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Objetivo Bagdad

La Casa Blanca focaliza insistentemente en Irak lo que a partir de los atentados terroristas de hace un año y la ofensiva contra Kabul era una difusa amenaza sobre la necesidad de extender la guerra antiterrorista más allá de Afganistán. La administración Bush esgrime como argumento justificatorio de una intervención militar en ese país el bloqueo de las inspecciones de armas de la ONU en 1998. Las crecientes reticencias que una ofensiva estadounidense contra Irak -no consensuada ni con la ONU ni con sus aliados- suscita en Estados Unidos mismo, en Europa y en el mundo árabe, aíslan la iniciativa. Se incrementan a su vez los reparos por parte de personalidades republicanas muy próximas a Bush.

“Utilizó armas químicas contra su propio pueblo y contra sus vecinos”, “Invadió a sus vecinos”, “Mató a miles de sus conciudadanos”. La señora Condoleezza Rice, asesora de Seguridad Nacional del presidente George W. Bush, desgrana los argumentos “imperiosos” que según ella empujan a Estados Unidos a intervenir en Irak y a derribar al presidente Saddam Hussein1. Son alegatos imposibles de recusar: en septiembre de 1980 el régimen de Bagdad se lanzaba al ataque de Irán, iniciando uno de los conflictos más sangrientos de la posguerra mundial. Como se veía en dificultades, utilizó armas químicas antes de lanzar gases contra 5.000 kurdos iraquíes en Halabja, en marzo de 1988.

¿Lanzó entonces Washington una cruzada contra ese “tirano sanguinario”? La prensa estadounidense acaba de confirmar que en esa época sesenta funcionarios estadounidenses habían proporcionado en secreto al Estado Mayor iraquí “informaciones pormenorizadas sobre el despliegue de fuerzas iraníes” y que discutían con él planes de batallas. Esos asesores, informados de la utilización de gases, no se opusieron a ello “porque pensaban que Irak luchaba por su supervivencia”2. A partir de 1984, la administración Reagan había restablecido sus relaciones diplomáticas con Bagdad, rotas desde la guerra de 1967, y eliminaba a Irak, promovido por Occidente al rango de bastión contra la “revolución islámica”, de la lista de países que apoyan el terrorismo. Una vez que accedió a la Presidencia, en enero de 1989, George Bush padre firmó una directiva cuyo cinismo rivaliza con su estupidez: “El establecimiento de relaciones normales entre Estados Unidos e Irak favorecería nuestros intereses a largo plazo y promovería la estabilidad en el Golfo y Medio Oriente. El gobierno de Estados Unidos debería proponer a Irak incentivos económicos y políticos para que modere su comportamiento y para incrementar allí nuestra influencia”.

Durante este período, empresas estadounidenses, con el aval del Departamento de Estado, exportaron a Irak productos que podían utilizarse para fabricar armas bacteriológicas3. Se entiende que la “comunidad internacional”, tan atenta en la década de 1990 a rastrear la historia del programa iraquí de armas de destrucción masiva, no haya investigado nunca sobre las empresas extranjeras que ayudaron a Bagdad. Demasiados gobiernos occidentales estaban implicados en ella, desde Estados Unidos a Alemania, pasando por Francia.

De ahora en más, se inició en Estados Unidos un debate sobre el derrocamiento militar del presidente Saddam Hussein. Este vigoroso debate se refiere más a los medios que a los fines. La pregunta planteada no es: “¿tenemos que ir?”, sino “¿cómo ir?”. Las reticencias de sus aliados europeos y árabes, perturbados estos últimos por la total impunidad del gobierno de Ariel Sharon, no harán sino postergar esta “primera guerra preventiva” del siglo XXI (ver De La Gorce, págs. 18 y 19).

Oficialmente, este operativo apuntaría a las armas de destrucción masiva en posesión de Bagdad. Recordemos que la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el 3 de abril de 1991, exigía el desarme de este país. El punto 14 del texto precisa que estas medidas “se inscriben en un procedimiento cuyos objetivos son crear en Medio Oriente una zona exenta de armas de destrucción masiva y de misiles-vectores”.

Este “procedimiento” regional nunca se inició. Toda la atención se focalizó en Irak, sometido a un sistema mortífero de embargo que hambrea a su población, disgrega a la sociedad y… fortalece al régimen de Saddam Hussein. Entre 1991 y 1998 inspectores de la ONU realizaron un trabajo impresionante, garantizando la destrucción del programa nuclear, de la casi totalidad de los misiles y de una parte importante de las armas químicas. Se implementó un control a largo plazo, con un sistema de cámaras de vigilancia en decenas de sitios. Al fin se estaba en vías de desarme y del final del embargo. Pero en los hechos, Washington tenía otros objetivos.

Rolf Ekeus, que dirigió a los inspectores de la ONU en Irak entre 1991 y 1997, reveló recientemente que Estados Unidos no sólo había utilizado a los inspectores en tareas de espionaje, sino que “había presionado a la dirección de los inspectores para que realizara inspecciones controvertidas desde el punto de vista de Irak, creando así un bloqueo que podía ser utilizado para justificar una acción militar directa”4. Es lo que sucedió en diciembre de 1998, cuando Washington decidió bombardear Irak sin el aval de la ONU, obligando a los inspectores a partir y dejando desde entonces el programa de armas iraquí fuera de todo control.

La Casa Blanca no busca ahora más que entonces el retorno de los inspectores, sino más bien un pretexto para una aventura militar que corre el riesgo de agrandar la brecha entre el mundo musulmán y Occidente. ¿Quién sabe cuáles serían las consecuencias de esa empresa en una región sacudida por la ofensiva del gobierno israelí contra los palestinos?

Ex asesor del presidente Bush padre, Brent Scowcroft lanzó un alerta: “Israel bien podría ser la primera víctima, como en 1991, cuando Saddam Hussein trató de involucrarlo en la guerra del Golfo. Esta vez podría lograrlo usando armas de destrucción masiva, moviendo a Israel a responder, tal vez con armas nucleares, lo que desataría un Armageddon en Medio Oriente”5.

  1. BBC, Londres, 15-8-02.
  2. The New York Times, 18-8-02.
  3. Informe del Senado de Estados Unidos, mencionado por William Blum, “What The New York Times left out”, Znet Commentary, 20-8-02.
  4. Financial Times, Londres, 30-7-02.
  5. The Wall Street Journal, Nueva York, 15-8-02.
Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos, Irak