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Europa, cada vez menos europea

Hay un contrasentido entre la voluntad europeísta de los países de Europa Central y del Este que se suman a la Unión Europea y el alineamiento de sus gobiernos con Washington y el neoliberalismo. La idea paneuropea es hoy conducida en función de los intereses estratégicos de Estados Unidos, por lo cual la incorporación de diez países a partir de 2004, más otros dos que se sumarán en 2007, no continúa la línea trazada por pensadores y políticos europeos a lo largo de casi seis siglos. ¿El fin de las aspiraciones de los visionarios de Europa?

La construcción de una unión europea nunca fue un asunto exclusivo de los europeos. Por supuesto que surgió de sus elites –de la labor conjunta de pensadores y dirigentes– como un objeto utópico, como un ideal político al que había que tender. Pero su concreción a partir de 1958 bajo la forma de una Comunidad Económica Europea (CEE) –que en 1993 se convertiría en Unión Europea (UE)– estuvo marcada por las relaciones de fuerza surgidas de la Segunda Guerra Mundial. Más allá de la acción de los Padres Fundadores (denominación que no debe ser reservada exclusivamente a Jean Monnet y Robert Schuman), el proceso debe más a la voluntad de Estados Unidos que a la de los pueblos europeos. Estos, sin embargo, se habían comprometido –como lo afirmaban los sucesivos tratados de Roma (1957) y de Niza (2000)– a lograr una “unión cada vez más estrecha”. Los pueblos, en el mejor de los casos, fueron meros espectadores y todavía para nada actores de su propia integración en un conjunto que –luego de las decisiones del Consejo Europeo de Copenhague del 12 y 13 de diciembre 2002– incluirá 25 países y más de 450 millones de habitantes.

La aspiración a esa “unión cada vez más estrecha” evidentemente no nació en las oficinas del Departamento de Estado, en Washington, en la década de 1940. Sin ir demasiado atrás en el tiempo, ya en el Renacimiento encontramos un antecedente escrito: el documento llamado Tractatus, redactado en 1464 (once años después de que los turcos tomaran Constantinopla) por el rey de Bohemia, Podiebrad. Frente a un Imperio Otomano lanzado a la conquista, se trataba entonces de crear una especie de pacto de no agresión entre los pueblos de la cristiandad (de Oriente y de Occidente) con una jurisdicción competente y una suerte de Parlamento de los Estados miembros, cuyos representantes tendrían mandato por cinco años. También se cita frecuentemente el Proyecto político del duque de Sully, ministro de Enrique IV, texto que, según las Memorias del duque, publicadas recién en 1788, sería una propuesta del Rey, luego de una correspondencia mantenida con la reina de Inglaterra Isabel I. En esa filiación, en 1693 el cuáquero William Penn escribe un ensayo titulado Present and Future Peace of Europe. En 1713 y 1717 el abad de Saint-Pierre –delegado plenipotenciario francés en las conferencias que desembocarían en el tratado de Utrecht (1713-1715) que pondrá término a la guerra de Sucesión de España– propone un Proyecto para instaurar una paz perpetua en Europa y un Proyecto para instaurar una paz perpetua entre los soberanos cristianos.

Jean-Jacques Rousseau continuó la reflexión del abad de Saint-Pierre en su Juicio sobre la Paz Perpetua (1782) que prevé una federación o una confederación de príncipes. Pero será Immanuel Kant quien escribirá el texto decisivo sobre el tema: Para la Paz Perpetua (1795). Allí sostiene la idea de que sólo los regímenes republicanos pueden garantizar la paz pues “en una República, se requiere el consentimiento de los ciudadanos para hacer la guerra”.

En el siglo siguiente, las reflexiones de Kant serán continuadas, entre otros, por Claude Henri de Saint-Simon en un texto titulado De la reorganización de la sociedad europea, destinado a los parlamentos de Francia y de Inglaterra (1814), que propone lo que hoy en día llamaríamos un “eje” franco-británico, bajo la forma de una confederación destinada a incluir otros regímenes parlamentarios. Por encima de esa organización se crearía un Parlamento europeo, que sería el motor de la unificación del Viejo Continente. Ese proyecto se tradujo de manera efímera, el 16 de junio de 1940, en la propuesta de fusión de las soberanías francesa y británica presentada –a iniciativa principalmente de Jean Monnet– por Winston Churchill al gobierno francés de Paul Reynaud y aceptada, no sin vacilaciones, por Charles De Gaulle, entonces simple subsecretario de Estado de Guerra en misión en Londres. El reemplazo de Reynaud por el mariscal Petain en la presidencia del Consejo, el mismo día, transformó en caduca esa iniciativa un tanto surrealista, pero que tenía como principal objetivo levantar la moral de los franceses1. Eso ocurría dos días antes del 18 de junio…2.

