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La historia de una crisis

El conflicto iraquí sirvió como signo revelador del estado en que se encuentra el sistema internacional. Mostró de qué manera Estados Unidos puede ejercer su poder político, económico y militar, y cómo pudieron reaccionar los otros actores mundiales frente a sus iniciativas. Pero, más allá de las protestas contra la guerra, es posible que marque el comienzo de un cuestionamiento de la hegemonía planetaria estadounidense.

La crisis nace de las decisiones del presidente George W. Bush frente a Irak y a su régimen. Es de recordar que luego del 11 de septiembre de 2001, el presidente estadounidense se había inclinado primero por las propuestas del secretario de Estado, Colin Powell, centradas en el grupo Al-Qaeda y en Afganistán. Pero, desde entonces, varios de los principales personajes de su administración, el secretario adjunto de Defensa, Paul Wolfowitz, y –más discretamente– el vicepresidente Richard Cheney, le propusieron atacar directamente a Irak. Muchos indicios permiten pensar que tal era el verdadero objetivo que el presidente Bush se había fijado previamente, y que si se inclinó al principio por la propuesta del secretario de Estado fue sólo para reunir a todos los países del mundo en una coalición contra el terrorismo, como primer paso.

Pero como lo afirman todos aquellos que registraron los testimonios de las principales personalidades de la administración estadounidense1, al parecer Bush estaba convencido desde hace tiempo de que la guerra de 1991, seguida por diez años de bloqueo, no había logrado su objetivo, y que la situación general de Medio Oriente sería modificada totalmente derrocando al régimen iraquí. En todo caso, las intenciones del presidente se hicieron claras cuando en su discurso sobre el estado de la Unión, en enero de 2002, colocó a Irak a la cabeza de los países del “eje del mal”, antes de Irán y Corea del Norte.

Esa decisión fundamental, que originó la más grave crisis de comienzos del siglo XXI, se vio inmediatamente debilitada por la duplicidad de la acción estadounidense. En efecto, el presidente Bush denunció personalmente a Irak como “un peligro para sus vecinos, para la región, para el mundo y para nosotros mismos”, lo que evidentemente no era cierto: los informes redactados por los inspectores a fines de 1998 daban cuenta claramente de la inexistencia en Irak de armas nucleares, de la destrucción de los misiles de largo y medio alcance, salvo raras excepciones, y de la subsistencia probable de productos susceptibles de ser utilizados para fabricar armas químicas, pero sin que hubieran sido combinados para ese fin y sin contar con los vectores necesarios para utilizarlos. Esas indicaciones serían luego sistemáticamente confirmadas por las inspecciones que se reiniciaron en diciembre de 2002, y que continuaron hasta el 17 de marzo de 2003. Por lo tanto, desde el inicio de la crisis resultaba evidente que el objetivo declarado –desarmar a Irak– no era el verdadero.

Las razones de esa crisis eran a la vez políticas, estratégicas y económicas. Además, el derrocamiento del régimen iraquí –mucho más aceptable para la opinión pública luego de que Saddam Hussein fuera ampliamente demonizado– y su remplazo por un nuevo régimen favorable a Occidente y a sus “valores”, mostrarían a los dirigentes de los países que aún escapaban a la influencia estadounidense la conducta a seguir para evitar correr la suerte de los responsables iraquíes.

Además, tomar el control de Irak permitiría cerrar el cerco sobre Irán –dado que las fuerzas estadounidenses ya desplegaron su dispositivo militar en el Cáucaso, en Asia Central, en Afganistán, en Pakistán y en el Golfo– y sobre el conjunto Siria-Líbano-Palestina, ya cercado en el norte por Turquía y en el sur por Israel, dos países vinculados por una “colaboración estratégica”.

Por último, el principal interés económico de un control directo sobre Irak y sobre la explotación y comercialización de sus inmensos recursos petroleros (ver artículo de Yehya Sadowski, en pág. 20), consiste en influir sobre el mercado petrolero y ejercer así una presión permanente sobre Arabia Saudita, país que luego del 11 de septiembre de 2001 perdió toda fiabilidad para los dirigentes estadounidenses.

