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Al servicio de la industria

En diciembre de 2002, las Academias de Medicina, de Farmacia y de Ciencias de Francia hicieron públicos sus informes sobre los eventuales peligros para la salud de los organismos genéticamente modificados. El autor de este artículo cuestiona su credibilidad por desconocer otras investigaciones, incursionar en terrenos ajenos y por la relación de algunos de sus miembros con los grandes grupos comerciales del sector.

A menudo se acusa a los científicos de encerrarse en su torre de marfil y desinteresarse de los problemas de sus conciudadanos, cuyos impuestos sin embargo financian la investigación pública. Por ejemplo, en los años ’90, dos prestigiosas instituciones francesas, la Academia de Ciencias y la Academia de Medicina, guardaron un total silencio respecto del enorme escándalo de la sangre contaminada. ¿Se trató de una muestra de indiferencia, o incluso de ignorancia de los grandes mandarines de la medicina en un campo que era el suyo? ¿O bien –como algunos no dudaron en afirmarlo– de una ley del silencio, destinada a “cubrir” a algunos colegas culpables de no asistir a personas que habían recibido transfusiones y que estaban en peligro de muerte?

Para no ser acusadas de vivir en levitación respecto de los temas que debatía la opinión pública, el 12 de diciembre de 2002 las Academias Nacionales de Medicina y de Farmacia, y al día siguiente la Academia de Ciencias, hicieron públicos de manera coordinada sus informes sobre los eventuales peligros que los organismos genéticamente modificados (OGM) implicarían para la salud. El momento de tal intervención no podía haber sido mejor elegido. A fines de enero debía conocerse la suerte judicial de José Bové, condenado en principio a catorce meses de detención efectiva por haber arrancado plantas transgénicas del Centro de Cooperación Internacional en Investigación Agronómica para el Desarrollo (CIRAD). También a fines de enero, el Tribunal de Apelación de Grenoble debía pronunciarse sobre el caso de 10 militantes de la Confederación Campesina francesa y de la asociación ATTAC, condenados en primera instancia en la ciudad de Valence a penas de detención efectiva por los mismos motivos que Bové.

Los OGM son también objeto de una batalla comercial internacional de gran envergadura: se trata de saber si la moratoria europea sobre la importación de plantas transgénicas será levantada o no. Aguijoneada por las multinacionales del complejo genético-industrial, la administración Bush se impacienta1: ciertos Estados miembros de la Unión Europea (UE), entre ellos Francia, se obstinan en no seguir las disposiciones de la Comisión de Bruselas, que adoptó las reivindicaciones de Washington. Como señala el título de un artículo publicado por Financial Times el 10 de enero de 2003: “Estados Unidos está dispuesto a declarar la guerra de los OGM”, por medio de una denuncia contra la UE ante el Organo de Solución de Diferendos (ORD) de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Eso muestra la importancia de los tres informes citados. Debe señalarse que los industriales, el comisario europeo de Comercio, Pascal Lamy, y su colega estadounidense, Robert Zoellick, pueden sentirse satisfechos: para los académicos, los OGM no presentan problemas particulares para la salud pública. Los encabezamientos que llevan los capítulos de los informes de las Academias de Medicina y de Farmacia2 no dejan lugar a dudas: “no existe ningún riesgo particular vinculado con el modo de obtención de los OGM”; “los eventuales riesgos de los OGM para la salud son controlables”; “las ventajas que pueden esperarse superan los riesgos eventuales”; “las limitaciones reglamentarias que actualmente condicionan la investigación sobre los OGM y sobre su utilización, merecerían ser reconsideradas”.

Zoellick, que criticaba “las políticas europeas anti-científicas”, acaba de conseguir importantes aliados en la Academia de Ciencias, cuyo informe3 va más allá de sus exigencias y hasta puede decirse que es un simple clon del precedente. Resulta insólito que el mundo científico evidencie tanta unanimidad… ¿Pero, se trata del mundo científico o de la correa de transmisión de la industria? Al menos tres razones permiten hacerse esa pregunta: el hecho de que no se hayan tomado en cuenta las investigaciones de otras instituciones o de personalidades científicas sobre el mismo tema; la incursión de las Academias en un terreno que no es para nada el suyo: el de la política comercial; y finalmente, una cosa explica la otra, las vinculaciones de algunos de sus miembros con los grandes grupos industriales del sector.

A los académicos les hubiera bastado saber leer inglés para mitigar su gran optimismo sobre –por ejemplo– la inocuidad de ingerir alimentos OGM, y sobre la ausencia de riesgos en los cultivos de OGM a campo abierto. Tanto la prestigiosa Royal Society británica como la British Medical Association (BMA) dan cuenta de serias inquietudes al respecto4. Así, la BMA afirma que “hasta la fecha no existen investigaciones sobre los potenciales efectos nefastos de los OGM alimenticios en la salud humana. En nombre del principio de precaución, las pruebas de OGM en campo abierto no deberían ser autorizadas”.

