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Esos israelíes que sueñan con el "traslado" palestino

Aunque minoritaria y evaluada como inmoral, la idea de un "traslado" de palestinos hacia territorios árabes vecinos se mantiene latente en ciertos sectores de la derecha política y de la sociedad israelí. Existe un antecedente en la expulsión masiva de palestinos en 1948; también en los actuales "minitraslados" provocados en ciertas ciudades y aldeas por el hostigamiento de los colonos o del ejército.

A fines del mes de diciembre de 2002, un diplomático europeo descubrió un nuevo cartel de señalización en una ruta del valle del Jordán: había pasado a llamarse “Gandhi”, en alusión al paradójico sobrenombre del general Rehavam Zevi, fundador del partido Moledet (Patria), quien realizó un llamado explícito al “traslado” de los palestinos hacia los países árabes. ¿Broma de mal gusto o deliberado cinismo? El cartel se encontraba justo antes de la bifurcación de la ruta hacia el este, rumbo al puente Allenby (tránsito hacia la frontera jordana), la dirección del “traslado” anhelado por quien en octubre de 2001 sería asesinado por un comando del Frente Popular de Liberación de Palestina.

Poco antes de su muerte, al día siguiente de un nuevo atentado suicida, Rehavam Zevi había declarado una vez más a viva voz que la única “solución” era el “traslado” (“aceptado”) de los árabes, sintiéndose con suficiente apoyo como para transmitir con total claridad por radio un mensaje que durante años se había visto obligado a disimular. Es que no todos los israelíes consideran a los atentados kamikazes una forma de lucha contra la ocupación, ni una venganza frente a las agresiones del ejército, que causaron más de 2.000 muertos palestinos, entre ellos 1.500 civiles como mínimo: ven en ello la prueba de que los palestinos quieren borrar del mapa a Israel y “matar a los judíos porque son judíos”.

En ese contexto, la “iniciativa del traslado” es presentada como una solución defensiva, una “respuesta humana” a una situación que no tiene otra salida. Y las autoridades legales no hacen nada para impedir la propagación de esta idea. Lo que queda deliberadamente confuso es de qué población se está hablando. ¿De los palestinos que viven en la Franja de Gaza y en Cisjordania? ¿De los refugiados? ¿O de todos los árabes que viven entre el Mediterráneo y el Jordán, incluidos los ciudadanos israelíes?

La ministra de Educación legitimó este debate cuando propuso la conmemoración en las escuelas del aniversario de la muerte de Rehavam Zevi. De hecho, pueden verse banderines con las siguientes inscripciones: “No a los árabes, no a los atentados”, “Traslado = paz” o “Palestina es Jordania”. Un sondeo de opinión indica que cerca del 20% de los judíos tendrían la intención de votar, si se autorizara su presentación, al partido de extrema derecha Kach (Es así), fundado por el rabino Meir Kahane y prohibido desde 1988. Y el 73% de los habitantes de las ciudades de crecimiento rápido estiman que Israel debe estimular la emigración de los árabes israelíes: comparten esta opinión el 87% de los religiosos y el 76% de los inmigrantes de la ex URSS. En la década de 1980, el Kach sólo obtuvo un escaño, es decir, alrededor del 1,5% de los votos…

Con la colaboración de ciertas agencias de recursos humanos establecidas en el extranjero que publican avisos de empleo en los diarios árabes, militantes del partido Moledet ofrecen trabajo en el extranjero a los palestinos. Buscan así demostrar que es posible, legal e incluso “humano” “estimular la emigración”. Pero todos coinciden en que un “traslado voluntario” de cientos de miles de personas es impensable: necesariamente sería “forzado”. El número dos de la lista Moledet, profesor Arieh Eldad, ex comandante del servicio de salud del ejército, hace sin embargo una distinción entre el traslado “voluntario” y el “aceptado”: el primero supone que todos los palestinos acepten emigrar (pero es poco probable –admite Eldad– que un fellah abandone por voluntad propia su tierra); el segundo –prosigue– se producirá con el aval de la comunidad internacional, que Moledet procura obtener.

En la derecha, algunos van más lejos: relacionan “traslado”y conflicto. El número uno del Partido Nacional Religioso (Mafdal), Effi Eitam, avizora la extensión de la soberanía israelí al conjunto de las tierras comprendidas entre el Jordán y el Mediterráneo, y el nacimiento de un Estado palestino en Jordania y el Sinaí; los palestinos podrán elegir entonces entre “residencia razonable” en el Gran Israel y “ciudadanía oscura” en el Estado palestino. Lo explica así: “Yo no hablaría de traslado. No lo considero una opción política, ni algo que tenga que ver con la moral”, pero una guerra es “un juego con otras reglas”1. El ex general afirmaba no buscar la guerra, pero pensaba que cuando estalle, “muchos ciudadanos árabes no se quedarán aquí”. Establecía una relación con la guerra de 1948 y la expulsión, en ese entonces, de alrededor de 800.000 palestinos…

El intendente de la colonia de Kyriat Arba, Zvi Katzover, uno de los fundadores del movimiento colonizador del Goush Emounim (Bloque de la Fe) respondió más frontalmente a un periodista a fines de noviembre de 2002, después de la batalla de Hebrón que causó 12 bajas entre los soldados israelíes y 3 entre los palestinos: “Cuando la gran guerra comience y los árabes huyan, podremos regresar a nuestras casas”2. Se refería a las casas que habitaban los judíos antes de la masacre de 1929.

