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Una prueba para los pacifistas israelíes

En un cuadro de dificultades económicas y sociales sin precedentes, Israel realizará elecciones en las que la voluntad ampliamente mayoritaria de la población se inclina por quien garantiza la continuidad y profundización de la guerra con los palestinos. El arco de fuerzas pacifistas afronta un desafío trascendental. En vísperas de la elección, en tanto, el Partido Laborista pierde su fracción más progresista.

Una gran paradoja surge de la campaña electoral para las legislativas israelíes de este 28 de enero. La seguridad, la economía nacional y la moral de la población se hallan en su nivel más bajo. Las negociaciones con los palestinos están totalmente congeladas y en su lugar se produce una terrible represión antipalestina, la destrucción de la sociedad y de las instituciones de todo un pueblo –tanto en Cisjordania como en la Franja de Gaza– y una Intifada con mortíferas operaciones suicidas en las ciudades israelíes.

La responsabilidad de esa situación catastrófica, inédita en la historia del Estado hebreo, incumbe ante todo al Likud (derecha nacionalista) y a su líder, el general Ariel Sharon, Primer Ministro desde hace dos años. Sin embargo, en las encuestas, el llamado “padre de todos los fracasos” se impone ampliamente.

Durante la campaña para las elecciones de febrero de 2001, en las que se impuso, Sharon había prometido instaurar la paz y la seguridad en el país. Sin embargo batió todos los récords en materia de israelíes muertos: unos 700, casi todos civiles (entre los palestinos el número de muertos es tres veces superior).

La economía también sufrió severamente durante su reinado. Por segundo año consecutivo las cifras del crecimiento serán negativas, hecho sin precedentes desde 1953. El desempleo alcanza, según cifras oficiales, al 10% de la mano de obra (en realidad, se trata del 13%, ya que muchos desempleados, sin esperanzas, dejaron de registrarse como tales). Luego de varios años de estabilidad, la inflación galopa nuevamente a un ritmo del 8% anual. El turismo bajó dos tercios, con desastrosas consecuencias para los restaurantes (2.000 ya cerraron sus puertas en 2002) y para la hotelería. La proporción de habitantes que viven bajo la línea de pobreza supera el 18%. Un récord. El ánimo de la población se muestra taciturno. Basta hablar con la gente en las calles para percibir su temor del futuro, al punto que miles de jóvenes parejas emigran para probar suerte en otros horizontes. La inmigración no cesa de disminuir: entre 2000 y 2001 se redujo en un 28%.

La gran paradoja

En tal situación, el sector de la paz hubiera debido reforzarse y recuperar la simpatía de la opinión pública, pues es el único –más allá de los matices que existen en su seno– que puede proponer una solución justa al mortífero conflicto con los palestinos. Pero a la inversa, según las encuestas, ese sector sigue siendo minoritario.

La paradoja aumenta aun más cuando se observa que dos tercios de la población –y algo más del 50% de los simpatizantes del Likud– está a favor de la creación de un Estado palestino, y el 63% se declara favorable al desmantelamiento de las colonias judías creadas en los territorios ocupados. Pero el actual Primer Ministro se opone a todas esas iniciativas. Cuando Yehuda Lancry, representante israelí ante las Naciones Unidas, afirmó desde la tribuna del Consejo de Seguridad, el 29-11-02 (54 años después del voto de partición de Palestina) que su gobierno apoya la creación de un Estado palestino, generó una desmentida inmediata de Sharon, que calificó esa declaración como una “opinión privada”. Para el jefe de gobierno, la única solución del conflicto es militar y la colonización mantiene una importancia primordial para la seguridad del país.

Por cierto, el Primer Ministro se declara dispuesto a aceptar un Estado palestino, para no contrariar abruptamente al sector moderado del electorado de derechas y para tratar de calmar a la comunidad internacional. Pero ese Estado deberá ser desmilitarizado, sólo podrá disponer de policías con armas livianas para mantener el orden y, sobre todo, su territorio ocupará únicamente las zonas A y B (42% de Cisjordania), lo que obligará a su población a pasar por túneles o puentes para ir de uno a otro enclave. Por último, la actual dirección palestina debería ser dejada de lado: el sueño de Sharon es un liderazgo de colaboradores que acepte la perpetuación de hecho de la ocupación y de la colonización israelíes.

Otro tema controvertido: ¿hay que mantener conversaciones con Yasser Arafat? Más de dos tercios (68%) de las personas interrogadas –partidarios tanto del Likud, de los laboristas o del Shinui (centrista)– se dicen favorables a negociar con el jefe palestino1. Pero esas mismas personas se preparan mayoritariamente a votar por Sharon. Cuando se interroga al israelí medio sobre el motivo de esa contradicción, responde: “Es cierto que la situación es insoportable. ¿Pero existe acaso una solución alternativa al problema actual, capaz de sacarnos de este atolladero? No. Es por eso que otra vez voy a votar por Sharon…” Es como si nada hubiera ocurrido durante estos dos últimos años.