Hacia el Congreso paneuropeo

Más conocida que la propuesta de Saint-Simon es la de Victor Hugo de agosto de 1849, incluida en su discurso al Congreso de la Paz reunido en París, donde utiliza por primera vez, luego del italiano Cattaneo, la expresión “Estados Unidos de Europa” sin otras precisiones. Allí preconiza fundamentalmente la organización de un “gran Senado soberano, que será a Europa lo que el Parlamento es a Inglaterra”. En el siglo XIX hay que citar también a Giuseppe Mazzini, que en 1834 funda la asociación Joven Europa y establece, en 1857, una carta de la futura entidad “Europa de las naciones”. Del lado opuesto, deben mencionarse las tesis profundamente pesimistas del suizo Jacob Burckhart y de su discípulo y colega Friederich Nietzsche, anunciadoras de la declinación occidental, y que Oswald Spengler desarrollaría en 1918 en su obra La decadencia de Occidente3.

En las primeras décadas del siglo XX, la idea de una Europa unida encontrará dos portavoces particularmente elocuentes: Richard Coudenhove-Kalergi y Aristide Briand. El primero es un personaje fuera de lo común: hijo del agregado comercial austro-húngaro en Japón casado con una japonesa, Coudenhove-Kalergi nació en Tokio en 1894. Fue luego ciudadano franco-austríaco, y se doctoró en la Universidad de Viena. Tenía raíces familiares tanto en Flandes como en Creta y se sentía en su casa tanto en París como en Praga, Viena o Nueva York. Fue un verdadero promotor de la idea de una Europa unida, la cual –luego de la creación de la Unión Paneuropea– fomentó en su obra Paneuropa (publicada en Viena en 1923) y en el Manifiesto Paneuropeo (1924), al igual que en la revista Paneuropa, publicada en Viena en 1923.

En 1926, con la participación de 2.000 delegados de 24 Estados, se desarrolla en Viena el primer congreso de la Unión Paneuropea, que aprobará el Manifiesto y establecerá las grandes líneas de una “organización federativa de Europa”, en realidad, más una confederación que una federación. Esto explica el interés que le dispensará De Gaulle al volver a la política en 1958, en momentos en que era objeto de la violenta hostilidad de los federalistas del Movimiento europeo.

Aristide Briand será el primer jefe de gobierno en ejercicio en “sostener” activamente la idea de una unión europea. El 5 de septiembre de 1929, Briand, que también era presidente honorario de la Unión Paneuropea desde 1927, propone en Ginebra, ante la Asamblea de la Sociedad de Naciones (SDN), la creación de un “lazo federal” entre los pueblos del Viejo Continente. Y es su jefe de Gabinete y Director de Asuntos Económicos y Comerciales de la Cancillería francesa, Alexis Leger (más conocido por su seudónimo literario: Saint John Perse) quien redacta el Memorandum sobre la organización de un régimen de unión federal europea, publicado por el gobierno francés en mayo de 1930.

Los 26 gobiernos europeos miembros de la SDN respondieron a ese documento de manera más bien favorable. Vale la pena señalar que esas respuestas evocaron dos casos premonitorios: el de dos Estados que no eran miembros de la Sociedad, la URSS y Turquía. Italia era favorable a su incorporación. Grecia, Bulgaria y Hungría se limitaron a desear que se invitara a Turquía…

La crisis económica y el ascenso de regímenes autoritarios en Europa pondrían fin a toda perspectiva de concretizar el proyecto de Briand, que fue definitivamente enterrado en 1932. La idea recobrará vigencia en el seno de ciertos movimientos de resistencia europeos, fundamentalmente el de militantes alemanes antinazis. A tal punto que, el 31 de marzo de 1944, una reunión realizada en Ginebra culminó con una declaración común a favor de una Unión Federal de los pueblos europeos, que preveía la desnazificación de Alemania a fin de integrarla a la nueva estructura federal.

