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El mundo según Washington

Datos e informes del dossier que sigue hasta página 23 avalan una conclusión: Estados Unidos está en problemas. Ataque o no a Irak, el mundo según Washington coincide cada vez menos con el mundo real. La reacción contra la guerra antes incluso de que ésta comience es un hecho sin precedentes en la historia. Jamás antes un Presidente estadounidense ha sido cuestionado en los términos empleados, con rara unanimidad, por el Papa, Mandela, los presidentes de Alemania y Francia, artistas y deportistas de fama mundial y hasta el mismísimo Norman Schwarzkopf, comandante de las tropas en la guerra del Golfo en 1991. El presidente de Estados Unidos "no puede pensar adecuadamente y quiere hundir al mundo en un holocausto", dijo Mandela. "Parece que Vietnam no les enseñó nada", dijo el Vaticano, aludiendo al riesgo de "irritar profundamente a mil millones de musulmanes". Un referéndum lanzado en Italia por la revista Familia Cristiana plantea una opción insólita: "¿Está usted con el Papa o con Bush?". Desde la capital británica partió un contingente de civiles que atravesarán Europa sumando adherentes -esperan reunir unas 10 mil personas- y arribarán a Bagdad el 8 de febrero para instalarse en viviendas comunes y emplazarse como escudo humano. Un gesto sin precedentes, un grito contra la guerra que rescata las mejores tradiciones humanistas de Europa y resuena en todo el planeta. Más significativo aún es el frente interno: una mayoría de la población se opone a la agresión, encabezada por artistas, intelectuales, deportistas y 41 premios Nobel que afirman: la guerra dañaría "la seguridad y la estatura internacional de Estados Unidos, incluso en caso de una rápida victoria".

Reemplazar el antiguo paradigma de guerra total contra el comunismo por otro de oposición frontal a países que Estados Unidos percibe, por una u otra razón, como obstáculos para la construcción de su imperio: tal es el sentido profundo de las acciones de Washington. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 la guerra contra el terrorismo se ha convertido en el instrumento de una estrategia de dominación planetaria y, sobre todo, de confrontación directa con algunos Estados del hemisferio Sur. Tres características definen el nuevo paradigma que Washington trata de imponer: creciente unilateralismo, subversión profunda de las normas internacionales y militarización sistemática de los diferendos. Como trasfondo, cabe preguntarse con toda legitimidad si este paradigma no corresponde a una verdadera estrategia de captación de los recursos energéticos mundiales, ilustrada por la voluntad de conquistar a cualquier precio el petróleo iraquí.

La Segunda Guerra Mundial dio a Estados Unidos una ventaja considerable en la escena internacional, pero su victoria frente al “socialismo real” confirió a su liderazgo una legitimidad aun mayor. De allí la timidez de la resistencia de los países más desarrollados. A la inversa, no es por casualidad que el único país aliado que todavía se atreve a enfrentar a Washington –Francia en este caso– haya decidido, a partir de la posguerra, dotarse de los medios para defenderse por sí mismo contra cualquier agresión externa…

Ningún ámbito de la vida internacional escapa al unilateralismo de Estados Unidos. Habiendo participado originalmente en los principales convenios que permiten bloquear o vigilar el armamento de los miembros de la comunidad internacional, Washington se rehusa ahora, en materia de armas químicas y biológicas, a someterse a los mecanismos de control previstos en el Protocolo de 1995, en el marco del Convenio de 1971. Este rechazo lo ha llevado incluso a pedir la disolución de la comisión que desde 1995 se encarga de elaborar los mecanismos de control. Asimismo, en 1999 el Senado excluyó toda ratificación del tratado de limitación de armas nucleares.

Estados Unidos desafía también a la justicia internacional, toda vez que ésta no se somete estrictamente a los intereses estadounidenses. Los tribunales para la ex Yugoslavia o para Ruanda le parecían “aceptables”, pues sus competencias estaban muy circunscriptas y podían contribuir a la eliminación de regímenes hostiles. Estadounidenses y británicos desean incluso crear un tribunal contra Irak. Pero no ocurre lo mismo con la Corte Penal Internacional (CPI). Prevista en el Acuerdo de Roma de 1998, esta Corte le parece demasiado autónoma, ya que pretende juzgar a todos los criminales de guerra, aun cuando múltiples cláusulas limitan ya su capacidad de intervención y de juicio. Pero el gobierno estadounidense no pudo impedir que la CPI obtuviera las sesenta firmas necesarias en abril de 2002 y, luego, que entrara oficialmente en funciones en julio. Por lo cual el gobierno estadounidense le informó al secretario general de la ONU que ya no se consideraba vinculado de manera alguna a los objetivos de esa Corte1. Luego Estados Unidos, amenazando con retirarse de todas las campañas de mantenimiento de la paz de la ONU, logró una decisión del Consejo de Seguridad –del 13 de julio de 2002– que garantiza la impunidad de sus soldados ante la CPI.

