Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Sociedad y política en Porto Alegre

¿Ha pasado usted alguna vez una semana rodeado de cien mil personas imbuidas de humanidad, solidarias, alegres, esperanzadas? Eso es, al margen de cualquier otra consideración, lo que transpira el Foro Social Mundial. No es ésta una percepción angélica: entre las más de cien mil personas que concurrieron este año estaban seguramente representadas todas las grandezas y miserias del carácter y la personalidad, como en cualquier grupo. Tampoco se trata de que se den cita una concepción filosófica y un estilo común, como en una orden religiosa, sino de otra cosa. Sobre el vocablo “imbuir”, el diccionario de la Real Academia de nuestra lengua dice: “persuadir, infundir”. Justamente, esas personas comunes que van a Porto Alegre lo que tienen de especial es que están persuadidas de que la mejor manera de que ellos mismos, su familia, sus amigos y su propio país sean felices alguna vez es practicar la solidaridad entre todos los seres humanos. Concurren entonces desde todo el mundo al Foro Social Mundial a encontrarse con otras personas que por distintas vías han llegado a la misma conclusión. ¿El objetivo? Encontrar la manera, los modos de infundir esta persuasión personal al conjunto de los seres humanos; organizar una fuerza capaz de superar a la fuerza primitiva de la violencia, el egoísmo y el autoritarismo. El vocablo “solidaridad” viene del latín solidare (solidar, consolidar): “establecer, fundar o afirmar una cosa con razones verdaderas y fundamentales”. A esta altura de la civilización nadie, en ningún lugar de esta tierra, podría negar con razón, fundamento y verdad que la paz, la igualdad y la democracia constituyen la más alta aspiración humana. La extraordinaria diversidad del Foro Social Mundial se reúne en esa reducida serie de consignas y proposiciones que suscitan unanimidad. Eso es Porto Alegre: gentes diversas y a veces contradictorias, pero unidas en el propósito de avanzar hacia picos cada vez más altos de civilización.

La sociedad en acción

El Foro es la primera respuesta global de las sociedades a la globalización neoliberal. De hecho, es la primera vez en la historia que el movimiento social –partidos, sindicatos, diversas asociaciones de base– se internacionaliza realmente. La Primera y la Segunda Internacional socialistas y la Tercera y Cuarta, comunista y trotskista, fueron en realidad materia de dirigentes, en el sentido de que, dadas las condiciones de la época, sólo éstos se trasladaban y participaban de reuniones transfronterizas. El Foro Social Mundial, un encuentro de organizaciones de base de muy variada orientación, es fruto de la computadora e internet, del jet, el teléfono celular y el abaratamiento relativo de los transportes. En Porto Alegre se dan cita miembros de confesiones religiosas que entienden la comunión con Dios como el deber de dar forma física a sus percepciones metafísicas; socialistas desencantados del extravío neoliberal de sus dirigentes; comunistas que tratan de reponerse de la catástrofe de la Unión Soviética y recuperar de entre los escombros del estalinismo sus nobles e incombustibles banderas; empresarios que desean conciliar la ganancia con la justicia social; líderes políticos y sociales que han entendido que deben conectarse con el mundo para transformar su aldea; intelectuales que tienen la oportunidad de transmitir su saber a multitudes (la comunión entre Noam Chomsky y las 20.000 personas –la mayoría jóvenes– reunidas en el estadio Gigantinho fue emocionante); decenas de miles de jóvenes que dedican su tiempo libre y su escaso dinero a tratar de remediar los peligros que se ciernen sobre la humanidad y la naturaleza; palestinos e israelíes que se tienden los brazos por encima de sus propios fanáticos; periodistas en fin, veteranos de todos los horrores, que se dan por una vez en la vida un baño de civilidad. Porque el Foro también es eso; una prueba de que la buena voluntad que surge de la comunión de propósitos, de la atención prestada a los demás, del reconocimiento del otro, es la mejor vía de convivencia: durante una semana, más de cien mil personas se desplazaron por una ciudad, asistieron a conferencias y debates, utilizaron los transportes públicos, acamparon en un parque municipal, hicieron colas y se apiñaron varias veces por día en salones o en un estadio deportivo desbordados, soportaron imprevistos, defectos de organización y temperaturas tropicales sin que se produjese un solo incidente digno de mención, a pesar de un aparato de seguridad mínimo, casi inexistente por innecesario. El Foro Social Mundial de Porto Alegre es una Babel cívica.

Es por eso que Emir Sader manifestó que el Foro “no intenta cambiar los gobiernos, sino las sociedades”, una buena manera de expresar que el Foro es una respuesta de la base social no sólo a las dictaduras, sino también al deterioro de las democracias representativas, a la ausencia de diálogo entre electos y electores, cuando no a la traición lisa y llana de los programas y promesas por parte de los dirigentes. Sólo la movilización, participación y vigilancia permanente de las sociedades podrá garantizar la vigencia de democracias dignas de ese nombre.

