Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Las causas de la guerra

El oro negro figura en los cálculos iraquíes de Washington como fuente estratégica. Desde el punto de vista económico el objetivo no es bajar el precio del barril, sino tener el control sobre éste y usarlo como instrumento en la creciente competencia por los mercados. La guerra contra Saddam apunta a perpetuar la hegemonía de Estados Unidos en todos los terrenos y no a acrecentar las ganancias de las petroleras.

La administración Bush esgrime múltiples razones para justificar su guerra. ¿Eliminar las armas de destrucción masiva? No se entiende por qué no la emprende contra Corea del Norte. ¿Combatir el terrorismo? Irak ni siquiera figura en la lista negra del Departamento de Estado. ¿Prevenir las amenazas contra los Estados vecinos? Washington aplaudió cuando Saddam Hussein invadió Irán en 1980, y sin duda estaría encantado si volviera a hacerlo. ¿Promover la liberación de las mujeres? Hay más mujeres parlamentarias y militares en Irak que en Estados Unidos. La opinión pública desenmascaró estas virtuosas coartadas y tiene serias sospechas de que Washington tenga en la mira objetivos más tangibles.

La consigna “no a la guerra por el petróleo” se acerca más a la verdad que la propaganda destilada por Estados Unidos: la administración Bush se interesa por Irak (como nunca lo hizo por Pakistán, dictadura inestable, dotada de armas nucleares y hervidero de terroristas) porque este país está ubicado en el centro mismo de dos tercios de las reservas mundiales de oro negro. Bagdad ocupa así un lugar que le permite ejercer influencia tanto sobre el precio como sobre la circulación del petróleo, esa estratégica mercancía que alimenta la economía mundial y la maquinaria de guerra estadounidense.

No obstante, a partir de estas realidades muchos de los que se oponen a la guerra desarrollan una visión simplista, figurándose que Washington se pliega a los intereses de las grandes compañías petroleras estadounidenses apropiándose de una parte de las reservas iraquíes. La realidad es mucho más compleja.

Es de público conocimiento que la administración Bush mantiene estrecha relación con la industria petrolera estadounidense, pero esto sucede tan sólo con un sub-sector marginal de aquélla. El presidente y su equipo no saben gran cosa sobre petróleo y su economía y, aunque hayan dedicado meses a la elaboración de guiones militares y políticos, recién empiezan a discernir los datos más elementales sobre el papel de Irak en la industria mundial del petróleo.

En el seno de esta administración, quienes tienen ambiciones más claras sobre el petróleo son los mismos que más bregan a favor de la guerra: la camarilla neoconservadora de Paul Wolfowitz, secretario adjunto de Defensa, el subsecretario de Defensa Douglas Feith, el secretario general de la Vicepresidencia Lewis Libby y sus amigos. Ellos son los autores de un plan grandioso para el Irak “liberado”, que incluye la puesta en marcha por Bagdad de exploraciones en busca de nuevas reservas y el rápido aumento de su capacidad de producción a fin de inundar el mercado mundial lo antes posible. Saben que eso conduciría a una caída del precio, que pasaría por debajo del umbral de los 15 dólares por barril, cuando a mediados de marzo pasado osciló en torno a los 30 dólares. Cuentan con esta caída para estimular el crecimiento en Estados Unidos y Occidente, destruir la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP), devastar las economías de los “Estados canallas” (Irán, Siria, Libia) y crear así nuevas oportunidades para “cambios de régimen” y “democratización”.

