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Recuadros:

Horrendos crímenes en Afganistán

Un riguroso trabajo de investigación periodística muestra la responsabilidad de tropas y mandos estadounidenses en torturas y asesinatos perpetrados contra soldados talibanes tras su rendición, a fines de 2001. Más de 5.000 personas de diferentes nacionalidades fueron sometidas a crueldades inenarrables. Está pendiente la investigación, solicitada en el Parlamento Europeo, y el correspondiente juicio.

Las osamentas ya se blanquearon, como si estuvieran allí desde hace siglos. Sin embargo esos restos humanos tienen apenas algunos meses. Son todo lo que queda de algunos miles de jóvenes que esperaban contar con la protección de la Convención de Ginebra, pero que murieron en circunstancias horribles, por sofocación o por ejecución sumaria.

De cerca, resulta fácil distinguir las marcas dejadas por los dientes de los perros nómades que deambulan por las noches en el desierto. Mandíbulas, costillas, tibias, cráneos rotos, desparramados en lo alto de una duna artificial de unos 50 metros de largo. Las ropas en jirones parecen pergaminos, pero desde cerca se pueden ver las etiquetas: Karachi, Lahore y otras latitudes.

Dasht Leili, en Afganistán: unos 3.000 hombres hallaron aquí su tumba. Unos, muertos asfixiados al cabo de un viaje infernal; otros, acostados entre los cadáveres de sus compañeros de cautiverio, gritan e imploran a sus verdugos antes de perecer bajo una ráfaga de balas. Habían venido a ese país maldito para combatir a los infieles enemigos de su Dios, según creían. Eran fanáticos religiosos, dispuestos a dar su vida en defensa de su fe. A su partida de Paquistán, de Chechenia, de Uzbequistán o de diversos países árabes, para lanzarse a esa peregrinación colectiva, pocos de ellos podían sospechar que terminarían así.

Afganistán, pieza clave del sueño panislámico. Bajo los talibanes, ese país devastado por décadas de guerra (contra extranjeros y entre afganos) se había convertido en La Meca de todos los que adhieren a la letra del Corán. El mundo conocía su singular interpretación de la palabra de Dios gracias a imágenes clandestinas de mujeres, cubiertas con sus burjas, ejecutadas en el gran estadio de Kabul por actos allí considerados crímenes pero que en Occidente no tendrían ningún castigo o uno muy leve.

Un día de abril de 2001 estaba yo junto al río Amu Daria, que marca la frontera entre Uzbequistán y su vecino del Sur. Investigaba entonces sobre una nueva ruta de la droga a través del Asia Central. A apenas doscientos metros de allí, los guardias fronterizos descansaban a la sombra de las ruinas en cemento armado del puerto de Heiraton, antaño punto de paso estratégico para miles de toneladas de armas soviéticas y decenas de miles de soldados. Al Este, el mal llamado Puente de la Amistad unía ambas márgenes, pero estaba bloqueado al medio por enormes rocas. Pocos meses después, a fines de noviembre de 2001 me harían atravesar discretamente ese mismo puente a la madrugada, y así pude descubrir que existía un estrecho paso entre los bloques de piedra. Mis “custodios” uzbekos me guiaron hasta ser recibido por soldados de la Alianza del Norte, que se habían apoderado no sólo de Heiraton sino también de la estratégica ciudad de Mazar-i-Sharif, a 50 minutos de ruta de la margen del río.

La batalla de Mazar-i-Sharif fue la más importante de la última guerra afgana. Su personaje clave fue el general Abdul Rashid Dostom, brillante estratega militar y el más temido de todos los señores de la guerra en Afganistán, y actual viceministro de Defensa. Como si estuviera en el siglo XIX, Dostom había lanzado mil jinetes al asalto de las cumbres situadas al Oeste de Mazar-i-Sharif, contra posiciones de artillería pesada de los talibanes. “No se lo esperaban”, explica Dostom. “Si yo hubiera enviado la infantería, los obuses la hubieran hecho pedazos. A caballo, los hombres pudieron entrar rápidamente en el perímetro de fuego de las armas pesadas, y los talibanes escaparon”. Durante ese ataque murieron más de trescientos jinetes, pero la caída de los talibanes había comenzado.