Pero tampoco parecen preocuparles las preguntas que les plantea –esta vez en francés– Jacques Testart, director de investigaciones en el Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica (INSERM): “¿Cuántos académicos saben que ninguna compañía de seguros acepta cubrir los riesgos de esos cultivos? ¿Cuántos percibieron las transgresiones a las reglas de experimentación que se producen cuando las pruebas tienen lugar en medios abiertos (en los campos)? ¿Cuántos conocen la distancia de diseminación del polen? ¿Cuántos saben que jamás se efectuaron controles sanitarios consecuentes sobre consumidores de OGM, sean animales o humanos?”. Y se podría agregar: ¿Cuántos conocen los estudios del Comité de Investigación y de Información Independientes sobre la Ingeniería Genética (CRII-GEN)5 cuyo consejo científico está presidido por el profesor Gilles-Eric Seralini? Ese comité, por otra parte, publicará próximamente un análisis científico –realmente independiente– sobre los informes de las Academias.

Los académicos parecen ignorar todo sobre las investigaciones que no van en el mismo sentido que ellos, pero en cambio son muy locuaces sobre cuestiones que no tienen nada de científico. ¿Es acaso su función, como lo hace el informe de la Academia de Ciencias, instar al ministro del Interior (francés), Nicolas Sarkozy, a “adoptar una actitud firme”, principalmente “para mantener el orden público en torno de las diseminaciones experimentales de OGM”? ¿Es su tarea convertirse en abogados de las multinacionales estadounidenses exigiendo el levantamiento de la moratoria europea?: “Con la entrada en vigor de la nueva reglamentación, ya no hay ninguna razón objetiva para prolongar la moratoria (sin fundamento jurídico) sobre las autorizaciones para comercializar los OGM”.

Es más fácil comprender esa toma de posiciones si se examina la composición del grupo de trabajo que preparó el informe de la Academia de Ciencias. Ese grupo está casi totalmente formado por personalidades conocidas desde hace mucho por su entusiasmo pro-OGM. Sus conclusiones son por lo tanto tan previsibles como las de un comité encargado de pronunciarse sobre los riesgos del tabaquismo y que incluyera representantes de los productores de tabaco y “científicos” vinculados a ellos por medio de contratos de investigación. Tomemos algunos ejemplos.

El coordinador del grupo, Roland Douce, estuvo bien elegido: desde 1986 fue responsable de la Unidad mixta CNRS/Rhône Poulenc (que pasó a ser Aventis) Agroquímica (UMR 41). Entre los otros miembros se encuentra la señora Francine Cassé, que tiene a su cargo un curso sobre “Métodos de obtención y aplicaciones agro-alimentarias y biomédicas de las plantas transgénicas”, al término del cual los estudiantes deben ser capaces de “citar ejemplos de aplicaciones potenciales de la transgénesis vegetal en agricultura, industria alimentaria, industria farmacéutica, etc.”. Por lo tanto, resulta comprensible que en un artículo publicado en La Recherche, haya afirmado que la oposición a los OGM se funda en “razones que no puede entender”.

Alain Rérat, del CIRAD, también está perfectamente en su lugar: sus investigaciones son muy citadas en el sitio de la industria de lo vivo realizado por la Confederación Francesa de Semilleristas (CFS), el Grupo Nacional Interprofesional de Semillas y Plantas (GNIS) y la Unión de Industrias de Protección de Plantas (UIPP). Hay que decir que el título de una de sus actuales investigaciones es prometedor: “La transgénesis promueve una agricultura durable”. Por su parte, Alain Weil es uno de los dos responsables de un proyecto conjunto del Cirad y de la Fundación Aventis-Instituto de Francia, dirigido a compartir con los países del Sur los beneficios de la agricultura “sostenible”. Allí se procura fundamentalmente brindar “soluciones alternativas a la utilización de productos fitosanitarios” (léase: OGM). En cuanto a Bernard Le Buanec, se puede decir que es secretario general de la Federación Internacional de Semillas (FIS) y de la Asociación Internacional de Seleccionadores, cualidades que, curiosamente, no figuran en el informe…

Si, como puede verse, el principio de precaución no fue la primera preocupación de los miembros del grupo de trabajo, en cambio parece haber sido fundamental para seleccionar a sus miembros: con ellos no hay el menor peligro de causarles problemas a los industriales estadounidenses y a sus émulos franceses y del resto de Europa.

  1. Susan George, “Ofensiva estadounidense sobre los OGM”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2002.
  2. Boletín de la Academia Nacional de Medicina de Francia, 2002, 186, N° 9, sesión del 10-12-02.
  3. Academia de Ciencias de Francia, “Les plantes génétiquement modifiées”, informe Science et technologie, N° 13, diciembre de 2002.
  4. The Royal Society, Genetically Modified Plants for Food Use, septiembre de 1998; The British Medical Association, Board of Science, The Impact of Genetic Modification on Agriculure, Food and Health: an Interim Statement, 1999; BMA, The Health Impact of GM Crop Trials, noviembre de 2002.
  5. http:/www.crii-gen.org
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:32,33
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Transgénicos, Salud