Hacia una política común

Pero el “cómo” de tantos buenos propósitos es político, y puesto que el Foro tuvo lugar en una ciudad de América Latina (el año próximo será en India), resultó inevitable que lo esencial de las manifestaciones políticas concretas pasara por la actualidad regional. No obstante, ésta es tan rica que puede afirmarse, con las reservas del caso, su valor universal, sobre todo teniendo en cuenta que la globalización neoliberal actúa en todas partes del mismo modo y produce los mismos efectos.

Dos modelos de la realidad política latinoamericana, representados por los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil, coincidieron en Porto Alegre. La visita relámpago del primero dejó como enseñanza las dificultades y peligros que afronta un gobierno democrático y progresista que, por razones históricas, se ve confrontado a la doble tarea de convertir una democracia de fachada en una democracia verdadera y de educar –tanto en el sentido lato como político– a su propia base de apoyo: los pobres y marginales, los postergados de siempre, la mayoría de la sociedad venezolana. El detallado relato que el propio Chávez nos hizo a un reducido grupo de participantes del Foro –y luego ante la Asamblea de Porto Alegre– sobre el despiadado sabotaje de los altos funcionarios de la compañía nacional de petróleo y sus dificultades para reemplazarlos y volver a poner en marcha ese centro vital de la economía, fue por un lado una nueva prueba de la clásica y brutal reacción de las burguesías nacionales y sus socios en el extranjero ante reformas que afecten sus intereses, aunque las justifiquen la historia, la moral y las propias necesidades del país. Por otro, de lo ardua que resulta la tarea cuando no se ha conformado lo que es justamente el fin último del Foro: un proyecto político fruto de una elaboración progresiva y emanado de sociedades que participaron activamente en esa construcción, que lo apoyan conscientemente. Aunque Chávez parece ir ganando la batalla, la incertidumbre respecto a Venezuela responde a esa debilidad de base.

En cambio, la comunicación de Lula con la sociedad brasileña, expresada en la necesidad de explicar su visita al Foro Económico de Davos ante el Foro de Porto Alegre y en la existencia misma del Foro Social Mundial en Brasil aun desde antes de que Lula fuese electo presidente, hablan de una situación histórica y de una experiencia política diferentes. Esto fue explicado detallada y magistralmente por Frei Betto, durante la presentación de un libro en el Foro1. Los 52 millones de votos que ungieron presidente a Lula constituyen el apoyo ciudadano a un proyecto político que comenzó a gestarse baja la dictadura militar, en los años ’60, a partir de las Comunidades Eclesiales de Base, orientadas por el recordado obispo Helder Cámara y otros. Ya en los ’70, cuando comenzó a relajarse la represión, “hicieron superficie” los exiliados internos, comenzaron a regresar los externos y se reactivaron el sindicalismo liderado por Lula desde los metalúrgicos de San Pablo y el movimiento campesino, del que surgiría el de los Sin Tierra. Lo particular del proceso brasileño es que no se trató de sectores aislados, sino que desde el comienzo hubo un fuerte intercambio, una decidida voluntad de avanzar unidos en la variedad de circunstancias, orígenes y criterios. Betto contó una anécdota significativa: a mediados de los ’70, Fernando Henrique Cardoso y otros dirigentes, regresados del exilio, lo convocaron para “comunicarle” que iban a fundar un partido socialista y que veían “natural” que todo ese conglomerado se incorporara. La respuesta de Betto, antes de negarse, fue: “ya veo, ustedes tienen la forma y andan buscando un contenido…”.

El Partido de los Trabajadores de Brasil fue fundado en 1979, respondiendo a la necesidad, justamente, de dar forma a ese contenido forjado en años de luchas, experiencias y unidad en la diversidad. El resto es historia reciente; cuatro elecciones presidenciales, tres derrotas y la victoria final, no sin antes poner la guinda en esa masa de repostería política: una alianza clave con sectores importantes de la burguesía nacional brasileña, representada por el industrial José Alencar en la vicepresidencia.

Nada será fácil para Lula, del mismo modo que no lo es para Chávez. Ningún proceso de reformas fue nunca fácil en América Latina, algo de lo que pueden hablar con más antecedentes que nadie los revolucionarios cubanos. Pero la historia, esa veleta al viento, parece otra vez dar la cara a quienes, desde los procesos independentistas inspirados en la Revolución Francesa y la Ilustración, no han olvidado el propósito y la consigna: “libertad, igualdad, solidaridad”.

El análisis cuantitativo del Foro, extraordinario en sí mismo, no alcanza a dar cuenta del formidable avance político que en estas tres ediciones ha representado no sólo para sus participantes, sino para el mundo entero. Para los latinoamericanos, el Foro Social Mundial de Porto Alegre es un salto cualitativo enorme hacia la concreción del proyecto bolivariano y sanmartiniano.

  1. Gianni Minà, Un mundo mejor es posible, de las ediciones Le Monde diplomatique, edición Cono Sur. Además de Betto y el propio Minà, participaron Ignacio Ramonet y Eduardo Galeano.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:3
Temas Neoliberalismo, Movimientos Sociales