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Las elecciones se pierden en el Este

El Este de Alemania es cortejado como una novia renuente. La ex República Democrática Alemana (RDA), que arbitrará las elecciones parlamentarias, genera inquietud en todos los partidos. Nadie sabe qué hacer con ese territorio desconocido, recuperado hace apenas una década de las ruinas de la URSS.

El candidato de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) a la Cancillería, el bávaro Edmund Stoiber, guardó su calzón de cuero y visitó los Länder del Este disfrazado de prusiano. Como Helmut Kohl en su momento, en sus apariciones en las plazas de los mercados atrae a electores fieles a la CDU, quienes lo aplauden con moderación desde las primeras filas. Más atrás, el servicio de seguridad de la Juventud Demócrata Cristiana, Junge Union, encargado de lograr que siempre se pueda escuchar al jefe, hace grandes esfuerzos para repeler a los autónomos en overol negro que soplan, indignados, haciendo sonar sus silbatos. Imperturbable, el candidato a la Cancillería elogia al pueblo del Este por su incomparable flexibilidad a lo largo de los difíciles años que siguieron a la caída del comunismo. Y promete a la clase media y a los que piden trabajo medidas enérgicas para reactivar una economía en decadencia.

Estas promesas suscitarían poco entusiasmo en las tiendas bávaras1, ya que el ciudadano del Oeste estima que el Este, ese barril sin fondo, le costó bastante caro (alrededor de un billón de marcos –más de 511.000 millones de euros– desde 1990) y que por ende los alemanes del Este harían mucho mejor en ocuparse ellos mismos de su desarrollo. ¿Pero qué no se haría para ser electo? El lobo llegó a comer tiza para engañar a los cabritos2.

El canciller socialdemócrata Gerhard Schröder no puede hacer otro tanto: también en el Este ya quemó todos sus cartuchos. Hace poco declaró que el Este era “asunto del jefe” y manifestó, durante agotadoras giras, su amor por las estepas de la ex RDA y por sus habitantes. Estrechó manos y prometió empleos, así como su predecesor Kohl –sin más éxito– había anunciado paisajes florecientes. Una cosa es segura: el Este no puede alimentarse solo.

A fin de ofrecer una mejor imagen de su aptitud para comprender al Este, Schröder acabó por descubrir en Turingia a dos primas segundas, locuaces y llenas de optimismo: exhibió este parentesco para despertar simpatías. Pero las dos primas en cuestión no carecían de réplica: increparon agriamente a su eminente pariente en la televisión. Y con razón. Si creemos sus declaraciones, ellas simpatizaban más con el Partido del Socialismo Democrático (PDS, ex comunista) que con el Partido Social Demócrata (SPD).

Tan inseguro como su contrincante de su influencia en el Este, Stoiber promovió en su equipo a alguien que todos los Ossis3 conocen, aunque no sea uno de ellos: Lothar Späth. Este ex ministro-presidente del Bad-Wurtemberg cayó a continuación de una serie de escándalos financieros. Durante la unificación, se precipitó a Jena donde, a fuerza de miles de millones de marcos de subvenciones estatales, renovó los famosos laboratorios de óptica Carl Zeiss, que reflotó bajo el nombre Jenoptik. Späth es el único empresario que no perdió popularidad a pesar del despido de 10.000 empleados, víctimas de la reestructuración de la empresa…

Para contrarrestar a este último, Schröder recurrió a un popular nativo del Este, Manfred Stolpe. Para sorpresa general, este ministro-presidente de Brandenburgo renunció a sus funciones para integrar el equipo de campaña del SPD, en el que se desempeña con gran habilidad, haciendo trastabillar un poco al canciller: “Necesitó un tiempo –dijo este último– pero ahora comprendió qué hay que hacer”. Pero sobre todo, Stolpe denuncia, no sin grandilocuencia, a los “hipócritas” de la CDU. “Stolpe: ¡Baviera nos roba nuestra juventud!”, titulaba hace poco un respetable diario berlinés. Es que el ex amo de Brandenburgo tocó un problema que suscita profundo malestar entre los alemanes del Este: el despoblamiento, que los amenaza.

Entre los (escasos) éxitos de los ocho últimos años del canciller Kohl figura el saneamiento ecológico de la ex RDA. Antes, atravesar en tren la región industrial del centro de Alemania obligaba a cerrar las ventanillas del compartimiento para no toser, y a soportar la visión de los gases amarillo-rojizos que salían por las chimeneas de los gigantes de la química. Ayer, los bosques de pinos en la parte alta de los montes metalíferos estaban formados por troncos de árboles sin agujas. Hoy, en el Este la calidad del aire es mejor que en Mannheim, en la región del medio Rhin. Y es posible bañarse en el Elba, hasta hace poco hervidero de desechos tóxicos donde no podía sobrevivir un pez.

Estos resultados, sin embargo, tienen un precio: el cese de actividad de casi todas las industrias del Este alemán y un desempleo persistente que afecta al 20% de la población activa. Durante años se intentó en vano reconvertir a la economía de mercado a una mano de obra formada para una economía socialista. Es difícil tarea colocar frente a una computadora a un conductor de cosechadora de enormes manos, más habituado a manipular llaves de tuerca de gran tamaño que un pequeño teclado. Para disimular la desesperación de aquellos que circulan ociosos por los bares y plazas públicas, los desocupados recibieron propuestas de ayudas estatales si aceptaban emigrar al Oeste, donde hay trabajo.

Los jóvenes, principalmente, sacaron provecho de esta oferta. El 10% de los que terminaban su ciclo escolar se fueron al Oeste, o incluso al extranjero, para continuar su formación. En muchos de los casos, se fueron los mejores… y no volvieron. Sumando a los que emigraron a partir de 1990 (¡más de un millón y medio!), los demógrafos sacaron sombrías previsiones en cuanto al despoblamiento y envejecimiento de un Este subdesarrollado.

