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Identidad judía en Chile

Para hablar acerca de la identidad de un grupo humano, hay que comenzar por comprender cuáles son las características diferenciales de esa colectividad. Sin embargo, por su historia milenaria, como por las intrincadas consecuencias de siglos de diáspora y persecuciones, el judaísmo escapa siempre a todas las definiciones fáciles.

Desde una perspectiva posible, podemos hacer un paralelo con una figura geométrica tridimensional, donde confluyen fe religiosa (monoteísmo y revelación en la Torá), ética social (valores como la justicia social y responsabilidad colectiva, sustento del monoteísmo ético) y cultura.

Cultura híbrida, nacida de raíces semitas, expresada en hebreo, pero también nutrida por los crisoles orientales, sefardí y ashkenazí, por el ladino y el idish1. Herencia y desarrollo manifestado en su peculiar gastronomía, música y poesía. Cultura marcada por un pasado histórico común y por una legislación propia, la Halajá2, con más de 2.500 años de vitalidad y sabiduría.

Un Pueblo –mas no una raza–, al que algunos estudiosos han llamado una "confederación de familias con solidaridad interna", cuya centralidad espiritual y existencial se encuentra en Eretz Israel3, la Tierra Prometida. Basta recordar que en el curso de los milenios, tres veces israelitas han edificado su Estado en el territorio de Israel; conocido también como Palestina, desde que los romanos le dieron ese nombre, hacia el año 135 de la Era Común, tras aplastar la segunda rebelión de los judíos contra el Imperio4.

Además, resulta imposible entender la identidad judía contemporánea, en Chile y en el resto del mundo, sin incorporar a esta vasta trayectoria la herencia del holocausto (la Shoa) en la Segunda Guerra Mundial, que implicó el asesinato de un tercio de la judería mundial, y el surgimiento del Estado de Israel, y su conflicto no resuelto con el mundo árabe, especialmente con el pueblo palestino.

Pero también este intento de definir "lo Judío", es precario, ¿Una religión? Sí y no. De hecho la palabra hebrea para religión, "Dat", ni siquiera existía en hebreo antiguo y fue creada por los traductores de Maimónides en el medioevo. Y, en todo caso, una concepción religiosa diferente, cuyo acento está puesto más en las acciones que en las creencias. Donde el particularismo siempre se ha visto tensionado por el universalismo de los valores comunes a toda la humanidad y el monoteísmo de un Dios universal.

¿Un pueblo? Sí, pero que escapa a todas las definiciones basadas en el territorio la raza y la lengua comunes. ¿Una historia común? También, pero heterogénea, compartiendo la historia de naciones distintas en los cuatro rincones del mundo, con segmentos apartados por siglos del tronco central.

Incluso determinar el número de judíos en el mundo resulta una tarea compleja. ¿Quién es judío?. La Halajá, la legislación judía ortodoxa, considera judío a todo aquel nacido de madre judía, o convertido según los procedimientos marcados por la Halajá. Sin embargo, ¿tiene sentido considerar israelita, para efectos estadísticos, a un cristiano hijo de madre judía? Además desde el siglo XIX, la Halajá no es reconocida como criterio único por las diferentes denominaciones o comunidades judías. Así vertientes reformistas reconocen también la patrilinealidad del judaísmo, y para la conversión aceptan tres criterios distintos: la Halajá, la Revelación, y la Aculturación.

Esta heterogeneidad, producto de continuidad y vitalidad, de la diáspora y el diálogo intercultural nos permite comprender que una persona radicalmente laicizada, un intelectual marxista declaradamente ateo, un empresario moderadamente practicante y un sionista laico que considera que el judaísmo ortodoxo es un atavismo, puedan reconocerse como judíos, junto a los ortodoxos estudiosos de la Torá y a los piadosos místicos judíos de las comunidades Jasídicas. De algún modo, todos ellos se reconocen como integrados en algún punto de esta figura tridimensional que hemos intentado exponer.