A primera vista, este modo de ver las cosas puede parecer convincente. Las reservas probadas de Irak ascienden a 112.000 millones de barriles, pero numerosos analistas estiman que la utilización de nuevas tecnologías de exploración permitiría duplicar esa cifra, que podría acercarse al monto de las reservas sauditas (245.000 millones de barriles). Lo que permite que Arabia Saudita conserve su función de pivote dentro de la OPEP –ajustando su producción para mantener el precio fijado por la organización– no son sus reservas, sino su capacidad de producción: más de 10 millones de barriles por día (mbd). La de Irak, por su parte, llega apenas a los 2,5 mbd, e incluso antes de los perjuicios infligidos a su aparato de producción por la Guerra del Golfo de 1991 y por el embargo que la sucedió, nunca superó los 3,8 mbd. Pero los neoconservadores piensan que Bagdad podría aumentar su capacidad en al menos 2 mbd en tres años, para alcanzar los 6 mbd en 2010; sobre todo si un nuevo régimen decidiera privatizar la extracción de petróleo, confiándola a multinacionales dotadas de la tecnología y el capital necesarios para proceder a un aumento acelerado de la producción.

Conflicto entre petroleras

Sin embargo, cuando los neoconservadores propusieron ese plan en 2002, encontraron oposiciones diversas. Su proyecto de reducción de los precios del petróleo, que pone en peligro la economía de los “Estados canallas”, amenaza también a muchos aliados de Washington, como México, Canadá, Noruega, Indonesia, Kuwait o Arabia Saudita. Por otro lado, las inversiones en Irak dependen del precio del barril: cuanto menor sea éste, menos rentables son las inversiones en el sector. No obstante, las autoridades Sauditas declararon públicamente que defenderían la OPEP, aumentando según sea necesario su producción para hacer bajar los precios e impedir que las compañías arriesguen capitales en la búsqueda de nuevos yacimientos en Irak. Resulta irónico constatar que los grupos de opositores emigrados –incluidos los aliados de los neoconservadores del Congreso Nacional iraquí– también se opusieron a la idea de privatizar el petróleo iraquí. Al igual que muchos de sus compatriotas, cualesquiera sean sus opciones políticas, comprenden que el petróleo es el único verdadero capital que posee su país y están determinados a conservar su dominio.

Llama aún más la atención que la resistencia a la política de los neoconservadores haya procedido de la misma familia Bush. Los negocios del petróleo no le aportaron siempre beneficios (incluso la sociedad de George W. Bush, Arbusto Oil, terminó en la bancarrota). Pero el presidente conservó toda una red de vínculos personales, no con las grandes multinacionales del petróleo, sino con el sector “independiente”: decenas de compañías chicas –muchas de las cuales tienen su sede en Texas– que extraen el petróleo del subsuelo estadounidense o de yacimientos extraterritoriales. Para sobrevivir, todas esas compañías necesitan precios altos. En Arabia Saudita, el costo de producción de un barril nunca supera el dólar y medio, pero extraer un barril del golfo de México puede costar 13 dólares o más. Entonces, si hay algo que esas compañías no quieren en absoluto, es la caída de los precios. Y si llegaran a desaparecer, como se apresuraron en subrayar los lobbies patrióticos de Washington, Estados Unidos se encontraría aún más a merced de las importaciones “poco fiables” de petróleo extranjero.

Para gigantes como las estadounidenses Exxon-Mobil y Chevron-Texaco, la británica British Petroleum o la francesa Total-Elf-Fina, una caída de los precios no sería tan temible, dado que han diversificado sus fuentes de producción. Pero la administración Bush apenas las escucha, menos aún cuando la mayoría de ellas ni siquiera son estadounidenses. Tras la elección de George W. Bush como presidente, ejercieron fuerte presión para que se levantaran las sanciones estadounidenses contra Irán y Libia, así como otros embargos que obstaculizan el desarrollo de sus actividades en Medio Oriente. Pero el equipo Bush rechazó su alegato y el vicepresidente Richard Cheney sacó a luz su National Energy Policy, cuyo elemento fundamental es la apertura a la prospección energética de nuevos territorios dentro de Estados Unidos1.

En el corazón mismo del dispositivo está la idea de autorizar perforaciones en la gran reserva natural protegida de Alaska. Los independientes están encantados con esto, que en cambio no significa nada bueno para las multinacionales: para ellas, las modestas reservas de petróleo en juego no representan una compensación estimable del perjuicio que la destrucción de un inmenso parque natural causaría a su imagen. En Medio Oriente, un yacimiento medio, como el de Majnun en Irak, comprende más de 10.000 millones de barriles, mientras que según el Oil and Gas Journal, la Alaska National Wildlife Reserve no comprende más de 2.600 millones en yacimientos explotables.

