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La convicción de que el arte salva

La escritora argentina realizó tres espaciadas visitas a Cuba, la primera hace diez años, en pleno "período especial", luego de la caída de la Unión Soviética; las siguientes cuando ya la sociedad cubana había comenzado a superar el trance. Fascinada por la atención que tanto el Estado como los ciudadanos prestan a la cultura, nos hizo llegar este testimonio personal sobre dos museos que resumen el arte cubano.

Para hablar sobre los dos museos recientemente inaugurados en La Habana, para decir mi deslumbramiento, tendré que empezar por hacer la humilde y breve historia de mis tres visitas a la isla.

-Primer viaje. “La revolución también fue llevada a cabo para evitar que Cuba, con su rico acervo intelectual, se convierta en un gigantesco night club estadounidense”, me dijeron en enero de 1992, en Casa de las Américas, ese bastión de la cultura. No era un buen momento para llegar por primera vez a La Habana: comenzaba el período especial, los años más duros del bloqueo cuando todo faltaba, cuando las bellas casonas coloniales de La Habana Vieja amenazaban con derrumbarse –de hecho algunas lo hacían– por exceso de peso a fuerza de agregar entrepisos para albergar a más y más familias.

El arquitecto Eusebio Leal nos iba guiando por las calles abigarradas mostrando los esforzados trabajos de restauración, y poco a poco íbamos captando la magnificencia de la que a todas vistas debió de haber sido la capital más bella de la América hispánica. Nuestro anfitrión, Roberto Fernández Retamar, con su voz de sabio poeta, nos hablaba de La Habana de Alejo Carpentier hecha de piedra, mientras nos encaminábamos a la casa donde transcurre la historia de El siglo de las luces. A la otra Habana, la de amplios espacios y fastuosos mármoles, la decimonónica, la Habana de Lezama Lima, la salvó la revolución, dijo: muchos de esos edificios estaban destinados a ser demolidos para dar lugar a impersonales torres.

Los visitantes formábamos parte del jurado de los premios Casa de las Américas, y fuimos invitados a una recepción en el Palacio de la Revolución. Allí estaba la inteligentzia iberoamericana en pleno, desde José Saramago hasta el lamentado Darcy Ribeiro. Se cumplían los 500 años que ya sabemos y estábamos en el corazón de las Indias Occidentales.

En la planta baja, los extensos salones de mármol de Carrara y líneas facistoides de la época de Batista se veían suavizados por la presencia de grandes plantas. Me encantaron, y copa en mano propuse a un grupo de escritores que compusiéramos un cuento en colaboración: Con Fidel bajo los helechos arborescentes. Al rato me alejé para tratar de escuchar el diálogo entre el Comandante y Saramago, noble escritor que no era aún premio Nobel. En un monólogo sin resquicio para preguntas, el Comandante se explayaba sobre el tremendo maremoto que había azotado La Habana días atrás. Volví a mi grupo, inquirí: “¿Qué tal avanza el proyecto Bajo los helechos arborescentes con Fidel?”

“Veo que ha cambiado tu orden de prioridades”, comentó con una sonrisa capciosa ese gran escritor que es Gonzalo Celorio.

Las prioridades van y vienen, como la corriente del Niño que castigó aquel año a La Habana, o como el niño emblemático que la corriente llevó hasta las costas de Miami.

-Segundo viaje. Han transcurrido ocho años, y estoy en La Habana una vez más invitada por Roberto Fernández Retamar a ese lugar que tanto aprecio y siento como propio –propio de todos los intelectuales de nuestro subcontinente–, la Casa de las Américas. Es enero de 2000, la árida Habana del período especial sonríe en una serie de nuevos puestos callejeros, artesanías varias, bouquinistes como en París, pequeños bares al aire libre. La ciudad bulle con rica vida propia y el fervor de una causa común: recuperar al niño Elián. En esta oportunidad, el Comandante nos ofrece una cena a los pocos invitados de Casa y permanece departiendo amablemente con nosotros. Por eso logro expresar mi admiración por la dedicación cubana a la cultura y recuerdo la época del período especial, cuando el jurado era atendido con la misma hospitalidad de siempre, si bien en forma más sencilla, y los premios literarios nunca fueron interrumpidos a pesar de las penurias. Fernández Retamar confiesa que si alguien le hubiera dicho que con el dinero de los premios se podía comprar leche para quinientos niños, él cerraba Casa. Fidel rechaza la idea de plano: “el dinero de la leche para los niños debía salir de cualquier parte menos del presupuesto para la cultura”.

