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Recuadros:

El genoma humano, dominio público por excelencia

Cuando el 10 de diciembre la asamblea Nobel del Instituto Karolinska otorga el Premio Nobel de Medicina 2002 a Sydney Brenner, H. Robert Horvitz y John Sulston por sus descubrimientos sobre la regulación genética del desarrollo de los órganos y de la muerte programada de las células, está recompensando también a uno de los principales protagonistas de la formidable empresa científica que culminará durante el 2003, poniendo en conocimiento público la secuencia completa del genoma humano, codiciada por las patentes genéticas.

El genoma, punto de partida del desarrollo de cada ser humano, debería ser considerado un potencial a explotar antes que una coacción. Pero muchos temen, y no sin razón, que su información genética sea utilizada en su contra. En particular, los aseguradores procuran obtener la autorización para utilizar los resultados de tests genéticos aplicados a sus clientes antes de decidir proponerles –o negarles– determinado contrato. Si la ley los autorizara a hacerlo, en el futuro algunos empleadores podrían negarse a contratar a un postulante que no se sometiera previamente a determinados tests genéticos. No debemos aceptar eso.

Por otra parte, con sus grandes titulares sobre los milagros del código genético que “podrían erradicar todas las enfermedades”, los diarios no hacen sino aportar decepciones cuando, año tras año, la gente sigue padeciendo cáncer, enfermedades vasculares o demencia senil.

Sin embargo, el conocimiento genético recientemente acumulado es inmensamente valioso para la biología y la investigación médica. Y por eso es importante que la publicación del primer borrador de la secuencia del genoma humano, celebrada en todo el mundo el 26 de junio de 2000, culmine en una versión definitiva y completa de la secuencia, a fin de que todos los investigadores puedan utilizarla lo antes posible. Una vez concluida, durante el 2003, esta secuencia constituirá un archivo y permanente punto de referencia para los científicos.

¿Incidirá el proyecto genoma humano en nuestras elecciones alimentarias y nuestra forma de vida? En las sociedades occidentales, seguramente se verá en ello una importante oportunidad comercial; suelo tener una pesadilla, donde la gente elige su restaurante en función de su genotipo…

En términos más realistas, la próxima década aportará nuevos tratamientos que afinarán la puntería sobre las enfermedades actualmente muy difíciles de curar. Tomemos un ejemplo, hoy en estudio en el Instituto Sanger: el equipo de investigadores dirigido por Mike Stratton examina los tumores cancerosos para ver cómo se diferencian, a nivel genético, de los tejidos normales. En efecto, a menudo es más fácil matar una célula mórbida que curarla; la información genética debería ayudarnos a localizar objetivos específicos en las células cancerosas, hacia los cuales dirigir el tratamiento con el fin de destruirlas de un modo selectivo, reduciendo así los efectos secundarios y mejorando los índices de remisión.

El mapeo de la secuencia del genoma representa un formidable avance para el conocimiento del cuerpo humano, a nivel molecular. Pero esto no es un punto de llegada sino de partida; no conocemos aún ni la composición de la mayoría de los genes, ni el lugar ni el momento en que se expresan bajo la forma de proteínas. El genoma solo no basta para comprender todo eso, pero constituye una caja de herramientas de la que cada uno podrá tomar lo que necesite. La próxima etapa es el descubrimiento de la totalidad de los genes; la comprensión de su significado, su localización, y sobre todo el análisis de sus mecanismos de control.

Patente para Myriad

En noviembre de 1995, el equipo de Mike Stratton, que en ese momento trabajaba en el Instituto británico de investigación sobre el cáncer (ICR), descubrió en una de las familias de cáncer de mama que estaba estudiando una mutación que aparentemente podía estar asociada al gen denominado BRCA2. La región del genoma que rodea a ese gen acababa de ser secuenciada dos semanas antes, y cuando el equipo confirmó la mutación, había encontrado otras cinco. Mike Stratton se apresuró a hacer publicar el descubrimiento en la revista Nature, evitando, hasta último momento, anunciarla a sus colaboradores. De todos modos, pese a estas precauciones, la empresa estadounidense Myriad, establecida en Utah (Estados Unidos), logró obtener suficiente información como para localizar al gen, y Mark Skolnick, su director científico, no vaciló en formular una solicitud de patente… la víspera de la publicación.

