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Recuadros:

Los secretos de la supervivencia del régimen iraquí

El anunciado ataque de Estados Unidos contra Irak tiene como blanco a una sociedad donde Saddam Hussein ha operado -a partir de la guerra contra Irán primero y del Golfo después- reestructuraciones de carácter tribal, militar, ideológico y de control económico que constituyen una compleja trama. Las sanciones internacionales tuvieron consecuencias devastadoras en las condiciones de vida de la población, pero al mismo tiempo otorgaron al gobierno un poderoso instrumento de control social a través del programa "petróleo por alimento".

La administración del presidente estadounidense George W. Bush está decidida a obtener una rendición sin condiciones de Saddam Hussein. Sin embargo, la liquidación de su régimen podría resultar excesivamente costosa y hasta degenerar en un caos, ya que se trata de un sistema político singular, que supo resistir a sacudones tan graves como su fracaso en la guerra contra Irán (1980-1988), o la dura derrota militar del primer semestre de 1991, luego de la invasión a Kuwait. Lejos de ser fortuita, su longevidad es producto de una estrategia de poder de una sorprendente complejidad, pero cuidadosamente calculada.

El joven Saddam Hussein era un admirador del sistema hitleriano, inclinación que heredó de su tío materno, Khairullah Tilfah1. Más tarde sufrió la influencia comunista y Stalin se sumó a su galería de modelos. Por lo tanto, el sistema que intentó construir quedó marcado por esa herencia, pero también incluiría rasgos originales. A semejanza del sistema alemán, el sistema Baas de Irak se apoya en cuatro puntos: una ideología totalizadora, un partido único, el control de la economía (llamada socialista), y el de los medios y el ejército.

A diferencia del modelo nazi, la versión baasista transformará las instituciones sociales tradicionales de tribus y clanes, aún influyentes en las regiones periféricas, provinciales y rurales, en el principal sostén del Estado. De entrada se reserva al clan dirigente tres puestos estratégicos: los de ministro de Defensa, jefe de la Oficina Militar del partido (al-Maktab al-‘Askari), y jefe de la Oficina de Seguridad Nacional (maktab al-Amn al-Qawmi). Pero durante los primeros años del régimen, instalado en 1968, éste se caracteriza por un tribalismo estatista, limitado a la tribu de la elite reinante, la de Albu Nasir, cuyo núcleo central es el clan Al Beijat. Con el paso de los años, otras facciones tribales de segundo plano serán objeto de cooptación. A partir de entonces se instaura una estrategia del miedo, destinada a garantizar las bases del poder, a crear una elite dirigente y a frenar las divisiones y las luchas de poder que tanto afectaron al ejército y a la política partidaria entre 1958 y 1970.

La renta petrolera constituye otro elemento del sistema totalizador instaurado por el partido Baas. Las grandes reservas que posee el país permitieron desarrollar los servicios públicos y diversas formas de protección social. Las capas medias occidentalizadas, enriquecidas por el boom petrolero que siguió a la guerra de octubre de 1973, verán abrirse brillantes perspectivas. Irónicamente, las limitaciones de la economía planificada harán que una capa superior prospere de manera inesperada. A título indicativo, en 1968 existen 53 familias millonarias en dinares; 80 en 1980, y más de 3.000 en 1989. Pero esas nuevas fuerzas sociales, empleados y propietarios, capas medias y superiores, no deben su prosperidad al sistema liberal, sino casi exclusivamente a los empleos y contratos del Estado.

En el seno de la estructura de poder y de las clases en ascenso, los grupos tribales o familiares ocupan posiciones estratégicas. Esa “clase-clan”, hegemónica en el ejército, en el partido, en la burocracia y en los medios de negocios, está firmemente unida por lazos ideológicos e intereses económicos o de matrimonio, pero también por una profunda creencia en el orden clánico, a pesar de todos los discursos oficiales contra el tribalismo2.