Los judíos en Chile

Se estima que actualmente hay 21.000 israelitas en Chile5, organizados en diversas comunidades, según su tradición de origen; Sefardíes (descendientes de los expulsados de España), Ashkenazíes (de Europa Central y Oriental) y alemanes; o según su orientación religiosa: Ultra-ortodoxos, Ortodoxos, Conservativos y Liberales.

Estas comunidades cuentan con centros de enseñanza –dos Colegios Hebreos en Santiago y Viña, y un tercero de orientación ultra-ortodoxa –el "Maimónides"– en la capital; periódicos y boletines, movimientos infantiles y juveniles, clubes y organizaciones sociales, hogar de ancianos, instituciones de servicio público, como la logia B’nei Brit, la Bomba Israel, o el policlínico israelita.

Su instalación en nuestro país tiene larga data. El descubrimiento del continente americano por España coincidió con una de las grandes tragedias de la historia judía. La conversión forzosa, masacre y expulsión de los judíos en 1492. Aquellos que encontraron refugio en Portugal siguieron la misma suerte con la conversión forzada pocos años después.

Como la persecución de la Inquisición y las leyes discriminatorias contra los conversos y sus descendientes continuaron en los años sucesivos, a nadie debe extrañar que una gran cantidad de "marranos" (que así se llamaba a los hebreos que intentaban mantener su fe en secreto) y descendientes de conversos consiguieran llegar a la América Española a pesar de la prohibición explícita que existía en ese sentido.

Debido a la peculiar posición de frontera del "Reyno de Chile" parece ser que una cantidad especialmente numerosa de marranos vino al país. Muchas familias chilenas mantienen hasta hoy día un pálido recuerdo de sus orígenes hebreos. Además se conservan registros de persecuciones de la Inquisición contra vecinos de la Colonia, mártires que incluso bajo la tortura se negaron a capitular de su judaísmo y fueron ajusticiados en Lima, y renegados que para escapar a la persecución y al tormento se sometieron a las autoridades6.

Pero claro está que conocer orígenes hebreos, y trasmitir el judaísmo en condiciones de aislamiento y represión son cosas distintas, y la casi totalidad de estos cripto-judíos coloniales se terminaron por asimilarse a la población católica mayoritaria, en el curso de algunas generaciones.

En una aislada región del país, en Curacautín y sus alrededores, sobrevivió por largo tiempo una pequeña comunidad cripto –judía, de unas decenas de personas, con elementos de sincretismo cristiano. En el siglo XX ésta se organizó bajo la denominación de Iglesia Israelita de Chile, para luego reencontrarse con el tronco central del judaísmo, abandonando su sincretismo.

Las primeras comunidades judías fueron fundadas por sefardíes en Valparaíso y Temuco, en los años 1915 y 1916, respectivamente. Por aquellos años en el puerto de Valparaíso, a la sazón la más dinámica ciudad comercial de Chile, se radicaron numerosas comunidades extranjeras que encontraron en ella, de facto, la libertad de culto que sólo años más tarde sería consagrada por la Constitución chilena; estableciéndose allí, también, las primeras comunidades de ingleses anglicanos, alemanes luteranos y franceses calvinistas. Por otra parte, Temuco era una ciudad de frontera, recientemente "pacificada". Este último caso es interesante porque en Temuco se concentraron judíos procedentes de la ciudad Macedónica de Monastir, de donde llegaron poco a poco más de treinta familias. Debido a esto, el primer nombre de esta comunidad israelita fue Comunidad Macedónica de Temuco7.

A los sefardíes siguieron después, en mayor número, los judíos provenientes del Imperio Ruso, caracterizado por su gran anti semitismo; arribando de este modo inmigrantes provenientes de Rusia, Polonia y los países bálticos. El auge de la nueva ola antisemita en Europa, con el ascenso de los Nazis al poder en Alemania, trajo más judíos a Chile, a pesar de las restricciones de las autoridades de la época.