Por lo tanto, la crisis comienza con la organización de los preparativos bélicos. La doctrina estratégica estadounidense prevé una primera fase, exclusivamente aérea, cuyo objetivo es la destrucción precisa de la infraestructura política y militar –y en ciertos casos económica– del adversario, y la desarticulación de sus medios de comunicación, de enlace, de transporte y de mando. Seguirían las operaciones terrestres y aeroterrestres, concentradas sobre Bagdad como único objetivo. El avance sobre la capital se realizaría: de sur a norte, a partir de las bases estadounidenses del Golfo; de oeste a este, por unidades especiales provenientes de bases “secretas” en Israel y Jordania; y de norte a sur, a través de la región kurda iraquí, a partir de Turquía, país con el que ya se habían iniciado negociaciones en Ankara el 14 de julio de 2002, por parte del secretario adjunto de Defensa de Estados Unidos, Paul Wolfowitz.

El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y sus consejeros para cuestiones estratégicas deseaban una acción rápida, de ser posible fulminante, aunque fuera con un número de efectivos reducido. Pero el comité de jefes de los estados mayores, para evitar cualquier falla y todo riesgo de fracaso, exigió tiempo para reunir fuerzas aéreas y navales pesadas, y los efectivos necesarios: unos 250.000 hombres, a los que se sumarían unos 50.000 británicos. Así se sucedieron los plazos y los pedidos de refuerzos hasta comienzos de marzo, lo que influiría mucho en el curso de la crisis. Como se vio rápidamente, el paso de las semanas y de los meses hizo surgir todo tipo de oposición a la guerra, tanto en la comunidad internacional como entre los aliados de Estados Unidos y en el propio seno de la sociedad estadounidense. El interés del presidente Bush era entonces desatar el ataque lo antes posible.

El giro decisivo se produjo a raíz de la decisión iraquí de aceptar el regreso de los inspectores de la ONU. Así se abrió una brecha, por la que se introduciría la diplomacia francesa, que desde ese momento disponía de la herramienta para retrasar la guerra y esperar, sin muchas ilusiones, poder evitarla: el pedido al Consejo de Seguridad para que se diera prioridad a los inspectores y no al uso de la fuerza. Gracias a su capacidad y a su tradición, a su derecho a veto y a la compleja red de amistades e influencias que tiene en todo en el mundo, la diplomacia francesa habría de desplegarse en ese terreno con una habilidad y una tenacidad que muy pocos creían aún posibles.

Traspié en la ONU

Pero quizás Francia no hubiera podido hacer nada si el presidente Bush no aceptaba buscar la aprobación de las Naciones Unidas. Fue Colin Powell quien lo convenció de ello, al punto de lograr que Bush asistiera en persona a la tribuna de la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2002, haciendo así su decisión prácticamente irreversible.

Ésta resultaba de los siguientes análisis sobre el probable comportamiento de los actores de la crisis: los Estados árabes no se opondrían realmente a la guerra, incluso varios de sus dirigentes habían confiado en privado a diplomáticos estadounidenses que estarían muy satisfechos con el derrocamiento de Saddam Hussein. Europa apoyaría casi unánimemente a Estados Unidos, incluso España e Italia, países que sin embargo eran considerados favorables a mantener estrechas relaciones con las naciones árabes. La posición contra la guerra adoptada por el canciller alemán Gerhard Schröder disgustó al presidente Bush –que siempre afirmó que éste le había prometido su apoyo– pero de todas formas Alemania no tendría un papel activo. Francia, a pesar de sus previsibles reticencias, terminaría por alinearse tras Estados Unidos. Rusia sin dudas adoptaría la misma actitud o se abstendría, ya que el presidente ruso, Vladimir Putin, había optado claramente, luego del 11 de septiembre, por unirse a Washington en la lucha contra el terrorismo. Por último, en las cuestiones de Medio Oriente era costumbre negociar con China su abstención, en caso de votación en el Consejo de Seguridad.

