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El atolladero palestino-israelí

El jefe de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, profundamente inquieto ante las previsibles consecuencias de una ofensiva militar contra Irak, entiende que las condiciones impuestas por el primer ministro israelí Ariel Sharon para reanudar las negociaciones de paz son absurdas. En cuanto a la población israelí, tras un boicot histórico a las elecciones legislativas, no logra vislumbrar un futuro. Asimismo, las encuestas indican que no está representada en dos tercios del parlamento, dominado por la derecha y los partidos religiosos.

Una larga mesa rectangular ocupa casi toda la habitación que sirve al presidente de la Autoridad Palestina (AP) de sala de estar, salón de recepciones, comedor y oficina. En uno de sus extremos, Yasser Arafat –cuyos anteojos no alcanzan a ocultar un rostro pálido y tenso– está inclinado sobre un pupitre donde se amontonan carpetas y documentos. Con un marcador rojo subraya traducciones de artículos aparecidos en la prensa israelí. Tras la puerta, soldados armados y oficiales en uniforme velan por su seguridad, pero ningún militar monta guardia en torno de la Muquataa, la sede de la AP. Lo que queda de ese edificio, bombardeado por la artillería israelí, está rodeado de escombros. A sus 74 años, Arafat se anima a asomarse entre las ruinas para “calentar al sol mis viejos huesos”, como dice. En efecto, la habitación en la que recibe no tiene ninguna ventana por temor a que “por error o no” sea disparado un obús en su dirección.

Está preocupado por la guerra contra Irak y sus consecuencias, y enumera los riesgos potenciales de la misma: la reocupación de Gaza, nuevos asesinatos de personalidades palestinas, bombardeos que dejen muchos muertos, el “traslado”1 –eufemismo que designa la depuración étnica– pero evita evocar los riesgos que él mismo corre. Nabil Chaath, su ministro de Cooperación Internacional, se muestra tranquilo: dice tener “garantías formales” de parte de Washington de que no habrá ni expulsiones masivas ni deportación del presidente de la AP. Sin embargo, el líder palestino hace notar que un atentado que causara muchos muertos en Israel le daría a Ariel Sharon la excusa para “destruir los vestigios de la Autoridad Palestina, su objetivo final”. Sin embargo, agrega Arafat, la OLP sobrevivirá, pues es “indestructible”.

Rodeado de varios de sus ministros y consejeros, responde a los argumentos de quienes lograron diabolizarlo. Rinde un emotivo homenaje a Itzhak Rabin, “el único interlocutor que verdaderamente creía en una paz justa”. Luego se ocupa de demostrar el carácter “absurdo” de las tres condiciones impuestas por el gobierno de Sharon para reanudar las negociaciones: un cambio de presidente en la AP, la “democratización” de la misma, el fin de toda forma de violencia. Para comenzar, enumera las iniciativas de paz –secretas o públicas– por él emprendidas desde hace más de treinta años, y que generaron ásperos debates, tensiones y varias escisiones en el seno de la OLP: en primer lugar los intercambios epistolares desde 1969-1970, con el general Moshe Dayan, por entonces ministro de Defensa; y el “cambio fundamental” que logró imprimirle al movimiento palestino en junio de 1974, logrando que admitiera que el Estado palestino podía ser construido sobre una parte solamente de la Palestina histórica…

Así, durante décadas, Arafat fue el inspirador y el firme defensor de una solución del conflicto basada en la existencia de dos Estados, que podrían vivir en paz uno junto al otro. Cita todos los contactos secretos iniciados, año tras año, con los responsables políticos israelíes, tanto de derecha como de izquierda. Recuerda que fue por iniciativa suya que el Congreso Nacional Palestino, reunido en Argel en 1988, aceptó las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad, y que proclamó como nuevo “objetivo estratégico” de la OLP la obtención de la paz. Luego de los acuerdos de Oslo, en la primavera de 1996, Arafat hizo suprimir de la Carta palestina los artículos que cuestionaban la existencia misma del Estado de Israel.

En respuesta a quienes pretenden que habría perdido credibilidad por su comportamiento en la cumbre de Camp David en julio de 2000, Arafat responde de manera categórica: “Los israelíes no me hicieron una ‘oferta generosa’ como se dijo. Eso es simplemente una enorme mentira. Y me alcanza con referirme al insoslayable testimonio de Robert Malley, consejero del presidente Clinton, que tenía a su cargo la tarea de establecer un informe detallado del desarrollo de la conferencia, hora por hora”. En cambio, Arafat se felicita de los logros registrados en las negociaciones de Taba en enero de 2001, basados sobre los “parámetros Clinton”, mucho más realistas que las primeras proposiciones de Ehud Barak. “Habíamos llegado, sobre todo en los temas de Jerusalén y de los refugiados, casi a un acuerdo definitivo, que hubiéramos firmado si Ariel Sharon no hubiera sido electo pocos días después al frente del gobierno”.

Respecto de su estrategia para la paz, Arafat explica: “Tres documentos fundamentales deberían ser la base de una solución definitiva: el acuerdo de Oslo, los parámetros del presidente Clinton, y por último, el compromiso adoptado por todos los Estados miembros de la Liga Árabe para normalizar totalmente sus relaciones con Israel luego de la creación de un Estado palestino”.

Impotencia frente al terrorismo

Mientras tanto, Arafat se dice totalmente dispuesto, “en el propio interés del pueblo palestino” a reformar la AP, y acepta la designación de un primer ministro. “A condición que el papel del Presidente no se vea reducido a puras formalidades”, exclama abruptamente uno de sus consejeros. Pero Arafat admite su impotencia frente al terrorismo: las organizaciones islamistas que cometen atentados suicidas, que tantas veces él condenó, son telecomandadas y financiadas por “potencias regionales”. Y se limita a mencionar a Irán y al intermediario: Munir Makdah, un palestino residente en el Líbano, que tendría relaciones privilegiadas con el ayatollah Alí Khamenei, guía supremo de la República islámica.

Arafat hizo todo lo posible para convencer a Hamas y a la Jihad Islámica de renunciar a la violencia; tanto por la fuerza, lo que causó muertos y heridos, como por medio de negociaciones, todas las cuales fracasaron, salvo una, en diciembre de 2001. Pero Sharon puso fin unilateralmente al alto el fuego que habían respetado todas las organizaciones palestinas durante seis semanas. ¿Cómo podía el líder palestino hacer reinar el orden luego de que el ejército israelí destruyera los servicios de seguridad de la AP, desmantelara y desarmara sus fuerzas policiales, demoliera todas las cárceles palestinas, salvo una en Jericó, que fue puesta bajo el control de inspectores anglo-estadounidenses?

En cuanto a la democratización de la AP, exigida por sus compatriotas, Sharon impidió su concreción. Las elecciones legislativas y presidenciales, llave maestra de toda reforma, no pudieron desarrollarse como estaba previsto, el 20 de enero pasado, a causa del bloqueo que mantenía el ejército israelí. El Primer Ministro israelí paralizó la acción de las instituciones existentes al prohibir que los responsables palestinos salieran de sus ciudades. El Consejo de ministros y el Consejo legislativo –únicas instancias competentes para introducir reformas– sólo pueden reunirse de manera esporádica.

Arafat cuenta con muchos opositores en el seno del Consejo legislativo, entre la intelligentsia y en las altas esferas de la OLP, que critican –a menudo públicamente– sus métodos autoritarios, sus tergiversaciones, sus errores políticos, la corrupción que reina en su entorno. Pero en las actuales circunstancias, la mayoría de esos opositores lo apoyaría. Como explicación de esa paradoja, uno de ellos confía: “No se cambia el capitán del barco en medio de la tormenta. Ya llegará el momento en que Arafat deba dar explicaciones por su gestión de la crisis”. Sharon no desea elecciones ni reformas que acabarían reforzando a Arafat, el que sin duda alguna sería fácilmente reelecto, aunque con un porcentaje menor que el de 1996 (88% de los sufragios).

Futuro sombrío

Cuando se recorren los sesenta kilómetros que separan Ramallah de Tel Aviv se tiene la sensación de pasar del infierno al paraíso. Pero es sólo en apariencia: la gran mayoría de los israelíes no espera nada del futuro. Sharon ahora y Barak antes lograron convencerlos de que es imposible llegar a un acuerdo con los palestinos en un plazo previsible. “En las últimas elecciones, los israelíes no eligieron entre la guerra y la paz: simplemente votaron a favor de la seguridad”, explica Dan Meridor, ministro de Planificación estratégica del gobierno de Sharon. “Ahora bien, los israelíes perciben a Sharon como el halcón más decidido de Israel, y no se equivocan”, añade Meridor, encargado fundamentalmente de la coordinación de los servicios de seguridad y de las relaciones con los palestinos.

Por su parte, el ex ministro laborista Yossi Beilin pone de relieve sobre todo el “desconcierto” de sus compatriotas, que boicotearon masivamente las elecciones: 32% de abstención, el porcentaje más elevado desde la creación del Estado, al cual debería sumarse según muchos observadores el 12% obtenido por el partido Shinui (cambio), que ignorando el conflicto llamó a votar por… un Estado laico. Por lo tanto, según Beilin, casi la mitad de los israelíes manifestó su desapego al proceso democrático. El ex diputado pacifista Uri Avnery llegó a comparar el comportamiento del Shinui con la orquesta del Titanic, que seguía ejecutando valses vieneses, imperturbable, mientras el barco se hundía en medio de la desesperación general.

Que la derecha y los partidos religiosos hayan obtenido los dos tercios de las bancas de la Knesset –mayoría sin precedentes en la historia de Israel– es sólo una ilusión óptica. En efecto, las encuestas indican que los israelíes son mayoritariamente partidarios de la estrategia de paz de la izquierda: el desmantelamiento de casi todas las colonias de Cisjordania y de Gaza, donde sería creado un Estado palestino. Consideran irrealista el proyecto de Sharon de devolver a los palestinos sólo un 40% de los territorios ocupados, donde se establecería una decena de “bantustans” controlados por Israel. “La derecha imagina que podrá imponer una solución por la cual los palestinos se convertirán en el caballo y los israelíes en el jinete”, comenta Amram Mitzna, jefe del Partido Laborista. Para él, semejante estrategia está condenada al fracaso.

Sin dudas, los israelíes están preocupados a causa del terrorismo, pero más aun los angustian otras dos perspectivas dramáticas. Una es de tipo existencial: teniendo en cuenta el crecimiento demográfico2 de ambas comunidades, dentro de unos diez años los palestinos serán mayoritarios en el “Gran Israel” caro a Sharon. Y en tal caso, el proyecto de ocupación y de colonización de los territorios conquistados en 1967 se volverá una pesadilla.

La otra inquietud tiene que ver con la crisis de la economía israelí, la más grave en medio siglo. En depresión desde el comienzo de la segunda Intifada, en septiembre de 2000, la economía se vio afectada por una sensible baja en las inversiones extranjeras, por la pérdida de los mercados árabes, por el derrumbe del turismo y de las altas tecnologías, y por el enorme déficit presupuestario debido al aumento de gastos del ejército y de los colonos. Cientos de empresas y de comercios cerraron sus puertas. El número de desempleados aumenta, en tanto que el gobierno prevé despedir 30.000 trabajadores del sector público y reducir en un 8% los sueldos de otros funcionarios. Las tensiones sociales se exacerban. Al menos 1.500.000 israelíes –entre ellos 500.000 niños– es decir, cerca de un cuarto de la población, viven bajo el nivel de pobreza. A la vez, la corrupción y la especulación enriquecen a los happy few. El “paraíso” israelí de la edad de oro de Oslo, bajo el gobierno de Rabin, ya no existe.

El ministro Meridor hace un análisis lúcido: “No tenemos un remedio milagroso para solucionar la crisis, a menos que logremos terminar con la Intifada”. El líder laborista Mitzna saca una conclusión realista: “Sharon debería ocuparse de sus compatriotas en lugar de ocupar el territorio de los Palestinos”. En todo caso, Arafat y la Autoridad Palestina no tienen otra salida que convencer a la opinión pública israelí de que su diabolización es infundada. Si lo logran, los halcones de Israel y de Estados Unidos, que se oponen a nuevas negociaciones de paz, se verán obligados a tener en cuenta esa realidad.

  1. A. Hass, “Esos israelíes que sueñan con el traslado“, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2003.
  2. Ver Youssef Courbage, “Enjeux démographiques”, Le Monde diplomatique, París, abril de 1999, y Populations & sociétés, Nº 362, París, noviembre de 2000.
Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Traducción Carlos Alberto Zito
Países Israel, Palestina