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El placer social de editar

Corregidor, Ediciones de la Flor, La Rosa Blindada, Adriana Hidalgo, Simurg, Biblos, Beatriz Viterbo son algunas de las editoriales argentinas independientes de los grupos multinacionales que siguen empeñadas en capear el temporal de la crisis económica sin perder su propio perfil. Algunas estrategias y un voluntarismo militante las mantienen en pie, contribuyendo así a la resistencia que ejerce el ámbito cultural.

Diciembre de 2001 constituye un punto de inflexión, a partir del cual todo empezó a peligrar para las editoriales argentinas independientes de los grandes grupos multinacionales. La disminución de las ventas, la casi desaparición de la compra institucional, el aumento de los costos, la carencia de crédito, el pago de insumos en dólares y al contado y el cobro lentificado, en pesos y a largo plazo, han provocado tal baja de la rentabilidad que cunde el desánimo entre muchos de sus responsables.

Sin embargo se diría que aún hay un lugar para estas editoriales: el aumento de los costos no es equivalente al aumento del precio de los libros extranjeros y la reducción en la cantidad de títulos ofrecida al mercado nunca ha sido un grave problema, en tanto su relación con el catálogo es muy diferente de la que sostienen las grandes empresas. Una salida ya ensayada con éxito –en situaciones menos graves que la actual– pasa por recuperar la tradición de la exportación que fue característica de la época en que el libro argentino (buenos títulos, buenas traducciones, buena factura, buenos precios), era esperado con ansiedad en otros países de América y en España.

Entretanto suele privilegiarse una estrategia que pasa por vender los títulos que ya se tenían en catálogo, por imprimir pocas ediciones nuevas, lo suficiente como para mantener una presencia en el mercado, y por sostener una estructura mínima.

La trayectoria de las editoriales independientes, a veces llamadas alternativas y también pequeñas, rescata que como difusoras de nuevos escritores promovieron nuevos públicos y, en algunas coyunturas, un público de grandes lectores. Su condición no parece haber afectado en el pasado una audacia y una persistencia capaz de derrotar crisis, allanamientos, incendios, presiones y prisiones. Editores como Gleizer en los años ’20, la sostenida labor posterior de Claridad, Sur, Losada, Emecé, Fabril, Sudamericana, siguen siendo puntos de referencia en un ambiente a veces afectado por el virus del olvido. La experiencia de los años ’60, por su cercanía en el tiempo y por la calidad de los cambios que operó, resulta también un modelo estimulante.

Cuando Robert Escarpit anunció en 1965 La revolución del libro retomando y ampliando las tesis que R.E. Barker sintetizó en 1956 en Books for all, la consigna resultó de inmediato muy cercana a las universidades, entonces uno de los sectores más dinámicos de la cultura argentina. Bajo la dirección de Boris Spivacow, Eudeba la tradujo como “Libros para todos” y el libro se expandió en espacios no tradicionales y en formatos económicos; textos clásicos ilustrados por artistas de diversa visibilidad pública se incorporaron a las bibliotecas familiares o a las que gozosamente se iniciaban. Tras el golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía, en 1966 –que entre otras tropelías intervino las universidades– Boris Spivacow creó el Centro Editor de América Latina (CEAL) reformulando el lema de Eudeba: “Más libros para más”, una mayoría en la que se incluían los sectores de público ampliado que, entre otros fenómenos, protagonizaron el denominado boom de la literatura latinoamericana. Una política editorial por la cual el CEAL se constituyó en uno de los espacios ideales de la cultura simultáneamente con la proliferación de casas editoras: Jorge Álvarez, Galerna, La Rosa Blindada, Pasado y Presente, Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI, Alianza.

La represión sistemática contra escritores, artistas, estudiantes, dirigentes sindicales y militantes políticos por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, afectó también a la industria editorial. En la entrada de la Feria del Libro de 2001, una instalación titulada “Fuego de libros” (idea de Carlos Alonso y realización de Ariel Mlynarzewicz), recordaba el día de 1980 en que un millón y medio de ejemplares del CEAL ardieron en una tierra baldía de Sarandí. Episodio al que habría que sumar las miles de bibliotecas violadas, allanadas, ocultadas, desarticuladas en el cuerpo de sus autores, en el de los lectores, en el de los editores y en el de los mismos libros.

Las alternativas de aquel período produjeron desplazamientos y transiciones; algunos de los protagonistas de entonces mantienen una presencia activa al frente de sus editoras al tiempo que nuevos entusiastas del libro se suman a lo que se puede pensar como una inflexión renovada de la tradición editorial argentina: la recreación de espacios sólo posibles por el ejercicio sostenido de la imaginación. Parecen haberse equivocado quienes, ante los cambios que hace unos años afectaron el mundo del libro, auguraron a los editores independientes un destino de absorción por los grandes grupos.

La recuperación de las experiencias de las editoriales independientes y el diálogo con algunos editores, protagonistas históricos como Daniel Divinsky de Ediciones de la Flor, José Luis Mangieri de La Rosa Blindada y Manuel Pampín de Corregidor, unido a las reflexiones de los nuevos: Adriana Astutti y Sandra Contreras de Beatriz Viterbo; Gastón Gallo de Simurg y Javier Riera de Biblos, junto con Adriana Hidalgo –la de presencia más reciente– muestran un espíritu que se perfila como inquebrantable.

Riera sintetiza una experiencia compartida con otros editores de la nueva promoción: “En el origen de una editorial hay una carga de formación y deseo”. Recuerda los días de 1976 en que con su socio Ricardo Grinberg sintieron que armaban “un huequito en medio del espanto”. Vendiendo sus libros personales realizaron un capital con el cual en 1979 publicaron el primer título de Biblos: Tales, Anaximandro y Anaxímenes, una colección de fragmentos de filosofía antigua en edición bilingüe. Las directoras de Beatriz Viterbo, por su parte, recuperan ese momento en el que surgió “la idea, y el deseo, de generar un espacio en el que pudiéramos ampliar el horizonte de nuestra profesión sin irnos de nuestro país ni de nuestra ciudad”. Sin experiencia previa, fundaron la editorial en Rosario, en 1990. Una convicción joven, similar a la que movilizó a Gastón Gallo convertido en editor, “de un momento a otro”, en 1995, a los veinticuatro años, mientras cursaba la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, con un capital inicial que resultó de la venta de las primeras ediciones de Bioy Casares atesoradas en su biblioteca. Sin una tradición familiar que los respaldara, el gesto inicial consistió en compartir el deslumbramiento por escritores olvidados como el Vizconde de Lascano Tegui (Simurg) o por nuevos autores como César Aira (Beatriz Viterbo).

La tradición exportadora

Respecto a las grandes empresas internacionales que adquirieron editoriales de larga tradición y que junto con sus propios sellos instalaron filiales que no sólo editan, sino que controlan puestos de venta estratégicos, hay quien opina que en relación con la literatura este proceso libera un campo de acción marginal pero sin embargo interesante: podría afirmar que casi no hay competencia entre ambos segmentos sino, más bien, una distribución del mercado. Otros sostienen que la posibilidad de competir con las grandes editoriales no es nada fácil debido al control que ejercen sobre los espacios de venta directa al público y sobre todo, sobre los medios de comunicación.

Una de las paradojas de la globalización en relación con los modos de operar de las multinacionales en la industria del libro consiste en la compartimentación del libro nacional; una gran editorial instalada en Argentina por ejemplo, publica autores argentinos sólo para Argentina y una filial del mismo sello hace lo mismo en Chile con autores chilenos pero no los distribuye de modo que se realice un “cruce de fronteras”. Pablo Pazos, como librero, piensa que “esa política además de expresar desinterés por la difusión cultural, en el largo plazo implica criterios erróneos de mercado”. Percibe además que, salvo en casos aislados, “no existe una conciencia orientada a crear, o eventualmente a explotar un mercado potencial, el de la literatura hispanoamericana”.