Además, la diplomacia estadounidense creía en la eficacia de sus medios de presión o de seducción para convencer a los países indecisos, miembros no permanentes del Consejo de Seguridad.

Esos análisis se revelarían en gran medida equivocados. Pero el presidente Bush había sido convencido de buscar la aprobación de la ONU para contar con una caución política y jurídica a su proyecto de guerra; mientras el comité de jefes de estados mayores exigía aún más tiempo para desplegar sus fuerzas. Sobre todo cuando, alrededor de la tercera semana de enero, el retiro de los expertos extranjeros de las instalaciones petroleras iraquíes hizo pensar en el minado de las mismas y en su destrucción en caso de guerra. Ello obligó a preparar una “variante” de los planes de guerra, para prever la inmediata ocupación de los campos petrolíferos.

Así se puso en marcha un engranaje del que la política estadounidense sólo pudo salir al cabo de varios meses y en medio de un contexto político profundamente transformado. Pues las inspecciones que se habían reanudado en Irak no confirmaban para nada la tesis estadounidense sobre el “peligro iraquí” y el tiempo pasaba sin que se encontraran armas prohibidas, aunque se planteaban numerosos interrogantes al respecto, como por ejemplo sobre la destrucción de los stocks de productos que podrían servir a la fabricación de armas químicas.

Colin Powell debía imperativamente reaccionar. Entonces hizo anunciar que el 5 de febrero demostraría de manera irrefutable ante el Consejo de Seguridad la culpabilidad iraquí. El Departamento de Estado llegó a comparar la anunciada intervención con la de Adlai Stevenson durante la crisis de Cuba en 1962, cuando mostró las fotos aéreas que probaban la existencia de misiles soviéticos en suelo cubano. El resultado fue exactamente el contrario al esperado por el secretario de Estado. Rápidamente se vio que algunos de los “documentos” invocados no tenían el menor valor, como el informe sobre las armas nucleares iraquíes, que era en realidad un trabajo universitario realizado en 1994 y ya conocido por todo el mundo, o el otro informe, suministrado por el gobierno británico, plagiado de una tesis antigua de un estudiante californiano. A eso se agregó un toque ridículo, cuando se vio a Colin Powell denunciar que Irak podía usar el bacilo del ántrax, mientras agitaba en su mano un pequeño frasco, que –luego se supo– sólo contenía un polvo inofensivo…

Su fracaso fue aún más evidente en la reunión del Consejo de Seguridad del 14 de febrero, donde el discurso del canciller francés, Dominique de Villepin, condenando la perspectiva de una guerra en términos muy duros, fue aplaudido por la asistencia, un hecho muy raro.

Nuevamente, la diplomacia estadounidense quiso reaccionar, y lo hizo en dos terrenos a la vez. Por un lado, proclamando que el objetivo de la guerra era efectivamente el remplazo de la dictadura de Saddam Hussein por una verdadera democracia, cuyo ejemplo se extendería a toda la región. Por otro lado, proponiendo tres “tests” para verificar la sumisión de Irak a todas las exigencias: la destrucción de los misiles de corto alcance al-Samud 2, la autorización de vuelo a los aviones de reconocimiento U-2 sin notificación previa y el interrogatorio a los científicos iraquíes por parte de los inspectores, fuera de Irak.

La táctica iraquí

Los dirigentes iraquíes respondieron siguiendo la estrategia muy simple que se habían trazado: hacer todo lo posible para atrasar la guerra, esperando, sin ninguna ilusión, que acontecimientos exteriores o imprevistos lograran evitarla. No se hizo ninguna objeción a los vuelos de U-2 sin notificación previa. Los misiles al-Samud serían destruidos, pues a pesar de ser de corto alcance, en las pruebas superaron en 30 kilómetros los 150 autorizados. Los científicos iraquíes deseaban que sus declaraciones fueran grabadas, por lo que se convino que las grabaciones serían transferidas a la sede de las Naciones Unidas para que, llegado el caso, pudieran ser consultadas.