Pero esto no le resultó suficiente, por lo que ejerció intensas presiones sobre los Estados europeos –especialmente los candidatos a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)– para que firmaran con Estados Unidos acuerdos bilaterales de no extradición hacia la CPI. En agosto de 2002 Rumania cedió, aunque criticada por la Unión Europea (UE). Pero finalmente la UE también aceptó la redacción de un texto2 que precisa las condiciones en las cuales sus miembros podrían firmar con Washington… acuerdos bilaterales que otorguen inmunidad a los estadounidenses.

Desprecio por el ecosistema

¿Y que pasó con el Protocolo de Kyoto? Firmado por la administración Clinton, ese protocolo organiza la limitación de los gases con efecto invernadero para los países industrializados, pero dejando a los países en vías de desarrollo la libertad necesaria para construir sus economías. El gobierno de Bush decidió no someterlo al Congreso. La UE está tratando de modificar la posición estadounidense, pero sin grandes esperanzas: en julio de 2001 Estados Unidos seguía oponiéndose categóricamente al plan del G8 en pos de una energía más limpia.

La economía, lo social y los derechos de las personas sufren este desprecio sistemático por parte de Estados Unidos hacia los foros internacionales. Las leyes estadounidenses de extraterritorialidad –la Helms-Burton para Cuba, y la D’Amato para Libia e Irán– sancionan en el continente americano a las compañías extranjeras que mantienen relaciones con esos países. Otro ejemplo: a comienzos de mayo de 2002 Estados Unidos, violando las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), decidió aumentar las tarifas aduaneras para proteger a sus productores de acero. Y el gobierno federal también aumenta masivamente sus ayudas a la agricultura.

En el ámbito social y de los derechos de las personas, Washington no ha ratificado nunca los documentos de la ONU: ni el Convenio sobre los derechos del niño (1989), ni el Acuerdo sobre los derechos económicos, sociales y culturales (1966), ni el Convenio sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres (1979), ni tampoco el Protocolo de 1989 que completa el acuerdo dirigido a prohibir la ejecución de menores, que todavía se practica en Estados Unidos, lo mismo que en Arabia Saudita, Irán, Nigeria y la República del Congo.

Desde 1945 Estados Unidos fue el principal promotor del derecho internacional. Este sistema, marco de neutralización recíproca de las dos superpotencias, perdió importancia para Washington desde la desaparición de la URSS. Cierto que todavía permite contener a los Estados recalcitrantes, pero se torna molesto cuando los intereses estadounidenses exigen la utilización de la fuerza. De allí que la administración Bush, cada vez con mayor frecuencia, deje de tomar en cuenta sus principios fundamentales. Si bien el principio de no injerencia así como la no recurrencia a la fuerza sustentan todavía el orden internacional, Estados Unidos ya no se siente obligado a respetarlos cuando esos principios van en contra de sus intereses.

El caso iraquí parece ejemplar: habiendo decidido derribar el régimen de Saddam Hussein, sin que ninguna resolución de la ONU lo autorizara, Estados Unidos pretende intervenir por fuera de toda legalidad, llevando a la comunidad internacional a suplicarle que tramite la aprobación del Consejo de Seguridad. Consiente en respetar el derecho internacional, pero sólo al precio de una resolución del Consejo de Seguridad (1441) que le da la posibilidad de interpretar a su manera su derecho a hacer la guerra. Simultáneamente, agrupa tropas alrededor de Irak y lo bombardea a diario…

Como para teorizar todo esto, el documento estratégico que hizo público la Casa Blanca en septiembre de 20023 presenta el nuevo concepto de “guerra preventiva”: “Debemos adaptar el concepto de amenaza inminente a las capacidades y a los objetivos de nuestros adversarios de hoy. Los Estados canallas y los terroristas no tienen intención de adecuarse a los métodos clásicos para atacarnos (…) Estados Unidos es favorable desde hace mucho tiempo a una reacción anticipada cuando se trata de responder a una amenaza que apunta hacia la seguridad nacional. Cuanto más grave es la amenaza, mayor es el riesgo de la inacción, y más importante es tomar medidas preventivas para garantizar nuestra defensa, aun cuando subsistan dudas sobre el momento y el lugar del ataque enemigo. Para impedir o prevenir que esos actos sean perpetrados, Estados Unidos se reserva la posibilidad, dado el caso, de actuar por anticipado”4.

Dicho en otros términos, basta que Washington califique a uno u otro país de amenaza para sentirse con derecho a actuar contra él. Que ese “objetivo” acceda a las demandas de la comunidad internacional (como Irak plegándose a todas las exigencias de los inspectores) no cambia nada. Washington instrumentaliza el derecho internacional con el fin de cubrir sus agresiones con un velo de justicia. Esta pretensión de Estados Unidos de golpear libremente a los países elegidos acentúa la peligrosa evolución de las relaciones internacionales. Aun cuando numerosas voces se alzan contra el principio de intervención preventiva, el primer ministro australiano John Howard ha mencionado posibles operaciones militares preventivas en el extranjero en caso de amenaza terrorista contra su país5.