Adriana Hidalgo confía en la estrategia de retomar la tradición exportadora, con base en una política selectiva de librerías en España, México, Chile y Uruguay que tienen clientes para sus títulos y que le permiten un seguimiento del proceso. Una experiencia reciente que coincide con este criterio, y que también entronca con la gran tradición exportadora del libro argentino, le permitió a Ediciones de la Flor compensar la baja de las ventas en el país con lo que vendió en el exterior: los libros de Quino y de Fontanarrosa en Venezuela, México, Uruguay, Chile y Puerto Rico.

Beatriz Viterbo lamenta que las conexiones con América Latina, contrariamente a lo que sucede con librerías o bibliotecarios de Estados Unidos o Europa, sean dificilísimas. En una línea que coincide con Adriana Hidalgo, propone mejorar los contactos establecidos con otras editoriales latinoamericanas independientes como Trilce de Uruguay, Era de México, Lom y Cuarto Propio, de Chile. Un modo de estrechar relaciones, todavía no suficientemente explotado, pasaría por una política de co-ediciones o de intercambio de catálogos que favorezca la distribución, un mecanismo fundamental que sin embargo suele estar signado por la discontinuidad.

La pérdida de hábitos de lectura, de fuerte incidencia en el panorama general, conduce a dos problemas relacionados entre sí: los criterios de selección de títulos y la consideración de la figura del librero, otra tradición que parecería en decadencia. Los criterios de selección estarían orientados al mantenimiento y eventualmente al ensanche de los intersticios en los que se refugia la producción de las editoriales independientes. Las directoras de Beatriz Viterbo aseguran que sus criterios no han tenido nunca como principal objetivo el rendimiento comercial sino el gusto; aunque reconocen que el factor de la rentabilidad es una condición necesaria para que el sello pueda seguir funcionando, se manifiestan convencidas de que, aun sin rentabilidad, algunos libros deben ser editados porque son signos de la producción crítica, intelectual, del momento. Con esta política, procuraron la creación de un catálogo al que procuran aumentar, difundir y asegurar una recepción de la crítica. Simurg, una editorial de literatura, coincide con el criterio de un catálogo manejable y un público reconocible. Para Mangieri el criterio de necesidad está en la base de su política cuando en La Rosa Blindada publica libros que estudian la huelga general de 1936 en solidaridad con los obreros de la construcción, o las Memorias de un ferroviario: “Son libros que tienen que estar presentes”.

Otros editores se muestran terminantes al considerar el valor de la rentabilidad: Riera entiende que se puede editar una cantidad muy limitada de libros por amor al libro pero que la actividad tiene que ser lucrativa para garantizar la continuidad, y Divinsky sugiere que una forma de asegurar esa continuidad pasa por la recurrencia a lo conocido: aquello que fue efectivo y lo sigue siendo. En otros términos, ante situaciones de riesgo, prefiere no innovar. Para Pampín, “las pequeñas editoriales sólo podrán subsistir publicando autores poco conocidos y temas descuidados por los grandes editores, por tratarse de espacios reducidos que tienen que ver con el rescate cultural de determinado país o área del continente”.

Apuesta a largo plazo

El catálogo se constituye así en la zona de fuerte diferenciación entre grandes y pequeñas empresas; el espacio de las editoriales independientes se define por una serie de estrategias en relación con la formación del catálogo, a la inversa de lo que promueven las grandes editoras multinacionales que, apuntando a retornos rápidos, no tienen en cuenta que el mercado del libro es un mercado a largo plazo. Para muchos de los editores independientes que se orientan principalmente a la filosofía, la historia, la antropología, la semiología y el ensayo cultural, el secreto consiste en tratar de constituir un fondo de divulgación académica que conjugue alto nivel y accesibilidad. La experiencia del catálogo es fundamental, porque una editorial independiente que vende lentamente pero de modo constante, no necesita reemplazar los libros todos los meses. Ante una situación de crisis económica, las editoriales independientes pueden afrontar mejor algunas circunstancias generales como, por ejemplo, la disminución del público lector.

