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Recuadros:

Del anticomunismo al antiterrorismo

No es de extrañar que las agencias de inteligencia de Estados Unidos no hayan sido capaces de detectar y detener los ataques del 11 de septiembre. Ni que el sistema de escucha planetaria Echelon de la National Security Agency no haya sido de ninguna utilidad. Es que su principal función no es defender al país de amenazas exteriores como el terrorismo, sino garantizar el acceso global a las comunicaciones para incrementar la preeminencia estadounidense en los planos militar, económico y político.

Reunidos en la Ópera de San Francisco en abril de 1945, los delegados de más de 50 países se comprometieron a ahorrarles a las generaciones futuras el flagelo de la guerra. Las Naciones Unidas iban a fundarse en el principio de “la igualdad de los derechos de las naciones, grandes y pequeñas… para cohabitar en paz y en buena vecindad”. El presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt había insistido en que su país fuera huésped de la conferencia. ¿Generosidad? Se trataba también de permitir a sus agentes espiar a los delegados y vigilar los mensajes que intercambiaban con sus capitales. Reunidos por las compañías telegráficas, sus telegramas cifrados fueron decodificados por oficiales que trabajaban las veinticuatro horas y enviados después a los negociadores estadounidenses. Fue un éxito total…

Elaboradas contra las potencias del Eje y después contra la Unión Soviética, las capacidades estadounidenses de control informativo electrónico fueron reagrupadas en el seno de la National Security Agency (NSA). De esa Agencia se ignoró todo hasta que en 1982 se publicó el libro The Puzzle Palace, donde el periodista estadounidense James Bamford describía su funcionamiento1. En una obra posterior, Body of Secrets2, Bamford develó nuevos aspectos de esa historia secreta. La NSA disponía de un presupuesto anual de más de 7.000 millones de dólares, sin contar las sumas dedicadas a los satélites espías. Empleaba a más de 60.000 personas, más que la CIA y el FBI juntos.

Puesto que los asuntos del mundo se tratan cada vez más mediante comunicaciones electrónicas (por radio, después por Internet), la vigilancia de esos intercambios ha sido primordial. La NSA se encargó de ese “control informativo de señales” (SIGLNT, por oposición a HUMLNT, control informativo humano) en estrecha colaboración con sus homólogos –y subordinados– británico, canadiense, australiano y neozelandés, que forman la alianza “UKUSA”.

Un ex director de la NSA, William Studerman, resumía así su función: el apoyo a las operaciones militares “es fundamental, y la necesidad de un acceso global incrementado (a las comunicaciones electrónicas) se hace sentir cada vez más. La NSA debe apoyarse sólidamente sobre esas dos actividades”3.

Aunque sofisticados y poderosos, los sistemas de vigilancia de la NSA mostraron sus límites el 11 de septiembre pasado. Así como el sistema de defensa antimisiles no hubiera podido hacer nada contra ataques llevados a cabo con la ayuda de aviones de líneas aéreas comerciales, los avanzados sistemas de vigilancia resultaron poco eficaces contra los medios de comunicación rudimentarios utilizados por una célula bien organizada.

La guerra, instrumento político

Al reconstruir la historia de esa vigilancia electrónica planetaria, Bamford muestra que la NSA no tenía como vocación primordial proteger a Estados Unidos contra amenazas exteriores, sino las más de las veces reunir informaciones que sirvieran para promover la guerra como instrumento político y para socavar los derechos fundamentales en otros países.

En la inmediata posguerra, en la sede de la ONU, repleta de escuchas, se debatió la partición de Palestina, una medida que a partir de entonces transformó la región en uno de los principales focos de inestabilidad y de violencia política del mundo. Estados Unidos ejerció una presión extrema para que se votase la partición y presionó especialmente a tres pequeños países, Liberia, Haití y Filipinas, a los que obligó a cambiar de postura la víspera de la decisión final. James Forrestal, entonces secretario de Defensa, escribió en aquella época en su diario personal que “las medidas de coerción utilizadas sobre esos países rozaban el escándalo”.

Desde 1945, los agentes estadounidenses y británicos se habían embarcado en una carrera de velocidad con sus homólogos soviéticos para descifrar los códigos del ejército alemán. Estados Unidos aventajó ampliamente a la URSS, aunque por poco tiempo. En el transcurso de la década del ’50, aviones espías sobrevolaron la URSS (a la manera de los que sobrevolaron recientemente la isla de Hainan, en China) y desde fines de los ’80, la NSA la rodeó de estaciones de escucha, aviones, navíos y submarinos.

