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Fin de reino en Costa de Marfil

La rebelión que estalló el 19-9-02 es sólo la última manifestación, luego de otras sangrientas crisis, de la fragilidad de un Estado construido sobre prejuicios étnicos. Tras una aparente estabilidad, el país y sus instituciones son víctimas de fuerzas centrípetas. El Estado jamás fue imparcial ni democrático; siempre practicó la discriminación étnica, y fue percibido por los grupos excluidos como propiedad de una etnia.

La polémica sobre la “marfilidad” –principio que exige demostrar el origen marfileño para participar en la contienda electoral1– es sólo uno de los episodios de la dominación de las elites provenientes del sur del país. Además, el presidente nunca fue realmente electo democráticamente, ya se trate de Félix Houphouët-Boigny, de Henri Konan Bédié, de Robert Gueï o de Laurent Gbagbo, que se autoproclamó triunfador al cabo de la elección más discutida de la historia del país, en octubre de 2000. Elección que, por otra parte, la administración estadounidense de William Clinton se negó a reconocer, y que el entonces ministro francés de la Cooperación, Charles Josselin, criticó por “la eliminación artificial” de los candidatos más serios (Konan Bédié y Alassane Ouattara).

Así, para sectores enteros de la sociedad, el Estado representa –o representó en un momento u otro– una amenaza o un adversario del que hay que desconfiar, a falta de poder combatirlo, y que probablemente será necesario cuestionar algún día, si la ocasión se presenta. Ya bajo el régimen de Félix Houphouët-Boigny se habían manifestado veleidades secesionistas. Ocultadas por la historia oficial, las mismas emergieron durante el Foro de la Reconciliación Nacional organizado por Gbagbo de octubre a diciembre de 2001.

En 1966, por ejemplo, la llamada crisis del Sanwi opuso, dentro mismo del grupo étnico akan, que detenta el poder, a los dos principales subgrupos en que se divide: los agnis y los baulés, al último de los cuales pertenecía el presidente Houphouët-Boigny. Como los primeros soportaban cada vez menos la hegemonía política de los segundos, a los que acusan de tribalismo, se rebelaron y trataron de provocar una secesión para unirse a Ghana, cuna de los akans. Esta tentativa de secesión fue sangrientamente reprimida2.

En 1970, la crisis del guebie opuso los baulés a los betés, que no aceptaban la dominación política de los primeros. Kragbe Gnagbe, originario de un poblado guebie, exigió en vano al Presidente la creación de un partido político de oposición, como lo establece el artículo 7 de la Constitución. Acusando a Kragbe de querer hacer secesión, Houphouët-Boigny organizó una dura represión en la región de los betés, la cual –según se estima habitualmente– habría dejado entre 4.000 y 6.000 muertos. Los sobrevivientes hablan de un “genocidio guebie” y no cesan de reclamar justicia y reparación3.

Esos años marcan el triunfo del poder de los baulés o de los akans, el triunfo de lo que los otros marfileños llaman la “akanidad” o el “sefonismo”4, especie de ideología que proclama que los akans están predestinados a dirigir el país, excluyendo a todos los otros grupos. El presidente Houphouët-Boigny favoreció abiertamente a su grupo étnico. Incluso movilizó los recursos del Estado para acondicionar su pueblo, Yamoussoukro, hasta transformarlo en capital política. Su sucesor designado, originario de la misma etnia y hábilmente impuesto, Konan Bédié, continuó esa tradición. Gbagbo, principal figura de la oposición, denunció entonces una “sucesión monárquica”.

Esa implícita ideología de la “akanidad” generó tenaces prejuicios: así, los betés serían “salvajes”, gente “violenta”, los “indígenas de Costa de Marfil”. Al no contar con organizaciones políticas estables, son indignos de acceder al poder del Estado. En cuanto a la gente del norte –punto sobre el cual coinciden betés y akans, ambos originarios del sur– serían poco menos que “extranjeros”: malíes, burkinabeses o guineanos. Por lo tanto estarían destinados a servir como mano de obra en las plantaciones o como sirvientes en las casas de familia del sur, etc.

Los extranjeros de la subregión son a su vez víctimas de los prejuicios más negativos: los burkinabeses serían el hampa de Abiyán (según una propaganda xenófoba difundida por el diario gubernamental Fraternité Matin en los años 1970 y 1980); las mujeres de Ghana serían “prostitutas”, etc.

Más grave aun: a esos “extranjeros” y a sus hijos (mayoritariamente de origen burkinabés y malí) se les negó insidiosamente el acceso a la nacionalidad marfileña, cuando legalmente tenían derecho a ella por contar con años, y a veces con décadas, de residencia en el país. En efecto, según la primera Constitución, cinco años de residencia alcanzaban para pretender la nacionalidad, independientemente del origen de los padres5.

Esta violación del código de la nacionalidad se explica por el hecho de que las elites del sur temían conceder cédulas de identidad nacional –y por lo tanto, derecho a voto y a ser elegido– a quienes, por razones de afinidad cultural e histórica, votarían más bien por los candidatos del norte o podrían amenazar su hegemonía. El restablecimiento del derecho a la nacionalidad marfileña de esos millones de “extranjeros” expoliados es, sin duda, una de las claves de la crisis del Estado. ¿Quién es “marfileño” y quién es “extranjero” en Costa de Marfil, a sólo 42 años de la instauración del Estado independiente y de la creación de la nacionalidad marfileña?

Para las elites políticas de los akans y de los betés, unidos en torno a la “marfilidad”, a pesar de sus viejos antagonismos, resultaba totalmente inconcebible que la población del norte, esos “marfileños dudosos”, esos extranjeros, osara siquiera hablar de acceder al poder en detrimento de los “verdaderos marfileños multiseculares”. Además, unos son cristianos y los otros musulmanes, lo que termina de cristalizar el enfrentamiento, pues Houphouët-Boigny también había impuesto el prejuicio de la superioridad de la religión católica respecto del islam, al construir su famosa basílica de Yamoussoukro. Subvencionaba con fondos públicos las escuelas católicas, mientras que las escuelas musulmanas no tenían derecho a ningún tipo de financiamiento; otorgaba gran espacio en los medios de comunicación oficiales a las ceremonias católicas dominicales y declaraba feriados los días de festividades católicas, mientras que las fiestas musulmanas no tenían ningún reconocimiento oficial. Aún hoy, el nuncio apostólico, embajador del Vaticano, es automáticamente designado “decano” del cuerpo diplomático. La comunidad musulmana, mayoritaria en el país, se sintió molesta por esa discriminación, más aun teniendo en cuenta que la Iglesia marfileña nunca ocultó su apoyo a las elites del sur.

Despertar regional

Fue en base a esos prejuicios étnicos y religiosos que se realizó el tránsito de la “akanidad” a la “marfilidad”, ideología sureña por excelencia, que moviliza las poblaciones del sur contra las del norte, provocando como reacción la emergencia de un sentimiento nacionalista en estas últimas.

Las veleidades secesionistas de los años 1960 y 1970 oponían únicamente a grupos étnicos del sur (baulés, agnis, betés), pues las poblaciones del norte, a pesar de su disgusto por la política de discriminación étnica, la aceptaban en la medida en que Houphouët-Boigny mantenía antiguas alianzas con los jefes tradicionales del norte, en particular con Gon Coulibaly, jefe de los senufos. En esas sociedades tradicionales, donde la fidelidad al jefe –a la vez líder religioso y temporal– es sagrada, esa alianza garantizaba al presidente la sumisión de dichas regiones, que manifestaban tímidas quejas por su marginalización económica y política y por la pobreza que soportaban. La emergencia de nuevas generaciones que no aceptaban que se cuestionara su ciudadanía marfileña y denunciaban “las injusticias y las discriminaciones” del Estado sureño, cambió radicalmente la situación, al punto que algunos observadores evocan la posibilidad de una secesión.

La guerra actual, dirigida fundamentalmente por jóvenes soldados originarios del norte, revela el fin de la cultura de la sumisión y el despertar de un nacionalismo regional. Hace meses que muchos militares locales afirman que para poner término a la hegemonía política sureña sería necesaria una guerra. Esto evidencia a qué punto habían sido excluidos del juego político, y la importancia que habían alcanzado las purgas étnicas en el ejército6. La tribalización es uno de los principales blancos de los amotinados, que –entre otras reivindicaciones– exigen la anulación pura y simple de la promoción 2001 de la gendarmería, reclutada en base a principios tribales y compuesta en un 80% por betés y didas, grupos étnicos del oeste, a los que pertenecen respectivamente Laurent Gbagbo y su ex ministro de Defensa Lida Kouassi.

La etnificación del ejército data también de la época de Houphouët-Boigny, cuyos ministros de Defensa fueron todos sistemáticamente elegidos dentro de su grupo étnico, y hasta en ciertas ocasiones dentro de su propia familia (como, por ejemplo, su sobrino Konan Banny) con el objeto de asegurar la longevidad política del grupo. Su sucesor, Konan Bédié, continuó esa tradición. Luego de su golpe de Estado de diciembre de 1999, Robert Gueï –asesinado el 20 de septiembre pasado en condiciones misteriosas– se ocupó a su vez de “reequilibrar” en su favor las relaciones de fuerza internas. Para ello destituyó e hizo encarcelar a su número dos y a su número tres, los generales Abdulaye Coulibaly y Palenfo, originarios del norte, acusados de ser hostiles a su candidatura en las futuras elecciones presidenciales. Sobrevino entonces una depuración de norteños de las filas del ejército, y varios cientos de militares desertaron a Burkina Faso, donde gozaron de la hospitalidad del régimen de Blaise Compaoré. Entre esos desertores se hallaba el famoso “IB” (Ibrahim Coulibaly), uno de los líderes de la actual rebelión.