Fin de una expectativa

En realidad, el debilitamiento del sector pacifista no comenzó con la llegada de Sharon, sino más bien antes. La decadencia se inició luego de los primeros años de los acuerdos de Oslo (1993-1996), cuando los laboristas y el Meretz (izquierda sionista) se hallaban en el poder. En mayo de 1996 el Likud, con Benjamin Netanyahu a la cabeza, gana las elecciones, seis meses después del asesinato de Itzhak Rabin. El nuevo jefe de gobierno lanza una provocación tras otra –desde la construcción de un túnel bajo la Explanada de las Mezquitas (septiembre de 1996), hasta la implantación de la colonia Abu Ghneim (llamada Har Homa, febrero de 1997)– a la vez que bloquea durante tres años las negociaciones israelo-palestinas. Ni siquiera tomará forma la pequeña apertura de la cumbre de Wye River (1998). El sector favorable a la paz protesta y se moviliza, y el cambio esperado sobreviene: a fin de mayo de 1999, el laborista Ehud Barak se convierte en Primer Ministro.

La autodestrucción del sector pacifista se produjo catorce meses más tarde. Durante la cumbre de Camp David (julio de 2000), el Primer Ministro intenta imponer a los palestinos un arreglo definitivo del conflicto que no responde a las exigencias ni a las aspiraciones mínimas de éstos2. Si los palestinos hubieran aceptado ese plan hubiera sido el mayor éxito del sionismo y Ehud Barak se habría convertido –después de David Ben Gurión, el padre del Estado de Israel– en el dirigente de mayor envergadura, el primero en traer la paz y la seguridad a esa sufrida tierra. Pero el jefe del gobierno también se preparaba a la eventualidad de un rechazo palestino a su imposición: a ello se debe la campaña basada en el tema “sacarle la máscara a Yasser Arafat”, que lo presentaba como aquel “que había rechazado las propuestas más generosas jamás hechas a los palestinos”.

De hecho, el general prohibirá a los negociadores israelíes de entonces presentar documento escrito alguno a los palestinos, con el objeto de fomentar la confusión entre estos y en la opinión pública. Finalmente, la negociación fracasa, generando una verdadera conmoción en el campo de la paz. El Primer Ministro lleva al extremo su maquinación y declara: “Arafat ya no es más un interlocutor para la paz”. Los partidarios de Oslo, con Shimon Peres a la cabeza, casi ni reaccionan. A tal punto, que la propaganda convence a la opinión pública israelí.

El 28-9-00, el jefe del Likud, Ariel Sharon “visita” la Explanada de las Mezquitas (el Monte del Templo). La policía israelí responde de manera desproporcionada a las manifestaciones de rabia de los jóvenes palestinos: en tres días, sus disparos de balas de plomo dejan 28 muertos y 500 heridos. También caerán bajo las balas 13 ciudadanos árabes israelíes. En pocos días, una campaña orquestada acusa a Arafat de “provocar motines sangrientos para obtener en las calles lo que no consiguió en la mesa de negociaciones”. Algunos medios oficiales pretenden incluso que el presidente palestino “trata en realidad de destruir al Estado judío”. Otra vez, los pacifistas y los moderados se mantienen en silencio. El bando de la paz se reduce cada vez más.

El 6 de febrero de 2001, sin sorpresa, las elecciones anticipadas dan una mayoría absoluta a Sharon3 que forma un gobierno de unión nacional. La presencia en su seno del Partido Laborista da al nuevo jefe de gobierno la legitimidad necesaria para volver a ocupar las ciudades autónomas y destruir a la Autoridad Palestina. Incluso obtendrá del presidente estadounidense George W. Bush la calificación de “hombre de paz”. Por entonces, una campaña sin precedentes apunta a denigrar, quitar legitimidad y diabolizar al líder palestino. Arafat vuelve a ser, como antes de los acuerdos de Oslo, un “enemigo de Israel”, un “terrorista”.

Al iniciar el sitio de la Mukata (sede de la Autoridad Palestina), el 13-12-01, el gobierno israelí declara solemnemente que a partir de ese momento considera a Arafat como “irrelevante” y que jamás tratará con él. El objetivo es claro: se busca sacar del medio al jefe palestino, único dirigente democráticamente elegido del mundo árabe, bajo control de dos mil observadores internacionales. Se toca lo inaudito: ciertos medios de comunicación llegan a preguntarse con pedantería: “¿Habría que matar a Arafat, o simplemente expulsarlo del país?”. Eminentes profesores, responsables políticos y periodistas participan de ese debate. Y casi nadie denuncia el carácter criminal de semejante idea.

A falta de respuesta del bando de la paz, esa guerra psicológica impacta en la opinión pública. Hasta el líder de la oposición, el jefe del Meretz, Yossi Sarid, lanza a veces acerbas críticas contra el jefe palestino, al que compara con … Sharon. De su lado, Shimon Peres “el padre de Oslo”, aunque tardíamente, se une a los detractores de Arafat. El único líder laborista cuya honestidad e integridad le impiden difamar al jefe palestino, es el ex ministro de Justicia Yossi Beilin4.