En el momento más intenso de la batalla, cuando Dostom luchaba en las puertas de Mazar-i-Sharif, Al Jazirah, la televisión satelital de Qatar, anunció su muerte. La noticia se conoció cuando yo conversaba con su brazo derecho, el comandante Mammur Hassan, en un punto del frente, cerca del Kokcha, un afluente del Amu Daria. El pánico corrió entre la tropa: si la noticia se confirmaba sería el mayor revés padecido por la Alianza del Norte desde el asesinato de Massoud Chah, el 9 de septiembre de 2001. Pero la calma que puede leerse en el rostro de Hassan muestra su absoluta confianza en la inmortalidad de su amigo y comandante en jefe.

Hassan me pide utilizar mi teléfono satelital para “llamar al general”.

Hassan: –Abdul Rashid, se dice que estás muerto. Al Jazirah anuncia que te mataron.

Dostom, riendo: –No lo creo, aunque quizás debería verificarlo. ¡No hay que escuchar semejantes mentiras !

Hassan: –¿Cómo va la batalla?

Dostom: –Nos faltan municiones, y estoy obligado a comprar cartuchos a quien quiera vendérmelos. Pero todo va bien, tengo veinte estadounidenses a mi lado, verdaderos profesionales.

Aviones estadounidenses habían atacado las posiciones avanzadas del enemigo en el combate de Mazar-i-Sharif, pero ésta era la primera confirmación de que había personal militar presente en el terreno.

Dos semanas antes Hassan me había informado discretamente que en las horas siguientes a la toma de Mazar-i-Sharif por Dostom la Alianza del Norte lanzaría el ataque final. El plan se desarrolló como estaba previsto, pero lo que resultó totalmente inesperado fue la magnitud y la rapidez del derrumbe talibán. Kabul cayó prácticamente sin disparar un tiro: abandonando Kokcha en el Noreste, al igual que Taloqan y Mazar-i-Sharif, los talibanes escaparon hacia el Sur en dirección de Kunduz. En esa ciudad quedarían entrampados unos quince mil combatientes talibanes, incluidos varios miles de sus simpatizantes extranjeros, sitiados por efectivos de la Alianza del Norte que los duplicaban en número. Algunos lograrían escapar por un estrecho corredor abierto al Sur y otros aceptarían salvar su vida cambiando de bando (fenómeno habitual en esa guerra). En cuanto a los demás, su suerte estaba en manos de los negociadores.

En el centro de esas conversaciones se halla otro señor de la guerra regional, Amir Jhan, que goza de la confianza general. “Todos los comandantes de Kunduz eran mis compañeros de armas y mis amigos. Hace algunos años habíamos combatido juntos, y me pidieron que hiciera de intermediario con la Alianza del Norte para poner término al problema por medio de la negociación más que por el combate. Algunos de esos comandantes, entre ellos Marzi Nasri, Agi Omer y Arbab Hasham convencieron a Al-Qaeda y a otros grupos de extranjeros para que se unan a nosotros”.

Según la propuesta inicial hecha a la Alianza del Norte, los comandantes talibanes estaban dispuestos a entregar sus armas a las Naciones Unidas o a cualquier otra fuerza multinacional a cambio de ciertas garantías. “Yo estaba presente cuando los mullahs (talibanes) Faisal y Nori llegaron junto a otros más para un encuentro en Kalai Janghi entre los generales Dostom, Maqaq y Atta. Había allí estadounidenses y también algunos ingleses. Se decidió que los afganos de Kunduz entregarían sus armas y podrían volver a sus casas, en tanto que los combatientes de Al-Qaeda y los demás extranjeros serían entregados a las Naciones Unidas”.