-Tercer viaje. Casi ayer, de regreso en Casa y en La Habana, nos invitan a conocer el flamante Museo de Arte Cubano. Con su amplio y acogedor patio central, el gran edificio tiene la plácida apariencia cúbica de la arquitectura cubana colonial. En mayo de 1957 Alejo Carpentier escribió: “He tenido la sorpresa, en mi reciente paso por La Habana, de hallar un hermoso edificio moderno, donde se alzara, antaño, el pintoresco y maloliente Mercado del Polvorín; allí se encuentra ahora el Palacio de Bellas Artes de La Habana”. Fue ésta la sede del Museo Nacional de Bellas Artes, desde 1954, y albergaba una heterodoxa colección de piezas invalorables; museo ecléctico, algo confuso y bastante deteriorado hasta un par de años atrás, cuando el arquitecto José (Pepe) Linares emprendió la magna obra de convertirlo en un museo perfectamente actualizado, vivo, con grandes espacios laterales abiertos a la luz y un impecable recorrido de las salas. Son 5.000 metros cuadrados de alta museología donde se expone hoy sólo y exclusivamente el arte cubano, desde el largo período colonial hasta la actualidad. El patrimonio es impactante, empezando por el arte religioso de los siglos XVI a XVIII, pasando por los retratos, los paisajes, el costumbrismo. Conviene detenerse en la visión de los viajeros del 1700 y en la obra de Guillermo Collazo que era, a decir de Lezama Lima, una “síntesis súbita de todo lo cubano”. Vienen después las salas del cambio de siglo, hasta los años ’20. Imposible describir esta profusión de obras, la variedad de estilos de un arte con influencias impresionistas, art déco o art nouveau; y más adelante los modernos que rompen con el academicismo hasta llegar al rico y complejo arte contemporáneo cubano. El realismo socialista apenas influyó tangencialmente en los pintores cubanos, que en las épocas más ardientes de la revolución se abocaron a un hiperrealismo no exento de humor y de ironía. Durante el recorrido me detengo frente a las caricaturas de Rafael Blanco, ante la explosión de colores de Amelia Peláez, los Portocarreros, las 15 repeticiones pop de Martí de Raúl Martínez, los grandes cuadros de Belkis Ayón. Y Wifredo Lam, siempre Wifredo Lam, de quien se acaban de exponer 15 de las 230 obras que posee el museo.

La otra parte del Museo Nacional está albergada ahora en el Centro Asturiano, uno de esos imponentes palacetes que la opulenta burguesía cubana terminó de construir en 1927, empleando 1.250 toneladas de mármoles labrados, boisseries de cedro y caoba, vitrales majestuosos y lámparas de bronce que ya son en sí piezas de museo. El desafío consistió entonces en convertir esta masa de arquitectura elaboradísima en una caja idónea para contener las colecciones que hoy constituyen el Museo de Arte Universal. José Linares estuvo a la altura del desafío, con una intervención que dialoga sin interferencias con la pesada arquitectura ambiente. Paneles de colores van armando las distintas zonas y separan las vitrinas y los espacios de exposición del resto del edificio. “Si el otro es un edificio racionalista, hecho para ser visto de un solo golpe, éste es un lugar para ir descubriéndolo de a poco”, dice el arquitecto Linares mientras recorremos las distintas salas y admiramos, entre tantas otras colecciones (arte flamenco, asiático, italiano, francés, alemán, latinoamericano y hasta estadounidense), la colección de vasos griegos del Conde de Lagunillas, única en América, casi desconocida en el resto del mundo.

Bastaría llevar la mitad a Sotheby’s para financiar la restauración de media Habana Vieja, pienso, y admiro en voz alta la profunda convicción que hay en Cuba de que el arte salva. Estamos con Marcia Leiseca por fin tomando una cerveza en la vereda del majestuoso Hotel Nacional, frente a la Plaza de Armas. Marcia es vicepresidenta de Casa de las Américas, y el patrimonio de la ciudad y las artes plásticas parecen ser sus mayores pasiones, junto con la revolución. Cuenta algo de su vida y una quisiera poder recordar después los detalles de esa muchacha, la única de su familia que quedó en Cuba a partir del ’59, que tomó las armas, y fue a las regiones remotas de la isla a alfabetizar, que emprendió las mil tareas para ayudar a mantener vivo el espíritu de esta isla total, casi platónica, que ha logrado mantenerse al margen de esto que ahora llamamos capitalismo salvaje y que hace honor a su nombre.

Autor/es Luisa Valenzuela
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:32
Temas Historia, Políticas Locales, Educación
Países Cuba