Por lo tanto, ese sistema totalitario es una amalgama de elementos modernos y tradicionales, concebida para controlar las estructuras del poder y las masas turbulentas de una sociedad multiétnica, donde los árabes están divididos entre sunnitas y chiítas y los kurdos representan una importante minoría. Esa fusión es la clave de la longevidad del régimen… pero también su talón de Aquiles.

Matrimonio forzado

En términos de cohesión de la elite dirigente y de control de las palancas del poder, la experiencia del Baas es muy diferente respecto de los regímenes precedentes, ya sea el del general Abdelkrim Kassem (1958-1963) –que derrocó a la monarquía por medio de un golpe de Estado– o el del mariscal Abdelsalam Aref (1963-1968), que se apoyaba a la vez en el ejército y en los lazos de familia (clan Jumailat). Ambos fracasarán en su intención de estabilizar el poder. El Baas agregará nuevos ingredientes a la fórmula inicial: ejército más solidaridad tribal. Llevará mucho tiempo poner a punto esa compleja amalgama, pues los distintos componentes del sistema son esencialmente contradictorios. Por una parte, las normas de los partidos modernos, a las que adhiere el Baas, partido de vocación nacionalista árabe y socialista, no lo ponen a cubierto de cismas internos. Por otra, esas normas van a entrar en contradicción con las vinculaciones y la solidaridad tribales.

En los primeros años se asiste a una coexistencia difícil entre el ala civil y el ala militar del partido, hasta que los militares son finalmente confinados a sus cuarteles. El espacio tribal se verá desgarrado por rivalidades e intrigas macabras sobre el poder y las riquezas, pero al mismo tiempo garantizará una cierta cohesión. El nacionalismo laico no formaba parte del discurso tradicional de las elites tribales nobles, pero al fin de cuentas, el arabismo será incorporado a sus valores. Es cierto que la riqueza petrolífera evidenciará fluctuaciones incesantes, pero se inventarán otras formas primitivas de control económico.

Cuando el entorno regional y global que había permitido la afirmación del nacionalismo árabe en la región se transforma –fundamentalmente luego de la derrota de Egipto, Siria y Jordania en junio de 1967– el nacionalismo iraquí es llamado a llenar el vacío. El matrimonio forzado entre esas fuerzas sociales y esos discursos contradictorios producirá choques, pero termina imponiéndose cierta forma de convivencia. Cada vez que estalla una nueva crisis, se introducen reformas para restablecer el equilibrio perdido. El presidente Saddam Hussein será el gran maestro de esas readaptaciones flexibles.

La guerra entre Irak e Irán y luego la guerra del Golfo impondrán constantes reestructuraciones. Durante los ocho años de sufrimiento que implicó el enfrentamiento con la revolución islámica, la religión se convertirá en asunto político: la insumisión del sector chiíta de la población árabe iraquí, y su actitud respecto de la república islámica del ayatollah Jomeini, son la principal preocupación de Bagdad. El Estado, debilitado por ese largo conflicto, toma el control de numerosas tribus y se registra un aumento del tribalismo. La guerra consume los 38.000 millones de dólares de las reservas y deja el país endeudado en cerca de 50.000 millones. El ejército, que por entonces cuenta con un millón de hombres, muestra signos de agitación. La generación de la guerra esperaba volver a la vida civil y próspera que había conocido previamente, y los soldados parecen peligrosamente fuera de control. Las estructuras de poder y los mecanismos de ajuste social están atascados. Es en ese contexto que se produce, el 2 de agosto de 1990, la invasión a Kuwait, que apunta sobre todo a restaurar la estabilidad interna.

Crisis estructural

La derrota de 1991 causó una crisis estructural y crónica, que tiene al menos cinco dimensiones. El Estado, en tanto que instrumento de gobierno, se vio seriamente debilitado. El aparato militar quedó reducido a aproximadamente un tercio de su tamaño antes de la guerra y padece además motines locales que afectan sobre todo el Kurdistán, en el norte, y la zona de mayoría chiíta, en el sur. Esto se ve agravado a causa de las dos zonas de exclusión aérea instauradas en esas áreas por Estados Unidos. Los servicios de seguridad se vieron muy afectados durante la Intifada de la primavera de 1991, y perdieron mucha información y personal calificado.

