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Cómo el ejército israelí “preparó” la Intifada

Ortodoxia religiosa y posiciones de derecha predominan en el ejército israelí. El manejo de la información secreta y la intervención tanto directa como conspirativa en la política le permiten interferir en pasos vitales de la relación del gobierno con los palestinos. Fue esa línea de acción la que, tras el acuerdo de paz, contribuyó primero a transformar el descontento en rebelión masiva y luego ésta en lucha armada y terrorismo.

“Marea alta, marea baja”, el nombre de código dado a la Intifada desde su inicio en septiembre de 2000, muestra la idea que se hace el ejército israelí de esa confrontación: un fenómeno natural, inevitable, sin relación de causa a efecto con la acción del gobierno. Está implícita además la idea de que la ola de violencia terminará rompiéndose contra el poder de resistencia del ejército. Basta con aguantar hasta que se produzca el reflujo, hasta el día en que el adversario “haya perdido toda esperanza de obtener concesiones por la fuerza” según una de las expresiones favoritas de los responsables israelíes.

El comando militar afirma haber visto con mucha anticipación la llegada de ese mar de fondo. “Las informaciones reunidas y los preparativos realizados en los puestos de mando evitaron que el conflicto armado desatado por los palestinos cayera por sorpresa”, afirmó en diciembre de 2001 el general Moshe Yaalon, por entonces jefe adjunto del Estado Mayor1. Más aún, el Servicio de Informaciones Militares (Aman), que él dirigía en 1995, habría advertido al primer ministro Itzhak Rabin que, en violación del acuerdo de Oslo, la Autoridad Palestina no hacía nada para impedir los atentados, mientras que “conocía a los autores, sabía dónde se hallaban sus depósitos de armas y comprendía la importancia de la amenaza terrorista”. Dicho de otra forma, los servicios de informaciones del ejército habían previsto el fracaso del proceso de paz con cinco años de anticipación2.

Ese testimonio debe ser tomado con pinzas. En efecto, en el verano de 1995 el Aman no señalaba “ningún indicio que permita afirmar que Yasser Arafat no está comprometido con el acuerdo (de Oslo) y con el proceso de paz”. Más bien parece –como es tradición de los servicios de informaciones– que Aman había considerado todas las posibilidades y transmitía al gobierno lo que este tenía ganas de escuchar3.

Pero, efectivamente, algunos oficiales superiores dieron la voz de alerta antes que los demás. No resulta sorprendente que fueran precisamente los más hostiles al acuerdo de Oslo de 1993 con los palestinos. Todos ellos vieron en la continuación de los atentados, luego de 1993, la prueba de la duplicidad de Arafat, que aspiraría a destruir Israel por etapas. Y ello a pesar de que esos ataques eran entonces perpetrados únicamente por los grupos islamistas de oposición.

Sus catastróficas especulaciones se materializaron el 29 de septiembre de 2000, fecha en que estalló la Intifada, al día siguiente de que el entonces jefe de la oposición de derecha, Ariel Sharon, incursionara en la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo). Alertado con mucha anticipación, el ejército estaba preparado para actuar. Tan preparado que Yasser Arafat acusó al jefe del Estado Mayor, Shaul Mofaz y al primer ministro laborista Ehud Barak, de haber organizado una enorme provocación en connivencia con Sharon, para terminar con la Autoridad Palestina, cuya legitimidad nunca habían aceptado ni la derecha ni una parte del ejército.

Profecía de la desgracia

De hecho, si bien no existe ninguna prueba de que el Estado Mayor haya empujado deliberadamente a los palestinos a una confrontación, cabe preguntarse si hizo todo lo necesario para evitarla. Y si una vez que comenzó el incendio hizo todo lo debido para circunscribirlo o, al contrario, lo atizó. ¿No pensó acaso que ese choque era la ocasión soñada para destruir la Autoridad Palestina, aún forzando a un gobierno laborista todavía comprometido (hasta diciembre de 2001-enero de 2002) en un último esfuerzo para llegar a un acuerdo con Arafat?

