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Abortada separación de la Iglesia y el Estado

El hecho de que la mención de la fe religiosa haya desaparecido de los documentos de identidad griegos, no significa que el gobierno socialista haya avanzado en el proceso de separación entre Iglesia y Estado, cuyas relaciones han quedado fuera de la reforma constitucional. La Iglesia ortodoxa está tradicionalmente asociada con la derecha política, pero el vínculo histórico entre ella y el nacimiento del Estado griego moderno con la revolución de 1821 contra el Imperio Otomano, le dan un predicamento que abarca al conjunto de la sociedad.

El debate en el Parlamento griego, a fines de septiembre de 2002, sobre el proyecto de ley de “asistencia médica a la reproducción humana” suscitó una enérgica reacción de la Iglesia Ortodoxa: el arzobispo Christodoulos solicitó que el proyecto fuera lisa y llanamente retirado. No es la primera vez que la Iglesia se inmiscuye en los asuntos de Estado, pero su voz parece debilitada. Y con razón: perdió la pulseada por la mención de la fe religiosa en los documentos de identidad.

Todo empieza en el 2000. Para aplicar las normas europeas, el gobierno anuncia la desaparición de la mención de la fe religiosa del documento de identidad, considerada en adelante como un dato personal y no público. La réplica de la Iglesia es inmediata: el arzobispo exige un referéndum, y frente a la negativa del primer ministro Kostas Simitis, lanza un petitorio con el fin de imponer una consulta popular.

Sin duda la Iglesia apostaba simultáneamente al partido conservador y a los descontentos con el gobierno del Pasok (socialista). Se equivocaba: si bien los jefes de la Nueva Democracia pusieron su firma en los petitorios de su parroquia, nunca apoyaron al movimiento. Y el partido en el poder, lejos de dividirse frente a esta prueba, se unificó y aunque se hicieron oír algunas voces opositoras, fueron minoritarias.

El 28 de agosto de 2001, el arzobispo anuncia 3.008.901 firmas, número por cierto elevado, pero sin proporción con la “revolución” anunciada. Como si esto fuera poco, comete un error político: firmas en mano, exige al presidente de la República, Kostis Stefanopoulos, que proceda a la realización del referéndum, o que renuncie. Al hacerlo, vuelve a la opinión pública en contra de la Iglesia (52,1% de los griegos se declaran hostiles al referéndum, frente al 26% a favor1). El jefe de Estado se limitará a recordar al arzobispo Christodoulos que las firmas recogidas no tienen valor jurídico y que el referéndum solicitado es inconstitucional.

¿Victoria del Estado sobre la Iglesia? Pensarlo equivaldría a no comprender nada de la mentalidad de una sociedad donde el culto es omnipresente. En Grecia, incluso los agnósticos participan de la misa de Pascua. Todos pasan por una escuela donde cada mañana se realiza una plegaria colectiva y donde el catecismo es una materia curricular, que se evalúa mediante exámenes. El pope se ubica siempre junto al intendente en las ceremonias oficiales. El gobierno jura por el Evangelio. El ministerio de Educación nacional tiene también a su cargo temas religiosos. Otras tantas realidades simbólicas que explican por qué el Estado y la Iglesia encuentran tanta dificultad en separarse.

Ni siquiera al Pasok le gusta hablar de “separación”, y prefiere evocar “roles distintos organizados por la Constitución”, como explica el actual ministro de Cultura Evangelos Venizelos, quien puntualiza: “La libertad religiosa está completamente garantizada. Contrariamente a otros países europeos, en Grecia no hay una religión oficial: el estatuto de la Iglesia Ortodoxa es el de una Iglesia predominante, en el sentido de que agrupa a la mayoría de creyentes. Los problemas que persisten son resueltos por los tribunales y gracias al cambio progresivo de la legislatura”.

En su último libro2, el profesor de derecho constitucional Antonis Manitakis vuelve sobre el tema de la génesis del Estado griego moderno: nacido de la revolución de 1821 contra el Imperio Otomano, mediante su acto fundacional creó una Iglesia Ortodoxa griega “nacional” e “independiente”, que en 1850 se volvió oficialmente “autónoma” e incluso “autocéfala” respecto de la Iglesia de Constantinopla, donde reside el patriarca. Las leyes del Estado organizaron a la Iglesia, que se le subordinó. Desde entonces, todas las Constituciones sostuvieron esa relación, y la Iglesia la aceptó. Pero la creencia general dice que durante toda la ocupación otomana la Iglesia preservó la lengua y la civilización griegas, proveyendo así una unidad identitaria al nuevo Estado.

Esta nueva Iglesia se mantuvo apartada de la política, liberando así al Estado de su poder, ejercido hasta el momento por el patriarca. Pero el Estado pudo intervenir en la administración de la Iglesia, en particular en el nombramiento de los sacerdotes y arzobispos. En 1975, la nueva Constitución limitó sin embargo esta intervención, al tiempo que prohibía a la Iglesia interferir en asuntos de Estado. “El Estado quiso una Iglesia sumisa que cumpla un papel determinante de mediación entre el poder político y los ciudadanos. De hecho, a lo largo de toda la historia de Grecia sirvió para legitimar las decisiones del Estado”, escribe el profesor Manitakis. Prueba de ello es, según hemos visto, el estatuto privilegiado de la Iglesia en las ceremonias oficiales.

Pero el Estado y los partidos apuestan también a la Iglesia para ampliar su acceso a los sectores populares. Desde los años ’80, el Pasok intentó incluso reconciliar progresismo y ortodoxia, especulando con el papel como mínimo oscuro que la Iglesia desempeñó bajo el fascismo, para cerrar el paso a la derecha, que tradicionalmente extrajo sus fuerzas de la grey cristiana. Este esfuerzo por atraer nuevos electores, hasta entonces distantes a causa de la tradicional hostilidad de la izquierda hacia la Iglesia, iba de la mano con la definición de un nuevo nacionalismo.

Como señala Theoclitos, metropolita (obispo) de Ioannina, que en varias oportunidades expresó tesis que diferían de las de sus colegas, “de allí en más todo está ligado a la existencia de una sustancia nacional. Ubico a la nación en segundo lugar, exactamente después de la religión. Creo que la Iglesia debe proporcionar a los griegos –tanto como a los búlgaros o chinos – una conciencia nacional”. Esta visión no carece de lógica. Si la Iglesia Ortodoxa griega se fundó sobre el Estado e hizo suyos sus objetivos nacionales, es natural que se haya ido apropiando también, progresivamente, de la idea nacional. Y que, siendo el Estado cada vez menos “nacionalista”, la Iglesia, sintiéndose amenazada, luche por salvaguardar una identidad nacional.

En 1998, la elección de Christodoulos como arzobispo da un nuevo impulso a la Iglesia. Su personalidad exuberante lo convirtió en figura muy destacada. Dinámico, tiene especial simpatía por los jóvenes y los invita a la Iglesia, sin vacilar en dirigirse a los “muchachos que usan arito”. Como siempre tiene algo pertinente que decir, los medios lo siguen y difunden sus discursos. Por su forma de expresarse “en nombre del pueblo” y “en nombre de la nación”, se sobreentiende que, del mismo modo, habla en nombre de la mayoría de los griegos. El profesor Manitakis afirma que de esa manera identifica “al cristiano con el ciudadano”, elevándose a sí mismo al rango de jefe político.

Imagen conservadora

La voz de la Iglesia se fortaleció después de la caída de la junta militar, en 1974. A falta de cifras exactas, “cabe suponer que la utilización sistemática de la ideología ortodoxa por el poder militar unida a la sumisión casi total de la Iglesia a este último había contribuido ampliamente a la disminución (del número de practicantes) ‘regulares’ registrada tras la restauración de la democracia”3. La gente se alejaba por entonces de la Iglesia, que se veía obligada a mantener un bajo perfil. Hoy en día ya no es así.

Obispos, sacerdotes y burócratas de la administración eclesiástica quieren proteger sus ventajas, amenazadas por la apertura de la sociedad. Y el arzobispo Christodoulos aplaca el difuso malestar que suscitan ciertos desafíos como la mundialización o la inmigración. En otros lugares, esto se traduce en el ascenso del neofascismo y la xenofobia, fenómenos de los que la historia –en especial la resistencia al nazismo durante la segunda guerra mundial– salvaguarda a Grecia. “Además, la Iglesia en tanto institución goza entre nosotros de un respeto, un poder y una influencia mucho más importantes que las instituciones civiles, incluido el Parlamento y los partidos políticos”4.

El arzobispo Christodoulos manifiesta abiertamente su anhelo de una posición más importante para la Iglesia, a fin de poder negociar directamente con el Estado las cuestiones nacionales. Se imagina como actor político de primera línea, que exprese su opinión sobre todas las cosas, ejerza su influencia sobre todos y transforme a la Iglesia en grupo de presión. Pero esta exigencia no puede sino llevar a un callejón sin salida, dado que la Iglesia no cuenta con los recursos para hacerlo, como quedó demostrado en el caso de los documentos de identidad.

Siendo así, el Estado no desea romper relaciones con la Iglesia. Por eso prefirió aceptar un nuevo compromiso en ocasión de la última reforma constitucional, votada por el Parlamento en la primavera de 2001. Ese era también el acuerdo sellado entre el Pasok y la Nueva Democracia. A partir de la primera fase de la reforma, un año antes, los dos partidos5 habían decidido excluir del debate político la relación entre Iglesia y Estado. Y de hecho esa considerable reforma dejó intocados dos artículos: el artículo 3, que estipula que el cristianismo ortodoxo es la religión “dominante” en Grecia; y el artículo 13, que garantiza la libertad religiosa y puntualiza que en ningún caso los derechos humanos y cívicos dependen de la religión. Quedaron igualmente inmodificadas la introducción de la Constitución “en nombre de la Santa Trinidad” y una alusión a la Biblia.

