-2-2002. Véase también Michael Kinsley, “Pat Robertson Deconstructed”, The New Republic, 8-5-1995, y http://www.patrobertson.com.
  2. Grace Halsell, Prophecy and Politics: The Secret Alliance between Israel and the U.S. Christian Right, Lawrence Hill, Westport (CT), 1989.
  3. Norman Podhoretz, Breaking Ranks: A Political Memoir, Harper and Row, Nueva York, 1980.
  4. “How Israel Became a Favorite Cause of the Conservatrice Christian Right”, Wall Street Journal, 23-5-02.
  5. Howell Raines, “When Devotion Counts More Than Doctrine”, The New York Times, 17-9-00.
  6. Por 94 votos contra 2 en el Senado y 352 votos contra 21 en la Cámara de Representantes, el Congreso de Estados Unidos proclamó que “Israel y Estados Unidos están comprometidos en una causa común contra el terrorismo”.
  7. Jeffery L. Sheler “Evangelicals support Israel, but some Jews are skeptical”, U.S. News and World Report, 12-8-02.
  8. Time, 23-6-02.
  9. Último volumen publicado: Tim La Havre y Jerry Jenkins, The Remnant: On the Brink of Armageddon, Tyndale House, 2002.
  10. Véase, por ejemplo, http://www.bible-prophecy.com, http://bci.org/prophecy-fulfilled, http://www.raptureready.com
  11. The Washington Post, 16-1-1999.
Autor/es Ibrahim Warde
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:20
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Genocidio, Minorías, Ultraderecha, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Islamismo