Eso es lo que da a entender el ex jefe de gabinete de Barak, el abogado Gilead Sheer, uno de los principales negociadores con los palestinos. “Una de las concepciones dominantes en el seno del ejército era la profecía de la desgracia que debía ocurrir: la confrontación era inevitable, pues los palestinos simulaban o mentían abiertamente, mientras se preparaban con las armas en las manos”, escribe en su libro sobre las negociaciones. A su entender, las consignas dadas por el poder civil para reducir las tensiones con los palestinos, en general quedaban en letra muerta. “Los tanques (que habían ingresado en zona palestina) no retrocedían a las posiciones iniciales (…); los obreros palestinos sólo eran autorizados a regresar a Israel en cantidades ínfimas; se mantenían los puestos de control en las rutas” tanto en Cisjordania como en la banda de Gaza. Sheer critica luego la inclinación de ciertos jefes del ejército a adoptar posiciones políticas en público, “dirigiéndose directamente a la opinión pública por encima del gobierno”, fundamentalmente durante los últimos meses de la administración Barak4.

Ese es un fenómeno recurrente en un Estado donde el ejército siempre tuvo derecho a hacerse oír, dado el peso enorme que tiene en la sociedad: es la única institución que asume a la vez las tareas de evaluación (con Aman, el más importante de los servicios de informaciones), de planificación y de ejecución. Se trata de una institución que refleja las tendencias generales del país y que incluye cada vez más colonos y nacionalistas religiosos en sus filas, aunque todavía ambos están poco representados a nivel del comando superior. El fenómeno aumentó de dimensiones en los últimos meses, en momentos en que el país es dirigido por dos ex generales, Sharon y el ministro de Defensa, Benjamin Ben Eliezer, cuyo activismo no tiene nada que envidiar al de los jefes del ejército.

Así, dos jefes de Estado Mayor sucesivos, Mofaz y Yaalon, intervinieron de manera ruidosa en el campo político, preconizando la guerra a ultranza contra la Autoridad Palestina con un típico argumento de la derecha. A partir de febrero de 2001, antes aún de que Sharon entrara en funciones, el general Mofaz calificó a la Autoridad Palestina de “entidad terrorista”. En octubre de 2001 se opuso a la evacuación de dos barrios de la ciudad de Hebrón (que luego fue íntegramente ocupada) a pesar de la firme decisión del gobierno. En la primavera de 2002, Mofaz exigió la expulsión de Arafat, en contra de la opinión mayoritaria del gobierno y de varios expertos militares.

El general Yaalon, de su lado, compara la Intifada a un “cáncer” que amenaza incluso la existencia de Israel en tanto que Estado judío, proyectando contra los árabes la imagen de un Israel “cáncer” de la región. Como el cáncer debe ser extirpado de una u otra manera, Yaalon preconiza personalmente la “quimioterapia”, pero recuerda a la vez que otros proponen la “amputación”. Por otra parte, el nuevo jefe del Estado Mayor denuncia la retirada israelí del Líbano, decidida en mayo de 2000 por el gobierno de Barak, que –sostiene– habría “hecho el juego de los intereses árabes”. Además, acusa a los partidarios de un acuerdo y a todos los que critican la conducta del ejército de socavar la moral de la nación. Estas declaraciones desataron una fuerte polémica.

En la misma línea, el jefe de la aviación militar, el general Dan Halutz, justificó en agosto de 2002 la muerte de civiles inocentes durante ataques aéreos “contra los terroristas”, y propuso “juzgar por traición” a los pacifistas israelíes que se atreven a acusarlo de crimen de guerra.

Relaciones con la política

Una vez más, se plantea la cuestión de las relaciones entre el ejército y la política. En realidad, el tema data de la firma del acuerdo de Oslo en agosto de 1993. En sus memorias, el general de reserva Uri Sagui describe el malestar de un jefe del Aman obligado a recurrir a sus propias fuentes para enterarse que su gobierno negocia secretamente en Oslo con la OLP y que, contra todo lo que pudiera esperarse, las conversaciones están a punto de llegar a buen puerto. “El primer ministro (Rabin) no me había puesto al corriente de lo que estaba ocurriendo con el canciller (Shimon Peres, que supervisaba la negociación), pero logré saber algo gracias a mis fuentes e informé de ello al jefe del Estado Mayor Ehud Barak”5, confía Sagui.