Según el periodista Pericles Vassilopoulos, “hay quienes esperan que el rol de la Iglesia se estabilice si el primer ministro Simitis pierde las próximas elecciones y el partido de la Nueva Democracia accede al poder. Pero en ningún caso, ni siquiera si estallara una terrible crisis, la sociedad griega moderna aprobaría el fortalecimiento del poder de la Iglesia”. Es cierto que a pesar de los discursos sobre su apertura y modernización, la Iglesia no consigue deshacerse de su imagen conservadora, que la identifica con el partido de la Nueva Democracia.

La caída de popularidad del arzobispo Christodoulos en los sondeos se interpretó como el signo de que los partidos lo abandonaban (excepto la derecha)6. Para el arzobispo, es tanto más preocupante en la medida en que las relaciones dentro de la Iglesia están lejos de ser buenas y estables. Él mismo no se lleva bien con el patriarca, así como con unos cuantos metropolitas que integran el consistorio7. También está en malos términos con el metropolita del Pireo, a quien no obstante califica de “padre espiritual”.

Según Theoclitos, el mayor error de la Iglesia consiste en identificarse con la derecha. “Si se comporta así, –señala– es porque se siente amenazada, en un país donde la fe está en retroceso. Pero a la larga, será catastrófico para su relación con el Estado. Tenemos que buscar nuestras propias responsabilidades, apagar el fuego destructor de la fe que nosotros mismos encendimos con nuestras propias manos. Yo soy optimista, pero temo que la Iglesia acabe por no ofrecer más que soluciones materiales a los problemas espirituales, lejos de toda forma de poder. No hay que olvidar que somos cristianos por voluntad propia, mientras que somos ciudadanos por obligación.”

A pesar de cierto retorno de la población a las parroquias8, la relación de los creyentes con la Iglesia sigue siendo débil. La ortodoxia ya no incide en las costumbres de los griegos. Al contrario: incluso los practicantes que hacen cola durante horas para prosternarse frente a un ícono supuestamente milagroso, son asiduos televidentes de series donde sexo y vulgaridad rivalizan.

¿Por qué, en esas condiciones, los socialistas sienten siempre la necesidad de mitigar la crisis, en lugar de terminar de una vez por todas con ella? En 1981, la declaración de política gubernamental del Pasok preveía una separación total del Estado y la Iglesia. Desde entonces, el mismo Estado –y los gobiernos formados por los socialistas– perdieron terreno. Así es como finalmente, el matrimonio civil es una opción y no una obligación, de tal modo que sólo el 10% de los casamientos tienen lugar en la municipalidad. Asimismo, la gestión del enorme patrimonio eclesiástico sigue en manos de la Iglesia.

La timidez del Pasok se explica por una “política clientelista”, reconoce el profesor de derecho Michel Stathopoulos. Por entonces ministro de Justicia y bestia negra de los partidarios de la no separación, había declarado que hay que “dejar de inscribir la fe religiosa en los documentos de identidad e introducir tanto el juramento como el entierro civil”9. Si bien no era competente en materia de documentos de identidad, fue él quien expresó las tesis más avanzadas dentro del gobierno. Participó en casi todas las comisiones que analizaron la reforma sobre el matrimonio y la gestión, y en particular en la que se formó en los años ’80 para analizar la cuestión de la relación entre Iglesia y Estado. Sus esfuerzos encontraron la oposición de una presión política ejercida en nombre del riesgo de “perder votos”…

Pasarán diez años hasta la próxima revisión –eventual– de la Constitución. Se malogró una oportunidad. Los socialistas no debieron hacer frente a la crisis creada por la Iglesia. Hubieran podido responder a ella avanzando hacia la separación total de la Iglesia y el Estado. Pero parece que un salto de ese calibre invariablemente causa temor en los dirigentes políticos.

  1. Sondeo de Metron Analysis, septiembre de 2001.
  2. Les relations de l’Église avec l’État-nation, Editions Nefeli, Atenas, 2000.
  3. Georgiadou Vassiliki y Nikolakopoulos Ilias, “Le peuple de l’Église”, en L’Opinion publique en Grèce, études-sondages 2001, Nea Sinora-A. A. Livani, Atenas, 2000.
  4. Idem.
  5. Contra la opinión de la Coalición de la Izquierda y del Progreso así como del Partido Comunista.
  6. En Grecia los partidos políticos no tienen orientación religiosa. Sólo la práctica permite verificar que, cuanto más a la derecha se vota, más posibilidades se tiene de formar parte de las filas de los cristianos “duros”.
  7. Suerte de consejo superior de la Iglesia que, entre otras cosas, elige al arzobispo.
  8. El número de practicantes aumentó en el transcurso de los últimos cinco años y el número de personas que nunca asisten al oficio disminuye (de 16,1% en 1985 a 5% en 2000): cf. Georgiadou Vassiliki y Nikolakopoulos Ilias, idem.
  9. Ethnos, Atenas, 6-5-00.
Autor/es Valia Kaimaki
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Estado (Política), Iglesia Católica
Países Grecia