“Esta vez, no”

Pero los partidarios del “traslado” siguen siendo percibidos como una minoría y sus “ideas”se consideran inmorales o fuera de la realidad. En los diarios, editoriales y cartas de lectores se los condena, aunque otros, más frecuentes en la actualidad, los aprueban. El Likud y la mayoría de los demás partidos de derecha no realizan campaña sobre este tema. En cambio, cabe preguntarse si detrás de los esfuerzos por preparar a la opinión pública, ciertos dirigentes políticos y militares no guardan auténticos guiones-catástrofe en sus cajones. ¿Tendrán las fuerzas democráticas el poder de detenerlos a tiempo? Sean israelíes o habitantes de Cisjordania y Gaza, los palestinos guardan en su memoria la expulsión de 1948. Y juran, sin descanso: “Esta vez, no dejaremos que nos echen.” Esta conciencia del peligro, la experiencia adquirida en materia de recursos a las instancias legales y las vinculaciones, a uno y otro lado de la Línea Verde, con la comunidad internacional, constituyen otros tantos muros de contención.

La comisión electoral del Parlamento, mayoritariamente de derecha, no abandonó sus intentos de prohibir la participación en las elecciones del 28 de enero de 2003 de una lista árabe (la de la Alianza Nacional Democrática) y de dos candidatos: Ahmad Tibi y Azmi Bishara. El asesor legal del gobierno, Elyakim Rubinstein, recriminaba en particular a este último el haber preconizado la destrucción del Estado de Israel y apoyado al terrorismo. Pero también excluía la candidatura del ex número dos del Kach, Baruch Mazel, candidato de otro partido de extrema derecha, el Herut (Libertad), que edulcora un poco el mensaje del “traslado”, al mismo tiempo que se niega a enjuiciar a quienes intentan aplicar el “traslado aceptado”ofreciendo empleos a los palestinos en el extranjero.

La izquierda llamó a movilizarse contra este intento de “traslado parlamentario”: el 20% de los ciudadanos árabes habrían sido privados de sus derechos cívicos. Pero las manifestaciones no reunieron multitudes. El coletazo provino de la Corte Suprema, que el pasado 9 de enero autorizó finalmente la presentación de la Alianza Nacional Democrática, ofreciendo así a la democracia israelí una tabla de salvación contra la perspectiva de un boicot masivo del escrutinio por parte de los palestinos…

El mismo Elyakim Rubinstein había tomado posición contra el “traslado”, aunque negándose a perseguir a quienes lo preconizan. Un parlamentario laborista, que exigía una investigación sobre los partidarios de la “emigración voluntaria”, responde: la ley fundamental contra el racismo prohíbe hacer distingos entre “traslado” voluntario y forzado. Con el mismo espíritu, jóvenes del Partido Laborista participaron en una iniciativa de los militantes del “Coraje de negarse” –que agrupa a oficiales que se niegan a prestar servicio en los territorios ocupados3– consistente en borrar las consignas racistas. Algunos de sus mayores se indignaron, considerando a los refuzniks como “traidores antisionistas”.

Otros sectores de la izquierda se oponen a la negativa a prestar servicio: dicen que no hay que dejar al ejército en manos de la derecha y de los colonos, que llegado el caso podrían concretar el “traslado”. Ahora bien, varias encuestas muestran que la proporción de nativos de la ex URSS en las unidades combatientes aumentó considerablemente, al igual que la de los partidarios de la derecha religiosa entre los oficiales superiores, dos ámbitos en los cuales esta idea del traslado goza de un sólido apoyo. En los territorios ocupados, la presencia de militares pacifistas no impide que se produzcan algunos “minitraslados”. La ciudad vieja de Hebrón, donde viven 500 colonos judíos agresivos, se vació de muchos de sus habitantes palestinos, que ya no soportan el incesante acoso de sus “vecinos” judíos. No más de lo que soportan el toque de queda casi permanente que les impone el ejército, en nombre de la seguridad de sus “vecinos”. En el norte de Cisjordania, unos 180 habitantes del poblado de Yanún debieron abandonar sus casas para instalarse más lejos, bajo la creciente presión de las agresiones de los pobladores de Itamar, la colonia vecina. Para no hablar de las expulsiones causadas por la construcción del “muro”4.

Estos “minitraslados” no escaparon a la opinión pública israelí, y fueron motivo de manifestaciones que no impidieron la acelerada usurpación, de dos años a esta parte, de tierras y de espacio vital de los palestinos.

