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Decadencia y sociedad

El fantasma de Carlos Menem recorre Argentina. No es burlón e inofensivo como aquel Benito de la vieja historieta. Tampoco un espectro gimiente, lleno de pústulas y capaz de infundir pavor pero condenado a vagar por la eternidad de un ayer definitivamente enterrado. Se trata de un muerto viviente, que pone a la sociedad frente al espejo.

El problema no es Menem, por supuesto. El riojano es sólo el arquetipo, la encarnación viva de una sociedad que en el último cuarto de siglo decidió mayoritariamente abandonar el terreno de lo simbólico y asumirse en la realidad. ¿Recuerdan, al menos los que tienen algunos años? Algunos héroes de nuestra literatura y sobre todo de nuestra historieta prefiguraron el presente. Ya el viejo Vizcacha advertía a Fierro que hay que hacerse amigo del juez, y luego Avivato, Isidorito, el gordo Villanueva, “el otro yo del doctor Merengue” y las chicas de Divito prefiguraban el país de las mafias y la farándula en el poder.

La dictadura militar que se instaló en el país en 1976 se dio a sí misma el objetivo de clarificar las cosas. Si los partidos políticos, en particular peronistas y radicales (80% de los votos entre ambos), no habían logrado entender en casi un siglo que es imposible repicar y estar en la procesión, ella se encargaría de la limpieza y de los cimientos de la nueva Argentina. Políticamente, barrió a sangre y fuego con todo lo que desde dentro y desde fuera de ellos mismos imponía a los partidos ese estéril quiero y no puedo; ese constante sí pero no. Económicamente, cementó el camino que ineluctablemente habría de seguir quien quisiese dirigir el país.

El desastre de Malvinas –la Historia, en definitiva– precipitó la salida de los militares y volvió a descargar sobre la dirigencia política una responsabilidad para la que, si antes no estaba preparada, esta vez ni esperaba. Fue así que Raúl Alfonsín desperdició en un par de años la mejor oportunidad histórica, desde Caseros, de refundar la Nación. El quiero y no puedo, el sí pero no, volvieron por sus fueros como si nada hubiera pasado. Pero habían pasado muchas cosas en el país y en el mundo, Alfonsín tuvo que entregar el mando a la desesperada y, él sí, devino un fantasma condenado a vagar por los entresijos del poder.

Retorna entonces el peronismo al gobierno con Carlos Menem, que como buen peronista quería el poder y tenía una idea precisa de donde estaba en ese momento de la historia: en los especuladores locales, los organismos financieros internacionales y los Estados Unidos. Con Menem se acabó el quiero y no puedo. Si en 1973 el general Perón había consentido a la Triple A y que se ametrallase a la juventud peronista, Menem encontró ese camino despejado por los crímenes de la dictadura y la esperanza de los sobrevivientes en la democracia. Todo lo que tuvo que hacer –y lo hizo– fue marchar decidido por el pavimento económico inaugurado por José Alfredo Martínez de Hoz.

¿Y qué hizo mayoritariamente la sociedad argentina? Lo festejó, lo aduló, especuló, se repartió las migas de la orgía financiera y se las gastó en Miami, Buzios o Punta del Este, mientras los trabajadores consentían la entrega de sus obras sociales y cajas de jubilación a especuladores privados y se olvidaban de los desocupados y de su militancia sindical. Si durante la dictadura esa mayoría había mirado a otra parte cuando se cometían crímenes y aceptado el circo del mundial de fútbol (somos derechos y humanos, decía), ahora fingió no enterarse del endeudamiento del país, de la debacle industrial, educativa y sanitaria y de que panes enteros de la sociedad se hundían en la pobreza o la miseria: estaba demasiado ocupada masturbándose con el sexo y las riquezas fulgurantes que mostraban las portadas de Gente y de Caras. En el último cuarto de siglo, Argentina pareció darle razón a quienes piensan que los países que carecen de aristocracia están condenados a ser gobernados por tiranos o mafiosos.

El resto es historia reciente. Una izquierda oportunista que se encarama sobre las expectativas de libertad, igualdad, decencia y soberanía de esa otra sociedad, minoritaria pero numerosa, que encarna las aspiraciones de conformar una República y una Nación dignas de ese nombre, y acaba entregando ese caudal a la derecha del partido radical, lo más rancio, casposo y estólido de la política nacional. Una de las explicaciones posibles a la impotencia del progresismo para conformar la alternativa unitaria que reclama la situación (ver pág. 4) es justamente el despilfarro de energías y esperanzas que supusieron el Frepaso y luego la Alianza.

