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Por qué no firmo contra Cuba

En estas últimas dos semanas he recibido un centenar de manifiestos en los que se me invita, en algunos, y se me conmina, en otros, a poner mi firma para condenar a Cuba por los recientes fusilamientos y largas condenas impuestas a enemigos del régimen. No he firmado ni firmaré ninguno por razones de coherencia personal, por respeto hacia una experiencia de dignidad que marcó a América Latina y a mi generación.

He sostenido y sostengo que a la Revolución cubana hay que defenderla incluso de los monstruosos errores de sus dirigentes, del dogmatismo y ceguera de aquellos que, ocupando cargos de responsabilidad política, actúan irresponsablemente de cara a la historia y la sociedad, y hay que defenderla ahora, porque la Revolución cubana, su esencia antiimperialista y su proyecto de sociedad solidaria, simbolizan la única forma de resistencia frente a la brutal arremetida imperial de Estados Unidos.

Fui, soy y seré enemigo radical de la pena de muerte. Nada justifica la pena capital. No existe pena de muerte buena y pena de muerte mala. Su práctica es una odiosa regresión a la barbarie y no admite relativismos. De la misma manera como es inaceptable afirmar que ha muerto más gente en accidentes de tráfico que en los bombardeos norteamericanos en Irak, también lo es señalar que en Texas se han ejecutado a más personas que en Cuba. La pena de muerte es simplemente un crimen de Estado, y en el caso de las últimas ejecuciones en Cuba, es una prueba de la desesperación que conllevan las recientes amenazas de invasión y de mayor desestabilización de un país sitiado, sometido a un criminal bloqueo que dura ya demasiado tiempo.

Fui, soy y seré enemigo acérrimo de los juicios sumarios a puerta cerrada. Su práctica es una perversión de la legalidad y de la ética. El único ejemplo que se consigue con ellos es de debilidad y de aceptación de las reglas del juego impuestas por aquellos que violan sistemáticamente los derechos civiles, como ocurre por ejemplo con los prisioneros afganos de Guantánamo, y con los cientos de musulmanes "desaparecidos" en Estados Unidos luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Siempre entendí y apoyé a la Revolución cubana, pero jamás fui un obsecuente o un disciplinado aceptador de todas las medidas de sus dirigentes. Mi cariño, mi simpatía, mi compromiso con los postulados revolucionarios cubanos, los he manifestado de una manera consecuente con lo que la historia de Cuba y América Latina me enseñó; de manera crítica, siempre crítica, fraternalmente crítica.

Los últimos errores, monstruosos e injustificables, de la dirigencia cubana, han azuzado el fervor intervensionista del gobierno estadounidense y de los gobiernos más reaccionarios del mundo, y ya se habla de un después de Irak con Cuba en la mira de los cañones. Ya se habla de un modelo "democrático" pre-cocinado e inspirado en una supuesta normalidad democrática latinoamericana. ¿Como la democracia argentina, usurpada por los mayores corruptos de su historia? ¿Cómo la democracia chilena, incapaz de reformar la Constitución política de la dictadura? ¿Cómo la democracia nicaragüense?

Los latinoamericanos que conocemos Cuba sabemos que no fue, ni es el epicentro del bien, y de la misma manera podemos afirmar que no es el epicentro del mal. Sabemos que, pese al criminal bloqueo, a los sistemáticos y sostenidos esfuerzos desestabilizadores, a la agresión constante, la Revolución entregó a los cubanos algo que las demás naciones del continente perdieron: el orgullo de ser capaces de enfrentarse al mayor enemigo del progreso material y democrático de América Latina, Estados Unidos, y lograr algunos triunfos que no se miden con el baremo del Dow Jones o de la Bolsa de Londres, porque la erradicación del analfabetismo, de la desnutrición infantil, de las enfermedades endémicas del subdesarrollo, el nivel de escolaridad, la limitada pero existente independencia productiva de medicamentos, la salubridad pública y la solidaridad manifestada cada vez que algún país del continente americano precisó de ayuda médica y humanitaria, son todavía lejanas utopías en los demás países de América Latina.

Ni más, ni menos, que por todo esto, es que me niego a firmar cualquier

manifiesto de condena a Cuba, y llamo a defender a la Revolución cubana con las armas de la crítica y de la razón, con los argumentos revolucionarios que jamás deben ser remplazados por medidas expeditivas, fusilamientos o juicios sumarios, y con toda la voluntad antiimperialista que deviene de nuestra capacidad de entender la gran contradicción que mueve a la sociedad mundial: imperialismo versus derechos humanos.

Autor/es Luis Sepúlveda
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Junio 2003
Temas Neoliberalismo, Literatura
Países Cuba