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Buenos y malos patriotas

Las oleadas de radicalización sólo sobrevienen en EE. UU. cada treinta o cuarenta años 1. Una ola de este tipo parece delinearse hoy, alimentada por la amenaza de una próxima invasión a Irak. En comparación con las precedentes, sin embargo, ésta se adelanta a la realidad de la guerra, tiene una base social más amplia y desde el punto de partida adopta posiciones significativamente más contestatarias.

Durante la guerra de Vietnam fue necesario esperar hasta 1968, es decir tres años de masiva intervención militar estadounidense, para que surgiesen movimientos de protesta importantes. Esta vez, el 26 de octubre de 2002, cerca de 200.000 personas convergieron en Washington y rodearon la Casa Blanca; otras 80.000 desfilaban al mismo tiempo en San Francisco.

En ambos casos se oponían a una guerra aún en proyecto. Mientras que los estudiantes del Students for a Democratic Society (SDS) constituían la fuerza motriz del movimiento anti-guerra de los años ’60 (en esa época, la conscripción era obligatoria), las concentraciones actuales descansan sobre una base más amplia. Los adversarios de la escalada indochina sólo contaban en un principio con el apoyo de una pequeña minoría de la opinión. Ahora, según las encuestas, el 37% de los estadounidenses se opone al proyecto de su Presidente2.

George W. Bush puede parecer en una excelente posición, pero en realidad es más débil que Lyndon Johnson al final de su mandato. Su aventura iraquí lo expone a toda una serie de riesgos (obstáculos militares inesperados, caos en Irak luego de una eventual victoria, profundización de las dificultades económicas en Estados Unidos mismo). Si sobrevienen, el Presidente estadounidense podría encontrarse en la misma situación que su padre, muy popular en 1991, repudiado por los electores al año siguiente.

La situación actual recuerda la de Vietnam precisamente en un punto: el reposicionamiento que induce en la intelligentsia progresista. Durante la guerra de Indochina, viejos socialdemócratas como Irving Home fustigaron a los militantes estudiantiles que habían osado romper con el consenso anticomunista de la Guerra Fría sosteniendo a Ho Chi Minh. Hoy, los veteranos combatientes de los ’60 denuncian, en el movimiento pacifista que se perfila, pecados ideológicos bastante similares.

Maniqueísmo

De hecho, cada semana o casi, un progresista célebre imputa al movimiento su falta de patriotismo, su hostilidad hacia los valores dominantes del pueblo estadounidense o su oposición de principio al ejercicio del poder militar. Christopher Hitchens estima que el corte en Estados Unidos se da entre aquellos que apoyan una operación contra Saddam y aquellos que “creen realmente que John Ashcroft (ministro de Justicia) representa una amenaza más inquietante que Osama Ben Laden”3. Este maniqueísmo se asemeja un poco al del presidente Bush para quien “o están con nosotros, o están con los terroristas”.

La feminista de izquierda Ellen Willis y el historiador del movimiento populista Michael Kazin también se pelearon con el movimiento antiguerra. Kazin lo atacó por no entender que las masas son patriotas y que la burguesía nómade no lo es. En el caso de Estados Unidos, agregó, “la frase de Marx según la cual los trabajadores no tienen patria fue continuamente desmentida”4. Según él, si los pacifistas quieren reconciliarse con el pueblo, deben mostrarse aun más patrióticos que su Presidente…

La presencia de elementos “radicales” en la coalición antiguerra suscitó un gran número de objeciones. Todd Gitlin, antiguo presidente del SDS y actualmente sociólogo en la Universidad de Nueva York, alertó a los contestatarios sobre el peligro de ver a personas como Ramsey Clark, ex ministro de Justicia del presidente Johnson y que desde entonces apoyó a todos los adversarios de Estados Unidos (incluso los menos recomendables) cumpliendo un rol mayor en la organización de las manifestaciones. Y Gitlin predijo que, a falta de purgar a estos elementos (pero, ¿cómo?), la menor sospecha de su presencia provocará la derrota del movimiento. Faltaban pocos días para las grandes concentraciones del 26 de octubre…

Otros críticos, como Marc Cooper y David Corn, editorialistas de The Nation, afirmaron que los contestatarios se equivocaron al plantear otros problemas además de la invasión cercana al cuestionar el embargo estadounidense contra Cuba o Irak (a pesar, en el último caso, de los centenares de miles de víctimas que este embargo provocó).

Oposición leal y radicalización

Tanta hostilidad se explica de varias maneras. Entre los aliados intelectuales del Partido Demócrata, este despecho es el resultado de una serie de fracasos. Todo comenzó en noviembre-diciembre de 2000, cuando los republicanos ganaron, de manera dudosa, la carrera hacia la Casa Blanca. Luego, el malestar creció tras el 11 de septiembre de 2001, cuando los parlamentarios progresistas, aterrorizados por la idea de ser juzgados malos patriotas, siguieron los pasos del Presidente, aceptando la perspectiva de una guerra sin fin para “liberar al mundo de los malhechores”.

Resultado de una tendencia antigua, incluso el ala intelectual más progresista del Partido Demócrata está despedazada. Hace una generación, los estudiantes radicales creían con Herbert Marcuse que el aburguesamiento de la clase obrera estadounidense impedía a esta última cumplir un rol revolucionario. Estos antiguos estudiantes, ya canosos y de gordura incipiente, siguen creyendo que la clase obrera es adicta al sistema. Sólo que esta vez se alegran. Y desde ya, no habiendo más “alternativa” a la sociedad burguesa, la misión de la izquierda debería ser adherir a ella purgándola de sus fallas más inconvenientes. Un paso que conduce a transformarse en oposición leal, patriótica, y a no estigmatizar jamás al imperialismo estadounidense, incluso cuando éste se exhibe más crudamente que en ningún momento de la historia del país, desde la invasión a Cuba en 1898.

Sin embargo, una fracción, aún minoritaria pero no despreciable, de la población de Estados Unidos posee sentimientos antiimperialistas cuando percibe el costo humano de las sanciones contra Irak, las manipulaciones del Consejo de Seguridad por parte de la Casa Blanca y las cínicas tentativas de la administración Bush destinadas a responsabilizar a Saddam Hussein por los atentados del 11 de septiembre. Ciertamente, una miríada de organizaciones grupusculares que se dicen marxistas, trotskistas o maoístas5, se apresura a aprovechar tales sentimientos, ¿pero quién es el responsable? El elemento más radical de Estados Unidos se llama George W. Bush. La manera en que conduce su guerra contra el terrorismo remodela el tablero internacional y acentúa la tonalidad ya muy derechista de la política estadounidense. Sólo que, al revolucionar el orden mundial, el presidente de Estados Unidos revoluciona también la oposición a sus políticas, obligándola a mostrarse tan radical como el.

  1. Howard Zinn, Histoire populaire des Etats-Unis, Agone, Marsella, 2002.
  2. Cf. “Poll: Most support war as a last resort”, USA Today, 26-11-02.
  3. Christopher Hitchens, “Taking sides”, The Nation, 14-10-02. Desde esta fecha, Christopher Hitchens decidió dejar de colabarar con The Nation.
  4. Michael Kazin, “A patriotic left”, Dissent, otoño boreal, 2002.
  5. El Partido Comunista Revolucionario (RCP) es el pequeño grupo maoista que lanzó la solicitada “Not in our Name” que recogió la adhesión de miles de firmas.
Autor/es Daniel Lazare
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:16
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Mundialización (Cultura), Conflictos Armados, Movimientos Sociales
Países Estados Unidos