Los responsables iraquíes fueron aún más lejos: propusieron que se buscaran rastros de la destrucción de armas químicas con la ayuda de los expertos que asesoraban a los inspectores de la ONU, e hicieron venir de Sudáfrica al equipo que había supervisado la destrucción de armas de destrucción masiva fabricadas durante el régimen de apartheid. En fin, la estrategia iraquí justificó permanentemente la tesis de los Estados que abogaban por la continuación de las inspecciones y contra el comienzo de la guerra.

El comportamiento de Francia desmintió las especulaciones estadounidenses, que preveían su alineamiento final detrás de Washington. Pero el presidente Jacques Chirac consideraba que la guerra anunciada sería un ejemplo del concepto de “guerra preventiva”, que se negaba a aprobar. La misma sería difícil de circunscribir y llevaría a las corrientes nacionalistas e islamistas, antaño opuestas unas a otras, a conjugarse frente a un mismo enemigo. Pero, sobre todo, podría aparecer como una guerra entre civilizaciones, e incluso entre religiones, mientras que el presidente francés cree muy sinceramente que la paz depende de lo que él mismo llama “el diálogo entre las culturas”. Sea como sea, Chirac decidió oponerse a la guerra hasta el fin.

El apoyo de Alemania fue muy útil para Francia, para no quedar demasiado aislada en el seno de la Unión Europea (UE). Más importante aún era conseguir el apoyo de Rusia, que evitaría, llegado el caso, que Francia fuera el único país en oponer su veto a una resolución que llevara a la guerra. El presidente Chirac tuvo que desplegar muchos esfuerzos para lograr ese apoyo ruso. Lo que decidió a Putin fue que vio allí la ocasión de dar un paso significativo hacia un “mundo multipolar”, lo que también fue decisivo en el caso de China. Es decir, que la diplomacia francesa había logrado sus objetivos, y que el eje –evidentemente provisional– formado por Francia, Alemania, Rusia y China, tendría de todas formas un peso considerable en el curso de la crisis.

En sentido contrario, Estados Unidos tenía también un aliado de peso: Gran Bretaña. Posteriormente, su apoyo se revelaría más frágil de lo que se pensaba, pero al menos hasta comienzos de marzo fue muy eficaz. Londres suscitó la declaración de los ocho Estados europeos que, por su cantidad, alcanzaban para sugerir que Alemania y Francia, aún con el refuerzo de Bélgica, eran minoritarios en el seno de la UE, como lo habían sido en el seno de la Alianza Atlántica cuando se opusieron a conceder a Turquía equipos destinados a su defensa en la hipótesis –completamente irreal y literalmente insostenible– de que fuera atacada por Irak. Los británicos tuvieron mucho que ver en la “declaración de Vilnius”, por la cual los Estados recientemente integrados a la OTAN y candidatos a entrar en la UE manifestaron su apoyo a Estados Unidos y a su proyecto de guerra.

Otro protagonista

A esa altura hizo irrupción un nuevo actor en la crisis: la opinión pública internacional. Las manifestaciones del 15 de febrero de 2003 mostraron bruscamente la amplitud de la oposición a un conflicto armado. Las más impresionantes tuvieron lugar en varios de los Estados más comprometidos a favor de la guerra: Gran Bretaña, España, Australia. Lo más revelador fue que esas manifestaciones no estaban motivadas por ninguna simpatía hacia el régimen de Saddam Hussein, ni siquiera hacia Irak. Eran la expresión de un sentimiento popular opuesto a la hegemonía de Estados Unidos, a su comportamiento, a su exhibición de poderío, a su voluntad de declarar la guerra. Ese era posiblemente el anuncio, no de un fin próximo de la crisis, sino del inicio de un fuerte cuestionamiento del orden mundial.