El balance de todo eso es aterrador. El país que a lo largo de toda su historia fue el más igualitario de América Latina –y en algunos períodos de América toda– tiene hoy 20.815.000 pobres (57,8% de la población), de los cuales casi 10 millones son indigentes1. El país que produce anualmente alimentos para 300 millones de personas obliga a centenares de miles de sus ciudadanos a hurgar en la basura para alimentarse. El país que supo tener los sistemas educativo y sanitario entre los más democráticos y eficientes del mundo, exhibe hoy tasas de analfabetismo, analfabetismo funcional y mortalidad infantil y materna propias de los países más atrasados. La investigación científica y tecnológica está casi paralizada y ha perdido años de actualización, quizá irrecuperables. Si algo vive aún de todo eso es por una especie de inercia histórica y sobre todo por el esfuerzo, el sacrificio de miles de maestros, profesores e investigadores, que ganan salarios de miseria.

¿Es necesario insistir ante los lectores de este periódico sobre la situación económica? Sólo señalar algunas cosas que la sociedad ha permitido que ocurran –hasta las ha aplaudido– y que comprometen seriamente las posibilidades de recuperación y el futuro: se han enajenado en pésimas condiciones bienes nacionales estratégicos, como el petróleo y el gas; empresas por definición sociales, como las de suministro de agua, gas, electricidad y transporte; se ha desmantelado la red ferroviaria; se ha autorizado la explotación pesquera de manera tal que especies como la merluza prácticamente han desaparecido; se ha privatizado el sistema jubilatorio y hasta la fabricación de documentos de identidad… La pequeña y mediana industria están al borde de la extinción, incluso ahora que el cese de las importaciones posibilita la recuperación de muchas, por la ausencia o carestía del crédito y la compresión de la demanda. Como en el siglo XIX y parte del XX, el país vuelve a vivir “del campo”, sólo que ahora está en buena medida también enajenado al extranjero y, sobre todo, la producción argentina se ha desbocado hacia los peligrosos Organismos Genéticamente Modificados (OGM, ver pág. 30).

¿Algo que decir de las instituciones? Los poderes judicial, legislativo y ejecutivo, las fuerzas militares y de seguridad, los partidos políticos, los sindicatos, las corporaciones, conforman, con las excepciones del caso, un verdadero entramado mafioso, premoderno, una pústula cultural, en la medida en que no son más que el reflejo de las actitudes sociales cotidianas de la mayoría, de su permisividad e indiferencia, cuando no complicidad. El policía que olvida una multa de tránsito por cinco pesos no es peor –y hasta puede que tenga más justificaciones– que los millones de automovilistas que violan todas las reglas todo el tiempo.

Y aquí estamos, ante unas elecciones presidenciales que, a pesar de lo decepcionante de las propuestas, conviene tomar muy en serio por una simple razón: o el país comienza a cambiar de rumbo, incluso tímida y contradictoriamente, o en un período muy corto habrá que olvidarse no ya de la Argentina que cada uno quiere, sino simplemente de la que todos conocimos. Este es el punto que las fuerzas políticas democráticas y progresistas no han entendido. Algunas tomaron el “que se vayan todos” al pie de la letra e imaginaron una revolución inminente, olvidando que por haber evaluado así hechos mucho más masivos y conscientes, como el “cordobazo”, una generación entera erró el rumbo político. Otras se asustaron tanto ante la perspectiva que acabaron recostándose en quienes la gente repudiaba. Total, que se quedaron todos y es altamente probable que uno de ellos vuelva a gobernar el país. De esa runfla, el único que ha definido con claridad su programa es Menem. A la inseguridad, fuerzas armadas en la calle; a la economía, dolarización; a las relaciones internacionales, a la cama otra vez con Estados Unidos; al comercio exterior, el ALCA; a los problemas con un eventual Congreso adverso, gobierno por decreto. Una vulgar y explosiva República bananera.

¿Aprobará eso otra vez la sociedad? Todo parece indicar que la mayoría ha cambiado de aire, pero la oferta electoral ante esa perspectiva de espanto es tan variada que en la segunda vuelta podría ocurrirle lo que a los franceses y verse obligada a dejarse violar por Frankenstein para que Drácula no vuelva a chuparle la sangre. Considerando todo lo anterior, lo tendría bien merecido.

Pero los tiempos de la conciencia y organización social son más lentos que el que va de una a otra elección, lo que explica de algún modo la dispersión actual. Ni el país, ni el mundo son los de 1990 y ni aún un político inescrupuloso como Menem podría moverse otra vez como lo hizo. Además, habrá que confiar en que al menos una parte de la sociedad argentina que aprobó o toleró tanto dislate e ignominia habrá aprendido la lección.

Si es así, puede que estas elecciones, con todo y a pesar de todo, resulten el principio del fin de la decadencia.

  1. Ismael Bermúdez, “El nivel de pobreza…”, Clarín, Buenos Aires, 1-2-03.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:3
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina