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Economía de guerra

Alguna vez se dijo, en esta misma columna, que el mundo se estaba tornando excesivamente peligroso. Siempre lo fue, sólo que esta vez todo el mundo es peligroso. La historia humana no es precisamente una historia de paz, pero en las guerras mucho dependía de donde uno se encontraba, e incluso en los peores momentos de la Guerra Fría las sociedades de algunos países del Sur podían imaginar que el Apocalipsis ocurriría en el Norte y que, con suerte y viento a favor, su nube no los alcanzaría.

¿Es la guerra el peor peligro? Sin duda, cuando nos llega, pero es un error formular así la pregunta porque supone imaginar la guerra como una causa y no como, según la lúcida fórmula de Clausewitz, la continuación de la política por otros medios. La forma más segura de preparar una guerra es propiciar o aceptar ciertas políticas que, tarde o temprano, conducen a ella.

La guerra que casi con seguridad iniciará este mes Estados Unidos en Irak es la consecuencia lógica de políticas de absorción de mercados y riquezas naturales por parte de los grandes países desarrollados, con Estados Unidos a la cabeza, que caracterizan a la globalización en curso. El historiador Eric Hobsbawn afirma que la razón por la cual “ningún estadista sensato” decidió poner fin a la guerra “antes de que se destruyera el mundo de 1914”, fue que “a diferencia de otras guerras anteriores, impulsadas por motivos limitados y concretos, la Primera Guerra Mundial perseguía objetivos ilimitados. En la era imperialista, se había producido la fusión de la política y la economía. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites”1. Si esto fue así ya desde principios del siglo XX, tanto más ahora, cuando el salto científico y tecnológico ha borrado las fronteras y los mercados, y los recursos naturales, engullidos a velocidad pasmosa, se hacen escasos. Tal como ha comenzado el siglo XXI, la herramienta decisiva de la economía y la política será el aparato militar.

¿Sólo se puede hablar de guerra cuando un país invade a otro, cuando se enfrentan dos o más ejércitos? En sentido estricto, puede que sí, pero sin contar con que las guerras modernas provocan muchísimas más víctimas entre la población civil que entre los profesionales del combate2; basta echar una ojeada para comprobar que las guerras civiles –o las situaciones de virtual guerra civil, como en Colombia– se multiplican y, sobre todo, que la desigualdad, la pobreza y la mafistización de las sociedades e instituciones, ese estado larval de las guerras civiles que luego devienen guerras internacionales, campean por el mundo, incluso en Estados Unidos3.

Dicho de otro modo: si las sociedades democráticas modernas –que son hijas del crecimiento económico y de la distribución del ingreso ocurridos entre 1945 y 1975– toleran políticas que conducen a una creciente desigualdad social, pobreza y miseria, éstas provocarán convulsiones e inseguridad internas, una suerte de tribalización que a su vez generará deterioro institucional, respuesta del poder económico y político amenazados, el consiguiente recorte de las libertades, la sucesiva cristalización de grupos armados enfrentados y, luego, la internacionalización del problema.

Es lo que está pasando en casi todo el mundo. Para no acudir otra vez al caso colombiano, se pueden observar tres distintos ejemplos, ocurridos en América el pasado mes de febrero: Brasil, Bolivia y Estados Unidos. Para tratar de sacar a uno de sus jefes de la cárcel, las mafias de narcotraficantes volvieron a demostrar en Río de Janeiro que ya casi constituyen un doble poder, asolando la ciudad ante la impotencia del gobierno. En La Paz, los ciudadanos de a pie, los estudiantes ¡y la policía! hicieron tambalear al gobierno a causa de un impuesto… a los salarios (ver La rebelión boliviana). En algunas ciudades de Estados Unidos se prohibieron las marchas contra la guerra y en Nueva York, por primera vez, la policía impidió que miles de manifestantes se sumaran a la columna principal. Ya no se trató de suprimir las libertades de árabes, negros o hispanos, sino también las de millares de WASP de pura cepa4. No es necesario extenderse aquí sobre el gravísimo recorte a las libertades que representa el Patriotic Act y los abusos que éste propicia, por no hablar de la más que dudosa elección del propio George W. Bush5. Sólo señalar que el descontento contra la guerra y sucesos como los tumultos en Los Ángeles el año pasado (que obligaron al gobierno a acudir a la Guardia Nacional), además de expresar el espíritu democrático de millones de ciudadanos de ese país, tienen un sustrato profundo: el aumento de las desigualdades y la pobreza en la nación más rica del planeta.

¿Hacia dónde va Estados Unidos?

La política económica de la administración Bush y el origen ideológico y empresario de sus principales integrantes, explican la decisión y el descaro con que fue consumado el fraude electoral y la necesidad de atacar a Irak. El silencio de los grandes medios de comunicación ante aquel escándalo y su actual apoyo a la guerra muestran a las claras hasta dónde el proceso de concentración empresaria ha desvirtuado el papel del periodismo: basta recordar el Watergate para percibir la diferencia (ver pág. 10). Tal como denuncian Norman Mailer, Gore Vidal, Susan Sontag, Noam Chomsky y los intelectuales y artistas más lúcidos, en Estados Unidos ya se ha creado una “atmósfera prefascista”, estimulada por los ejecutores de la política económica y sus beneficiarios.

Lo alarmante son los enormes déficits de la balanza comercial y del presupuesto estadounidenses, con el consiguiente endeudamiento que suponen. En 2002, el primero alcanzó el récord histórico de 435.200 millones de dólares (5% del PBI) y se prevé que trepe a 511 y 520 mil millones en los próximos dos años6. En cuanto al déficit fiscal, “incluso sin contar las últimas proposiciones de recorte de impuestos o una guerra con Irak, el presupuesto del presidente Bush para el próximo año fiscal arrojaría un déficit de 307.000 millones, un preocupante 3% del PBI”7. La guerra y la eventual rebaja de impuestos a los ricos –de eso se trata– no harán más que aumentar el déficit y la deuda, que actualmente es de 2.071.269 millones de dólares, 2,8 veces más que la deuda total de América Latina y un 20% del PBI estadounidense8.

Pero las cifras dicen poco: al fin y al cabo, tanto el déficit presupuestario como la deuda son relativamente soportables para un PBI de la magnitud del de Estados Unidos. En cuanto al déficit comercial, éste viene financiándose desde hace décadas mediante el control de la moneda de referencia mundial y la aspiración de capitales que ese dominio comporta. Lo importante es la tendencia: en un artículo luminoso, Paul Krugman afirma que “si el gobierno se sale con la suya (reducir los impuestos y aumentar el gasto militar), en el plazo de una década –o quizá antes– Estados Unidos tendrá unos fundamentos presupuestarios similares a los que tenía Brasil hace un año (…) el mercado de bonos mirará al futuro y comprobará que las cosas no cuadran: a los ricos se les han prometido tipos impositivos bajos; a la clase media (…) pensiones y atención sanitaria y el gobierno no puede cumplir todas esas promesas y al mismo tiempo pagar intereses sobre su deuda. El temor a que el gobierno resuelva el problema inflando la deuda provocará un aumento de los tipos de interés, lo cual empeorará el déficit, y se producirá una espiral hasta que la situación quede fuera de control”9. Otras voces van en la misma dirección: “Ese juego (déficits más endeudamiento), sólo durará un tiempo, porque Estados Unidos acumula año tras año una deuda que algún día tendrá que devolver (…) los mercados financieros descubrirán de golpe que eso no puede durar. El dólar podría entonces derrumbarse brutalmente, provocando una nueva crisis económica mundial”10.

Un planeta convulsionado

Las versiones optimistas sostienen que después de la conquista de Irak bajará el precio del petróleo y que al menos la economía de los países desarrollados, cuyo crecimiento se hace cada vez más arduo11 se recuperará. Pero aunque baje el precio de la energía, nadie es capaz de explicar cómo se aplacarán las iras del mundo islámico, cómo se apagarán los fuegos en otras partes del planeta y, en estricta economía –si es que se puede considerar por un momento que los conflictos no la influyen– cómo hará el capitalismo en esta fase neoliberal para generar una demanda mundial capaz de absorber los prodigiosos e incesantes avances productivos fruto del desarrollo científico y tecnológico.

La administración Bush tiene la respuesta: la guerra. En la disyuntiva de utilizar su formidable capacidad financiera, productiva y cultural para sembrar democracia e igualdad para todos –creando de paso los mercados que el capitalismo necesita– o servirse de su monstruosa máquina militar para vivir de la destrucción, la pandilla en el poder en Estados Unidos elige lo segundo. Opta por vivir de la carroña en un mundo en el que los requisitos de seguridad serán cada vez mayores y a la paz habrá que buscarla en bunkers asediados. A menos que la reacción mundial y la de la propia opinión pública estadounidense provoquen una crisis y un giro en la política del Imperio, resulta escalofriante pensar a qué extremos éste podría llegar si las previsiones de crisis de materializan. La globalización, como indica Ignacio Ramonet (ver pág. 4) se ha militarizado.

Todo el mundo se ha vuelto peligroso, y es triste predecir que puede que lo será mucho más en los años por venir. Pero la Historia se desarrolla en círculos sucesivos, como decía el napolitano Vico, y en sus fases ascendentes sus protagonistas cambian de nombre y de lugar. Cada vez son más los analistas que predicen que en poco más de dos décadas China ocupará el lugar de Estados Unidos.

En este planeta convulsionado, el futuro de cada país depende de la política económica que adopte ahora mismo, de su actitud y grado de neutralidad frente a la situación internacional, de las alianzas que escoja, de que el conjunto de países de una región dada sepa o no aprovechar su potencial y ventajas comparativas para progresar unido y relativamente al margen de los conflictos mundiales.

Los viejos lobos de mar sabían que con mar brava hay que ir al pairo y lo más cerca posible de velas amigas. Es un aviso para navegantes de América Latina.

  1. Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 1995.
  2. Ibid.
  3. Joaquín Estefanía, “La vuelta del gran Gatsby”, El País, Madrid, 26-2-03. También Norman Mailer, “Los bushistas están por acabar con la democracia”, Clarín, Buenos Aires, 26-2-03.
  4. White, anglo-saxon, protestant. Blanco, anglosajón, protestante.
  5. En el artículo citado, Mailer afirma que “es repugnante robar una elección nacional si la gente cree en la democracia (…) Una vez que se roban las elecciones, ipso facto se termina la democracia”. Es interesante apuntar que en la versión en inglés, distribuída por Global Viewpoint y “adaptada por observaciones de Los Angeles Institute for Humanities” fueron suprimidos íntegros los dos últimos párrafos, donde se acusa a la administración Bush de fraude. Ver Norman Mailer, “Gaining an empire, losing democracy?”, International Herald Tribune, París-Nueva York, 25-2-03.
  6. Eric Leser, “Le déficit commercial américain…”, Le Monde, París, 22-2-03.
  7. “Voodoo vs. Rubinomics”, editorial del International Herald Tribune, París-Nueva York, 18-2-03.
  8. International Monetary Fund, Coordinated Portfolio Investment Survey (www.IMF.org).
  9. Paul Krugman, “Al segundo día, Atlas se fue por las ramas”, El País, Madrid, 23-2-03.
  10. “Le beurre et les canons”, editorial de Le Monde, París, 22-2-03.
  11. Adrien de Tricornot, “Le G7 attentiste face au ralentissement de l’économie”, Le Monde, París, 25-2-03. Durante la última reunión de los siete países más desarrollados (París, 21/22-2-03), “los europeos reprocharon a los estadounidenses sus desequilibrios financieros”.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:2,3
Temas Mundialización (Cultura), Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos, Irak