En segundo lugar, el sistema de control ideológico –es decir, las estructuras del Baas– sufrió un debilitamiento paralelo. Los efectivos del partido, luego de haber culminado en una cifra de 1.800.000 en 1990, habían disminuido en un 40% poco antes del décimo congreso de 1991. Esa baja se prolongará durante el decimoprimero y decimosegundo congreso (en 1996 y 2001). La pérdida de interés es sobre todo notoria en el sur, en Basora, en Nasiriya y en el centro, en Hilla, Najaf, Karbala, además de Bagdad. Esas pérdidas redujeron la capacidad del Baas para dirigir el Estado y controlar la sociedad.

En tercer lugar, las sanciones privan al gobierno de los inmensos ingresos petrolíferos de antaño y, en consecuencia, el PNB bajó más del 75% respecto de 1982. El ingreso anual por habitante, que entonces era de 4.219 dólares, cayó a 485 en 1993. Hoy en día se lo estima en poco más de 300 dólares. Necesitado de dinero, el Estado aumenta los impuestos y emite moneda. El régimen perdió en gran medida su capacidad para asegurar la subsistencia de amplias capas de la sociedad a través de los servicios sociales y con la financiación de la economía.

Actualmente se está forjando una nueva relación entre el Estado y la sociedad, en la cual aquél ya no tiene el monopolio del poder del dinero. La economía planificada, sostenida por la renta petrolera, se resquebraja. Las fuerzas del mercado, aún embrionarias, comienzan sin embargo a socavar el poder del Estado.

En cuarto lugar, se asiste a la decadencia de las capas medias asalariadas, hasta entonces las más importantes numéricamente en su apoyo al Baas. La hiperinflación las dejó sin recursos y ahora subsisten gracias a pequeñas subvenciones. El dinar iraquí valía 3,10 dólares antes de la guerra; pero en 1996 se necesitaban 3.000 dinares para comprar un dólar. Desde entonces, la tasa de cambio osciló entre 2.000 y 12.000, estabilizándose luego alrededor de los 2.000 dinares. Para sobrevivir, la gente se ve obligada a vender su ropa, sus muebles, sus libros, sus joyas y hasta los utensilios de la vida cotidiana. Esas capas medias perdieron todas las ilusiones, al punto que el ideólogo y propagandista oficial del Baas, el general Jabar Muhsin, dejó caer una lágrima en público “por las capas medias que hemos perdido”3. Millones de iraquíes emigran a Jordania, a Europa y a Estados Unidos.

Por último, la “legitimidad revolucionaria” –que justificaba la existencia de partidos únicos y de economías estatizadas– sufrió severos golpes luego de la muerte de la Unión Soviética y de los otros modelos de partido único de Europa del Este, para no hablar de los efectos de la modesta liberalización en curso en Medio Oriente.

Las consecuencias desastrosas de dos guerras totalmente inútiles provocaron así un divorcio entre el patriotismo popular y el nacionalismo oficial, desatando una disidencia masiva a partir del levantamiento de la primavera de 1991, ahogado en sangre. La herencia del alto el fuego y de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU impuso al régimen limitaciones e incapacidades sin precedentes. Todo ello contribuyó a reducir el dominio de la elite dirigente sobre las estructuras del poder, mientras que el Estado se encuentra en una situación de fragilidad tal, que le resulta difícil manejar las turbulentas masas urbanas, por divididas que estén. Los cismas en la cumbre del poder eran inevitables y se produjeron en el corazón de la casa principal, la de los al-Majid. El ejército y el partido fueron víctimas de disidencias endémicas. Más de 1.500 oficiales superiores e intermedios fugaron a Occidente y muchos comisarios del partido pidieron asilo en el exterior.

Para enfrentar esos desafíos sin precedentes el régimen organizará, durante una década, una estrategia de supervivencia que se resume en cinco puntos: poner orden en la principal casa tribal, reestructurar el ejército, resucitar las tribus en todo el país para que reemplacen a las organizaciones del partido, rejuvenecer el arsenal ideológico, implementar nuevos instrumentos de control económico.