Unionistas y federalistas

Se trataba de ideas generosas, encarnadas en elites animadas por un sentimiento de “nunca más”, fundamentalmente entre franceses y alemanes, pero con escaso arraigo popular. Por otra parte, esa será la suerte de todas las redes europeas desde la Edad Media (las redes de las órdenes monásticas y de las abadías; de ciudades mercantiles; de universidades; de intelectuales de la Ilustración; de Internacionales políticas, etc.), que siempre chocaron con el problema de la nación: “La enseñanza que deja este fenómeno histórico contradictorio es que no sólo las redes no pudieron ahogar la expresión de las realidades nacionales, sino que no fueron capaces de movilizar masivamente los pueblos tras sus objetivos”4.

Sin embargo, en los años de posguerra, miembros de esas redes –que hoy en día calificaríamos de “europeístas”– surgidos de la resistencia, están en el poder o cerca de él, en las capitales de la Europa Occidental. Se dicen democristianos (Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman, Paul Van Zeeland) o socialdemócratas (Paul-Henri Spaak, André Philip, Paul Ramadier). Sin hablar de Jean Monnet, que no se sitúa en ninguno de los dos campos, pero que, dotado de un formidable don de gentes será el Inspirador –es así, con una “I” mayúscula, que lo designa su biógrafo Eric Roussel– de la construcción comunitaria que ahora conocemos.

En Francia se vieron enfrentados a dos corrientes principales que también tenían la legitimidad de la resistencia al ocupante nazi, ambas hostiles a la simple idea de federación: los comunistas y los gaullistas. En el Reino Unido, ni los laboristas ni los conservadores entraron jamás en esa lógica: ya en la década de 1940 Winston Churchill había formulado perfectamente una postura británica, que aparentemente sigue siendo válida hoy en día: “Estamos con vosotros, pero no somos de los vuestros”.

A fines de los años 1940, dos grandes cónclaves, uno en Montreux en 1947, y otro en La Haya en 1948, van a concentrar –a pesar de las divergencias formales– a todos los partidarios de una Europa unida. La discrepancia, que aún persiste, se establece entre dos concepciones de dicha unidad: de un lado, el “unionismo”, basado en la cooperación entre Estados soberanos y que retoma las ideas centrales del período entre las dos guerras (las ideas de Coudenhove-Kalergi y de Briand); y del otro lado, el federalismo, que implicaba la existencia de instituciones supranacionales y el abandono de ciertas soberanías por parte de los Estados. La CEE será un compromiso entre ambas tesis.

El Congreso federalista de Montreux, organizado en agosto de 1947, que reunía tanto movimientos conservadores como democristianos o socialistas, tendrá como personalidades centrales al escritor suizo Denis de Rougemont y al premio Nobel francés de Economía Maurice Allais. Es interesante notar que ya desde esa época se perfila en el seno del Movimiento Socialista pro-Estados Unidos de Europa una estrategia europeísta “de izquierda”, cuya actividad continúa aún hoy en día y que consiste en lograr primero la unión de Europa y luchar luego para que sea socialista. La experiencia mostrará lo ilusorio de esa empresa.

Montreux es una etapa en la preparación del Congreso de La Haya de mayo de 1948, generalmente considerado como el acto inaugural no-gubernamental de una unión europea. Ese congreso reunió más de 1.000 participantes de 19 países, que se expresaban a título personal, a pesar de que muchos de ellos ocupaban funciones gubernamentales. Entre los 168 franceses estaban François Mitterrand y Raymond Aron.

Si bien el debate entre “unionistas” (incluidos todos los británicos, entre ellos Winston Churchill, por entonces nuevamente líder de la oposición en Londres) y “federalistas” no fue resuelto, el Congreso de la Haya dio nacimiento a la vez a una institución intergubernamental –el Consejo de Europa (mayo de 1949) que agrupa actualmente 44 países– y a un movimiento de opinión federalista –el Movimiento Europeo– que reúne tanto personalidades de izquierda como de derecha. Así es que en 1992, durante la campaña del referéndum para ratificar el Tratado de Maastrich, se pudo ver en la misma tribuna a dos de sus “militantes”: la ministro socialista Elisabeth Guigou y el actual presidente de la Convención para el futuro de Europa, Valéry Giscard d’Estaing…

Lo que seguirá es suficientemente conocido como para detallarlo: declaración de Schuman del 9 de mayo de 1950, inspirada por Jean Monnet, proponiendo la creación de lo que será en 1952 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA); conferencia de Mesina de junio de 1955, que desembocará en el tratado de Roma del 25 de marzo de 1957 sobre la creación de la CEE y de la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom) entre seis países; los otros tratados seguirán luego: Acto Único en 1986, Maastrich –que crea la UE– en 1992; Amsterdam en 1997; Niza en 2000.

