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Washington fortalece su hegemonía extendiendo la alianza militar

La última cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) reflejó los cambios producidos en el mundo desde el 11 de septiembre de 2001. Celebrada por primera vez en un país del ex Pacto de Varsovia, esta cumbre se caracterizó por la decisión inédita de integrar a la Alianza repúblicas de la ex Unión Soviética. Para Estados Unidos fue también la ocasión de reafirmar su soberanía respecto de sus socios europeos, a pesar de las recientes tensiones con Alemania y Francia en torno a Irak, en el peldaño previo a la guerra.

El contraste entre la última cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que se llevó a cabo en Praga el 21 y el 22 de noviembre pasado, y la del cincuentenario de la Alianza, celebrada en Washington el 23 y el 24 de abril de 1999, es sorprendente. La cumbre de Washington se desarrollaba en un momento en que las fuerzas de la OTAN parecían estancarse, ante el dilema de Kosovo, en la primera guerra de mediana envergadura dirigida por la organización desde su fundación. La tensión en las relaciones entre la Alianza y Rusia se encontraba en su punto más alto, desde la desaparición de la Unión Soviética, y alimentaba la polémica en el seno del establishment estadounidense sobre la política occidental respecto de Moscú.

La decisión de la cumbre de Madrid, en julio de 1997, de ratificar el principio de adhesión de Polonia, Hungría y República Checa a la OTAN, había agitado el debate: quienes habían alertado sobre el peligro de que las medidas fueran interpretadas en Moscú como actos de desconfianza, si no de ostracismo, podían ver en el endurecimiento ruso respecto de Kosovo la confirmación de sus advertencias. Esto se tradujo en el hecho de que la cumbre de Washington, que había celebrado el resultado del procedimiento de adhesión de los tres países miembros del ex Pacto de Varsovia, no había lanzado nuevas iniciativas en esa dirección, pese a las exhortaciones de personalidades hostiles a Rusia, como Zbigniew Brzezinski.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el escenario en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, proveyeron a la nueva administración de George W. Bush de una legitimación ideológica inesperada para el resurgimiento de un intervencionismo armado desenfrenado, que Estados Unidos no practicaba desde Vietnam. El nuevo equipo instalado en Washington vio en la “guerra contra el terrorismo” la primera manifestación ideológica creíble para una campaña militar de gran magnitud y larga duración en la posguerra fría, a semejanza de lo que fue el “combate anticomunista” desde 1945 hasta la debacle de Vietnam.

Por otra parte, el 11 de septiembre fue la ocasión para Vladimir Putin de operar un giro político, en medio del estancamiento del ejército ruso en Chechenia. Al ceder a la presión de Washington –fuertemente incrementada por el trauma de los atentados– y optar por poner al mal tiempo buena cara tratando a su vez de obtener ventajas a cambio de su actitud cooperativa, el jefe del Kremlin renunció al intento de contener el maremoto desatado por los atentados1.

Casus belli

El resultado más significativo de la evolución de estos dos aspectos combinados fue que Estados Unidos atravesó la línea roja trazada por la Rusia de Boris Yeltsin frente a la expansión de su imperio, en detrimento de su propia esfera de influencia. Esta línea roja coincidía con las fronteras de la ex Unión Soviética: cualquier establecimiento militar occidental más allá de esta línea sería considerado como casus belli, tal como se advertía en Moscú en los años ’90. Actualmente, es un hecho. Al calor de la guerra en Afganistán, Estados Unidos estableció bases militares, manifiestamente equipadas para el largo plazo, en Uzbekistán y en Kirguizistán; obtuvo facilidades militares en Tayikistán y en Kazajstán y extendió sus tentáculos militares hasta Georgia.

El establecimiento de tropas estadounidenses en el corazón mismo de la ex Unión Soviética trivializó la integración a la OTAN de las repúblicas bálticas, decidida en la cumbre de Praga, junto a la de otros tres miembros del ex Pacto de Varsovia, Rumania, Bulgaria y Eslovaquia, así como Eslovenia, ex miembro de la Federación Yugoslava. La controvertida decisión de integrar las tres repúblicas ex soviéticas no suscitó ninguna emoción verdadera, más allá de los discursos de ocasión2. El planeta entero está actualmente atrapado en una red de bases y alianzas militares controlada por Estados Unidos.

