Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Es la economía, señor Presidente…

El día en que comiencen a ser realmente ciertas afirmaciones como las del ministro de Economía Roberto Lavagna, según el cual millones de personas habrían dejado de ser indigentes o pobres en los últimos meses 1, los problemas políticos del actual gobierno habrán terminado.
Es sabido que para hacer de Argentina “un país en serio” (es el slogan oficial) resulta imprescindible un enorme caudal político de apoyo, porque para superar la crisis económica, financiera e institucional se necesitan una reestructuración de la deuda externa que separe sus partes legítimas e ilegítimas y diferencie las responsabilidades nacionales de las de los organismos y particulares internacionales; una reforma tributaria que baje los impuestos al consumo y aumente los que gravan rentas y ganancias; una reforma presupuestaria que apunte a saldar el enorme atraso educativo y sanitario, a pagar salarios decentes y formar de modo adecuado a sus responsabilidades a policías, gendarmes y militares y, por supuesto, a los funcionarios públicos realmente necesarios; una depuración de arriba abajo, de izquierda a derecha y transversal de los tres poderes y todos los organismos del Estado, del primero al último; una reforma política que acabe con el clientelismo y democratice el funcionamiento interno de los partidos; una reforma sindical que coloque en estado de asamblea a todos los gremios; un nuevo pacto federal que tienda a acabar con el caudillismo y promueva el desarrollo regional y la integración nacional. En una palabra, desmafistizar, democratizar este país, hacerlo mínimamente respirable por más justo, honesto, solidario e integrado.
Todo eso, se dirá, no lo hace así, de un manotazo, ni Dios Todopoderoso. La respuesta es: Dios no existe, y si existiese seguramente no tendría por qué ayudar a un país que lo tiene todo y no merece nada más, habiendo en el mundo tanto desamparo. Para un Dios justo –todos los que creen en Él dicen que lo es– los problemas argentinos deberían resultar de un pésimo uso del libre albedrío. Por lo tanto, es razonable aceptar que todo ese ideal se concrete humanamente, de manera paulatina, de lo más urgente a lo menos, de lo más importante a lo secundario. Todo es cuestión de empezar, pero de empezar de verdad. Lograr que las cosas sean serias es también una cuestión de método, de planes, de perseverancia, de claridad y decisión y, en política, de relación de fuerzas.
En cuanto a este último punto, ya se sabe cómo se formó y cómo llegó a la Casa Rosada el actual gobierno: algo así como una tripulación impensada, de emergencia, para un barco incendiado, sin timón y a la deriva en un temporal. El armador, último sobreviviente de una corporación mafiosa quebrada y desprestigiada, echó mano de un líder y un equipo que un cuarto de siglo atrás habían sobrevivido apenas a una guerra de exterminio. Metáforas aparte, y tal como se dieron las cosas, para este proyecto de “país en serio” Kirchner y su equipo no tienen ni pueden tener, en las condiciones actuales, el apoyo del Partido Justicialista, ni el de los sindicatos, ni el de la izquierda que sueña con la dictadura del proletariado sin empleo, ni por supuesto el del establishment. La izquierda democrática organizada en partidos o sindicatos es aún débil y no acaban de convencerla ni el estilo ni ciertos aliados que hasta ahora ha elegido el gobierno.
En la medida en que este gobierno es la resultante de la fuga en desorden del conjunto de la dirigencia política (si el peronismo pudo colocar a alguien en el puesto es porque al producirse la crisis no ocupaba el Poder Ejecutivo), el proyecto de “país en serio” no puede contar con su apoyo, porque esa dirigencia y esa forma de hacer política son justamente uno de los primeros obstáculos a eliminar.
Para utilizar un ejemplo reciente de esa vía muerta que resulta de aliarse con quien representa lo que se pretende cambiar, si la evidente desprolijidad en el manejo de la destitución del ministro de Justicia y parte de su equipo puede explicarse por la multiplicidad de asuntos a resolver y las deficiencias institucionales o de personal, nada explica que en su momento se haya elegido como principal colaborador en el área de justicia a un miembro del Opus Dei y ex ministro del gobierno Menem, aunque personalmente haya salido limpio de ese basural. Más temprano que tarde ocurrirá algo parecido con la nueva dirigencia de la Confederación General del Trabajo, “unificada” por arriba, de la noche a la mañana, entre magnates sindicales. Uno de ellos se casó hace muy poco tiempo en una fastuosa velada porteña, tan multitudinaria que mereció la atención de los noticieros televisivos, mientras los trabajadores reciben salarios de miseria, la mitad de ellos trabaja en negro 2 y la mayor parte de los sindicatos no realiza asambleas hace años. Si es verdad que el presidente Kirchner confía en esa gentuza, o planea entregarse o ya está perdido. Como en la fábula de la rana, no se puede cruzar el río con un escorpión en la nuca.

