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Canonización por e-mail

Glosando su novela Carajicomedia, versión libertina y rabelesiana de la vida de monseñor José María Escrivá de Balaguer, el escritor español hace de Camino, la obra capital del fundador del Opus Dei, una lectura en clave sexual que lo habilita a condonar y celebrar su acelerada y controvertida santificación, que tiene lugar este mes de octubre.

A finales de la época de mayor predominio del Opus Dei en la vida política, económica e intelectual española, esto es, la que se sitúa entre 1950 y 1975, aparecieron varios libros esclarecedores sobre las virtudes, vida y milagros de su fundador: los de Daniel Artigues, Jesús Ynfante, y sobre todo el de Luis Carandell. Creo que los dichos y hechos expuestos en ellos contribuyeron a la buena marcha del proceso de beatificación del autor de Camino, que culminó con su proclamación oficial por Juan Pablo II.

En los últimos seis años, tras la victoria del Partido Popular de José María Aznar, la Santa Obra ha ido recuperando el poder perdido durante la transición democrática, y muchos numerarios y simpatizantes del Opus Dei ocupan de nuevo cargos relevantes en el gobierno, el empresariado y la administración. Ello explica el interés que actualmente suscitan por un lado la reedición ampliada del libro de Ynfante, lleno de datos aleccionadores sobre el flamante canonizado y su obra, y por otro la divulgación del Informe confidencial sobre la organización secreta del Opus Dei, redactado en 1943 por la Falange, enzarzada entonces con aquel en una áspera lucha por el poder en el seno de la dictadura franquista.

En ese Informe, Monseñor Escrivá de Balaguer es descrito como maledicente y de vida poco ejemplar, “de doble intención en sus palabras y en sus actos”, y de “devoción espectacular y sollozante, falto de naturalidad, y de actitud fingida y forzada”. Esas supuestas características no fueron obstáculo, como sabemos, para la fulgurante carrera de Monseñor, primero mundana (el fundador del Opus Dei, “modesto” acumulador de condecoraciones y honores, pidió al general Franco y obtuvo de él un título nobiliario: marqués de Peralta), y luego celestial (beatificación en 1982 y subida a los altares el 6 de octubre del presente año). Teniendo en cuenta la lentitud de dichos procesos –que suelen prolongarse durante muchos decenios y a veces siglos– podemos considerar su caso, en palabras de Jesús Ynfante, como una “turbocanonización”, o si se quiere una canonización por e-mail.

El lector curioso de la vida y carrera de Monseñor encontrará en los libros antes citados y en las hagiografías redactadas por la Santa Obra testimonios prolijos, pero contrapuestos, de sus dichos y hechos. Reveladoras también del personaje son las secuencias filmadas de alguna de sus apariciones en Cadillac negro, con andares donosos y en una escenografía, observa Luis Carandell, de “gran aparato carismático”. Pero confío en que mi peculiar interpretación en Carajicomedia de las Mil Menos Una Máximas de su obra capital Camino, calificada como “Kempis de los tiempos modernos” y traducida a más de cuarenta idiomas, arroje una luz nueva sobre la controvertida figura de Monseñor. Según mi código personal de santidad, el fundamento de las pruebas y argumentos que sustentan su canonización es válida e indiscutible. El fundador del Opus Dei tenía, a no dudar, “madera de santo”.

Escrito durante la guerra civil, en uno de los raros incisos autobiográficos de Camino el autor evoca los momentos de “noble y alegre camaradería” entre oficiales en los que escuchó la canción de un “tenientillo de bigote moreno” que rezaba así: “Corazones partidos/ yo no los quiero/y si le doy el mío/ lo doy entero” (Máxima 145). La obra maestra del fundador del Opus Dei refleja el fervor patriótico de aquellos tiempos (“La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos al fin que amarla como el religioso debe amar la disciplina, 311) y desde luego su vibrante exaltación caudillista. “¡Adocenarte? ¿Tú… del montón?¡Si has nacido para caudillo!” (16). “¡Caudillos…! ¡Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo!” (833). Gracias al “fervor patriótico” (905) en la lucha contra “los volterianismos en peluca empolvada o los liberalismos desacreditados del siglo XIX” (849), “volverá España a la antigua grandeza de sus santos, sabios y héroes” (Introducción fechada el 19-3-1939).

Pero si estos aspectos de Camino y otros, como su muy elevada apreciación del papel de la mujer en la sociedad cristiana (“Ellas no hace falta que sean sabias, basta que sean discretas”, 946), han sido objeto de exégesis y comentario por los estudiosos de la vida y obra del padre, echo de menos un análisis de lo que podría llamarse “libido textual” de Camino, de esa santa singularidad expuesta en la conseja 28 del Kempis de los tiempos modernos. “Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia para la especie, pudiendo desatenderse (de ella) las personas singulares”. Como vamos a ver, “los singulares” que “se desentienden” de la procreación y “entienden” en el sentido lorquiano del verbo, pueden hallar en Camino sabrosísimas máximas y sentirse confortados en sus anhelos e inspiraciones santos.

Una cosa queda bien clara: el fundador del Opus Dei tiene en muy alta estima la reciedumbre de la virilidad y no oculta su desdén por quienes carecen de ella y son “dulzones y tiernos como merengues”. Vayan de ejemplo: “Deja esos meneos o carantoñas de mujerzuela o de chiquillo. Sé varón” (3); “Sé recio. Sé viril. Sé hombre” (22); “No me seas niñoide” (49); “No me seas flojo, blando” (193); “¿No te da vergüenza ser hasta en los defectos tan poco masculino?” (50). La fortaleza y vigor que predica el padre abarca todos los ámbitos de la vida espiritual y afectiva. “¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil?” (574). La oración, subraya más de una vez, ha de ser viril y recia (691), y las lágrimas de los llamados a la milicia manarán de este modo igualmente viriles y ardientes (216). Por eso resulta conveniente adoptar un modelo de conducta que no se preste a habladurías: “Si no eres varonil y (…) normal –advierte acotando el terreno de la singularidad aconsejable– en lugar de ser apóstol serás una caricatura que dé risa” (877). Y en consecuencia puntualiza: “Ser niño no es ser afeminado” (888).

No obstante estas exhortaciones a la prudencia, el terreno es resbaladizo. “¿Por qué te duelen esas equivocadas suposiciones que de ti comentan?” (45), pregunta Monseñor a su lector y discípulo. “Los derroches de ternura” de éste y ese sentimiento que el Señor ha puesto en el pecho viril de quienes aspiran a seguir la Vía deben ser dirigidos a Cristo. Y con la sabiduría del entendido experto en tales trances, el padre le susurra al oído: “Al descorrer algún cerrojo de tu corazón –siete cerrojos necesitas– más de una vez quedó flotando en tu horizonte sobrenatural la nubecilla de una duda… y te preguntas atormentado a pesar de la pureza de tu intención: ¿no habré ido demasiado lejos en mis manifestaciones exteriores de afecto?” (161).

Tratándose de una congregación en la que impera una estricta y puntillosa separación de sexos, el destinatario de estos derroches y manifestaciones no es difícil de adivinar. Pero las inquietudes y ansiedades que acechan a los “singulares” acogidos a la milicia viril de la Obra serán finalmente vencidas por “la santa desvergüenza”. Pues “una cosa es la santa desvergüenza y otra la frescura laica” (388). El lector entendido, sobre todo el “avezado en la lectura de los tantras hindúes”, disfrutará como yo de las “prontas y dilatadas expansiones” que procuran las máximas de Monseñor. Aunque su prosa sea desesperadamente pobre y a menudo zafia, y el pensamiento que vehicula de una increíble simpleza (estamos a mil años de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa), su recorrido resulta aguijador si nos atenemos a lo que revelan aquellos pasajes –abundantísimos– en los que aflora el subconsciente del autor (a menos que éste se dirija a quienes “entienden”). No es necesario ser un especialista en Freud ni doctor en psicoanálisis para apreciar las metáforas que se reiteran a lo largo de Camino: “Viriliza tu voluntad: que sea, con la gracia de Dios, un espolón de acero” (615), “Una maza de acero poderosa, envuelta en una funda acolchada” (397), “Esa maroma capaz de alzar pesas enormes” (480) o “No olvides que en la tierra todo lo grande ha comenzado siendo pequeño” (821), etc. El padre reprende cariñosamente al discípulo: “Pobre instrumento eres” (787), y le exhorta a actuar con ciencia e imperio, “Sé instrumento (…) grande o chico, delicado o tosco: tu deber es ser instrumento” (484). Y advierte con firmeza: “Los instrumentos no pueden estar mohosos” (486).

Las amonestaciones y consejos del fundador de la Santa Obra propician a cada paso una deliciosa lectura tántrica: “¿Cómo quieres levantar sin Director el alcázar de tu santificación?” (60), pregunta al discípulo. “Vamos tú y yo a dar y darnos sin tacañería”(468). El espolón de acero se adiestrará así en la amorosa costumbre de “asaltar” Sagrarios (876). “Produce con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo… y este otro, y otro, y otro. Cada vez más ancho” (281). Pero no todo son mieles ni capullos de rosas en las vías que conducen a la santidad: “Un pinchazo, y otro. Y otro. ¡Súfrelos, hombre!¿No ves que eres tan chico que sólo puedes ofrecer en tu vida –en tu caminito– esas pequeñas cruces?” (885). La labor primordial de dejar “poso”, prescrita ya en la primera máxima del libro, permitirá brotar la oración del catecúmeno “en cauce manso y ancho” (145). “¡Esa sí que es devoción recia y jugosa!” (536), exclama. Y la semilla, oh bondad de Dios, “crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego” (119). El iniciado en los misterios que llevan a la gracia ha de soportar con viril entereza las pruebas. “Duele ¿eh? ¡Claro, hombre! Por eso precisamente han dado ahí” (158). Mas la recompensa vendrá enseguida: “Y pronto el dolor será gozosa paz” (256). “¡Hay que romper a cantar!”, decía un alma enamorada de ver las maravillas que el Señor obraba por su ministerio” (524).

Obviamente una obra como Camino autoriza una gran variedad de lecturas diferentes de la mía, y siempre provechosas. Nuestros autores clásicos establecían una neta distinción entre el vulgo y el “discreto lector”. Aquél y éste leían cosas distintas en un mismo texto. Ello ocurre tanto en el Arcipreste de Hita como en el Quijote y el Guzmán de Alfarache. Aunque desprovista totalmente de los méritos literarios de estas obras, la de Monseñor puede incitar a muchas almas atribuladas a orar “con el ansia con que el niño va al azúcar después de tomar la pócima amarga” (889). El devoto protagonista de mi Carajicomedia aplica al pie de la letra la admonición: “No dejes de meterte dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o torres de las casas del Señor” (269). La Misión apostólica que endereza su vida la conduce a buscar por las anchas vías de la consolación la enjundia de la verdad y su virtud maciza.

“La fama de santidad de que el fundador del Opus Dei gozó en vida –leemos en el prólogo de Camino– se ha ido extendiendo después de su muerte por todos los rincones de la Tierra, como ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales que se atribuyen a su intercesión”.

También los “singulares” del mundo tenemos datos consoladores del fruto sobrenatural que las Máximas de Monseñor han obrado en nosotros, como lubricante y guía eficaz en nuestro camino de espinas y rosas. Por dicha razón –y conforme a la propuesta de las Hermanas del Perpetuo Socorro glorificadas en mi novela– festejaremos gozosamente el 6 de octubre la subida a las más altas esferas celestes de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Autor/es Juan Goytisolo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:35
Temas Iglesia Católica, Literatura