Por otra parte, la coincidencia nada fortuita de las adhesiones programadas a la OTAN y a la Unión Europea de los países “en transición” es susceptible de reforzar considerablemente la preeminencia de Estados Unidos en la primera institución, y su influencia en la segunda.

En efecto, los siete países mencionados previamente se convertirán en miembros de la OTAN en 2004, cuando concluyan los procedimientos de ratificación por los países miembros de la Alianza. Ese mismo año, cinco de ellos se convertirán en miembros de la Unión Europea, al igual que los tres países de Europa Central que los precedieron en la OTAN, mientras que Rumania y Bulgaria serán admitidos oportunamente en la Unión Europea en 2007. Así, de 27 países miembros de la Unión, habría solamente seis que no serían miembros de la OTAN, a menos que dichos países (Austria, Chipre, Finlandia, Irlanda, Malta y Suecia) se decidieran y fueran admitidos a su turno en el seno de la Alianza.

Tal como observaba The Washington Post, los tres adherentes de 1999 “resultaron ser miembros entusiastas, particularmente dispuestos a agradar a Estados Unidos, que apoyó su admisión. Los siete próximos miembros serán también fervientes partidarios de la OTAN y apoyarán a Estados Unidos, según lo señalaron funcionarios de la OTAN y representantes de estos países. ‘El equilibrio en la Alianza podría evolucionar’ a favor de ‘una OTAN más fuerte’ y más estrechamente alineada con la política de Estados Unidos, sostuvo un oficial estadounidense”3.

¿Emancipación europea?

Sin duda, el equilibrio en la Unión Europea evolucionará de manera similar. Va de suyo que la adhesión de Turquía a la Unión, apoyada enérgicamente por Washington, reforzará sensiblemente esta dinámica de conjunto4. También en este aspecto, es grande el contraste con el año 1999.

Las decisiones tendientes a crear una Fuerza de Reacción Rápida (FRR-Rapid Reaction Force) de la Unión Europea, tomadas en plena campaña de Kosovo, en las cumbres europeas de Colonia (junio de 1999) y de Helsinki (diciembre de 1999), habrían podido interpretarse como señales de una voluntad de emancipación europea respecto de la tutela estadounidense, a pesar de las enérgicas negativas de los gobiernos europeos, quienes aseguran que la FRR fue concebida en una relación de complementariedad con la OTAN. Es verdad, sin embargo, que la fuerza europea de 60.000 soldados está prevista únicamente para misiones denominadas de Petersberg5 (prevención de conflictos, establecimiento y conservación de la paz y misiones humanitarias), del tipo de aquellas que la Casa Blanca y el Pentágono desean evitar a las fuerzas estadounidenses y reservar a sus aliados.

Esta es la principal diferencia entre la FRR y la Fuerza de Reacción de la OTAN (FRO-NATO Response Force) cuyo principio fue aprobado en Praga, a instancias de Estados Unidos: si la dimensión prevista de la fuerza de la OTAN, de composición esencialmente europea, es sólo la tercera parte de la FRR, esto se debe, al menos en parte, a que no posee definición limitativa específica de su misión. La futura FRO se inscribe plenamente en la doble mutación de la OTAN operada a partir de la cumbre de Roma, de noviembre de 1991: de alianza defensiva, la OTAN se transformó en organización denominada “de seguridad”, es decir, intervencionista. Su perímetro inicial –que el artículo VI del Tratado de 1949 define en forma restrictiva limitándolo solamente a los países miembros, los territorios bajo su jurisdicción y sus fuerzas “en la región del Atlántico Norte, al norte del Trópico de Cáncer”– ya no es respetado. La OTAN ya no se circunscribe de hecho a un determinado límite territorial, tal como lo demostró su intervención en los Balcanes.

