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Una literatura claustrofóbica

Concentrada en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos, la condena universal a la dictadura instaurada en 1973 por el general Augusto Pinochet ha tenido muy poco en cuenta la importancia de la destrucción de los valores culturales chilenos, que fue una de sus consecuencias. A partir de la década de 1990, una nueva generación de escritores, impulsada a reescribir desde una alta exigencia formal el silenciado drama nacional, empezó a revertir el legado de ese “apagón cultural”.

Treinta años después del golpe de Estado y de la desaparición del poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda, acaba de abandonarnos Roberto Bolaño, una de las voces más poderosas e influyentes de la literatura chilena y latinoamericana de estos últimos años, para unirse con su Estrella distante1.

“En este país de dueños de fundos, la literatura es una rareza y carece de mérito el saber leer”, escribía en la más sobria y ácida de sus novelas, Nocturno de Chile2. Rareza, pero también orgullo nacional. La literatura siempre ocupó un lugar importante en la vida política y social de Chile. Dos premios Nobel (Gabriela Mistral y Pablo Neruda), decenas de escritores talentosos, muchos de los cuales lograron llegar a un público más allá de los Andes (Vicente Huidobro, Francisco Coloane, José Donoso, Antonio Skármeta, Luis Sepúlveda, Isabel Allende). El general Pinochet y sus acólitos también quisieron atacar esa realidad.

Como la dictadura ha sido denunciada sobre todo por sus violaciones a los derechos humanos, su voluntad de destruir los valores socioculturales chilenos pasó a un segundo plano. Sin embargo, desde el 11 de septiembre de 1973 la junta militar machacaba por radio los 41 Bandos que imponían el nuevo marco cultural. La disposición Nº 46 anunciaba “la ocupación y allanamiento” de la editorial estatal Quimantú. “Era el símbolo de la democratización a través de la cultura”, subraya Camilo Marks, autor de La dictadura del proletariado3. “Su cierre marcó el comienzo de la desaparición de muchos editores y librerías, y del desmantelamiento del sistema educativo chileno, reemplazado por un sistema perverso y excluyente donde toda expresión literaria y artística se consideraba subversiva”. Se organizaron grandes fogones para quemar libros y su circulación se vio sometida a restricciones muy severas hasta julio de 1983. Chile entró entonces en una década calificada de “apagón cultural”.

“Hace tres décadas, cuando yo tenía 12 años, mi padre me compraba varios libros por semana”, constata Jaime Collyer, nacido en 1955, autor de cuentos y gran novelista de obra exigente, como lo atestiguan El infiltrado y El habitante del cielo4. “La oferta era asombrosa. La gente compraba sin prestar atención a los precios. Elegía por instinto. Hoy no hay oferta, no hay instinto. El famoso ‘apagón’ se tradujo en un aborregamiento de los lectores. La opinión pública se ha vuelto obsecuente y sumisa, y eso es muy difícil de superar. No hay opinión autónoma, y cuando la hay es aislada”.

El toque de queda y el estado de sitio permitieron a la dictadura ocultar los crímenes y fantasmas que abrumarían todavía treinta años después el imaginario colectivo literario: “En esa época todo el mundo tenía pesadillas de vez en cuando. (…) Yo trataba de escribir poesía. Al principio sólo me salían yambos5. Después (…) mi poesía habitualmente angelical se transformó en demoníaca, (…) era rabiosa”, dice Sebastián, un personaje de Nocturno de Chile.

Escribir bajo el toque de queda

La sociedad chilena se encontró aislada, profundamente desinformada y diseminada entre sus exiliados. Los libros circulaban a escondidas. Sólo se publicaban revistas efímeras. Se organizaron clandestinamente algunos encuentros artísticos en homenaje a Víctor Jara –asesinado en el Estadio Nacional de Chile– y a Violeta Parra, dos figuras emblemáticas del Canto Nuevo latinoamericano y de la poesía popular chilena. Esta “cultura de la muerte” empezó a abrirse en 1983: entonces se produjeron las primeras manifestaciones contra la dictadura y, bajo la presión del exterior, el retorno de exiliados, entre ellos muchos escritores.

Al evocar esos años, Jaime Collyer estima que la dictadura dejó una herencia terrible: “Hoy la literatura chilena se ha vuelto claustrofóbica. Opresiva. Desalentadora. Es difícil eludirlo. Es un desafío estético al que Roberto Bolaño respondió abriendo el camino. Su luz irrigaba la literatura”. Un punto de vista que comparten las jóvenes novelistas Alejandra Costamagna (nacida en 1970) y Nona Fernández (1971), así como el poeta Germán Carrasco (1971).