Después del fracaso de la invasión anticastrista de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, los jefes del estado mayor de Estados Unidos elaboraron minuciosamente un extraño proyecto: lanzar una “campaña de terror” en contra de los ciudadanos estadounidenses e imputársela a Cuba, con el fin de justificar una invasión generalizada de la isla. Un informe secreto anticipaba que “la publicación de la lista de víctimas en los periódicos estadounidenses provocaría en el país una ola de indignación instrumentalizable”. Bautizado como “Operación Northwood”, aquel plan preveía secuestros de aviones y atentados con bombas en Miami y en Washington. Los documentos preparatorios precisaban que era necesario “transmitir al mundo la imagen de un gobierno cubano que representaba… una amenaza grave e imprevisible para la paz en el hemisferio occidental”4.

La administración Kennedy no aprobó la Operación Northwood, pero dos años más tarde un “incidente” similar en el Golfo de Tonkin, completamente montado, desencadenaba la guerra de Vietnam. Agentes de los servicios de información británicos, australianos y neozelandeses se incorporaron a una vasta operación de los servicios secretos estadounidenses en Vietnam, ayudándolos especialmente a localizar objetivos con el fin de que se cubriesen las cuotas cotidianas de misiones de bombardeo de los B-52.

La historia de la NSA muestra una gran versatilidad en la actitud de Estados Unidos con el terrorismo. Un ejemplo elocuente fue el ataque llevado a cabo por los israelíes contra el navío espía Liberty de la NSA durante la guerra de los Seis Días. El 8 de junio de 1967, después de haber vigilado estrechamente (durante seis horas) al Liberty, que patrullaba mar adentro, el ejército israelí lanzó ataques aéreos y con torpedos hasta que la mayor parte de los miembros de la tripulación murieron (34 hombres) o fueron heridos (171) y el navío resultó casi destruido. Los botes salvavidas fueron atacados como objetivos y hundidos tan pronto se lanzaron al mar. Israel pretendió inmediatamente después que se trató de un error. Aunque la NSA disponía de pruebas en contra, el gobierno de Estados Unidos aceptó aquella explicación y nunca abrió una investigación.

De forma convincente, Bamford demuestra que los militares israelíes sabían de manera pertinente que estaban atacando un navío espía estadounidense. Sugiere que el fin del ataque fue impedir el acopio de informaciones sobre las atrocidades militares cometidas a solo 20 kilómetros de allí, en la ciudad egipcia de El Arish, donde soldados israelíes estaban fusilando a cientos de civiles y prisioneros maniatados. El Pentágono decretó un black-out, un apagón mediático total, y los miembros de la tripulación fueron amenazados con la cárcel si hablaban del ataque. El presidente de Estados Unidos Lyndon Johnson habría declarado que “(le) importaba poco que se hundiese el barco, no pondría a sus aliados en apuros”5.

En Nueva Zelanda, como en otros países, la guerra de Vietnam volcó a la opinión pública contra la política exterior de Washington. En esa región cayó muy mal el apoyo estadounidense a los regímenes del general Suharto en Indonesia y de Ferdinando Marcos en Filipinas, o la invasión de Timor Oriental, en 1975. Pero aunque la opinión pública neozelandesa deseaba una política exterior más independiente, sus servicios de información continuaron sirviendo de vanguardia del sistema estadounidense. Así, mientras la mayoría de los neozelandeses apoyaban la independencia de Timor Oriental, los servicios de información de su país participaban con Australia en la vigilancia de la población de la isla, por cuenta de los gobiernos estadounidense y británico, en una época en que éstos colaboraban con los servicios secretos indonesios.

La desigualdad de las relaciones en el seno de la alianza UKUSA no necesita demostración. Los servicios secretos neozelandeses proporcionan las informaciones que les pide la NSA, sin insistir demasiado en lo que quieren a cambio, e incluso aunque vaya en contra del interés nacional o de la política de su propio país. Por otra parte, consideran que el hecho de espiar a sus amigos, vecinos o asociados comerciales equivale a pagar un precio muy bajo por preservar una relación privilegiada, una deferencia que traduce un sentimiento de inseguridad. Sin duda los servicios secretos británicos ven las cosas de la misma manera6.