Costos y reparto del botín

El tiro de gracia al plan neoconservador procederá no de un grupo enemigo cualquiera, sino de la dura realidad de las cifras. En enero de 2003, el Pentágono constituyó su propio planning group bajo la dirección de Douglas Feith, con el fin de estudiar, entre otras cosas, qué conviene hacer con el petróleo iraquí luego de la “liberación” de Bagdad. Al cabo de un mes, ese grupo acabó por aprender lo suficiente sobre la economía del petróleo como para tomar distancia de las propuestas iniciales de los neoconservadores.

Las autoridades del Pentágono (y de la Casa Blanca) habían supuesto que podrían reembolsar los costos de la guerra con los ingresos petroleros de Irak. Y que si necesitaban aún más dinero, no tendrían más que abrir las canillas en Bagdad. Pero cuando empezaron a hacer las cuentas, llegaron a algunos desagradables descubrimientos. En primer lugar, que el aumento de la producción iraquí no sólo llevaría tiempo, sino que también requeriría importantes inversiones. La sola puesta a punto de las instalaciones existentes (reparación de los pozos y oleoductos, tan deteriorados que han dañado gravemente los reservorios del país), costará más de 1.000 millones de dólares, siempre que Saddam Hussein no adopte una estrategia de devastación, incendiándolos. Llevar la producción iraquí a su nivel histórico de 3,5 mbd requerirá al menos tres años e inversiones estimadas en 8.000 millones de dólares para las instalaciones petrolíferas, y otros 20.000 millones para reparar el devastado tendido eléctrico nacional (que alimenta las bombas y refinerías). Aumentar la producción a 6 mbd costaría 30.000 millones más.

No se trata de sumas despreciables para un país que percibe, a título de exportaciones petroleras, 15.000 millones de dólares por año. Y sin embargo, no representan más que una pequeña fracción de los costos que los estadounidenses esperaban cubrir gracias a las exportaciones petroleras de Bagdad. Nadie sabe con exactitud cuánto costará al Pentágono la invasión a Irak, pero la administración Bush la establece en más de cien mil millones (ver pág. 22, Warde). El Congressional Budget Office estima que el precio del mantenimiento de tropas estadounidenses en Irak oscilará entre 12.000 y 45.000 millones por año. El pago de la deuda externa de Irak, que asciende a más de 110.000 millones de dólares, requeriría entre cinco y doce mil millones por año. Cuando las autoridades estadounidenses descubrieron esto, se apresuraron a presionar a los principales acreedores –Estados árabes, Rusia, Francia– para que esas deudas se anulen una vez terminada la guerra. Las compensaciones reclamadas a Irak tras su invasión a Kuwait ascienden a 300.000 millones, si bien la agencia encargada de recuperarlos estima que finalmente Irak no deberá pagar más que 40.000 millones (en parte porque los estadounidenses ya ejercen presión sobre Kuwait para que renuncie a sus indemnizaciones)2. Por último, nadie puede saber cuántos iraquíes se convertirán en refugiados y por ende cuál será el costo de la asistencia humanitaria: incluso en tiempos de paz, Irak recibía 14.500 millones de dólares anuales en comida y medicamentos.

Incluso según las previsiones más optimistas, esos costos son totalmente desproporcionados en relación a la capacidad de pago de Irak. Washington deberá pues enfrentar lo más abultado de la factura (incluidas las compensaciones que Turquía y otros países podrán sacarle a cambio de su cooperación), y conseguir que sus pocos aliados paguen el resto. Los neoconservadores y la oposición iraquí, aplaudidos por el coro de los petroleros chicos (que juegan a los halcones a la espera de una subida de los precios) y por los expertos del Pentágono impactados por las cifras, abandonaron la idea de destruir la OPEP. Por el contrario, están buscando el modo de maximizar los futuros ingresos petroleros de Irak.