Presión de Washington

Kalai Janghi, importante fortaleza de los alrededores de Mazar-i-Sharif que Dostom tomó como cuartel general –como antes lo habían hecho los talibanes– sería el centro de los siguientes acontecimientos. Pero en el mismo momento en que se discutía un arreglo, intervino el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, aparentemente temiendo que un desenlace negociado del sitio militar permitiera a los combatientes extranjeros quedar libres: “Sería muy lamentable que extranjeros que se hallan en Afganistán –los de Al-Qaeda, los chechenos y los otros que colaboraron con los talibanes– sean liberados y puedan ir a otro país a perpetrar el mismo tipo de actos terroristas”. En los días siguientes Rumsfeld confirmó su opinión: “Espero que se los mate o se los capture. Son personas que hicieron cosas terribles”.

Ahora bien, los comandantes de la Alianza del Norte no pueden hacerse los sordos cuando su principal aliado y suministrador de fondos se expresa de esa manera. Por otra parte, piensan más bien de la misma forma. La venganza, llamada intiqaam es prácticamente un deporte nacional y planea sobre la ciudad como una sed de sangre. La masacre parece inevitable.

El carácter urgente de la situación no escapa a Amir Jhan, que conversará incansablemente con uno y otro bando con la esperanza de impedir lo peor. Finalmente, el 21 de noviembre de 2001, se llega a un acuerdo: todas las fuerzas talibanes van a rendirse a la Alianza del Norte contra una promesa de respetar sus vidas.

Unos 470 talibanes extranjeros (incluidos muchos sospechados de pertenecer a Al-Qaeda) fueron llevados a Kalai Janghi, donde quedaron encerrados en los túneles existentes bajo el inmenso recinto. El 25 de noviembre de 2001 dos agentes de la CIA llegaron al lugar para realizar interrogatorios individuales. En momentos en que se los realizaba se desencadena una revuelta: los talibanes sorprenden a los guardias, se apoderan de sus armas y abren fuego. En pocos minutos Johnny “Mike” Spann resulta muerto al igual que unos treinta soldados de la Alianza del Norte. Se generaliza entonces el combate, que alcanza mayores dimensiones cuando los talibanes se apoderan del depósito de armas del fortín, que por absurdo que pueda parecer se hallaba dentro mismo del sector donde estaban encerrados. Las fuerzas especiales estadounidenses presentes piden que se ataque con aviones, mientras que los comandos británicos (SAS) organizan un contraataque. Luego de tres días de lucha no queda un solo talibán vivo en el fuerte, lo que resulta sorprendente. Al cabo de toda operación militar se puede esperar hallar algunos sobrevivientes, aunque fuese gravemente heridos.

Miles de jóvenes víctimas

Los centenares de periodistas occidentales presentes en la rendición de Kunduz corren a Kalai Janghi. Instalados a cubierto en el recinto vecino, o a veces aun más lejos, envían despachos sensacionalistas. La atención mediática internacional está entonces concentrada en Kalai Janghi, más aun teniendo en cuenta que en los túneles se hallará a un talibán estadounidense, John Walker, y a otros 85 sobrevivientes. Aunque parezca increíble, en ese momento nadie se preguntó por la suerte corrida por los otros combatientes que se habían rendido en Kunduz. Y es precisamente el destino de esos miles de jóvenes el que motiva el llamado a una investigación independiente e internacional, a raíz de la proyección de un extracto de nuestra película ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo (ver recuadro). Lo que les ocurrió a esos hombres ensuciará para siempre la imagen de la Alianza del Norte, de la ONU, del gobierno de Estados Unidos y de su personal militar. Es en otra fortaleza totalmente distinta, jamás citada en los despachos de prensa occidentales, donde comienza la masacre en que morirán unos 3.000 prisioneros.

Volvamos a Amir Jhan, participante en las negociaciones de rendición. “Los conté uno a uno: eran 8.000. Actualmente sólo quedan 3.015, y en esa cifra están comprendidos los pachtunes de Kunduz que ni siquiera figuraban entre los que se entregaron originariamente. ¿Dónde están los otros?” La respuesta a esa pregunta se halla, al menos en parte, bajo cincuenta metros de arena en pleno desierto, en Dasht Leili.