El ex jefe de Aman, sin embargo considerado como un moderado dentro del ejército, lamenta “haber tomado conocimiento demasiado tarde de la Declaración de Principios (del acuerdo de Oslo) para poder influir sobre ella”. De su lado, el general Barak estaba convencido de que el mecanismo de retiradas militares sucesivas previsto en el acuerdo de Oslo jugaba contra Israel, en la medida en que su país estará obligado a “entregar territorios sin contrapartida”, y califica el acuerdo de “gruyere lleno de agujeros”. Cuando, posteriormente, se consultó a los expertos militares, éstos presentaron múltiples exigencias de seguridad, para asegurarse de que las armas de la policía palestina no serían usadas contra Israel y que las colonias de poblamiento podrían gozar de la seguridad necesaria, lo que les permitiría crecer aceleradamente.

Sin embargo no hay que deducir de esto que el Comando Superior fuera totalmente hostil al acuerdo de Oslo, afirma el general Danny Rostchild. “Algunos oficiales superiores desconfiaban, otros estaban en contra, algunos estaban a favor, y yo, personalmente, estaba encantado”, dice quien fuera jefe de la administración militar en los territorios ocupados hasta 1995.

El general Amnon Shahak, sucesor del general Barak como jefe del Estado Mayor de 1995 a 1998, es un partidario declarado del acuerdo de Oslo. Al igual que otros responsables militares, considera que refuerzan la seguridad del país. Ello le valdrá entrar en conflicto con el primer ministro de derecha Benjamin Netanyahu que –ironía de la historia– acusa por entonces al Alto Comando de inmiscuirse en política6. También el jefe del Servicio de Seguridad Interna –civil– (Shin Beth), el almirante de reserva Ami Ayalon, es partidario de un arreglo con los palestinos. Luego de jubilarse en 2000, abogará a favor de una retirada incondicional de los territorios ocupados.

En cambio, los opositores al acuerdo de Oslo cuentan entre sus filas al general Mofaz, jefe del Estado Mayor de 1998 a julio de 2002, y al actual jefe de las Fuerzas Armadas, el general Yaalon, que desde 1995 ocupa puestos clave en relación con los palestinos: jefe del Aman; comandante de la Región Centro, que comprende Cisjordania; jefe adjunto del Estado Mayor de 2000 a 2002.

Sin embargo, según Danny Rotschild, no es especialmente por motivos ideológicos que el ejército frena la aplicación del acuerdo de Oslo, sino por escasa visión. Pues para un militar siempre prevalecen los imperativos de seguridad “a corto plazo”. Cuando los islamistas lanzan una primera ola de atentados suicidas en Israel en 1994, luego de que el colono Baruch Goldstein asesinara a unos treinta fieles musulmanes en Hebrón, el ejército se pronuncia a favor del bloqueo de los territorios palestinos, mientras el Shin Beth señalaba los riesgos de esa operación. El objetivo era evitar los atentados en Israel impidiendo la entrada de palestinos, pero ese confinamiento privó de empleo a más de cien mil personas que trabajaban en Israel. Esto significó un golpe terrible a la credibilidad del proceso de paz en el seno de una población que esperaba, al menos, una mejoría económica.

Dubitativo, desconfiado y dividido respecto del acuerdo de Oslo, el ejército se encontró en una situación paradójica. De un lado, estaba encargado de aplicar el acuerdo, fundamentalmente durante los gobiernos laboristas, que apuestan a la implicación de los militares en la negociación para convencer a la opinión pública. Por otro, el ejército se prepara a la confrontación con esos mismos palestinos, sus interlocutores. La confrontación se iniciará a partir de la apertura por parte de Israel de un túnel antiguo a la altura de la Explanada de las Mezquitas, en la ciudad antigua de Jerusalén, la noche del 23 al 24 de septiembre de 1996. Los musulmanes ven en esa acción una amenaza contra el tercer lugar santo del Islam. Las manifestaciones, duramente reprimidas, se transforman en disturbios y luego en batalla campal, con la participación de policías palestinos. El ejército israelí no está preparado para afrontar los acontecimientos, sobre todo por no haber sido informado previamente por el primer ministro Netanyahu de su autorización para la apertura del túnel. Las consecuencias son graves: 80 muertos, entre ellos quince militares israelíes.