Acentuar las desigualdades

En el curso de una investigación sobre la red Echelon7, interrogué a miembros de los servicios de información neozelandeses que manejan los miles de informes que llegan cada semana de la NSA. Los objetivos indicados reflejan las prioridades y preocupaciones del gobierno estadounidense. En los años ’80, los sistemas de envío electrónico volcaron una avalancha de comunicaciones interceptadas en Afganistán, reunidas con el objetivo de ayudar a los “combatientes de la libertad” (entre ellos Osama Ben Laden), en su lucha contra los soviéticos.

Algunos de esos funcionarios recogían informaciones en la zona del Pacífico en función de los requerimientos de la NSA. No acosaban a los terroristas. En cambio tenían como objetivo todos los aspectos de la vida política, económica y militar de la región, gabinetes ministeriales, policía, ejército, partidos de la oposición y Organizaciones No Gubernamentales, en cada país, de manera metódica y permanente. Todas las organizaciones regionales, todas las conferencias comerciales y todas las agencias de Naciones Unidas en la zona también se encuentran bajo estrecha vigilancia.

Uno de esos analistas mencionó el caso de una operación de vigilancia contra el Estado insular de Kiribati. La pesca constituye el principal recurso de esa nación, con una economía frágil. Después de haber sufrido durante muchos años la pesca ilegal de barcos atuneros estadounidenses, el gobierno de Kiribati encontró una empresa soviética dispuesta a pagar derechos para tener acceso a las pesquerías. Aunque la guerra fría se aproximaba entonces al deshielo, sonó la alarma anticomunista en el seno de las agencias de los servicios de información. Los oficiales neozelandeses vigilaron todas las comunicaciones recibidas o emanadas de Kiribati, que transmitían de allí a Estados Unidos. A continuación, una campaña diplomática hizo abortar el proyecto. El acontecimiento no cambió el curso de la historia mundial, pero tuvo un impacto nefasto sobre ese micro-Estado.

Estos funcionarios neozelandeses informan sobre otro diluvio de comunicaciones durante las negociaciones del Acuerdo General sobre la Tarifas Aduaneras y el Comercio (GATT), a propósito de las cuales responsables estadounidenses y europeos libraron una batalla en el curso de las dos últimas décadas. Bamford indica que un equipo de la NSA fue enviado a Ginebra en 1995 con el fin de espiar a los ejecutivos japoneses de Toyota y Nissan durante las negociaciones chino-estadounidenses sobre los derechos aduaneros aplicados al automóvil. Ex agente de información canadiense, Jane Shorten reveló además las escuchas colocadas a los delegados mexicanos durante las negociaciones para el Tratado de Libre Comercio (TLC) en 1992.

El espionaje de posguerra hubiera podido ponerse al servicio de las esperanzas que alentaron los fundadores de Naciones Unidas: garantizar la igualdad de los derechos de las naciones y ahorrarle al mundo el flagelo de la guerra. Pero la historia indica lo contrario. Esas operaciones sirven para acentuar las desigualdades de poder. La NSA y sus aliados se presentan como héroes que combaten a los déspotas y a los terroristas. A veces lo hacen. Sin embargo, la mayor parte de sus objetivos no representan una amenaza, o si la representan son mucho más débiles que Estados Unidos y pueden ser suficientemente neutralizados mediante la vigilancia. Algunas actividades de inteligencia en realidad están destinadas de hecho a sustentar a déspotas, otras crean un clima propicio para el desarrollo del terrorismo.

  1. The Puzzle Palace: A Report on America’s Most Secret Agency, Houghton Mifflin, Boston, 1982.
  2. James Bamford, Body of Secrets. Anatomy of the ultra-secret National Security Agency from the Cold War through the dawn of a new century, Nueva York, 2001.
  3. Discurso de despedida dirigido al personal de la NSA, el 8-4-1992, en una nota de servicio confidencial.
  4. Body of Secrets.
  5. Body of Secrets.
  6. “Espionnage entre alliés”, Le Monde diplomatique, París, julio de 2001.
  7. Philippe Rivière, “Le systeme Echelon”, Manière de voir, Nº 46, París, julio/agosto 1999.