Guerras clánicas y sucesión

El desafío más temible consiste en imponer el orden dentro del clan en el poder y solucionar el dilema de la sucesión. El tribalismo a la cabeza del Estado era posible gracias a amplias alianzas de clanes sunnitas en torno del clan Beijat, que se compone de diez ramas (afkhad). Antes de 1968, la rivalidad existente entre esas ramas giraba en torno al poder local tradicional; desde 1978, lo que está en juego es el poder nacional. A pesar de los declarados sentimientos de solidaridad, el centro del poder pasó brutalmente de una rama a otra, perturbando las relaciones de los clanes con el partido y con el Estado. Siete de los diez sub-clanes serán duramente golpeados, generando reacciones en cadena.

El acceso de Saddam Hussein a la presidencia en 1979 –en reemplazo de Hassan Al-Bakr, aunque desde mucho antes ya ejercía en gran medida el poder– condena al olvido al Albu Bakr (sub-clan al que pertenecía Hassan Al-Bakr) e instala en el poder al Albu-Ghafoor (el sub-clan de Saddam Hussein).

Los Takriti conocerán la misma suerte. En los años ’80 Saddam Hussein se apoya fundamentalmente en los tres principales grupos de sus parientes: sus tres medio-hermanos (Albu Khattab), su primo materno, cuñado y ex ministro de Defensa, Adnan Khairullah Tilfah (Albu Mussallat) y elementos provenientes de la casa Al Majid, rama del sub-clan Ghafoor. Otros sub-clanes, como el Albu Hazza (del general Omar Hazza), el Albu Najam (del general Fadhil Barrak) o el Albu Munim (del mariscal Mahir Rasheed), ocupan entonces un lugar importante pero no en puestos clave. Los tres últimos caerían en desgracia durante y después de la guerra con Irán: sus jefes serán ejecutados y ellos marginados.

Pero los problemas más graves vendrán del ascenso de Al Majid en los años ’90. Ese avance va contra las reglas esenciales vigentes en el partido y en el ejército: eficacia, fojas de servicio, promociones por antigüedad.

Hussein Kamel, Saddam Kamel (ambos casados con hijas del presidente) y Alí Hasan Al-Majid, manejan respectivamente la industria de armas, el Jihaz al-Khas (los servicios especiales) y el Ministerio de Defensa. Tienen primos en puestos importantes, como Rokan, edecán del Presidente. Con el ascenso de los dos hijos del presidente Saddam Hussein, Udau y Qusai, la casa Al Majid se volvió aún menos fiable. El conflicto culminará en 1995 con la deserción a Jordania, el posterior regreso y liquidación, en febrero de 1996, de Hussein y Saddam Kamel, así como de su padre, su madre y su hermana.

Este sangriento episodio conmociona totalmente la casa Al Majid y pone en difícil situación al Presidente, que deja de lado su casa interna, compuesta de miembros de Al Majid, para apoyarse mucho más en su sub-clan, el Albu Ghafoor, rama que contiene otra casa, la de los Albu Sultan. A Kamal Mustafá –principal personalidad del Albu Sultan, que es además el primo paterno más cercano al Presidente–, se le confía la Guardia Republicana, compuesta de dos cuerpos de ejército, verdadera guardia pretoriana del régimen. A su hermano Jamal, por su parte, lo casan con la hija menor del Presidente. Todo permite pensar que las relaciones entre las dos casas son tan tensas como las relaciones entre ambos hijos del Presidente.

Saddam Hussein elige como sucesor a su hijo Qusai, a quien confía la tarea de reorganizar los servicios de inteligencia y de seguridad interna. En 2000 lo autorizará además a cubrir la presidencia interina en caso de necesidad. Previamente, Qusai había sido designado “supervisor” del “Ejército de la madre de todas las batallas” (que luego se transformaría en el Ejército Republicano). En abril de 2001 se lo elige director regional del partido4. Se crea así un nuevo núcleo duro, pero que se apoya en dos hombres, Qusai y Kamal Mustafá.