En adelante, la crisis se desarrollaría siguiendo la compleja dialéctica de los preparativos políticos y militares para la guerra. La diplomacia estadounidense fracasó –por muy poco, a decir verdad– en obtener el consentimiento del Parlamento turco al acuerdo que preveía un préstamo de 19.000 millones de dólares y una donación de 6.000 millones de pago inmediato a Turquía si ese país facilitaba el despliegue de fuerzas estadounidenses desde su territorio. Ante esa negativa, Estados Unidos debió reorganizar su despliegue logístico en la región kurda del norte de Irak y asignar un papel más importante a las unidades ya instaladas en Jordania y seguramente también en Israel. Por su parte, el Ejército turco, ignorando el voto negativo del Parlamento, facilitó la transferencia de material estadounidense desde el puerto de Iskanderun hacia la frontera iraquí.

Simultáneamente, Washington deseaba forzar el ritmo de la crisis haciendo adoptar por el Consejo de Seguridad una nueva resolución que abriría el camino a la guerra. Para ello era decisivo contar el numero de votos necesarios. Seis parecían seguros: el de Estados Unidos mismo, Gran Bretaña, España, Bulgaria, Chile e incluso Pakistán. De los tres países indecisos, México, Guinea y Camerún, era necesario convencer al menos a dos. Por entonces se hablaba abiertamente de los medios financieros empleados para obtener el voto de Guinea, mientras se sostenía que el voto mexicano se lograría a raíz de la gran interpenetración de intereses que existía entre ese país y Estados Unidos.

Fue en ese momento que el canciller francés anunció en una conferencia de prensa que su país se opondría a la resolución estadounidense, luego de lo cual se supo que Rusia y –más discretamente– China, adoptarían la misma conducta. La amenaza de veto francés tuvo un efecto inmediato: los países indecisos comprendieron el riesgo que asumían si cedían a las presiones de Washington. Se habrían inclinado por la guerra sin lograr hacer adoptar la mencionada resolución, pues el veto francés, ruso y chino lo impediría.

Nadie duda de que Estados Unidos habría ignorado ese obstáculo y, apoyándose en una mayoría de votos en el Consejo de Seguridad, se habría considerado justificado para declarar la guerra. De esa forma, la Carta de las Naciones Unidas habría sido abiertamente violada, lo que habría producido irremediablemente una crisis aguda de la organización internacional. Para los Estados “pequeños” o “medianos” era una perspectiva inaceptable: son ellos los más aferrados a la existencia y al funcionamiento de la ONU, único marco donde pueden ejercer, en ciertas circunstancias, una real influencia en los asuntos mundiales.

Se vio entonces que no existía ninguna posibilidad de que la resolución estadounidense obtuviera nueve votos a favor. Washington decidió retirarla, y se preparó otra con forma de ultimátum. La elección de esa palabra fue un error, pues generó miedo. Además, en su primera versión, el texto estadounidense no presentaba ninguna condición evidente que Irak hubiera podido aceptar o rechazar, y en realidad se trataba de una declaración de guerra a partir del 17 de marzo. Los vetos francés, ruso y chino eran aún más seguros que antes y los países indecisos hicieron el mismo análisis. En síntesis, no había ninguna posibilidad de que la nueva resolución fuera adoptada, ni de que obtuviera los nueve votos en su favor.

La crisis llegó a su apogeo cuando se vio que las semanas transcurridas habían permitido a los miembros del partido laborista inglés que se oponían a la guerra, reforzar suficientemente su posición como para poner en peligro al primer ministro, Anthony Blair. Éste se había comprometido a hacer avalar el uso de la fuerza por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y no lo había conseguido: pero se había jugado su lugar en la Historia y su destino personal al pronunciarse a favor de la guerra, asumiendo por anticipado toda la responsabilidad. La decisión del presidente Bush arrasó con todo. Cuando convocó a Blair y a José María Aznar a las Azores, el 16 de marzo de 2003, se supo que la crisis acabaría decididamente en el uso de la fuerza.

  1. Bob Woodward, Bush s’en va-t-en guerre, Denoël, París, 2003; Eric Laurent, La Guerre des Bush, Plon, París, 2003; Philip S. Golub, “Comment s’est décidée l’offensive contre Bagdad, L’empire contre l’Irak”, Manière de voir n° 67.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares
Países Estados Unidos