El bando de los pacifistas israelíes se divide en dos. La tendencia moderada, socialdemócrata, incluye al Partido Laborista, al Meretz y al movimiento extraparlamentario La Paz Ahora. Del otro lado, se hallan valientes grupos radicales, como Gush Shalom, encabezado por el ex diputado Uri Avnery; el grupo de jóvenes judeo-árabes Taayush (Convivencia), y los comunistas, los únicos de este movimiento que cuentan con diputados. Notables diferencias separan a ambas corrientes. La primera, modera sus mensajes, habla de “modificación de las fronteras de 1967”, de desmantelamiento de “una parte” de las colonias, y presenta reservas respecto de negociar con Yasser Arafat. La segunda, preconiza volver a las fronteras de antes de 1967 y el desmantelamiento de todas la colonias. Algunos de sus miembros fueron recibidos por el presidente palestino sitiado en Ramallah.

En Israel también se llama “izquierda” a los partidarios de la paz, cuando en realidad ciertos elementos de ese campo no se sitúan para nada a la izquierda, en el sentido social de la palabra. Muchos laboristas y miembros del Meretz se hallan dentro del 30% de israelíes con mayores ingresos. Por lo tanto, en el Israel actual, el concepto de “izquierda” es casi únicamente político: se trata de un conjunto de moderados que aspiran a un arreglo honorable con los palestinos, pero que se sienten extranjeros a las luchas sociales, a la bandera roja o al 1° de mayo.

El Partido Laborista se encuentra en la encrucijada: o seguir en su inmovilismo, o adoptar una línea clara que lo saque del marasmo. Si esa formación aspira a liderar nuevamente el conjunto de los pacifistas, como durante los primeros años de Oslo, debe rechazar totalmente los tres mitos fundamentales de Barak: “Le dimos todo a Arafat, y nos dio la espalda”; “el jefe de la OLP inició una acción militar para eliminar más israelíes”; “es un terrorista, no un interlocutor para la paz”. Si no actúan, los laboristas le darán la razón a Barak y a Sharon.

La gran falta del general Barak habrá sido resquebrajar la confianza en la paz, tarea en la que además persevera. Recientemente dijo al nuevo líder laborista e intendente de Haifa, Amram Mitzna (vencedor en las elecciones primarias frente al ministro de Defensa del anterior gobierno de Sharon, Benjamin Ben-Eliezer): “La izquierda sólo levantará cabeza si afirma que Arafat es culpable de la actual escalada sangrienta”. Mitzna rechazó desdeñosamente esa advertencia. En una entrevista, un periodista le preguntó:

–“Arafat lo convoca a una ‘paz de bravos’. ¿Aceptará usted el desafío?”

–“Cuando yo sea elegido jefe del gobierno, pediré a los palestinos que vuelvan a la mesa de negociaciones, y hablaré con quien ellos pongan al frente”, respondió Mitzna.

–“¿Incluso con Arafat?”

–“Si los palestinos ponen a Arafat enfrente de mi, hablaré con él”5.

Presiones sobre el laborismo

Los atentados suicidas representan una considerable desventaja para la izquierda. Todo el mundo lo entiende, incluso la Autoridad Palestina, que los condena, consciente de que esos crímenes perjudican su causa: el 80% de los palestinos encuestados exige el término de esas “operaciones” en cuanto Israel cese en sus ataques6. Pero el “fenómeno Mitzna” puede contribuir a detener esas acciones suicidas, reforzando así el campo de la paz.

Claro que el nuevo jefe laborista sufre presiones de todos lados, incluso en el seno de su propio partido. La lista de candidatos laboristas elegidos a mediados de diciembre cuenta con muchos “halcones” partidarios de Ben-Eliezer, mientras que Yossi Beilin, la señora Yael Dayan y Tsali Reshef no figuraban en posiciones que les permitieran ser elegidos, por lo cual los dos primeros se sumaron al Meretz, que les hizo lugar en su lista. Sin embargo, Mitzna expresa sus ideas con franqueza. Se opone claramente a la política de Sharon. Pide una retirada inmediata de la Franja de Gaza, el desmantelamiento de las colonias allí instaladas y de la mayoría de las implantaciones en Cisjordania. Se declara a favor de un Estado palestino viable. Por lo tanto, no es sorprendente que Arafat haya recibido con satisfacción la elección de Mitzna al frente del Partido Laborista, y que lo haya convocado a “seguir tras las huellas de Rabin”.

  1. Haaretz, Tel-Aviv, 29-11-02.
  2. Alain Gresh, “Le véritable visage de M. Ehoud Barak”, Le Monde diplomatique, París, julio de 2002.
  3. Amnon Kapeliouk, “La guerra sin límites del general Sharon”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2001.
  4. Yasser Abed y Yossi Beilin, “Coalición por la paz en Oriente Medio”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2002.
  5. Maariv, Tel-Aviv, 23-11-02.
  6. Haaretz, 28-11-02.
Autor/es Amnon Kapeliuk
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Israel