El tribalismo de Estado, sistema que consiste en integrar los linajes tribales al aparato estatal para reforzar el poder de una elite dirigente frágil y vulnerable, todavía funciona, pero está envejeciendo. El tribalismo social, en cambio, consiste en hacer revivir, manipular o inventar estructuras tribales, a partir de redes de valores de parentesco que subsisten entre los migrantes rurales y los habitantes de las ciudades de provincia.

El Baas va a descubrir y explotar un tribalismo militar propio de las poblaciones kurdas: los jefes tribales (aghas) de Sorchy, Mezuri, Doski, Herki, serán reclutados como mercenarios para combatir contra el nacionalismo kurdo a partir de 1974. Durante la guerra contra Irán, el régimen descubre también la vitalidad de las tribus árabes del sur, que combatirán a las fuerzas iraníes y serán objeto de una apertura por parte del poder central. Cabe señalar también el ascenso social de notables tribales a fines de los años ’80, debido sobre todo a la decadencia de las asociaciones civiles de tipo moderno.

Reconciliación

A medida que se debilita su organización, el partido va siendo reemplazado por redes de solidaridad primaria. Incitadas por el gobierno a hacerse cargo de las cuestiones de orden público, viejas familias tomarán esa tarea muy en serio. Por todos lados se recrean los lazos tribales, de manera real o ficticia. En 1992, el Presidente recibe en su palacio a los jefes de tribus. Pide perdón por las reformas agrarias del pasado y promete la reconciliación. Todos levantan sus banderas y juran fidelidad al Presidente, que renace como jefe entre todos los jefes.

Eximidas del servicio militar, las tribus reciben armas livianas y medios de transporte y de comunicaciones. Las más grandes, principalmente sunnitas, se ocuparán de la seguridad nacional; las más pequeñas serán responsables a nivel local de la policía y la justicia, de la solución de litigios y del cobro de los impuestos. Todas ellas van a funcionar en adelante como prolongaciones de los mecanismos estatales. Dicho de otra manera, el renacimiento de las tribus en tanto que agentes sociales proviene de la necesidad de llenar el vacío creado por la destrucción de las instituciones de la sociedad civil y por la decadencia del propio Estado en tanto fuente de seguridad y de justicia, protector de las vidas y de los bienes. Tribus recién resucitadas o inventadas no operan en su medio natural, las zonas rurales, sino en las ciudades, lo que termina deteriorando el propio tejido de la sociedad urbana y cultivada.

A esas dos estrategias (tribalismo de Estado y tribalismo social) se agrega toda una serie de herramientas auxiliares de movilización y de control. Entre ellas, la renovación ideológica. El patriotismo iraquí –con referencias a la historia antigua (Babilonia, etc.)– se combina con el patriotismo árabe para incluir así a las etnias no árabes. Los propagandistas del partido colocan la ideología del parentesco, que glorifica los linajes –discurso tribal por excelencia– en el corazón del arabismo: sin linaje hereditario, el nacionalismo árabe no tiene ningún sentido. El wahabismo, ortodoxia hanbalita saudita, se infiltra a través de la frontera porosa del sur bajo la mirada indulgente de los servicios de seguridad. Esa ideología religiosa es vista como un deseado contrapeso al chiismo militante.

Un último elemento que permitió la supervivencia del régimen fueron las sanciones internacionales. El gobierno controla el programa “petróleo por alimentos”5. El consecuente racionamiento se organiza mediante la presentación de certificados, que se transformaron en herramientas de manipulación y de movilización. Durante las elecciones presidenciales de 1995, el voto fue obligatorio para todos los que deseaban contar con un certificado de racionamiento, mientras que los disidentes o sospechados de serlo no tenían acceso a ese documento. Nunca antes el régimen tuvo entre sus manos un instrumento de control tan poderoso. Se puede calificar esa estrategia de “política del hambre”. El apoyo de las clases superiores se obtiene por un método totalmente diferente, que es la desregulación del mercado. Todas las noches las boites elegantes de Bagdad organizan fiestas extravagantes para los ricos –antiguos y nuevos– que harían palidecer a las legendarias Mil y una Noches.