El “acordonamiento interno” encierra a dos millones y medio de palestinos en las ciudades y aldeas de Cisjordania y a más de un millón en las de Gaza: frente al sangriento conflicto que estalló en septiembre de 2000, el ejército les prohíbe (a excepción de un reducido número provisto de permisos especiales) desplazarse por las principales rutas, salir de sus comunas y entrar en las ciudades. Alrededor de estas últimas se construyó un sistema de vallados, alambradas, puertas de hierro, espaldones, tanques y patrullas militares que dificulta todo movimiento, sin disuadir realmente a quienes van a cometer atentados en Israel. Quien viaje por las rutas reservadas a los israelíes puede tener la impresión de que la expulsión ya tuvo lugar: rutas vacías, aldeas palestinas desiertas, tierras y huertos donde no se ve un alma. Muchos habitantes fueron a instalarse a las grandes ciudades donde trabajan, con el fin de evitar los controles cotidianos.

Atormentados por el miedo a los atentados, los israelíes se mantienen impermeables al argumento según el cual el acordonamiento es un castigo colectivo que fortalece el apoyo a los atentados. Ciertos oficiales superiores lo presentan como una medida “reversible”, que será anulada apenas los palestinos renuncien al terrorismo. Mientras tanto, se trata de una política que se lleva de maravillas con los proyectos de “acuerdo definitivo” promovidos por varios partidos de la derecha, incluso por los que se esmeran en no hablar de “traslado”. Es el caso de los rusos de Israel-Beitenu (Israel-Nuestra casa), aliados de Moledet, que proponen la creación de varios enclaves-prisión aislados, sin continuidad territorial. La única diferencia con el “Estado palestino” de Ariel Sharon es la dimensión de los enclaves…

Hay quienes temen que la operación de Estados Unidos contra Irak cree las condiciones para una expulsión masiva, sobre todo si Bagdad lanza contra Israel misiles con cargas químicas o si los palestinos le manifiestan su apoyo, cosa que podría llevar a una situación fuera de todo control… Pero Washington necesita estabilidad en el Medio Oriente para poner en marcha sus planes, y una expulsión masiva tendría el efecto contrario.

Otros temen que una organización palestina consiga perpetrar un mega-atentado particularmente sangriento. Un oficial superior nos dijo –y el tema le preocupaba seriamente– que, en ese caso, dudaba de que el ejército quisiera y pudiera obstaculizar una “iniciativa” local que apuntara a expulsar, por ejemplo, a los habitantes de la aldea de donde fueran oriundos los terroristas. Y evocó la falta de reacción de las autoridades y el ejército cuando en el otoño de 2002 un grupo de colonos impidió por la fuerza que aldeanos palestinos hicieran su cosecha en los olivares. Los que siguen enviando jóvenes a cometer atentados en Israel (y estarían proyectando el famoso mega-atentado) no parecen medir la posible reacción ante sus acciones que, en circunstancias extremas, podría gozar de la comprensión de gran parte de la opinión pública en Israel e incluso en los países occidentales. Esos movimientos fundamentalistas palestinos expresan su fe –simétrica a la de los fundamentalistas judíos– en la oportunidad de cambio radical que ofrecería una “gran guerra”…

Hace dos años que Jordania viene endureciendo progresivamente las normas vigentes para el ingreso de los habitantes de Cisjordania y Gaza a su territorio. Por cierto, Ammán teme una fuga masiva de palestinos de los padecimientos de la ocupación, pero también teme los guiones-catástrofe. Y no sin razón: el 28 de noviembre de 2002, se pudo leer en Haaretz que el primer ministro Ariel Sharon se negaba a afirmar públicamente su compromiso de no expulsar hacia Jordania a los palestinos, con la excusa de que esa simple sospecha era insultante. El Primer Ministro jordano recordó entonces que el tratado jordano-israelí excluía toda posibilidad de expulsión. Pero los defensores del traslado no se interesan demasiado por los acuerdos de paz…

Por el momento, la progresiva puesta en marcha tanto del “minitraslado” como del “traslado” interno en los territorios ocupados opera como un somnífero en la opinión pública israelí y mundial. Aun cuando se impone priorizar una reacción contra estas prácticas tan ilegales como peligrosas, no se puede calificar de imaginaria la amenaza de una expulsión masiva. La penetración de las concepciones fundamentalistas y alarmistas, la desaparición de los referentes morales dentro de la política israelí, la diversificación de los métodos de opresión del ejército, la ausencia de una dirigencia palestina capaz de orientar la resistencia a la ocupación y la ausencia de un compromiso internacional constituyen otros tantos indicadores inquietantes.

  1. Haaretz, Tel Aviv, 22-2-02.
  2. Entrevista en el principal canal de televisión, 27-11-02.
  3. J. Algazy, “Esos soldados israelíes que dicen no”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2002.
  4. Matthew Brubacker, “El muro de la verguenza”, Info-Dipló, 20-11-02 (www.eldiplo.org).
Autor/es Amira Hass
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:14,15
Traducción Patricia Minarrieta
Países Israel, Palestina