Al retomar cuestiones como el cambio de los hábitos de consumo, la disminución o estancamiento del círculo de los grandes lectores, reaparece la figura del librero. Mangieri recuerda con nostalgia al librero-lector, muchas veces también escritor; a Damián Carlos Hernández, las reuniones con Tuñón y Horacio Salas en la librería Norte de Héctor Yánover. El deterioro de la profesión, el reemplazo de los libreros por vendedores que desconocen el universo de los libros, estaría relacionado con un criterio más ideológico que económico; un proceso iniciado con la llegada a la comercialización del libro de capitales ajenos al sector, el imperio de un modo de comercialización que no distingue entre un libro y cualquier otro producto del mercado.

Para estos editores, la idea del éxito está relacionada con la posibilidad de realizar una actividad vocacional de la que, además, se obtengan los medios para vivir. Biblos considera un éxito la publicación del Fragmento preliminar al estudio del derecho de Juan Bautista Alberdi: “algo que no existía y que no generaba ninguna expectativa fue, en el largo plazo, reconocido, aceptado y agradecido”.

Pampín, que en los años ’60 logró éxitos masivos con Ceremonia secreta y Rosaura a las diez, de Marco Denevi, recuerda que de inmediato se encontró editando a Macedonio Fernández, Juan Carlos Onetti, Clarice Lispector, Ángel Rama y David Viñas, además de lanzar a quienes eran entonces nuevos escritores: Osvaldo Soriano, Haroldo Conti, Juan Gelman, Héctor Lastra, Bernardo Kordon. En esa misma línea innovadora creó la Biblioteca de Poesía, iniciada y dirigida por Aldo Pellegrini, ahora recuperada con la edición de la Obra Completa de Susana Thénon. Para su editorial es tan importante el libro de gran venta como que se agoten varios títulos de poesía, aunque sea en tiradas pequeñas y en el largo plazo. También es un éxito mantener un título durante treinta años en el catálogo y que el requerimiento de los lectores sea constante; es el caso ejemplar de Macedonio Fernández. En el segmento del ensayo y de la crítica literaria, Beatriz Viterbo ha logrado la apertura de un espacio casi inédito, el del libro académico en una variante que integra la Biblioteca Tesis aunque entre sus “éxitos” cuentan Cómo me hice monja, Copi, Alejandra Pizarnik, los tres de César Aira y el “placer increíble” de reeditar Las letras de Borges de Silvia Molloy, o, en el siempre difícil espacio de la poesía, los poemas de Arturo Carrera y de Tamara Kamenszain.

Mientras que La Rosa Blindada obtuvo éxitos inmediatos y masivos en los ’60 con la publicación de poesía y con libros de política sobre Vietnam, escritos del Che Guevara y clásicos hoy inhallables como Lucha de calles, lucha de clases, en narrativa Ediciones de la Flor valora el recorrido de Cada vez que decimos adiós de John Berger, un libro que vendió 3.000 ejemplares en dos años y medio. Quino, Fontanarrosa, Walsh, Caloi son sus autores estrella y se enorgullece de haber publicado a Boris Vian antes que nadie, de la primera edición en castellano de Impresiones de África de Raymond Roussel, Opio de Cocteau, los poemas de Paul Eluard y los de Breton. En sus palabras: “satisfacciones que no pasan por caja”.

Absorbidos por una vocación convertida en oficio, estos editores han logrado escribir capítulos importantes de una historia cultural; y parecen lejos de ser especies en extinción.

Autor/es Celina Manzoni
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:36,37
Temas Literatura
Países Argentina