“El golpe de Estado metamorfoseó nuestro imaginario colectivo”, afirma Alejandra Costamagna. “Nacimos bajo la bota de un padre. Siempre bajo el toque de queda, en guardería. Todo eso se transformó en rabia, y el desmembramiento familiar se convirtió en la metáfora del país. La consecuencia es el estallido de los relatos. Estamos obligados a reescribir la tragedia, ¿cómo evitarlo? Pero con una verdadera exigencia formal. Reescribir el dolor, la muerte, los crímenes, los desaparecidos, las mentiras, la traición que se entrecruzan en los textos de nuestra generación y en todos los otros”. En su tercera novela Cansada ya del sol6, la memoria es un depósito donde se acumulan todos los desechos. “La memoria no tiene límites. El único límite humano es la desesperación, el dolor”, decía Roberto Bolaño.

Mapocho, de Nona Fernández, tiene el mismo tono7. El Mapocho, río triste y sucio que atraviesa Santiago, arrastra en su estela la herencia de los muertos y los interminables engaños para disimularlos. “Veo pasar neumáticos allá abajo, ramas, un cajón con pinta de ataúd, navegando por el oleaje del Mapocho. El cuerpo de una mujer yace allí adentro con los ojos abiertos. Tiene el pelo claro como el mío y me mira, estoy segura. ¿Qué lugar es éste?”, nos interpela Rucia, personaje de la novela.

En El habitante del cielo de Jaime Collyer, Nagy es el símbolo de la trascendencia y del deseo de innovación. Húngaro obsesionado por la idea de volar, hace de eso su oficio. Metáfora del oficio de escritor: construir una máquina voladora en la soledad de un granero y fracasar una y otra vez en los momentos del despegue. En esta novela cumplió el trabajo estético que permite escapar al legado claustrofóbico de la dictadura.

Durante la gestación de estos libros, otros seguían alimentando los imaginarios. Muchas obras en prosa, aunque la poesía también estuvo muy presente. Nicanor Parra (1914), hermano de Violeta y muchas veces candidato a premio Nobel, creador de “La Antipoesía” y encarnizado detractor de la figura hegemónica y agobiante de Pablo Neruda, cumplió un rol fundamental. “Enrique Lihn, Jorge Teillier, Raúl Zurita, todos nos nutrimos con la poesía de Nicanor Parra, también Roberto Bolaño. Fue un antídoto contra la contaminación del lenguaje y la literatura por la dictadura”, explica Germán Carrasco (1971), autor de Calas8, su tercer libro de poesía acogido con fervor en Chile.

Carlos Franz (1959), autor de El lugar donde estuvo el paraíso9, declaraba en 1997: “La privatización brutal de la economía chilena operada por la dictadura se tradujo en el campo literario en la privatización del relato nacional. Pero la penuria y el rigor fueron muy formadores. El drama histórico, lejos de marcar un apagón, era un gran mechero sobre el barril de pólvora de la imaginación”. En la década de 1990, marcada por el renacimiento de los editores independientes, particularmente Lom, Dolmen y Cuarto Propio, se empezaron a publicar muchos libros. Algunos escritores optaron por inscribir su trabajo literario en una operación política: denunciar los años negros de la dictadura. Otros prefirieron luchar contra el sistema afirmando su propia libertad creadora. Roberto Bolaño reivindicaba este segundo procedimiento. Siempre sostuvo que el compromiso del escritor no era con la historia sino con la literatura. “Si es cierto que la política y la literatura son inseparables, la literatura es mi manera de hacer política; o más exactamente hacer literatura es ejercer mi derecho inalienable a protestar, en un espacio donde no hay lugar para la concesión”.

Autores como Ramón Díaz Eterovic, Luis Sepúlveda, Poli Délano, Mauricio Electorat, Alejandra Rojas, entre otros, eligieron el género policial. Presenta características ideales para tematizar injusticias, miedos y corrupciones. Ramón Díaz Eterovic creó el personaje, presente en todos sus libros, de un antihéroe sin fe, Heredia, observador implacable de la realidad. En su novela

Nadie sabe más que los muertos, Heredia, detective privado, está encargado de buscar al hijo de detenidos desaparecidos. Su investigación lo lleva al juez Cavens, que se ve en la imposibilidad de hacer justicia porque él mismo está involucrado en los hechos. Considerado como una de las mejores contribuciones al policial, el personaje de Heredia cuenta la transformación moral de un país demolido por su traumatismo e incapaz de verbalizarlo. ¿Quién no sintió en Chile, sin saber por qué, dos ojos fijos en su espalda?