El cálculo es sencillo: faltan 5.000 hombres. Algunos habrán podido evadirse; otros habrán comprado su libertad, y muchos otros más sin duda habrán sido vendidos a los servicios de seguridad de sus respectivos países, donde padecerán un destino peor que la muerte. Pero según ciertos testimonios clave que pudimos recoger en seis meses de investigación, la mayor parte están efectivamente enterrados en la arena. Ninguno de los testigos fue remunerado por nosotros, y todos corren grandes riesgos por haber participado en nuestra película.

La historia comienza en la fortaleza de Kalai Zeini, en la ruta que va de Mazar-i-Sharif a Shiberghan. Esta fortaleza inmensa, aun de acuerdo a las normas afganas, sirvió de campo de tránsito para miles de hombres capturados en Kunduz. Oficialmente se trataba de transferir esos soldados vencidos a la prisión de Shiberghan, donde debían quedar detenidos a la espera de ser interrogados por los expertos estadounidenses. Así se seleccionarán los que deben ser enviados a Guantánamo, en Cuba1.

En Kalai Zeini se los obliga a mantenerse sentados en el piso, unos junto a otros, en un gran terreno cercado. Pronto llega una fila de camiones con contenedores de acero sobre el chasis. Se obliga entonces a los prisioneros a ponerse en fila india y se los amontona dentro de los contenedores. Un oficial de la Alianza del Norte, que prefiere mantenerse anónimo, relata: “Estábamos encargados de transferir a los prisioneros. En Zeini nos hicimos cargo de 25 contenedores destinados a Shiberghan. Habíamos metido unas 200 personas en cada contenedor”.

Apretados como sardinas en esos recipientes metálicos donde no entra ni el aire ni la luz, con una temperatura de 30º, los talibanes reclaman piedad. La respuesta no se hace esperar, como lo confirma otro soldado afgano, que admite haber matado algunos prisioneros: “Disparé sobre los contenedores para hacer unos agujeros de ventilación y hubo muertos”. Pregunta: “¿Usted tiró personalmente para hacer agujeros en los contenedores? ¿Quién le dio la orden?”. Respuesta: “Los comandantes nos lo ordenaron”.

Un chofer de taxi que se había detenido en uno de los surtidores de combustible improvisados que pululan en las rutas principales, relata: “El día que se trasladaron los prisioneros de Kalai Zeini a Shiberghan, me detuve para cargar combustible. Había como un olor raro y le pregunté al encargado del surtidor a qué se debía. Me dijo: ‘Mira detrás de ti’. Ahí vi tres camiones con contenedores. La sangre chorreaba por todos lados. Se me pararon los pelos de espanto. Quise partir pero no pude, pues uno de los camiones estaba descompuesto y el vehículo de auxilio me bloqueaba el paso”.

Cuando finalmente se abrieron los contenedores, de los ocupantes sólo quedaba una montaña de orina, de sangre, de materias fecales, de vómitos y de cuerpos en descomposición.

La primera pregunta que viene a la mente cuando se entra en la prisión de Shiberghan es la siguiente: ¿Alguien pudo verdaderamente creer que ese establecimiento, previsto para 500 detenidos como máximo, podía recibir una cifra quince veces superior? ¿Fue verdaderamente por casualidad que la mayoría de los que debían ser transferidos aquí nunca llegaron?

Los contenedores con su carga de carnicería humana se alinean frente a la prisión. Uno de los soldados que acompaña el convoy se halla presente cuando los oficiales responsables de la prisión reciben la orden de liquidar rápidamente toda huella de la operación. “La mayoría de los contenedores tenían orificios de balas. En cada uno había de 150 a 160 cuerpos. Algunos aún respiraban, pero la mayoría estaban muertos. Los estadounidenses decían a la gente de Shiberghan que había que sacarlos de la ciudad antes de que fueran filmados por satélite”.