“Esos disturbios marcaron un hito. El comando militar ya no tuvo más dudas: la explosión de rabia sirve a Arafat de medio de presión para obtener concesiones en la negociación” declara el ex jefe del servicio histórico del ejército, Igal Eyal. La conclusión a la que se llega es la siguiente: “Cuando las conversaciones entren en una fase decisiva, o si los palestinos proclaman unilateralmente la independencia, se volverán a producir enfrentamientos aún a mayor escala, que implicarán a las fuerzas de seguridad palestinas”7.

El ejército intensificará sus preparativos en julio de 2000, luego del fracaso de la cumbre de Camp David y teniendo en cuenta los preparativos en el campo adverso, fundamentalmente en el seno del Fatah. Se refuerzan las posiciones de guardia en torno de las colonias, se analizan nuevas tácticas, se entrena de manera especial a algunas unidades, se establecen planes de intervención, en particular la operación bautizada con el nombre clave de Campo de Espinos, para toda Cisjordania.

Esos planes serán aplicados desde el comienzo de la Intifada. Se trata de golpear fuerte, de abortar la rebelión. El resultado es una gran cantidad de muertos palestinos en las primeras semanas de enfrentamiento: ¡ocho veces superior al número de muertos israelíes! Dos años más tarde la proporción pasará a uno por tres: 600 muertos israelíes, la mayoría civiles, y más de 1.800 muertos palestinos.

No se trata únicamente de preparativos tácticos. Aún antes de comenzar la Intifada el comando militar elabora toda una concepción de la “confrontación limitada”. “El comando militar comprendió que no alcanzaba con aplicar las consignas –cambiantes y poco claras– del poder político, sino que debía interpretar las aspiraciones de éste, como un arquitecto lo hace con su cliente. Es decir, pensar la lucha de otra manera, introducir nuevos conceptos, tener en cuenta las limitaciones internacionales y el peso de la opinión pública” explica el general de reserva Iri Kahn, uno de los responsables del servicio de Investigaciones Operacionales del ejército, encargado de la formación de los oficiales superiores y de la reflexión estratégica.

“Por lo tanto, el objetivo no consiste en ocupar un territorio, en volver a tomar el control de las zonas autónomas palestinas (lo que sin embargo está ocurriendo realmente en el terreno), y menos aún en restablecer una administración militar con todas las cargas que ello implica, sino en demostrar a los palestinos que la violencia es inútil y que se vuelve contra ellos”. Entonces, y sólo entonces, Israel deberá presentar un plan de paz, pues “sin solución política” no habrá solución durable.

Esa hora está cerca, asegura otro oficial superior del departamento de planificación estratégica del ejército, que percibe un “creciente descontento de la población palestina” respecto de sus dirigentes y de Arafat. Este oficial también considera la posibilidad, llegado el momento, de un acuerdo político cuyas líneas Israel no puede revelar por ahora. Pero ese acuerdo no incluirá al jefe palestino, al que acusa de haber lanzado deliberadamente una “verdadera guerra”, y no una sublevación popular como se ha hecho creer. Según este oficial, el ejército se la esperaba, pero no había pensado “que la lucha duraría tanto tiempo, que causaría tantos muertos y que incluiría una ola tan sangrienta de atentados suicidas”. Esto también sería únicamente culpa de Arafat, de su faceta irracional.

La explicación vale lo que vale. Tiene al menos la ventaja de liberar a Israel y a su ejército de toda responsabilidad, no sólo respecto del origen de los disturbios sino también de la represión que causó la muerte a cientos de civiles inocentes y la destrucción masiva de casas en el marco de una política de castigos colectivos.