Sólo los grandes centros poblados escapan un poco a esta morosa tendencia. Es el caso de Dresde, por ejemplo, y sobre todo de Berlín. A pesar de su situación prácticamente ruinosa, provocada por décadas de endeudamiento “político” (la RFA quería su “vidriera” frente al Este), Berlín es la más atractiva y vital ciudad alemana, gracias a una vida cultural extraordinariamente rica y plural.

A los problemas ligados a la demografía y al mercado de empleos se agrega otro temor latente: ¿qué sucederá cuando se lleve a cabo la ampliación de la Unión Europea? La mayoría silenciosa teme ser dejada completamente a un lado por el Estado y verse obligada, por añadidura, a padecer la economía paralela, la corrupción, el tráfico de drogas y las mafias de los países del Este. El rechazo por el extranjero se expresa en todas partes, aunque las agresiones violentas ya no son tan frecuentes. En suma, la situación psicosocial de la población aparece tanto más inestable cuanto las estructuras se vuelven cada vez más decrépitas.

Las elecciones parlamentarias tendrán lugar en esta confusión. ¿El elector de Alemania del Este tendrá una influencia decisiva en los resultados? Resulta muy verosímil. Es cierto que la mayoría del electorado (80%) vive en el Oeste, donde los dos grandes partidos obtienen normalmente alrededor del 40% de los votos cada uno. Los dos partidos chicos más importantes (Partido Liberal-FDP, Grüne-Verdes) alcanzan entre un 6 y un 9%. Pero la barrera de los 5% hace que su presencia en el Parlamento siempre sea incierta. Mientras que las formaciones de extrema izquierda permanecen por debajo del umbral de credibilidad y las de extrema derecha, incluso sumadas, muy raramente alcanzan el 5% de los votos.

La ex RFA se caracterizaba entonces por una fuerte proporción de electores cuya decisión –determinada por su medio, visión del mundo y posición social– llevaba a votar invariablemente por el mismo partido. Y las elecciones se decidían por una débil diferencia de votos. Aunque estos posicionamientos políticos se hayan vuelto menos rígidos, una elección “normal” en la ex RFA sigue dependiendo del reducido porcentaje de electores que cambian de bando.

En el Este la cosa es muy distinta: el único partido que cuenta con una sólida base de electores es el PDS pos-comunista, que reúne los votos de la derrocada elite de la ex RDA y atrae normalmente a alrededor del 15% de los electores del Este. A esta base se agrega un potencial de votos de protesta, que no ha dejado de aumentar hasta reunir un 10% suplementario del electorado del Este. Esta suma podría permitir al PDS superar, como en 1998, la barrera del 5% sobre el conjunto de Alemania y obtener entre 30 y 40 diputados en el Bundestag. Tanto más cuanto que en el Oeste puede contar con los votos de los ex electores verdes, decepcionados por la línea favorable a la Organización del Atlántico Norte (OTAN).

El PDS, con cerca del 25% de los votos en numerosos Länder del Este –incluido Berlín– ya se impone como socio de coalición para el SPD, en el seno de los gobiernos regionales. Está a punto de afirmarse como un factor importante para la formación del gobierno federal. Hasta el momento, el SPD niega tener la intención de asociarse a ese partido acusado de populismo y de antiamericanismo en el gobierno de Alemania, pero nadie le cree del todo, ya que por el momento, la aritmética electoral indica que es posible que de las elecciones no salga ninguna coalición mayoritaria posible, salvo la improbable cohabitación del agua y el fuego, a saber, la del SPD y la CDU/CSU.

De todas maneras, el voto de un considerable sector del electorado del Este sigue siendo completamente imprevisible. Los estudios demuestran que, en cada escrutinio desde 1990, muchos electores modificaron su voto. Muchos de ellos no se identifican ni con la CDU, ni con el SPD ni tampoco con el PDS. Esta actitud, impensable en el Oeste, acarrea una asombrosa versatilidad de las preferencias políticas. En cuanto al FDP y a los Verdes, en el Este se los considera más bien como partidos “regionales” del Oeste.

Otra particularidad: la persona del candidato a canciller pesa, en el Este, más que el partido mismo. Kohl ganó dos elecciones (1990 y 1994) como canciller de la unidad alemana; perdió una (en 1998) a causa de las promesas no cumplidas que había hecho a la ex RDA. Schröder ganó cómodamente el escrutinio de 1998 porque el Este se había unido al Oeste en una misma voluntad de impedir la reelección de Kohl. Pero la popularidad del canciller socialdemócrata ha bajado y, esta vez, podría muy bien quedar en un segundo puesto.

En 1998, en el Oeste, el SPD contaba con una ventaja sobre la CDU de cerca del 5% de los sufragios emitidos (42% contra 37%). Igual diferencia en el Este, donde no obstante la parte correspondiente a las dos formaciones era menor (34% para el SPD; 27% para la CDU). Pero en el Este, los partidos grandes pueden muy bien tomar o ceder al adversario más del 10% de los votos y provocar así un verdadero corrimiento del terreno. Incluso el número de abstenciones se muestra inestable en extremo. Así es como el versátil Este podría efectivamente arbitrar las elecciones en caso de un resultado incierto.

  1. Tiendas típicas donde los bávaros consumen cerveza.
  2. Alusión a un cuento de los hermanos Grimm, en el que un lobo come tiza para camuflar su voz y entrar así en la casa de los cabritos para devorarlos.
  3. Sobrenombre dado por los alemanes del Oeste a los del Este.
Autor/es Jens Reich
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:31,32
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Alemania (ex RDA y RFA)