Para aumentar su control sobre el ejército, a pesar de los escasos recursos presupuestarios, Robert Gueï reclutó cientos de jóvenes soldados que puso a sus órdenes. Laurent Gbagbo, su sucesor, una vez en el poder también quiso disponer de un ejército a su servicio. Designó en el ministerio de Defensa a Lida Kouassi, en el de Seguridad a Boga Doudou, y en la jefatura del Estado Mayor al general Mathias Doue. Los tres –todos originarios de la misma región que Gbagbo– organizaron las milicias betés que al parecer coparon la policía, la gendarmería y el ejército7. Las purgas afectaron fundamentalmente a los militares originarios del norte, a menudo acusados de conspiración y detenidos. Y fue para protegerse de cientos de jóvenes reclutados por Robert Gueï que Gbagbo se empecinó en desmovilizarlos, invocando razones presupuestarias y la necesidad de “modernizar” el ejército.

A raíz de esa tribalización, le resultará muy difícil al presidente Gbagbo –originario de una etnia minoritaria– ganar esta guerra contra los amotinados, muy decididos, solidarios y bien organizados, si no cuenta con una ayuda exterior, ya sea francesa, angoleña u otra. Pues el gobierno está debilitado por su falta de legitimidad democrática, a lo que hay que añadir la impopularidad de Gbagbo generada por el monopolio del poder que ejerce su clan. Incluso los akans, que mantienen con los betés una solidaridad basada en la “marfilidad”, protestaron muchas veces por ser sistemáticamente excluidos de los cargos de responsabilidad en beneficio de la gente del oeste. Es difícil imaginar por qué razón, aun en nombre de un “patriotismo” más sureño que nacional, militares de otras regiones expondrían sus vidas para proteger un poder percibido como fundamentalmente beté.

Por otra parte, el ataque del 19 de septiembre pasado que los amotinados efectuaron contra los campamentos militares y de gendarmería en Abiyán y en Bouaké, desorganizó ampliamente el comando militar. En efecto, esa acción eliminó importantes oficiales del ejército y de la gendarmería que formaban parte del entorno de Gbagbo8, a la vez que, según ciertas fuentes, causó la muerte de numerosos soldados. De su lado, el jefe del Estado Mayor, Mathias Doue, hombre considerado versátil, se mantiene muy en segundo plano, ante la sorpresa general. Laurent Gbagbo, que luego de haber destituido a Lida Kouassi se convirtió también en ministro de Defensa, se halla así con un ejército desmotivado, sin jerarquía sólida, dividido, poco fiable, mal equipado y que, según la propaganda de los amotinados, registra numerosas deserciones. No podía ser de otra forma, dado que el gobierno se inclinó por la gendarmería, el cuerpo de elite, contra la policía y contra un ejército mal equipado. Los arreglos de cuentas entre fuerzas de seguridad9 pueden tornarse cada vez más frecuentes.

El clima es cada vez más paranoico y deletéreo en Abiyán, sobre todo teniendo en cuenta que los amotinados que atacaron los campamentos militares de la capital económica se volatilizaron en la naturaleza. Para tratar de neutralizarlos o de capturarlos el presidente Gbagbo ordenó una mortífera destrucción de las villas miseria de Abiyán. Y es por la misma razón que el tráfico del puerto se ve muy perturbado a causa de los controles.

Todo esto obliga a Gbagbo a buscar apoyos militares muy lejos, del lado de Angola, mientras que los amotinados parecen gozar del respaldo popular en los países vecinos, a los que el gobierno acusa de apoyarlos. El renacimiento de Costa de Marfil pasa obligatoriamente por una profunda renovación de su débil clase política, totalmente responsable del caos actual y del surgimiento de la rebelión armada, a causa de su corrupción y de su política etnista10.

  1. Philippe Leymarie, “L’Afrique de l’Ouest dans la zone des tempêtes”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2001.
  2. L’Inter, Abiyán, 27-4-01.
  3. Sobre los crímenes cometidos por el régimen de Félix Houphouët-Boigny, ver principalmente Samba Diarra, Les Faux complots d’Houphouët-Boigny, París, Karthala, 1997.
  4. Neologismo popular forjado en tiempos del presidente Konan Bédié para designar al régimen akan, a cuyos beneficiarios se llama “sefones”.
  5. Apartado sobre la adquisición de la nacionalidad marfileña, Diario oficial de la República de Costa de Marfil, 20-12-1961.
  6. “La mayoría de los militares y gendarmes encarcelados en Costa de Marfil son originarios del norte, son dioulas. ¿Es normal? Entonces, los camaradas se dicen que es mejor luchar que quedarse cruzado de brazos y dejarse capturar como gallinas”, explicaba el 12 de octubre pasado a la emisora Radio France Internationale el sargento primero Ibrahim Coulibaly, llamado “IB”, 38 años, muchas veces acusado de ser el organizador de la rebelión militar.
  7. Esas milicias funcionarían actualmente como fuerza de choque del régimen, atacando tanto a las redacciones periodísticas (Le Patriote) como a los adversarios políticos.
  8. Fraternité Matin, Abiyán, 21-9-02.
  9. Despacho de la Agence France Presse, 16-10-02.
  10. “La classe politique ivoirienne se cherche”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 2000.
Autor/es Tiemoko Coulibaly
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:28,29
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Minorías, Sectas y Comunidades