Esa mezcla de nacionalismo, patriotismo, tribalismo y sunnismo, permitió al gobierno sobrevivir y superar, hasta ahora, todos los obstáculos que lo amenazaban. Pero en caso de que Estados Unidos lo invada, nadie puede asegurar cuál será para el país el legado de semejante política.

  1. Tilfah era un resuelto partidario del arabismo. Sus apasionados discursos radiales, emitidos desde Bagdad en 1941 –publicados en los años ‘70– muestran hasta qué punto admiraba “die Macht”, “das Reich” y “der Führer” (la Fuerza, el Reich y el Führer).
  2. Irónicamente, el octavo congreso del partido Baas, desarrollado en enero de 1974, declara: “El régimen renegado llegado al poder en 1963 (bajo Aref) es un ejemplo flagrante de la manera en que una aristocracia militar de tendencia derechista se impuso en la nación. Esa aristocracia no tiene raíces ni en el ejército ni en el pueblo. Es por eso que debe valerse de las redes tribales, comunales, familiares y personales”.
  3. Babil Daily, Bagdad, 20-12-1994.
  4. El comando “regional” del partido Baas se ocupa de Irak, mientras que el comando “nacional” supervisa todo el mundo árabe e incluye dirigentes provenientes de diversos países.
  5. Por medio de un acuerdo con las Naciones Unidas, el 20 de mayo de 1996 Irak terminó aceptando la resolución 986, llamada “Petróleo por alimentos”, adoptada en 1995. Esa resolución disponía que Irak podía exportar hasta 2.000 millones de dólares en petróleo cada seis meses, cifra que fue llevada a 5.200 millones en febrero de 1998. Esas sumas son depositadas en una cuenta especial de las Naciones Unidas y están destinadas en un 53%, a pagar las importaciones iraquíes –alimentos, medicamentos y ciertas necesidades civiles– y en un 13% a los tres departamentos del norte (Kurdistán) que escapan al control del gobierno central. El resto está asignado al fondo de compensación para las víctimas de la guerra contra Kuwait (30%) y a diversos gastos en relación con el embargo y con el funcionamiento de las Naciones Unidas (entre ellos, los gastos de Unscom). Es de notar que durante la segunda semana de septiembre de 2002, Bagdad aumentó sus exportaciones de petróleo, que llegaron a 6,4 millones de barriles, es decir cerca de la mitad de su capacidad total estimada, mientras que durante todo el verano equivalían a un tercio de dicha capacidad.

En nombre de los derechos humanos

Jabar, Faleh A.

El 12 de septiembre de 2002, en un comunicado, Amnistía Internacional observaba que “en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas“ el presidente George Bush se había referido a las graves violaciones de derechos humanos perpetradas contra el pueblo iraquí por su propio gobierno. El documento complementario distribuido a los medios evocaba en varias oportunidades los informes que durante años publicó Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en Irak.

“Una vez más, el balance de los derechos humanos en un país se utiliza de manera selectiva para legitimar acciones militares. Estados Unidos y otros gobiernos occidentales cerraron los ojos a los informes de Amnistía Internacional referidos a las generalizadas violaciones de los derechos humanos durante la guerra Irak-Irán, e ignoraron la campaña de Amnistía Internacional sobre los miles de civiles kurdos no armados asesinados durante los ataques de 1988 contra Halabja“.

“Mientras se desarrolla el debate sobre el recurso o no a la fuerza militar contra Irak, desgraciadamente no se toman en cuenta las consecuencias directas de toda potencial acción militar sobre los derechos humanos del pueblo iraquí.

La vida y seguridad de los civiles deben ser la consideración suprema en toda acción emprendida para resolver la crisis actual en materia humanitaria y de derechos humanos. La experiencia de las acciones armadas precedentes en el Golfo mostró que demasiado a menudo los civiles se convierten en víctimas aceptables de la guerra“, concluye el informe.