Esta acusación de complicidad estadounidense será un punto crítico en toda eventual investigación: el derecho internacional en la materia, al igual que el derecho nacional o militar, por otra parte, descansa en gran medida en la reconstrucción de la cadena de mando a través de la cual se comete el crimen. Dicho de otra manera, se tratará de saber quién dirigía las operaciones en Shiberghan.

Pudimos encontrar a dos camioneros, provenientes de dos regiones diferentes, y que, con varios días de diferencia, nos llevaron al mismo sitio del desierto. Evidentemente trastornados por su papel en ese caso, hacen un relato espantoso del viaje entre Kalai Zeini y Dasht Leili, vía Shiberghan.

Numerosos testimonios

Camionero N°1: “Había aproximadamente 25 contenedores. Las condiciones eran muy malas pues los prisioneros no podían respirar. Entonces se disparó contra los contenedores. Muchos prisioneros murieron. En Shiberghan se desembarcaron a los que aún tenían signos de vida. Pero había talibanes que habían perdido el conocimiento por estar heridos o muy debilitados. A esos se los llevó a este lugar, que llaman Dasht Leili, donde se los liquidó. Volví aquí tres veces, y cada vez traje unos 150 prisioneros. Gritaban y lloraban mientras les disparaban. Éramos unos diez o quince choferes que hacíamos el mismo viaje”.

Camionero N°2: “Requisaron mi camión en Mazar-i-Sharif sin pagarme nada. Cargaron encima un contenedor, y tuve que transportar prisioneros de Kalai Zeini a Shiberghan, y luego hasta Dasht Leili, donde los soldados los liquidaron. Algunos estaban vivos, heridos o inconscientes. Los trajeron aquí, les ataron las manos y los mataron. Yo hice cuatro viajes de ida y vuelta con prisioneros. En total debí haber transportado hasta aquí entre 550 y 600 personas”.

Como consecuencia de las revelaciones del semanario Newsweek del 26 de agosto, el gobierno de Estados Unidos reconoció finalmente que en efecto en Dasht Leili había tenido lugar una matanza, que en la cárcel de Shiberghan estaban presentes soldados estadounidenses… pero no habían visto nada. Lo cual es evidentemente poco creíble. El llamado al gobierno afgano a que abra una investigación resulta poco serio, dado que las autoridades de Kabul, tributarias de los jefes de la guerra, no tienen ni recursos financieros ni competencia para hacerlo.

Camionero N°1: “Había jumbish (afganos de la etnia uzbeka) en la prisión de Shiberghan. No vi estadounidenses aquí en Dasht Leili, pero sí vi en la prisión, y podrían haberse quedado en los camiones”.

Camionero N°2, interrogado sobre la presencia de estadounidenses: “Sí, estaban con nosotros aquí, en Dasht Leili”. ¿Cuántos eran?: “Había muchos, quizás 30 o 40. Nos acompañaron las dos primeras veces, pero no los vi las otras dos veces”.

Meses más tarde, las marcas de las topadoras aún pueden verse en el lugar de la matanza de Dasht Leili: los cadáveres fueron empujados hasta una fosa y ocultados bajo toneladas de arena.

Según testigos oculares, los que habrían sobrevivido al viaje de Kalai Zeini hasta la prisión de Shiberghan padecerán a manos de los soldados estadounidenses una suerte nada mejor que la de sus hermanos enterrados en la arena. Uno de los soldados afganos afirma haber visto a un soldado estadounidense matar a un prisionero talibán para atemorizar a los demás y lograr que hablen. “Cuando era soldado en Shiberghan vi a un soldado estadounidense quebrarle el cuello a un prisionero. Otra vez les volcaron ácido u otra cosa sobre el cuerpo. Los estadounidenses hacían lo que querían, nosotros no teníamos ningún poder para impedírselo, todo estaba bajo control del comando estadounidense”.

Uno de los generales de la Alianza del Norte, también basado en Shiberghan por entonces, testimonia: “Yo estaba allí. Los he visto darles puñaladas en las piernas, cortarles la lengua, la barba. A veces uno tenía la impresión de que hacían eso por placer. Llevaban a un prisionero al exterior, le daban una golpiza, y luego lo traían de vuelta. Pero a veces el prisionero no volvía”.