Temiendo que fueran objeto de una explotación comercial, el Instituto decidió hacer patentar las mutaciones descubiertas. Por su lado, Myriad reivindicaba la paternidad de la totalidad de BRCA2, así como del gen BRCA1, que sus investigadores fueron los primeros en clonar. La empresa abrió entonces un laboratorio de análisis médicos. Una vez obtenida la patente, amenazó con llevar a la justicia a cualquier otro laboratorio situado en territorio de Estados Unidos que utilizara uno de esos genes para detectar el cáncer de mama. Esta política le permite ser el único laboratorio que realiza esa detección (facturada en cerca de 2.500 dólares), y conceder licencias a los otros laboratorios, a cambio de unos 200 dólares por test, sobre versiones simplificadas de esa detección.

Pero uno de los tests de Myriad concierne precisamente a la mutación de BRCA2 descubierta en el ICR, mutación frecuentemente hallada entre los judíos originarios de Europa Central y del Este. Así lo explica Mike Stratton: “La presencia de esa mutación entre los judíos askenazíes constituía la trama de nuestro artículo original. Se puede decir, entonces, que hoy en día Myriad factura en Estados Unidos una mutación que nosotros descubrimos”. Píldora difícil de tragar para Mike, de origen askenazí.

Que se estime de tal modo propietaria de los tests de detección para los dos genes BRCA, y sobre todo, que los haga pagar, significa que Myriad aumenta el gasto total de la salud. Además, una vez que los investigadores hayan comprendido de qué manera las mutaciones de los genes BRCA1 y 2 causan el crecimiento de los tumores, tal vez puedan crear nuevas terapias. Pero Myriad será entonces la única empresa habilitada para llevar esas terapias al mercado.

Durante todo el desarrollo de esta formidable empresa que fue el proyecto genoma humano, nos enfrentamos al problema de la propiedad de los productos de la investigación. Desde 1995, el enfoque agresivo de la firma Myriad, aun cuando ignoráramos todavía todas sus consecuencias, nos hizo entrever adónde llegaríamos si le dábamos importancia al beneficio comercial y a las patentes. Estaba claro que la comunidad internacional de los investigadores debía comprometerse a hacer de dominio público todas las informaciones sobre la secuencia del genoma humano, para evitar su caótica diseminación en función de acuerdos firmados con empresas.

Organizamos un encuentro internacional para fijar una distribución de tareas y establecer normas de gestión de los datos. El encuentro, que tuvo lugar en Bermudas –la elección de esas islas británicas, próximas a Estados Unidos, prefiguraba el ingreso en política internacional de nuestro campo científico–, resultó muy constructivo. Era la primera vez que los investigadores de nuestra disciplina intercambiaban sus ideas sin restricciones. La envergadura del proyecto nos obligaba a trabajar juntos, ya que a nadie se le podía ocurrir que haría por sí solo todo el mapeo de la secuencia. Cada uno escribió entonces, en papelitos, las regiones del genoma en las que tenía la intención de trabajar, eliminándose los repetidos.

En ese momento no teníamos previsto ningún mecanismo de publicación de resultados preliminares; las bases de datos públicas sólo aceptaban datos acabados. Sin embargo, incluso en bruto, los borradores de secuencia que producían nuestras máquinas podían resultar muy pronto útiles a otros investigadores deseosos de localizar un gen o verificar una hipótesis. En el Instituto Sanger, tanto para el humano como para el gusano1, habíamos decidido difundir en nuestro sitio de Internet todos los datos producidos, con el fin de que cada uno pudiese descargarlos para hacer de ellos lo que estimara útil2. Nuestras únicas exigencias eran que se explicitara en toda utilización el carácter preliminar de esas informaciones, y que en toda publicación se citara su procedencia.

Principio de las Bermudas

En las Bermudas, debíamos hacer aceptar el principio de la libre difusión de las ideas, sin el cual nadie podría confiar en el otro. La unanimidad era bastante improbable; algunos de los investigadores presentes, entre ellos Craig Venter3, ya habían establecido lazos con sociedades comerciales y por consiguiente podían oponerse a la idea de entregar todo a la gente sin recibir nada. Sin embargo, de pie frente al pizarrón blanco, yo escribía, borraba y reescribía, y finalmente logramos redactar una declaración. El Wellcome Trust, principal sponsor de nuestro centro, conservó una foto del pizarrón con tres puntos escritos:

-difusión automática de los montajes de las secuencias de más de mil bases (en lo posible dentro de las 24 hs.);

-publicación inmediata de las secuencias que se considera terminadas;

objetivo: permitir el libre acceso a toda la secuencia, en el dominio público, tanto para la investigación como para el desarrollo, con el fin de maximizar los beneficios para el conjunto de la sociedad.