Apoyarse en la sociedad


¿Qué hacer entonces? Acudir a las enseñanzas de la Historia, que indica que los momentos de más grave crisis muestran de un lado el abismo, del otro una alternativa fundacional. En esos casos es lo que antes se llamaba el pueblo llano, ahora la sociedad, lo que proporciona el empuje, el respaldo y la mano de obra para la segunda posibilidad. Así fue en todos los grandes momentos de crisis superadoras que han sido, desde las revoluciones estadounidense y francesa, pasando por las gestas de independencia latinoamericanas, la revolución soviética, el New Deal de Roosevelt, la IV República francesa o las reformas sociales del primer peronismo. Por cierto, todas ellas han conocido restauraciones, conflictos internos graves y traiciones; en el caso soviético, un estruendoso fracaso; en el peronista, una monstruosa degeneración que no es desatinado atribuir a su propia esencia. Pero en su momento todos esos procesos representaron, guardando proporciones y distancias, salidas positivas apoyadas por la mayor parte de la sociedad.
¿Cómo podría este gobierno lograr el apoyo de la mayoría de los argentinos para su proyecto de “país en serio”? Teniendo en cuenta las necesidades de esa mayoría, la condición actual de partidos políticos y sindicatos, y los intereses que guían a la mayor parte de los medios de comunicación, sólo parece haber un camino, de doble vía: profundizar las reformas económicas, orientándolas hacia mayores cotas de bienestar para las mayorías, y abrir un canal de diálogo directo con la sociedad. Si ésta comienza a recibir por un lado los beneficios de la reactivación, aunque sea moderada y paulatinamente, y por otro “entiende” la lucha que se libra en las alturas y es solicitada en apoyo, el proyecto kirchnerista podría concretarse.
Es cierto que se han obtenido logros importantes, como la modificación de la Corte Suprema y otros en el plano interno; o recientemente algunos, comerciales y políticos, derivados de una firme actitud en la integración sudamericana (Bilbao, pág. 8); pero es preciso alertar sobre los límites y defectos de una recuperación económica basada en un atinado manejo de una coyuntura favorable, pero que de ninguna manera representa un plan de recuperación sostenida y de desarrollo (Schorr, pág. 10); del mismo modo que advertir sobre los pujos de reinstalar el monetarismo (Calcagno, pág. 12) y sobre los peligros e injusticias que enmascara el boom agropecuario (Latorraca, Martínez y Montero, pág. 4). Por otra parte, el mes próximo debería definirse el tema de la deuda externa, que a pesar de los cuantiosos pagos que nunca dejaron de efectuarse, aumentó 35.500 millones de dólares desde la devaluación; 1.200 millones sólo en el primer trimestre de este año 3. Es evidente que a pesar de que el actual manejo de la deuda es más firme y responsable, está condenado al fracaso, en la medida en que ésta ya representa el 130% del PBI y su cumplimiento, aun si los bonistas aceptan el plan del gobierno (38,3% está en default y 18% con atrasos), impediría la reactivación económica y agravaría la crisis social 4.
En síntesis, en este primer año el gobierno se ha instalado, ha dado señales de firmeza y ha obtenido algunos resultados que es necesario subrayar, pero lo esencial sigue sin definirse. Medio país está deslumbrado por el boom exportador, pero el mundo es demasiado inestable y las exportaciones, en un año récord como 2003, sólo representaron el 13,8% del PBI 5, mientras el mercado interno apenas respira y la mitad de la población sigue viviendo en la pobreza o la indigencia a pesar de las afirmaciones del ministro Lavagna, quien parece creer que una familia dejó de ser pobre porque superó en diez pesos la línea de ingresos que define la pobreza.
Definir qué deuda se debe y se puede pagar; romper con el FMI y los bonistas si es necesario (no lo sería); reindustrializar el país y aportar valor agregado a la producción agropecuaria; profundizar la integración regional; redistribuir el ingreso; avanzar en las reformas políticas y económicas… Una política así es todo lo contrario de lo que desea el establishment local e internacional, pero es exactamente lo que la ciudadanía está esperando y por lo que estaría dispuesta a luchar. En la Argentina de hoy, el proyecto de “país en serio” no puede aspirar a otra clase de aliados.
“Trajano había llegado a ese momento de la vida, variable para cada hombre, en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que le ordena destruirse o trascenderse”, dice el Adriano de Yourcenar 6, ya citado en esta columna. Eso vale tanto para los hombres como para los países. Si un hombre o un país apenas tienen historia, nadie tomará en cuenta que han faltado a una cita importante, pero si la tienen –y es el caso de Argentina– cualquiera se asombrará de que nadie haya sido capaz de sostener la bandera en el momento más duro. Si el presidente Kirchner no se decide a correr todos los riesgos que comporta encarar decididamente los problemas principales y más urgentes, abriendo un surco que la sociedad se encargará de ensanchar y consolidar, tiene todas las chances de acabar como otra marioneta del establishment, una hoja al arbitrio de la tormenta.

  1. Clarín, Buenos Aires, 28-7-04. Según el ministro de Economía, que se sirve de sus propios datos en lugar de los del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en el país habría “tres millones menos de indigentes que en 2002”.
  2. Marina Aizen e Ismael Bermúdez, “Casi la mitad de los trabajadores recibe salarios en negro”, Clarín, Buenos Aires, 19-7-04. Los ciudadanos que “laboran sin ningún beneficio o protección de la ley” son 4,6 millones.
  3. Ismael Bermúdez, “La deuda pública ya supera los 180.000 millones”, Clarín, Buenos Aires, 27-7-04.
  4. Claudio Katz, “La deuda después del default”, Argenpress, Buenos Aires, 27-6-04.
  5. Ministerio de Economía, Secretaría de Programación Económica, Buenos Aires.
  6. Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, Sudamericana, Buenos Aires, 1955.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:2
Países Argentina