La cuestión que no se plantea la administración de Estados Unidos es el precio que va a pagar la población iraquí por una intervención militar. Más de doce años de embargo ya han surtido efectos desastrosos. Un informe publicado por asociaciones británicas con fecha 6-8-02 ofrece una excelente síntesis de los sufrimientos de una población rehén1. En marzo de 1999 una comisión designada por el Consejo de Seguridad de la ONU destacaba: “En oposición radical con la situación anterior a los acontecimientos de 1990-1991, las tasas de mortalidad infantil en Irak se cuentan entre las más elevadas del mundo, el 23% de los niños nacen con bajo peso, la desnutrición afecta a uno de cada cuatro niños de 5 años, solamente el 41% de la población tiene acceso regular al agua potable y el 83% de las escuelas necesitarían reparación”.

Por otra parte, los redactores advertían los efectos sociales negativos de las sanciones: “Una delincuencia juvenil en aumento, la mendicidad y la prostitución, la ansiedad por el futuro y la falta de motivaciones, un agudo sentimiento de aislamiento nutrido por la ausencia de contactos con el mundo exterior, el desarrollo de una economía paralela marcada por el mercantilismo y la criminalidad, un empobrecimiento cultural y científico, la perturbación de la vida familiar. La Organización Mundial de la Salud registró un aumento de un 157% en la cantidad de enfermos mentales que frecuentan las instituciones de salud entre 1990 y 1998”.

El 17 de abril de 2000 el secretario general de Naciones Unidas Kofi Annan subrayaba: “El balance de la década de sanciones suscitó serias dudas, no sólo en cuanto a su eficacia sino también en cuanto a su alcance y gravedad cuando civiles inocentes suelen convertirse en víctimas no sólo de su propio gobierno sino también de las acciones de la comunidad internacional. En general, cuando se aplican sanciones económicas vigorosas y globales contra regímenes autoritarios, el que sufre es el pueblo y no las dirigencias políticas cuyo comportamiento ha desatado las sanciones”.

  1. “Iraq Sanctions: Humanitarian Implications and Options for the Future”, a disposición en www.globalpolicy.org/security/sanction/iraq/2002


Lo que no sabemos

Jabar, Faleh A.

Anthony H. Cordersman, influyente investigador del Center for Strategic and International Studies de Washington, advierte en un informe del 12 de septiembre pasado sobre las armas que actualmente dispone Irak: “Muchos de los que se oponen o cuestionan los ataques contra Irak piden pruebas de peligro inminente. Después de hablar con muchos miembros de los servicios de información estadounidenses y expertos en armas de destrucción masiva, creo que comparten mi punto de vista de que esa demanda es imposible”. Salvo una fuente humana, “no tenemos modo de determinar la letalidad de las armas biológicas iraquíes (…). Irak no puede probar masivamente esas armas”. Sin embargo, para el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, “la ausencia de pruebas no es la prueba de la ausencia de armas de destrucción masiva (…) Hay cosas que sabemos que sabemos, cosas que sabemos que no sabemos, y por último está lo que no sabemos que no sabemos” (mencionado por Foreign Affairs, septiembre-octubre 2002).

Interrogado el 16 de agosto pasado por el diario Yediot Ahronoth, el ministro de Defensa israelí Benjamin Ben-Eliezer reconoce por su parte que en este período de espera hay mucho de “guerra psicológica”: “Cada mañana, cuando me despierto y escucho todas esas historias en los medios sobre los acontecimientos en Irak, me abalanzo sobre mis diarios. ¿Me habré olvidado de algo? Recorro las columnas y todo está como antes. No hay razones para esa ansiedad”.

A propósito del armamento de Saddam Hussein prosigue: “No hay armas nucleares. Estimamos que hay armas químicas, y tal vez cabezas bacteriológicas. Muy pocas. Que sepamos, no tiene muchos lanzadores. Creemos que logró ocultar parte de su armamento químico y de sus cabezas bacteriológicas. Lo tenemos en cuenta y nos preparamos. Pero estamos tan lejos de ese momento que toda esta histeria es superflua”.


Autor/es Faleh A. Jabar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:22,24
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Derechos Humanos, Justicia Internacional, Estado (Política), Geopolítica
Países Irak