Mientras junto con Bob Waterston, de la Universidad Washington de Saint-Louis (Estados Unidos), redactábamos esa carta en compañía de nuestros compañeros, nuestro colega Michael Morgan estaba reunido con representantes de agencias de financiación, para pedirles apoyo en este procedimiento. Esta carta, denominada “principios de las Bermudas”, constituirá en adelante, con escasas modificaciones, el punto de referencia de todos los grandes proyectos de mapeo financiados con fondos públicos.

Los principios de libre acceso y difusión instantánea significan que todos los biólogos del mundo pueden utilizar los datos, convertirlos, para crear finalmente nuevas invenciones eventualmente patentables. Pero una vez difundida en el dominio público en su forma en bruto, la secuencia en sí no puede patentarse. ¡Qué alentador fue ver a tantas personas de acuerdo en considerar “patrimonio de la humanidad” la secuencia del genoma! Esta expresión se adoptó poco después, en 1997, en el primer artículo de la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos en la Conferencia General de la Unesco.

Durante el siglo XX se abrió una fosa entre las ciencias y las letras. En general ya no se considera a las ciencias como parte integrante del campo cultural. Una de las razones de esto es la confusión creciente entre ciencia y tecnología, y el sometimiento de la primera a los intereses de la segunda. Así es como los científicos se ven llevados a explotar comercialmente sus producciones, sin considerar las consecuencias de esa decisión sobre el conjunto de la sociedad.

Pero la secuencia del genoma es un descubrimiento, no una invención. Como una montaña o un torrente, es un objeto natural que ya existía –no antes de nosotros, por cierto, sino antes de que nos diéramos cuenta de su presencia. Para mí, la Tierra es un bien común, y aunque erigimos barreras dentro de ella, es preferible que no pertenezca a nadie. Si una región adquiere importancia porque su paisaje es particularmente bello o porque alberga especies raras, entonces sí, hay que protegerla en tanto bien común.

Por supuesto, siempre debatiremos acerca del equilibrio necesario entre las tierras privadas y públicas; nos pelearemos por su utilización. Cuando se habla del genoma humano, ese problema es aún más delicado, ya que cada uno de nosotros lleva en sí su copia personal y única del genoma humano. Pero nadie puede pretenderse propietario de un gen, ya que eso querría decir que lo sería de uno de “mis” genes. Nadie puede decir: “Y bien, compartamos nuestros genes”, porque cada uno de nosotros necesita todos sus genes. Por cierto, la obtención de una patente no otorga la propiedad de un gen en sentido estricto; pero confiere el derecho de impedir a los otros la utilización de ese gen en toda actividad comercial.

En mi opinión, la instauración de restricciones legales y derechos de propiedad en torno a los genes debería limitarse estrictamente a la aplicación sobre la que trabaja el investigador, mientras se encuentra en la etapa de invención. Porque cualquier otro investigador podría decidirse a trabajar en una aplicación diferente, que requiera el acceso a ese mismo gen. Pero no es posible inventar un gen humano. Por eso debemos preservar el carácter pre-competitivo del conocimiento de los genes, su secuencia, su función, etc. A fin de cuentas ¿el sistema de patentes no fue creado en parte para estimular la competencia? Además, las aplicaciones más indispensables de un gen surgen muchas veces al cabo de largas investigaciones, mucho después de las primeras utilizaciones fáciles: no se trata pues únicamente de una cuestión de principios.

En marzo de 2002, por ejemplo, la sociedad Human Genome Sciences (HGS) anunció que había obtenido una patente sobre el gen CCR5, que codifica a uno de los receptores de la superficie de las células. Sin embargo, cuando esta sociedad solicitó su patente, ignoraba para qué servía ese receptor. La patente todavía no había sido atribuida cuando un grupo de investigadores del National Institute of Health (NIH) de Estados Unidos, financiado con fondos públicos, descubrió que algunas personas cuyo CCR5 era defectuoso presentaban una resistencia natural a la infección por HIV, el virus del sida. En otros términos, el gen CCR5 parecía ser una de las puertas de entrada que permiten que el HIV penetre en las células. Apenas el HGS resolvió hablar de ese descubrimiento, inició una serie de experiencias que le permitieron confirmar esa función, y se hizo entregar una patente. La sociedad se reivindicaba pues propietaria de todos los derechos de utilización de ese gen, para toda aplicación. Así fue como pudo vender licencias de utilización a varias empresas farmacéuticas que procuran desarrollar medicamentos y vacunas. ¿Pero quién estaba en el origen de la etapa creativa ? ¿La empresa que por azar dio con el gen bueno? ¿O los investigadores que habían detectado que en determinadas personas resistentes al HIV ese gen presentaba fallas?

William Haseltine, director del Human Genome Sciences, estima que las patentes estimulan el progreso en la investigación médica, y que la patente del CCR5 podrá promover la creación de un nuevo tratamiento o una vacuna. Sin embargo, un estudio llevado a cabo junto a investigadores de laboratorios universitarios estadounidenses muestra que muchos de ellos renunciaron a trabajar en ciertas partes específicas de los genes por miedo a tener que pagar derechos exorbitantes, o a verse llevados ante la justicia4.

En Estados Unidos, las directivas sobre el otorgamiento de patentes genéticas fueron clarificadas, y con el fin de alejar las candidaturas más especulativas, dan una definición un poco más estricta del término “utilidad” que empleaban: la utilización debe ser “sustancial, específica y fiable”. No obstante, siguen entregándose patentes para secuencias, con la explicación de que pueden ser utilizadas, por ejemplo, como sondas para detectar el gen responsable de una enfermedad. La directiva europea sobre las patentes, aprobada por el Parlamento Europeo en 1998, insiste sobre el hecho de que una secuencia o un fragmento de secuencia no puede ser patentado como “composición de la materia” antes de ser recreada in vitro; por ejemplo, clonada en una bacteria, uno de los métodos que aplicamos para el mapeo de la secuencia del genoma humano. Este argumento siempre me pareció absurdo: la esencia de un gen es la información –la secuencia– y el hecho de copiarla en otro formato no cambia nada. Es como si uno tomara un libro finamente encuadernado, publicara su contenido en libro de bolsillo, y se considerara su propietario porque la encuadernación es distinta.

La cantidad de solicitudes de patentes para genes (humanos o no humanos) ya superó el medio millón. Se otorgaron varios miles de patentes. Sin embargo el tema de las patentes genéticas sigue siendo complejo y confuso. En Estados Unidos, la Oficina de patentes y marcas registradas estima que el descubrimiento de un gen es patentable. Antes de la reciente reforma, otorgaba patentes incluso para fragmentos cuya única utilidad era de “sonda genética”. La Oficina Europea de las Patentes, por su parte, era más escéptica, pero en 1998, la UE decidió autorizar explícitamente el otorgamiento de patentes para las secuencias genéticas. Varios Estados miembros, entre ellos Francia, se opusieron a esta directiva. Otros, como el Reino Unido, piensan por el contrario que hay que estimular un enfoque más liberal sobre las patentes, para que las industrias europeas puedan seguir compitiendo con las de Estados Unidos.

Es ilusorio pensar que un argumento moral o incluso jurídico habría permitido, en ese período, llegar a una solución justa. Para impedir el despedazamiento de la secuencia por parte de intereses privados, había que hacerla pública: así obtendría el estatuto de “anterioridad” (prior art), en la jerga de las oficinas de patentes, con lo cual se volvía imposible de patentar. Esto es lo que consiguió hacer para la secuencia en bruto el consorcio internacional de laboratorios reunido bajo el nombre Proyecto Genoma Humano. Ahora queremos levantar aún más la barrera, haciendo pública la mayor cantidad de información, no sólo sobre la secuencia de los genes, sino también sobre sus funciones.

Hay quienes propusieron trazar una línea demarcatoria entre lo viviente, que no sería patentable, y lo inerte, que sí lo sería. Si bien comparto esas inquietudes, y estimo urgente dar un valor no comercial a las cosas vivas, pienso que esa separación no se justifica. En efecto, la fosa que existía antes entre la biología y la química se está llenando, haciendo cada vez menos sostenible esa distinción. ¿Hay que aceptar patentes de ratones transgénicos y plantas de algodón? Por cierto que no, pero no únicamente porque son formas de vida; la razón más profunda es que nosotros no inventamos esos organismos, sólo descubrimos las modificaciones específicas que los vuelven sensibles al cáncer (en el caso del ratón) o resistentes a las plagas (en el caso del algodón).

El porvenir de la biología está estrechamente ligado a los avances de la bioinformática, ese campo de investigación que apunta a recoger en forma numérica toda clase de datos biológicos, para intentar aprehender lo viviente dentro de su globalidad y extraer de allí predicciones. Dado que permite un amplio acceso a los datos, esta disciplina dará a los biólogos experimentales la posibilidad de integrar sus resultados y conectarlos con los trabajos de los otros investigadores. Para que esta empresa, apasionante a nivel científico pero también rica en avances médicos pueda avanzar, los datos básicos deben ser accesibles para todos, para que cada quien pueda interpretarlos, modificarlos y transmitirlos, siguiendo el modelo de las “fuentes abiertas” utilizado para programas informáticos. Las cuestiones científicas son demasiado complejas para encararlas en forma fragmentaria, con datos en cantidad limitada y claves de acceso detentadas siempre por una empresa.