Cambio de táctica

En primer lugar, se acordó discretamente mantener en sus puestos a los actuales tecnócratas del Ministerio del Petróleo (en lugar de intentar purgar a los baasistas) y delegarles la mayor parte de las decisiones en política petrolera. Se dejará en manos de los ingenieros actualmente en funciones lo sustancial de las decisiones sobre producción y en las de los negociadores habituales la responsabilidad de discutir los contratos, puesto que son ellos quienes tienen la experiencia y los conocimientos de los que carecerían los eventuales funcionarios del Pentágono, de quienes lo menos que se puede decir es que no tienen un verdadero sentido de los negocios. Esto significa también que el petróleo iraquí no se privatizará, y que esos tecnócratas procurarán maximizar los ingresos de su país al igual que los sauditas o kuwaitíes, ofreciendo a las empresas extranjeras márgenes de ganancia apenas suficientes para que sigan queriendo invertir, gracias a contratos muy estrictos de reparto de la producción.

Los iraquíes y los procónsules estadounidenses tendrán sumo interés en estimular la competencia entre las compañías extranjeras, ya que esta es la clave de los buenos contratos. Washington da a entender que puede verse llevado a castigar a los países que no hayan apoyado su política, en particular Rusia y Francia. Esta amenaza es cada vez menos creíble. Los rusos ya consintieron la mayor inversión en bloque en el sector petrolero iraquí, precisamente porque están más dispuestos a asumir riesgos que las empresas occidentales. Sus capitales y entusiasmo pueden revelarse como la clave de la mejora de la rentabilidad del sector. La francesa Total invirtió aún más que los rusos y se encuentra especialmente bien posicionada para desarrollar la producción. Shell también tiene fuertes intereses en Irak, y la British Petroleum, que antes controlaba al país, está igualmente impaciente por entrar en él. Washington va a descubrir que el inicio de las pujas por el petróleo iraquí tendrá por efecto no sólo maximizar los ingresos, sino desactivar la acusación a Estados Unidos de haber efectuado una anexión interesada.

Esto no quiere decir que no vaya a haber lugar para las empresas estadounidenses. Si la situación política se estabiliza rápidamente (cosa muy aleatoria), Exxon-Mobil y Chevron-Texaco participarán en la subasta, e incluso sociedades más chicas como Conoco podrán tomar parte en ella dentro de consorcios internacionales que compartirían el riesgo. El único sector en el que Estados Unidos podría ocupar una posición dominante es el de la subcontratación de servicios, con empresas estadounidenses como Halliburton (dirigida en otros tiempos por Richard Cheney, el actual vicepresidente) y Schlumberger, cuya preeminencia ya es mundial por razones puramente económicas. Pero hay algo seguro: las compañías estadounidenses no tendrán el monopolio del petróleo iraquí. Sería incluso sorprendente que consiguieran controlar algún día el 50% de la producción de Bagdad.

Muchas cosas pueden reprocharse a las multinacionales del petróleo, estadounidenses o no, desde la expoliación del delta del Níger hasta el apoyo al terrorismo de Estado en Indonesia. Pero no son ellas las que impulsan la guerra en Irak. La administración Bush concibió su campaña contra Bagdad sin la menor participación de esas empresas y en la completa ignorancia de las bases de la economía del petróleo. El oro negro figura en los cálculos iraquíes de Washington como fuente estratégica antes que económica: con la guerra contra Saddam, se trata más de perpetuar la hegemonía de Estados Unidos que de acrecentar las ganancias de Exxon.

  1. Véase Michael Klare, “Les vrais desseins de M.George Bush”, Le Monde diplomatique, París, 11-2002.
  2. Véase Alain Gresh, “L’Irak paiera”, Le Monde diplomatique, 10-2000.
Autor/es Yahya Sadowski
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:20,21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Militares, Geopolítica
Países Estados Unidos