Pero, ¿cómo se inscriben en ese fragmento de la historia la ampliación de la UE a otros diez Estados5 –a partir de 2004– decidida en diciembre pasado por el Consejo Europeo de Copenhague y la inclusión prevista para 2007 de Bulgaria y Rumania?

Es evidente que la incorporación a la UE de los países de Europa Central y Oriental (PECO), al igual que la de los países bálticos, se sitúan en una filiación secular, algunos de cuyos elementos fueron mencionados más arriba. Hemos visto que desde Podiebrad hasta Coudenhove-Karlegi (y su protector, el presidente checo Mazaryk), Viena y Praga fueron crisoles políticos de la Gran Europa. ¿Una Europa de 25 miembros? Pero si ya eran 26 los que respondieron al Memorandum de Briand en 1930… Y, como se vio, el caso de Turquía ya estaba en discusión, lo que muestra que ya se había operado una disociación entre una idea de Europa como bastión de la cristiandad, y otra, más idealista, más laica, heredera de la Ilustración.

El reencuentro geográfico e histórico que significó la cumbre de Copenhague dejó en gran medida indiferente a la opinión pública del Oeste, pero resulta comprensible que haya despertado una cierta emoción en los medios intelectuales del Este. La cuestión consiste en saber si esa Europa es realmente Europa. Para ello debemos remontarnos a 1947-1948.

Lucha por los mercados

La Europa realmente existente se construyó en el contexto de la Guerra Fría, del plan Marshall –propuesto por el secretario de Estado estadounidense el 5 de junio de 1947 y rechazado por la URSS y sus satélites durante la conferencia de París de julio de ese mismo año– y del pos “golpe de Praga” (24 de febrero de 1948). El motor de esa construcción fue la voluntad de Estados Unidos de “contener” el peligro soviético y la influencia de los partidos comunistas de Francia y de Italia, a la vez que su intención de asegurarse mercados no protegidos en momentos en que la industria estadounidense funcionaba a toda máquina y corría peligro de caer en sobreproducción.

John Foster Dulles –gran amigo de Monnet– futuro secretario de Estado y cruzado de la Guerra Fría, no lo había ocultado en su discurso ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, en noviembre de 1947: “Lo fundamentalmente malsano es la división de la Europa del Oeste en varias pequeñas unidades económicas (…) Europa siempre padeció como un flagelo la multiplicidad de sus Estados”, para concluir sin inmutarse, afirmando: “el diktat no está entre nuestras costumbres”6. Eso no impidió que Washington exigiera a los beneficiarios del plan Marshall que implementen, para repartirse los créditos, una Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), que fue creada el 16 de abril de 1948 y que prefiguraba la CEE.

Se encuentra aquí la expresión del credo estadounidense de la primacía del librecambio sobre toda otra consideración (especialmente tratándose de la conquista de mercados ajenos), que también inspiraría ampliamente el contenido del Tratado de Roma. Este último define la política comercial comunitaria (artículo 110) como “destinada a contribuir, siguiendo el interés común, al desarrollo armonioso del comercio mundial”. Esa sigue siendo efectivamente, hasta hoy, la obsesión de la UE encarnada en el comisario a cargo del comercio exterior, Pascal Lamy.

Pero Estados Unidos dispondría en poco tiempo más de una poderosa herramienta para orientar la unión de Europa hacia donde le convenía: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en 1949 para servir a una hegemonía no sólo militar sino también política, y que con toda lógica y desde 1966, tiene su sede en Bruselas. No se ha señalado suficientemente la concomitancia entre la ampliación de la UE decidida en Copenhague y la de la OTAN firmada tres semanas antes (el 21 de noviembre) en Praga, ciudad elegida de manera muy simbólica (ver página 20).

De 19 miembros, la OTAN pasa a 26 con el ingreso de 7 Estados ex-comunistas (que se agregan a Hungría, Polonia y la República Checa, admitidos en 1999): Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia. Una ampliación totalmente incomprensible en términos de defensa de un peligro que ya no existe –la URSS– pero que se explica en términos de aumento del control político de Washington sobre el Viejo Continente, llamado a servir como fuerza complementaria de las empresas imperiales y de muralla de su propia seguridad (ver página 18). Es también un fuerte impulso para el lobby de la industria armamentística estadounidense, la que de esa forma se beneficiará con nuevos mercados en nombre de la “interoperatividad” entre las fuerzas de los países miembros.

El 9 de diciembre de 2002, cuatro días antes de la cumbre de Copenhague, el International Herald Tribune no se equivocaba al anunciar a casi todo lo ancho de su primera plana: “Washington es el gran triunfador de la ampliación de la UE”, lo que explicaba así: “Según un oficial alemán, el ingreso a la UE de esos países fundamentalmente pro-estadounidenses de Europa Central y Oriental, significa el fin de toda tentativa de la UE de definirse por sí misma, y de definir su política exterior y de seguridad contra Estados Unidos”. Esto se podrá verificar rápidamente durante la agresión estadounidense-británica programada contra Irak. Y esa ampliación europea todavía es considerada insuficiente, pues la diplomacia estadounidense ejerció presiones que excedieron el decoro para tratar de acelerar la entrada a la UE de Turquía (base avanzada de la OTAN en Cercano Oriente).

Ironía de la historia: con su ingreso, esos países desnaturalizan aun más el carácter europeo de la UE, lo que sin embargo motivaba su deseo de integrarse. Por su parte, sus gobiernos, convertidos al liberalismo más desenfrenado, acentúan la perspectiva de una reducción a una simple zona de librecambio, en las antípodas de la noción de comunidad que sin embargo reivindicaban para la redistribución de los fondos estructurales y de la política agrícola comunitaria. A pesar de la retórica de circunstancia, la cumbre de Copenhague puede pasar a la posteridad como la albacea testamentaria de las aspiraciones de los visionarios de Europa, entre ellos De Gaulle, que afirmaba: “Yo quiero una Europa que sea europea, es decir, que no sea estadounidense”7.

  1. Para conocer los detalles de esta sorprendente iniciativa, ver Eric Roussel, Jean Monnet (capítulo 8, “Une seule nation“), Fayard, París, 1996.
  2. NdelT. : El 18 de junio de 1940 el general Charles De Gaulle lanzó desde Londres su famoso llamado a los franceses para resistir a la ocupación nazi.
  3. Algunas de estas referencias fueron tomadas del excelente libro de Elisabeth du Réau, L’Idée d’Europe au XXème siècle, Complexe, Bruselas, 1996. La autora remite frecuentemente a la obra clásica de Jean-Baptiste Duroselle, L’Europe, Histoire de ses peuples, Perrin, Paris, 1993 (segunda edición) y, para ciertos textos de acceso difícil, a Jean-Pierre Faye, L’Europe unie. Les philosophes et l’Europe, Gallimard, París, 1992.
  4. Max Gallo, “Oublier les nations, ce mirage dangereux”, Le Monde diplomatique, marzo de 1989.
  5. Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, República Checa, Eslovenia y Eslovaquia.
  6. Citado por Eric Roussel, op. cit., pag. 489.
  7. Alain Peyrefitte, C’était De Gaulle, Fayard, París, 1994, pag. 61.

Otra política económica es posible

Cassen, Bernard

Mientras que la Convención sobre el futuro de Europa evita cuestionar el cepo liberal de las políticas del Banco Central y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, el número de economistas que proponen otras soluciones es cada vez mayor.

Así, el grupo “Economistas europeos por una Política Económica Alternativa en Europa”, del que participan investigadores y universitarios de 15 países de la UE, acaba de hacer público su memorándum 2002, titulado Mejores instituciones, reglas y medios al servicio del pleno empleo y del bienestar social en Europa. Ese documento comprende cuatro partes cuyo detalle habla por sí mismo:

-Las grandes orientaciones de política económica (GOPE): una mezcla de autosatisfacción, de hipocresía y de austeridad, en un clima de creciente incertidumbre.

-El modelo social europeo, piedra angular de una estrategia económica alternativa en Europa.

-La ampliación hacia Europa del Este: desafíos y perspectivas para el modelo social europeo.

-Instituciones más fuertes, reglas y medios al servicio del modelo social europeo.

Ese memorándum, que se puede consultar en el sitio de ATTAC (http://www.attac.org), ya fue firmado por más de 250 economistas europeos, pero queda abierto a nuevas adhesiones.

Contactos :

Prof. Miren Etxezarreta, Universitàt autonoma de Barcelona, Miren.

Etxezarreta@uab.es

Prof. John Grahl, University of North London Business School. Grahl@unl.ac.uk

Prof. Jörg Huffschmid, Universität Bremen. Huffschmid@ewig.uni-bremen.de

Prof. Jacques Mazier, Université de Paris-Nord. Mazier@seg.univ-paris13.fr

Prof. Dominique Plihon, Université de Paris-Nord. dplihon@aol.com


Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:22,23
Traducción Carlos Zito
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Unión Europea