Nuestras sociedades occidentales atraviesan un período de intensificación de la creencia en la propiedad privada, en menoscabo del bien público. Sin embargo, todo demuestra nuestra incapacidad para tomar decisiones colectivas sensatas fundadas en la competencia comercial. El afán de lucro casi logró privatizar el genoma, nuestro código ADN común, y esa amenaza sigue vigente. En esta lucha, la tenacidad del proyecto público hizo de la secuencia del genoma humano el umbral de un sistema de informaciones biológicas abierto y libre, que permitirá incrementar nuestros conocimientos a una velocidad incomparable. Ese es el patrimonio inalienable de la humanidad.

  1. NdlR: Caenorhabditis elegans. El primer ser vivo secuenciado íntegramente fue este nemátodo de 1mm de longitud, las etapas de cuyo desarrollo observó el autor pacientemente al microscopio, célula por célula.
  2. http://www.sanger.ac.uk/HGP/
  3. NdlR: Fundador de The Institute for Genomic Research (TIGR), Craig Venter creó acto seguido la sociedad Celera Genomics, con el objetivo declarado de descifrar la secuencia completa del genoma humano y patentar sus productos. Al final, el Proyecto Genoma Humano y Celera Genomics, bajo una intensa presión política, anunciaron simultáneamente, el 26 de junio de 2000, haber completado un borrador de la secuencia.
  4. A. Schissel, J. Merz y M. Cho, “Survey confirms fears about licensing of genetic tests”, Nature, vol.402, 1999.

La primera batalla

Los secuenciadores modernos analizan en forma paralela 96 muestras de ADN, hasta 8 veces por día, y los laboratorios más grandes hacen funcionar un centenar de ellos al mismo tiempo. Pero al principio, las máquinas aceptaban 24 muestras, y cada ciclo duraba como mínimo 14 horas. El único fabricante, Applied Biosystems (ABI) pretendía en ese entonces reservarse el control del módulo informático de análisis de los datos que venía con la máquina.

Pero si bien los secuenciadores eran funcionales, era evidente que teníamos que tomar el control del programa informático. En efecto, para terminar correctamente la secuencia, necesitábamos un acceso práctico a los datos en bruto, para poder evaluar su calidad punto por punto. El sistema de visualización de datos que proponía el programa de ABI no nos convenía, y demoraba el trabajo. Nos parecía inaceptable depender de una compañía privada para manipular y reunir los datos que nosotros producíamos. ABI pretendía incluso tomar el control del análisis de la secuencia… Me obsesionaba la idea de sacar la secuencia lo más rápido posible; la mejor manera de hacer avanzar a la ciencia era hacer que las máquinas funcionaran cada vez más rápido y a un costo cada vez más bajo, y extraer el máximo de datos para que los teóricos del mundo entero pudieran comenzar a interpretarlos.

Un domingo de verano, sentado en el césped del jardín, rodeado de hojas salidas de la impresora, me dediqué a desencriptar los ficheros ABI que contenían el registro de nuestras experiencias. Esos ficheros no estaban deliberadamente encriptados; simplemente estaban construidos en un formato de tipo árbol de Navidad, que sólo había que recomponer uniendo entre sí los distintos elementos. Días después, mis colegas y yo habíamos escrito un nuevo programa de visualización de los registros, y desencriptado los restantes ficheros ABI, cosa que nos daba libertad total para diseñar nuestros sistemas de visualización y análisis. Nuestra productividad se transformó gracias a eso.

ABI no vio con buenos ojos esta iniciativa; estábamos negociando una clave que nos permitiría destrabar los ficheros, pero estaba claro que ese acceso quedaría bajo su control. Seguía existiendo sin embargo el riesgo de que eligiera un nuevo método de encriptado que no habríamos podido descifrar. Pero ABI llegó a la conclusión de que no tenía otra alternativa que seguir usando formatos conocidos. Poco tiempo después, nos habíamos convertido en su principal cliente.

Este episodio fue la primera de nuestras batallas por el control de la información, anticipo de las luchas de mucha mayor envergadura en torno al genoma humano, que tendrían lugar poco después.


Autor/es John Sulston
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:34,36
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Genoma Humano, Patentes, Salud