En nombre de la diferencia

Después de La desesperanza10 descripta por Donoso (1924-1996), algunos escritores abordaron la cuestión de las relaciones entre lenguaje y poder. Cynthia Rimsky (1962), autora de Poste restante11, un cuaderno de viaje, lanza una mirada a distancia construida a partir del derrumbe de los discursos. “Hablo de los discursos que nos mantuvieron de pie durante la dictadura, del relato de la gran utopía que nos transmitieron las generaciones anteriores a nosotros que no vivimos la Unidad Popular. Pero luchamos para hacer caer a la dictadura y para volver a poner en el poder a esas generaciones anteriores. Y cuando ejercieron el poder, ya no tuvimos libertad para escribir”. La voz que “no recibe un certificado de buena conducta de parte del poder” ya no tiene espacio para construir su discurso. “Trabajo con los pedazos de estómago que quedaron en la sala de operaciones”.

Autor de crónicas y novelas, Pedro Lemebel es reconocido hoy como una voz excepcional después de haber atravesado períodos difíciles. En septiembre de 1986, todavía bajo la dictadura, se dirigió a la izquierda chilena con su manifiesto titulado Yo hablo en nombre de mi diferencia: “Mi hombría, no la recibí del Partido / Porque me rechazaron con sonrisitas/ Muchas veces/ Mi hombría la aprendí participando”. Escritor inclasificable y perturbador, brillante y provocador, homosexual y travesti, Lemebel nunca fue aceptado por una sociedad encerrada en sus convenciones, la izquierda incluida. Con sus representaciones realizadas por el grupo de arte independiente “Las Yeguas del Apocalipsis”, que creó en 1987, fue sin embargo uno de los primeros artistas en despertar a la sociedad chilena y en sacarla del apagón cultural.

Su novela Tengo miedo torero12, título sacado de una antigua canción que pone de relieve la interioridad de un país que según Lemebel “sueña poco, sueña a crédito, ya no sueña imposibles”, cuenta la historia de un amor prohibido entre un joven revolucionario y un homosexual en el Santiago de 1986. El año del atentado fallido contra el general Pinochet. Año “decisivo” que no lo fue. Se ven las manifestaciones y se escuchan los boleros y rancheras de la época. Pinochet se debate en la intimidad con sus fantasmas y pesadillas. Su esposa Lucía está fascinada con los últimos modelos de Nina Ricci. La “loca”, testigo y protagonista, personaje carnavalesco y atractivo, es el nexo entre el sueño y el infortunio.

Se encuentran esos extraños ambientes en las veladas literarias que organiza María Canales, personaje de Nocturno de Chile. Durante esas recepciones mundanas, en el sótano se cometen crímenes atroces. “Sobre el colchón había un hombre desnudo, atado por los pulsos y los tobillos. Parecía dormido, pero esta observación resulta difícil de verificar porque una venda le cubría los ojos”. Pero María Canales quiere convertirse en escritora: “Así es como se hace literatura en Chile”. Sebastián, protagonista de la novela, añade:

“No solamente en Chile, también en Argentina, México, Guatemala y

Uruguay. O lo que nosotros, para no caer en el vertedero, llamamos

literatura”.

  1. Roberto Bolaño falleció en Barcelona, a los 50 años, el pasado 15 de julio, a la espera de un injerto de hígado. Estrella distante, Anagrama, Barcelona, 1996.
  2. Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, Anagrama, Barcelona, 2000.
  3. Camilo Marks, La dictadura del proletariado, Editorial Alfaguara, Santiago, 2001.
  4. Jaime Collyer, El habitante del cielo, Seix Barral/Planeta, Santiago, 2002.
  5. Pie de dos sílabas, la primera breve, la segunda larga.
  6. Alejandra Costamagna, Cansada ya del sol, Planeta, Santiago, 2002.
  7. Nona Fernández, Mapocho, Planeta, Santiago, 2002.
  8. Germán Carrasco, Calas, Dolmen ediciones, Santiago, 2001.
  9. Carlos Franz, El lugar donde estuvo el paraíso, Planeta, Santiago, 1998.
  10. José Donoso, La desesperanza, Barcelona, Seix Barral, 1986.
  11. Cynthia Rimski, Poste restante, Editorial Sudamericana, Santiago, 2001.
  12. Pedro Lemebel, Tengo miedo torero, Seix Barral/Planeta, Santiago, 2002.
Autor/es Nira Reyes Morales
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:10,11
Países Chile