Ausencia de una real estrategia

¿Qué pasa en Tsahal? se interroga al respecto el periodista vedette Nahoum Barnéa, del diario de gran circulación Yediot Aharonot, a raíz de la muerte, el 31 de agosto, de dos niños y dos adolescentes, víctimas de un error de objetivo durante una “operación de liquidación”. Ese nuevo exceso motivó una nueva disculpa del Ministro de Defensa, pero tampoco esta vez se ordenó la menor sanción ni se formuló la menor crítica a los responsables. El periodista, que critica la “arrogancia” del comando militar, se interroga no sólo sobre la legitimidad moral de tales operaciones –ya que el ejército asume deliberadamente el riesgo de matar a familiares de la persona que pretende ejecutar– sino también sobre su lógica interna, pues la operación se produjo luego de un período de relativa calma y podría desatar un nuevo ciclo de atentados y de represalias8.

No se trata únicamente de excesos, señala el orientalista Avraham Sela, ex oficial superior del Servicio de Informaciones Militares. “Existió, particularmente al comienzo de la Intifada, una muy clara voluntad de causar muchas víctimas, no sólo entre los palestinos que disparaban sino también entre los manifestantes, que en general solo tenían piedras como armas. De esa forma el ejército logró efectivamente quebrar el levantamiento popular, pero el mismo se transformó en terrorismo y en lucha armada”. Fenómeno que no habrá de terminar mientras no exista una propuesta política creíble para los palestinos, la que por ahora no se vislumbra.

En opinión de Sela, esa “arrogancia” del comando militar oculta “la ausencia de una real estrategia”, pues el objetivo de quebrar la voluntad del adversario no puede ser considerado políticamente como un objetivo de guerra. Lo más grave, según este investigador de la Universidad Hebraica de Jerusalén, es que detrás del discurso sobre la irracionalidad de Arafat y su voluntad de destruir, hay toda “una concepción estereotipada de los palestinos y de los árabes, a los cuales sólo se les cree cuando dicen que desean destruir Israel, sin tener en cuenta que, en la práctica, la gente está dispuesta a un modus vivendi”, como lo prueban muchas encuestas.

  1. “Los preparativos de las fuerzas para un conflicto limitado”, artículo de Moshe Yaalaon, revista Maarahot (en hebreo), Tel-Aviv, N° 380-381, diciembre de 2001.
  2. Entrevista a Yaalon en la revista militar israelí Mabat le Moreshet Hamodiin, Tel-Aviv, 28-1-02.
  3. Yossi Melman, Haaretz, Tel-Aviv, 16-8-02, cita un documento del servicio analítico de Aman.
  4. Gilead Sheer, Al alcance de la mano, (en hebreo), Tamar, Tel-Aviv, 2001.
  5. Uri Sagui, Orot be Arafel (Luces entre la niebla), autobiografía (en hebreo), Yediot Aharonot, Tel-Aviv, 1998. Subraya que por entonces él era partidario de negociaciones directas con la OLP, opinión que tenía muy escasos partidarios en el seno del ejército.
  6. Fundamentalmente durante el consejo de ministros del 15-6-1998. Cf. despacho de AFP, 15-6-1998.
  7. Esos acontecimientos no impedirán que posteriormente el gobierno de Netanyahu retire el ejército del 80% de Hebrón. La conclusión a la que llegan los militantes palestinos es que los israelíes cederán más fácilmente si se enfrentan a actos de violencia, señala el periodista francés Charles Enderlin, que al respecto cita al jefe del Fatah, Marwan Barghuti, posteriormente detenido y “juzgado” por Israel. Cf. Charles Enderlin, Le Rêve brisé, Fayard, París, 2002.
  8. Yediot Aharonot, 1-9-02. Posteriormente, una comisión investigadora liberó de responsabilidad a los militares por esa muerte y por las de otros ocho palestinos ocurridas durante dos diferentes incidentes, pero a la vez aconsejó que las consignas de tiro sean más estrictas.
Autor/es Marius Schattner
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:15,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Judaísmo
Países Israel