Allí donde el radio de acción de la FRR (4.000 kilómetros alrededor de Bruselas) cubre Europa y su periferia geopolítica, la FRO ha sido prevista para intervenciones sin límites perimetrales. Así lo señaló enérgicamente George W. Bush, quien no dudó en calificar de antemano las decisiones de Praga como las “más importantes reformas de la OTAN desde 1949”: “Como numerosas amenazas a los miembros de la OTAN provienen del exterior de Europa, las fuerzas de la OTAN deben organizarse para operar fuera de Europa. Cuando fue necesario enviar rápidamente fuerzas a Afganistán, las opciones de la OTAN se vieron limitadas. (…) Estados Unidos propone la creación de una fuerza de reacción de la OTAN conformada por fuerzas aéreas, terrestres y marítimas, bien equipadas y con un alto nivel de preparación, provistas por los aliados de la OTAN, viejos y nuevos. Esta fuerza estará lista para desplegarse en poco tiempo donde sea necesaria”6.

Aliados humillados

Efectivamente, la guerra de Afganistán ha sido la ocasión de una verdadera humillación para “los aliados de la OTAN”. Luego de haber ofrecido el 12 de septiembre de 2001 –por primera vez en la historia de la Alianza– sus servicios conjuntos (conforme al artículo V del Tratado de 1949, que refiere a la solidaridad defensiva de los signatarios), se vieron totalmente ignorados por Washington como sujeto colectivo y sólo fueron invitados a unirse a la campaña afgana a título individual, según las necesidades fijadas por el comando estadounidense. Esta humillación, sumada al desvío “unilateralista” de Bush y de los halcones de su administración, hizo temer a los miembros de la OTAN que la Alianza se convierta, en algún momento, en obsoleta para Washington.

Explotando este sentimiento, la administración Bush impulsó la creación de la FRO7, que corresponde, en su dimensión reducida, a una necesidad real del Pentágono: es el sentido del concepto de “segmentos” (nichos) de especialización el que impera. Cada uno de los Estados europeos aportará a las fuerzas armadas estadounidenses una contribución específica en su campo de excelencia. En este sentido, incluso los ex miembros del Pacto de Varsovia pueden ser muy útiles, como la República Checa, que en tiempos de la Guerra Fría se especializó en la defensa contra los ataques nucleares, biológicos o químicos. Sus conocimientos en este campo son considerados de gran utilidad por el Pentágono8.

Pagándole a la Unión Europea con la misma moneda, Washington podrá explicar, a su vez, que la FRO tiene una relación de complementariedad con la FRR. De hecho, la cumbre de Praga habrá sido una etapa decisiva para la transformación de los miembros europeos de la Alianza atlántica, ampliamente mayoritarios en la Unión Europea, en auxiliares de las fuerzas armadas de Estados Unidos en su propósito de expansión imperial planetaria.

  1. Véase Kurt Jacobsen y Sayeed Hasan Khan, “Pakistán en el juego de las potencias”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2001.
  2. No obstante, al igual que para su anterior expansión hacia el Este, la OTAN tomó la precaución de acordar previamente a Moscú un premio consuelo: una versión remozada del Consejo OTAN-Rusia, fundado en París, en mayo de 1997. Esta vez, el tratado bis se firmó en Roma, en mayo de 2002. Su principal innovación es que prevé una concertación más efectiva en la lucha antiterrorista.
  3. Robert Kaiser y Keith Richburg, “NATO Looking Ahead To a Mission Makeover”, The Washington Post, 5-11-02.
  4. Islandia y Noruega se convertirían entonces en los dos únicos países europeos miembros de la OTAN sin ser miembros de la UE.
  5. Su nombre proviene de la ciudad alemana donde se reunió, en 1992, el Consejo de la Unión de Europa Occidental, que definió estas misiones.
  6. George W. Bush, discurso del 20-11-02 en Praga, The White House, Washington.
  7. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld fue el primero en sugerir la creación de una fuerza de reacción de la OTAN, durante la reunión de los ministros de Defensa de la Alianza en Varsovia, en septiembre de 2002.
  8. Keith B. Richburg, “Czechs Become Model for New NATO”, The Washington Post, 3-11-02.
Autor/es Gilbert Achcar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:20,21
Traducción Gustavo Recalde
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Estados Unidos