El fracaso de los servicios de inteligencia más poderosos del mundo

Hager, Nicky

Estados Unidos cuenta con los servicios de inteligencia más poderosos del mundo. ¿Por qué entonces, se pregunta la gente, no detectaron ni detuvieron los ataques del 11 de septiembre? La pregunta correcta es: ¿por qué los servicios de inteligencia son reiteradamente tomados de sorpresa por episodios como golpes, ataques militares y actos de terrorismo? La respuesta es que hay muchos caminos por los cuales un grupo pequeño y bien organizado puede eludir la vigilancia.

Dado que la forma primordial de espionaje es la vigilancia electrónica, los grupos que planifican acciones de sorpresa pueden simplemente evitar el uso de teléfonos y otras comunicaciones electrónicas. Así fue como los sistemas de inteligencia fallaron en los atentados de Lockerbie, el World Trade Center en 1993 y en Nairobi.

Lo mismo se aplica a los agresores del 11 de septiembre. Seguramente confiaron en una planificación cuidadosa y cara a cara, y utilizaron mensajeros y correveidiles de confianza para las comunicaciones de larga distancia.

Si Osama Ben Laden está involucrado, se sabe que es cuidadoso en cuanto a la seguridad en las comunicaciones. Por ejemplo, evita teléfonos móviles fáciles de interceptar y de localizar, así como movimientos electrónicos de dinero.

Funcionarios del cuartel general de la NSA hacen escuchar a visitantes especiales las grabaciones logradas de las conversaciones de Bin Laden con su madre desde Afganistán por teléfono satelital1. Pero estas grabaciones de poco frecuentes conversaciones familiares que él no se esfuerza por ocultar ilustran la inadecuación, no la utilidad de los sistemas de espionaje electrónico. Para todas sus actividades secretas recurre a comunicaciones de bajo nivel tecnológico que la NSA no puede interceptar.

Para gobiernos que se fían de las señales de inteligencia, el resultado puede ser una sensación de falsa seguridad. Y asignar más recursos a la NSA probablemente no resuelva el problema.

Otra opción para que las comunicaciones sean seguras es la codificación, ampliamente accesible por correo electrónico, que además se está volviendo accesible para comunicaciones telefónicas. La codificación es la pesadilla de las agencias de espionaje electrónico.

Sin embargo dudo de que los agresores del 11 de septiembre hayan usado correo electrónico codificado. Las agencias de inteligencia pueden rastrear quién lo remite y quién es el destinatario. Su objetivo sería el anonimato y la imposiblidad de ser rastreados, no solamente el hecho de volver ilegibles sus mensajes.

Las otras técnicas de vigilancia usuales son la infiltración de grupos por agentes pagos, así como la vigilancia por video y el asedio de los sospechosos. Estas formas de vigilancia son relativamente eficaces por ejemplo contra manifestaciones de protesta visibles en países democráticos, pero mucho más difíciles contra células disciplinadas y cerradas. Y no se pueden vigilar ni infiltrar grupos cuya existencia se ignora, o cuya dimensión amenazante se desconoce.

Es más fácil reconstruir un caso cuando ya es demasiado tarde, que darse cuenta y seguir piezas dispersas de información que preceden a un hecho imprevisto. Por ejemplo, en la actualidad el FBI es dolorosamente consciente de un informe de vigilancia de la CIA que le llegó el 23 de agosto pasado, que suscitaba sospechas sobre dos hombres que 20 días después pilotearían un avión contra el edificio del Pentágono2.

Este es el dilema de querer detener ataques terroristas. Un incremento de la vigilancia represiva y de los poderes de la policía puede ayudar algo, pero a un alto costo en materia de derechos civiles y del funcionamiento normal de una nación. Aun así hay posiblidades de que un grupo bien organizado que actúa de manera audaz e impredecible tenga éxito.

Ahora que surgen en Estados Unidos propuestas de nuevos poderes de vigilancia, vale la pena recordar que ya habían sido planificados por la actual administración estadounidense antes del 11 de septiembre.

La CIA está en el medio de la campaña de reclutamiento más grande de su historia para reconstruir sus servicios clandestinos. Ya se habían planificado incrementos en los presupuestos de defensa y políticas agresivas en el exterior. Estados Unidos ya había virado a la derecha en sus relaciones internacionales. Queda por verse si estas políticas derrotan o alimentan el terrorismo que ahora declaran combatir.

  1. Bamford, Ibidem.
  2. “FBI agents ill-equipped to predict terror attacks”, The Washington Post, 24-9-2001.


Autor/es Nicky Hager
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:26,27
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos