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Recuadros:

La normalización de Yemen

Frente a las elecciones legislativas del 27-4-03 se percibe en Yemen una disminución del pluralismo y una suerte de "estandarización" del modelo político, que se alínea tras el resto del mundo árabe. Los atentados del 11 de septiembre aceleraron esa tendencia. El régimen, debilitado por las concesiones que está obligado a hacer a su "socio" EE. UU. en la "lucha contra el terrorismo" y por la creciente austeridad económica, se muestra cada vez más autoritario en la forma de contrarrestar a la oposición islamista, que durante mucho tiempo fue su aliada.

Para entender lo que está en juego en las próximas elecciones legislativas hay que tener presente la lógica de los comicios precedentes. En 1993, la primera elección luego de la reunificación del norte y del sur (en mayo de 1990) había mostrado, con el telón de fondo de una multitud de pequeñas formaciones, el enfrentamiento de tres fuerzas políticas: los dos ex-partidos únicos (el Congreso General del Pueblo del norte y el Partido Socialista del sur), a los que se sumó, en apoyo del norte, la Unión Yemenita para la Reforma (Islah, partido islamista)1. En recompensa por su apoyo al régimen, el Islah fue “autorizado” a conquistar 62 bancas (más que las 56 de los socialistas) y recibió 6 carteras en el gobierno. Yemen pasó entonces, durante un tiempo, por una especie de prefiguración árabe de la transición democrática.

Pero se trataba de un pluralismo “en armas”. Como cada partido conservaba el control de sus propias tropas, la fórmula apuntaba más que nada a facilitar una frágil cohabitación. Hasta mayo de 1994, la coexistencia entre tres millones de sudistas y doce millones de nordistas se basó tanto en el equilibrio de las tropas respectivas como en la modernidad de las instituciones. En las legislativas de abril de 1997, tres años después de la guerra civil de 1994 que había concluido con la derrota de los “secesionistas” socialistas del sur (y en su ausencia), el centro de la disputa había cambiado radicalmente. Al no necesitar aliado para combatir a los socialistas, la formación del presidente Ali Abdallah Saleh volvió a sus costumbres de partido único, arrogándose la mayoría absoluta de las bancas al igual que la totalidad (menos uno) de los ministerios.

Dos años después, el 23 de diciembre de 1999, la quinta reelección de Saleh (por más del 96,3% de los votos), en el poder desde hacía 21 años, acabó “perfeccionando” esa reducción del campo político. El “primer Presidente elegido por sufragio universal” de la “única república de la península árabe”, prefirió prudentemente elegir su único challenger en su propio campo. El pluralismo de la elección se redujo al único partido en el poder, colocando a Yemen en las normas que –de diversa manera– prevalecen en gran parte del mundo árabe, de Egipto a Irak, pasando por la república hereditaria de Hafez Al-Assad. Y las presiones estadounidenses contribuyeron a acelerar esa tendencia, inscribiendo al país en una dinámica de profunda renovación de las alianzas que durante mucho tiempo permitieron edificar su equilibrio.

En efecto, más que reprimir a los islamistas, el régimen se había aliado a ellos desde hacía décadas. Ya en 1948, el argelino Fudhayl Wartilani, enviado del fundador de los Hermanos Musulmanes, Hassan Al Banna, había jugado un papel decisivo en la primera tentativa “moderna” de desestabilización del régimen ultraconservador del imán zaidita Yahya Hamid Al Din. Quince años más tarde, durante la guerra civil que estalló tras el derrocamiento de la monarquía (1962-1970), fueron militantes muy cercanos a la corriente de los Hermanos Musulmanes (entre ellos Mohamed Mahmoud Al Zubeiri) quienes patrocinaron el pacto de unión entre las tribus –brazo armado del imanato– y los republicanos2.

Desde su llegada al gobierno en 1978, para protegerse de sus adversarios sucesivos (zaiditas ex-monárquicos, naseristas pro-egipcios, socialistas del sur, socialistas “internos”) Saleh recurrió regularmente a las diversas fracciones de la corriente islamista, incluidas las extremistas. La personalidad del sheik Abdallah Al-Ahmar, presidente del Islah, ilustra perfectamente la inédita alquimia que durante mucho tiempo sustentó el equilibrio político del régimen: a cambio de ser regularmente elegido al frente del Parlamento con los votos del partido en el poder, el segundo personaje del Estado brinda al régimen el apoyo de la principal confederación tribal (Hashid) y del primer partido de “oposición” islamista, ambas formaciones presididas por él. A pesar de haber quedado fuera del gobierno en 1997, los miembros del Islah, instalados en una oposición “bien templada”, prefirieron apoyar la candidatura de Saleh en las elecciones presidenciales de 1999.

Sin embargo, desde el día siguiente de su elección a sufragio universal, el jefe del Estado dio la impresión de querer apoyarse sobre su nueva legitimidad para aumentar la presión sobre la oposición. El deterioro de la cooperación entre Saleh y el presidente del Parlamento se manifiesta regularmente en enfrentamientos personales. Por lo tanto, la sucesión de ese personaje histórico, bisagra de la alianza entre el régimen, las tribus y los islamistas, rasgo singular y en cierta forma garantía de estabilidad del país durante mucho tiempo, será uno de los momentos políticos más importantes que se anuncian en el horizonte.

El proceso de concentración de poder continúa desarrollándose con mayor facilidad aun, gracias a una coyuntura internacional y regional favorable. El fin de la disputa con Arabia Saudita privó al bando islamista y a sus seguidores en las tribus del norte de una parte, al menos, del tradicional apoyo financiero saudita. Paralelamente, las exigencias de seguridad de Estados Unidos (más “ley y orden”) y su apoyo técnico a las fuerzas especiales controladas por el propio hijo (Ahmed) del jefe de Estado refuerzan la tendencia autoritaria del sistema y estimulan sus veleidades de cortarle las alas al sector islamista del presidente del Parlamento Abdallah Hussein Al Ahmar.

Una tímida ley de descentralización, adoptada en febrero de 2000, había permitido la tumultuosa elección de Consejos comunales y regionales pluralistas. Pero para asegurar su supremacía en las mismas, principalmente respecto del Islah, el gobierno no dudó en cometer serias irregularidades. La tercera reforma de la Constitución (aprobada en febrero de 2001 por referéndum) confirmó esa línea: creación de una Cámara Alta (transformando el Consejo Consultivo en Majliss al-Chura) y extensión de 5 a 7 años del mandato presidencial. Esto último permitiría a Ahmed Saleh, uno de los hijos del jefe de Estado, alcanzar la edad mínima (40 años) para ser candidato a la sucesión de su padre, cuyo mandato se extiende hasta 2004 con posibilidad de reelección.

A partir de 2000 se le retiró al Islah el control de las instituciones de enseñanza (“instituciones científicas”) que tenía a su cargo, y luego del 11 de septiembre de 2001 se suprimieron las becas de la universidad Al-Iman para los estudiantes extranjeros, a los que además no se les renovaron las visas, por lo que varios centenares debieron dejar el país. La ofensiva no afecta solamente a la rama extremista del partido, identificada con el sheik Abdelmajid Al Zandani: el 24 de octubre de 2002 un incidente degeneró en un enfrentamiento armado entre la policía y la guardia del presidente del Parlamento, cuyo hijo resultó gravemente herido. En la misma línea se inscribe el cuestionamiento de las elecciones de consejos universitarios, las permanentes presiones judiciales sobre la prensa opositora y una legislación muy restrictiva sobre el funcionamiento de asociaciones.

El 28 de diciembre de 2002, el asesinato en circunstancias aún poco claras del número dos de la oposición socialista, Jarallah Omar, durante la sesión inaugural del tercer congreso del Islah, endureció violentamente el ambiente político. El gobierno se apresuró en presentar al agresor como un miembro importante del Islah, a pesar de que Omar acababa de pronunciar un vibrante discurso llamando a la unión entre socialistas e islamistas contra la “corrupción” del régimen y sus repetidos ataques a las libertades. Cualquiera sea la lectura que acabe imponiéndose sobre ese acto, el mismo muestra que la unión entre el partido del presidente y el Islah, sellada en ocasión del triunfo militar del norte contra los socialistas del sur en 1994, ya no tiene vigencia.

Cambio de alianzas

En la lucha contra sus ex aliados islamistas –cuyo componente modernista identificado con Mohamed Qahtane (director del departamento político) y con Mohamed Al Yadumi, secretario general, causa cada vez menos temor al entorno occidental– el régimen se apoyará no sólo en sus tradicionales adversarios (socialistas) cuyos líderes, en una época en el exilio, fueron autorizados a regresar al país, sino que –él también– buscará adeptos en el campo religioso. A cambio de algunas concesiones, los herederos del muy riguroso sheik Muqbil Al Wadi’il, a pesar de rechazar el juego electoral, le servirán para privar al Islah de una buena parte de su electorado. Los zaiditas, que parecen dar por terminado su largo enojo con el régimen, seguramente le darán sus votos, al igual que los sufíes de las grandes cofradías del sur y de la Tihama. En todos los casos y por todos los medios, es evidente que el gobierno no dejará que su challenger islamista exhiba para nada su real fuerza en las bancas del próximo Parlamento.

En política exterior, Yemen logró dar vuelta la página negra de su “equivocación” de 1990 (cuando apoyó a Saddam Hussein), normalizar relaciones con Kuwait (en mayo de 1999) y fijar la frontera con el sultanato de Omán. La prolongada tensión fronteriza con Arabia Saudita3 concluyó espectacularmente con el acuerdo firmado el 12 de junio de 2000 en Jeddah. A cambio de una franja de territorio, que seguramente encierra petróleo, Sanaa abandonó toda reivindicación sobre las dos provincias concedidas en 1934 por el imán Yahya en el tratado de Taef. La diplomacia yemenita, que no carece de realismo ni de eficacia (como lo muestra su recurso ante la Corte Internacional de La Haya en octubre de 1998 para solucionar el diferendo con Eritrea sobre las islas Hanisch, o su eficaz mediación en el conflicto somalí en diciembre de 2000) lanzó al jefe de Estado en una amplia gira que hasta incluyó el Vaticano, con el que el país reanudó relaciones diplomáticas en 1998. Las relaciones con Francia siguen siendo confiables –a pesar del doloroso episodio del petrolero Limburg, atacado frente a las costas de Mukallah el 6 de octubre de 2002– sobre todo desde que Yemen pasó a formar parte de la “zona de solidaridad prioritaria”, lo que seguramente producirá un importante aumento de la cooperación bilateral.

Los puntos sobresalientes de esa campaña de apertura y de normalización fueron una reunión con el presidente William Clinton (el 4 de abril de 2000), que certificó la reintegración de Yemen al grupo de Estados “tratables”, y el ingreso del país –aun cuando sea progresivo y a título de observador– en el círculo hasta entonces cerrado del Consejo de Cooperación del Golfo (enero de 2002). La firmeza de tono de Sanaa desde la segunda Intifada palestina, a partir de septiembre de 2000; ciertas tergiversaciones en la cooperación en temas de seguridad; la muerte en suelo yemenita el 3 de noviembre (por un misil lanzado desde un drone estadounidense) de seis activistas sospechosos de pertenecer a Al-Qaeda; y el asesinato de tres misioneros estadounidenses el 31 de diciembre de 2002, tensaron en varias ocasiones el clima de cooperación con Estados Unidos. Pero Washington parece dispuesto a seguir jugando la carta del apoyo al régimen.

  1. Le Yémen contemporain, bajo la dirección de Rémy Leveau, Franck Mermier y Udo Steinbach, Karthala, París, 1999.
  2. Algunas de las indicaciones suministradas provienen de Chroniques Yéménites, (1993-2002) publicado por el Centro Francés de Arqueología y de Ciencias Sociales de Sanaa, accesibles en el sitio www.cy.revues.org
  3. Tensions in Arabia: The Saudi-Yemeni Fault Line, bajo la dirección de Renaud Detalle, Nomos Verlagsgesellschaft, Baden-Baden, 2000.

e-bomb, o cómo matar sin matar

Poupée, Karyn

Nada de ruido, ni de humo, ni de olor. La bomba es invisible: no levanta polvo, no cava ningún cráter. No hay muertos, tampoco heridos… Esta arma improbable sin embargo existe. Se llama e-bomb, la bomba electromagnética. Nunca ha sido utilizada todavía en un campo de batalla.

El efecto de impulsos por microondas sobre los sistemas electrónicos fue descubierto un poco por azar, cuando los ejércitos constataron que cerca de sus radares más potentes los aparatos electrónicos dejaban de funcionar. El campo electromagnético generado por una explosión atómica en la alta atmósfera tenía las mismas consecuencias.

Falta estudiar varias soluciones tecnológicas para la creación de una gama variada de e-bombs a integrar en obuses, misiles, aviones, camiones, satélites, valijas, etc. ¿Sus objetivos? Los cables, redes, servidores, circuitos de comunicaciones electrónicas, procesadores, conmutadores, computadoras: el corazón de los bunkers, puesto que estos últimos resultan difíciles de alcanzar por otros medios. ¿Consecuencias directas? La interrupción momentánea o definitiva de las comunicaciones, intercambio de datos, sistemas de comando, aparatos de detección, de medida y control. En el marco de un ataque aéreo o terrestre, su empleo apuntaría a aislar al enemigo, ponerlo en una situación de incapacidad para controlar sus medios y fuerzas o para informarse sobre el estado de la batalla en curso.

Las bombas electromagnéticas pertenecen a la categoría de las armas denominadas de energía directa, más precisamente a la familia “microondas de alta potencia” (en inglés, HPM, high power microwaves weapon). Ya no remiten a la ciencia ficción. “Esas armas se inscriben en la evolución lógica de las tecnologías de ataque y defensa”, comenta François Debout, subdirector de estrategias técnicas de la dirección francesa general de armamento (STTC-DGA). Se trata de proyectiles de diferentes tamaños –compuestos de una fuente de alimentación, un generador de impulsión, un tubo de hiperfrecuencia y una antena– capaces de producir impulsos electromagnéticos muy breves y poderosos con frecuencias, alcance y direccionalidad variables.

Su impacto directo sobre los seres humanos se juzga nulo, a falta de prueba en contrario. “Dada la brevedad de las impulsiones microondas, no hay agitación de moléculas de agua susceptible de generar una elevación de la temperatura corporal”, explica Debout. Dicho de otro modo, en teoría estas microondas no tienen tiempo de “cocinar” a los seres vivientes que se encuentren en su radio de acción, salvo en caso de falla que induciría una exposición prolongada. En cambio todos los equipos eléctricos y electrónicos son vulnerables a esos impulsos. Tanto más cuanto que la miniaturización de los componentes acentúa su sensibilidad al medioambiente electromagnético.

En California, el laboratorio Lawrence Livermore, de Los Álamos y un laboratorio de la US Air Force, conducen programas de investigación sobre este tipo de arma desde fines de la década de 1980. Lo atestiguan los informes publicados desde 1988 por sus investigadores1, así como las conferencias organizadas sobre este tema en 1993 en Los Álamos, en presencia de miembros del Congreso y representantes de la US Navy y de la US Air Force. Desde mediados de los años 1990 los documentos presupuestarios del Departamento de Defensa mencionan también los programas HPM sin dar detalles.

En 1994 tienen lugar los primeros ensayos para poner a punto sistemas de protección contra las e-bombs destinados especialmente a los aviones F-16. En 1996 el estudio pasa a la etapa de modelización informática. Ese mismo año se habría firmado el primer contrato de desarrollo con un constructor (cuyo nombre no se dio a conocer) para producir un generador2.

En 1997 se realiza en California un ensayo de tamaño natural, cuyo objetivo era un helicóptero. A partir de 1998 se inicia la fase más concreta de desarrollo, después de “la demostración de la capacidad operativa de los HPM para destruir objetivos determinados en un medioambiente natural y la validación de los criterios exigidos para la utilización de esos sistemas”3. El año 2000 fue el de la puesta en marcha de un arma monoimpulsión destinada a atacar las defensas antiaéreas.

Es muy probable que Estados Unidos esté en posesión de armas HPM montadas sobre misiles. Y que tenga previsto montarlas sobre aviones con y sin pilotos. En cambio está mucho menos adelantado en programas de defensa ante este tipo de proyectiles. Según el capitán Tom Jost, del Centro de Seguridad de la Air Force, los programas puestos en práctica para estudiar la vulnerabilidad de los materiales y de los humanos y elaborar medios de protección y defensa culminarán en medidas concretas de gran amplitud a mediados de 20034.

Por su parte, Francia realiza investigaciones sobre diferentes aspectos con la ayuda de laboratorios universitarios (Limoges, Lille) y de escuelas de ingenieros (Supelec y Politécnico, en Saclay), “pero no se decidió ningún programa de desarrollo”, afirma Debout refiriéndose a la DGA. ¿Cómo incluir armas HPM en equipos diversos? ¿Cómo garantizar la adecuación objetivo/medios, evitar que se produzcan daños fratricidas o que esa tecnología quede en manos enemigas debido por ejemplo a la pérdida de un misil equipado? Estos son algunos de los interrogantes que se suscitan. Además de Estados Unidos, que parece haber resuelto o evacuado en parte estos problemas, los países más avanzados, si nos atenemos a los informes del Departamento de Defensa de Estados Unidos, serían los británicos, los chinos, los alemanes y sobre todo los rusos.

En 1998, según el diario sueco Svenska Dagbladet, Australia y Suecia le habían comprado a Rusia, con fines de experimentación, una pequeña arma HPM por unos 150.000 dólares. Y desde octubre de 2001 la empresa rusa Rosoboronexport propone equipos que entran en esa categoría, entre ellos el Ranets-e, un sistema móvil de defensa que actúa en un radio de 10 km con impulsos de 10 a 20 nanosegundos y con una potencia de 500 megawatios.

En agosto de 2002 el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, dio a entender que esas armas, consideradas como “no letales”5, podrían formar parte también del arsenal estadounidense en caso de conflicto con Irak: “You never know” (“Nunca se sabe”), se limitó a responder. Para Debout, con o sin e-bomb, la “guerra limpia” sigue siendo un concepto insensato: “Me niego de todos modos a calificar esta arma como no letal. Imagínese si ese sistema alcanza a un avión de línea…”

“Un arma para producir accidentes”, concluye filosóficamente Paul Virilio.

  1. Especialmente Robert Antinone y W.C. Ng, “HPM (High Power Microwave) Testing of Electronic Components”, Lawrence Livermore National Laboratory, Livermore, California, 10-5-1989.
  2. Documentos presupuestarios desclasificados, “RDT&Eexhibit R-2”, 1996.
  3. Idem, 1998.
  4. Tom Jost, “DEW Safety Policy Development Plan”, 24-6-02. www.deps.org/DEPSpages/graphics/DETEconf/
  5. Steve Wright, “La hipocresía de las armas no letales”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 1999.


Autor/es François Burgat
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:20,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Yemen