Esta evolución trae consigo una militarización sistemática de los conflictos, para lo cual el gobierno estadounidense utiliza dos vías: la multilateral, recurriendo al Capítulo VII de la Carta de la ONU, que autoriza el uso de la fuerza; y la unilateral, cuando desea actuar solo (como en Afganistán) o no logra alinear a la comunidad internacional (como en Irak en 1998). Hasta 1990 era extremadamente raro que se recurriera al Capítulo VII, ya que el orden bipolar bloqueaba el empleo de la fuerza en las relaciones internacionales. Pero fue rehabilitado en ocasión de la primera guerra contra Irak (en 1991). Y, desde entonces, inspira cada vez más las decisiones del Consejo de Seguridad, incluyendo la resolución 1441 sobre el desarme de Irak.

Es cierto que Estados Unidos acostumbra desde hace mucho utilizar unilateralmente la fuerza: lo hizo al intervenir en Grenada, Nicaragua, Panamá, Somalia; en la campaña “Zorro del desierto” contra Irak en 1998, y desde entonces al bombardear a diario las zonas de exclusión aérea de ese país; al bombardear Afganistán y Sudán en respuesta a los atentados contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar Es Salam (en 1998); y finalmente, en la guerra de Afganistán. Claro que el principio de legítima defensa (artículo 51 de la Carta de la ONU) cubría “legalmente” esta última intervención, pero Washington se rehusó a pedirle a la ONU la autorización para bombardear.

Esta militarización corre pareja con importantes modificaciones de la doctrina de la estrategia militar. Desde el derrumbe de la URSS, Estados Unidos diseña un nuevo enemigo: los “Estados ilegales” son los antecesores del “eje del Mal”. Reestructura su aparato militar con el fin de poder hacer frente en un primer momento a dos conflictos importantes y, luego, después del 11 de septiembre, a cuatro conflictos medianos, al mismo tiempo que implementa una ofensiva importante y la ocupación de una capital enemiga para instalar en ella un nuevo gobierno. La doctrina militar anticipa así los golpes asestados al principio de soberanía de los Estados. En cuanto a la estrategia militar, se le da una nueva orientación, que apunta a proteger las vidas de los estadounidenses, privilegiando las campañas de bombardeos que tienen como consecuencia la multiplicación de las víctimas civiles: la inversa de “cero muertos” para Estados Unidos es “lleno de muertos” para el enemigo. En el terreno de operaciones, el comando estadounidense utiliza preferentemente las tropas locales de la oposición al régimen involucrado (ELK en Kosovo, Alianza del Norte en Afganistán).

Por otra parte, el Pentágono banaliza las armas nucleares. Mientras la doctrina clásica reservaba estas armas para ataques de la misma naturaleza y, por lo tanto, para países que también poseían armas nucleares, la nueva doctrina, expuesta en la Nuclear Posture Review, prevé ahora la utilización de armas nucleares en situaciones de conflicto clásico, contra países que no poseen ese tipo de armas. Se ha terminado el tiempo de la paz por medio de la disuasión.

Dos objetivos: el dominio de los recursos energéticos y la posibilidad de ejercer un control más integral sobre el planeta se encuentran en el centro de la estrategia estadounidense. Con lo cual Estados Unidos asume el riesgo de sumir al mundo en un caos cada vez más profundo. Su prioridad actual es, evidentemente, poner en vereda a los países árabes que, según los parámetros ideológicos de los fundamentalistas que reinan en Washington, juzga como los más recalcitrantes, al mismo tiempo que son los que poseen las principales riquezas en petróleo y gas para el siglo que se inicia. Samuel Huntington, con su teoría del “choque de las civilizaciones”, ofrece una legitimidad ideológica a esta nueva orientación. Pero el enfrentamiento con el mundo árabe musulmán no puede sino alimentar la desesperación de naciones ya profundamente humilladas, creando las condiciones para un recrudecimiento del terrorismo.

Y además hay que tener en cuenta que la fuerza de Estados Unidos no viene solamente de su excepcional superioridad económica, financiera, tecnológica y militar: también resulta del sometimiento voluntario de los países más poderosos. Esta complicidad internacional con la implementación del orden estadounidense es tan nefasta como el orden en sí mismo. Sin embargo, toda la historia del siglo pasado muestra que sólo el multilateralismo y el respeto a las normas del derecho internacional pueden crear las condiciones para la paz y el desarrollo.

  1. Le Monde, París, 8-5-02.
  2. Posición común adoptada el 30-9-02 por los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea.
  3. The National Security Strategy of the United States of America, Presidencia de los Estados Unidos, Casa Blanca, septiembre de 2002.
  4. Op. cit., p. 24.
  5. Le Monde, París, 3-12-02.
Autor/es Nair Sami
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:10,11
Traducción Lucía Vera
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Derechos Humanos, Justicia Internacional
Países Estados Unidos, Irak