Todos los testigos que aparecen en nuestra película están dispuestos a comparecer ante cualquier instancia internacional –comisión investigadora o tribunal– que decida hacerse cargo del caso a raíz de sus declaraciones. Y, si se les da la oportunidad, están dispuestos a identificar a los militares estadounidenses implicados.

Las acusaciones de tortura y de asesinato dentro de la prisión de Shiberghan serán posiblemente difíciles de corroborar tanto tiempo después de los hechos. Pero a cuatro kilómetros de la prisión existe una fosa común que sin dudas contiene los restos de varios miles de prisioneros. Si militares estadounidenses efectivamente participaron en la eliminación de esos prisioneros, si estaban a la cabeza de la cadena de mando como lo afirman numerosos testigos, si se abstuvieron de intervenir cuando cientos de hombres eran sumariamente ejecutados, entonces son culpables de crímenes de guerra.

La masacre de My Lai en 1968 y la comparecencia ante una corte marcial del teniente William Calley, pueden parecer muy lejanas, y el mundo ha cambiado mucho desde entonces. Pero los principios fundamentales del derecho siguen siendo los mismos. Y los inocentes no tienen nada que temer de la verdad.

  1. Las denuncias internacionales sobre el tratamiento dado a los presos de Guantánamo, calificado de “experimento del Pentágono”, se multiplican. Rosa Townsend, “Desesperación suicida entre los 598 presos de Al-Qaeda”, El País, Madrid, 21-8-02.

Urge una investigación internacional

Jourdan, Laurence

“Los testimonios y elementos de presunción existentes en el documental de Jamie Doran alcanzan para legitimar la apertura de una investigación internacional sobre las fosas de cadáveres de la región de Mazar-i-Sharif”. Con el objeto de lograr la apertura de esa investigación sobre las acusaciones de masacre y de tortura que pesan sobre los combatientes afganos de la Alianza del Norte y sobre soldados estadounidenses, Andy Mc Entee, ex-presidente de Amnesty International, asistió a la proyección de un pre-montaje de 20 minutos de duración del documental, que el cineasta inglés organizó el 12 de junio pasado ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo, Francia.

Al término de esa proyección, solicitada por el grupo de la Izquierda Unitaria Europea, su presidente, Francis Wurtz, sugirió “pedir, en nombre del Parlamento Europeo, al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y a la ONU, que se lleve adelante una misión de investigación y de protección de los sitios”. Como los democristianos y los socialdemócratas se “negaron a reaccionar en caliente”, Wurtz desea que el tema sea tratado en un debate de urgencia.

En nombre de su grupo, Wurtz se dirigió al CICR y a la ONU para llamar su atención sobre la necesidad de abrir rápidamente una investigación. Interrogado al respecto, un portavoz del CICR, Kim Gordon-Bates, nos informó el 8 de julio que el CICR seguramente no participaría en dicha investigación: "Nuestro mandato básico es el de asistir a las víctimas de guerra, a las personas vivas y a las familias de los desaparecidos. Tememos que nuestra participación en una investigación tenga una incidencia negativa en el acceso del CICR a las personas". En nombre del respeto a las reglas de confidencialidad y de neutralidad requeridas, Naciones Unidas confirmó que el CICR no puede testimoniar ante una corte.

Dado que Francis Wurtz no tuvo respuesta de Mary Robinson, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, interrogamos a la ONU en Ginebra: “No debería haber amnistía para los crímenes de guerra o para los crímenes contra la humanidad (…) El primer responsable que debería investigar sobre esos crímenes es el Estado concernido. No tenemos dudas sobre la sinceridad del Estado afgano para responder sobre las violaciones pasadas”. Ninguna alusión, en cambio, al otro Estado concernido, Estados Unidos…

La ONG estadounidense Physicians for Human Rights (PHR), que fue advertida sobre la existencia de las fosas de cadáveres en enero de 2002, cuando realizaba una inspección sobre las condiciones de detención en la prisión de Shiberghan, había publicado en mayo un informe preliminar sobre las presuntas fosas de cadáveres de la región de Mazar-i-Sharif, en el cual llamaba a la comunidad internacional y a las autoridades afganas a proteger los sitios donde se habrían cometido los crímenes.

A raíz de la publicación del informe de PHR, investigadores de Naciones Unidas habían exhumado en mayo de 2002 quince cuerpos en el desierto de Dasht Leili (lugar donde se habría desarrollado la masacre) y llegado a la conclusión, luego de tres autopsias, de que se trataba de personas “muertas por sofocación”. El 11 de julio, al circular rumores sobre daños registrados en los sitios, un equipo de PHR viajó al lugar y comprobó que “las causas de la deterioración (eran) naturales (viento, aves carroñeras) y que restos humanos seguían estando a la vista”.

Andy Mc Ente está sorprendido de que los estadounidenses no hayan abierto una investigación oficial, como lo hicieron con motivo del bombardeo de un poblado afgano la noche del 30 de junio al 1 de julio pasado, que causó 48 muertos y 118 heridos entre habitantes de Kakrakai que celebraban una boda. Según Marc Herold, profesor asociado en la Universidad de New Hampshire, el número de civiles muertos estaría entre 2.650 y 2.9701.

Sin abrir investigación, el Pentágono desmintió oficialmente las acusaciones hechas por los testigos en la película de Jamie Doran: “Las alegaciones surgieron cuando se hallaron las fosas comunes cerca de la prisión de Mazar-i-Sharif, en febrero. Nosotros las analizamos y no hallamos ninguna prueba de que militares estadounidenses hayan participado o tenido conocimiento de ese tipo de atrocidades"2. "En cambio, ese desmentido confirma que se cometieron atrocidades”, señala Wurtz.

Como lo indica Physicians for Human Rights –que subraya no tener ninguna prueba de la implicación estadounidense en esos crímenes– la campaña de Kunduz, que terminó en la rendición de los talibanes, se había desarrollado con la participación de Estados Unidos. En consecuencia, “no pueden lavarse las manos de su responsabilidad respecto del tratamiento de los prisioneros” aun cuando Washington estima que los prisioneros talibanes y los detenidos de Al-Qaeda no gozan del estatuto de prisioneros de guerra establecido por la Convención de Ginebra.

Estimando que “no todo está permitido en nombre del antiterrorismo” y a fin “de impedir que se entierre la información y de obtener elementos clarificadores que permitan argumentar a favor de la apertura de una investigación” la Izquierda Unitaria Europea decidió enviar a Afganistán, en septiembre, una delegación de cinco parlamentarios de diferentes grupos políticos. Francis Wurtz desea que miembros del Congreso estadounidense se unan al pedido de apertura de una investigación.3

Tabú hasta el momento en los medios de comunicación estadounidenses, la cuestión de la responsabilidad de Estados Unidos acaba de ser planteada por el semanario Newsweek4, que sin embargo precisa que nada permite acusar a soldados estadounidenses de haber participado en lo que cabe considerar “un crimen de guerra”. Por otra parte, el semanario refiere la existencia de un informe confidencial de la ONU según el cual los hechos revelados bastarían para “justificar una investigación criminal oficial”.

Hubo que esperar cuatro años para que la ONU presentara un informe oficial sobre las circunstancias en que cayó el enclave de Srebrenica en julio de 1995, en Bosnia, y sobre las masacres que se produjeron luego. ¿La comunidad internacional se mostrará más rápida en el caso de Mazar-i-Sharif?

Traducción: Carlos Alberto Zito

  1. Ver The Guardian, Londres, 8-8-2002, y el sitio http:/www.pubpages.unh.edu/~mwherold
  2. AFP, Washington,14-6-02
  3. Entrevista publicada por Le Courrier de Genève, Ginebra, 4-6-02.
  4. 26-8-2002.


Autor/es Jamie Doran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:21,23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional
Países Estados Unidos, Afganistán