Sin embargo, la comunidad chilena siempre fue pequeña en comparación con aquella que se estableció en la próspera y vecina Argentina. Muchos de los que llegaron a Chile fueron el rebalse de la gran ola migratoria hebrea que se dirigió al vecino país para buscar allí su nuevo hogar.

Por entonces, la mayoría de los judíos que se establecieron en Santiago lo hicieron en barrios específicos, como la Avenida Matta y sus alrededores. Donde, acorde con la tradición de vivir a una distancia que fuera posible de sortear a pie en Shabat8 y las festividades, prontamente instalaron un significativo número de sinagogas y centros religiosos, como los de las calles Portugal, Santa Isabel, Serrano, Arturo Prat y en la propia Avda. Matta.

A comienzos de los años cincuenta, la principal institución judía de Chile, el Círculo Israelita (hoy Comunidad Israelita de Santiago), estableció la Gran Sinagoga en la calle Serrano, en el centro de Santiago.

El futuro de los judíos chilenos

A pesar de su número relativamente pequeño, los judíos han jugado un papel importante en la historia de Chile, cumpliendo un rol de vanguardia en algunos de los sectores económicos más dinámicos, como el comercio, las finanzas, la industria textil y las profesiones liberales. Ya a comienzos del siglo XX, por ejemplo, Gath y Chávez, de propietarios judíos, fue la primera multitienda chilena.

Al mismo tiempo, sin duda influidos por la tradición de justicia social y estudio crítico, numerosos judíos jugaron un papel importante aportando intelectuales al movimiento obrero, a la masonería, al impulso a la educación laica, a los partidos políticos laicos y de izquierda.

Hoy en día, el futuro de los judíos chilenos no está asegurado. Pero claro, nunca lo ha estado. La opción por una identidad judía raramente ha sido fácil o automática. Decir esto podría parecer extraño, para un pueblo que existía cuando había hititas, asirios, babilónicos o romanos y cuya supervivencia, a pesar de todas las presiones asimilacionistas, persecuciones y masacres, parece aún hoy como un verdadero milagro.

El grueso de los judíos en Chile, está muy enraizado en la vida nacional y muy laicizado. Con una segunda generación de matrimonios mixtos, las parejas con integrantes no judíos superan el 50%, y el conocimiento de las lenguas específicas de las familias de inmigrantes como el alemán, el idish o el ladino, se van perdiendo en las nuevas generaciones, reemplazadas por el inglés y en menor medida el hebreo.

De este modo, los fuertes lazos emocionales y de identidad con el Estado de Israel que han establecido los judíos chilenos se han constituido en el principal rasgo diferenciador de un grupo humano diverso y aculturado que ha ido abandonando progresivamente la kashrut9, la observancia del Shabat y la Halajá.

El movimiento conservativo en Chile, de creciente influencia gracias a la conducción de líderes y maestros formados por el Seminario Rabínico Latinoamericano de Buenos Aires, ha hecho grandes esfuerzos por reagrupar a los judíos chilenos y recrear la vida comunitaria, recuperando y resignificando la tradición y los preceptos religiosos para darles vitalidad en el seno de la sociedad contemporánea. Logrando desplazar a la ortodoxia y entusiasmar a grupos de jóvenes que paulatinamente han comenzado a reocupar sus instituciones comunitarias y religiosas.

La reciente ordenación del primer Rabino chileno de esta nueva generación, formado en el Movimiento Juvenil Bet El y el Seminario Rabínico Latinoamericano, constituye una de las primeras señales concretas del éxito que estos esfuerzos están teniendo en sembrar semillas de continuidad identitaria y religiosa en suelo chileno.

La inclusión de mujeres en el rabinato y el acceso de ellas a los servicios y al estudio de la Torá, así como los esfuerzos por abrirse a las conversiones de los miembros no judíos de las familias mixtas, constituyen también parte de las novedades que ha aportado este movimiento en nuestro país.

Algunos maestros han destacado también el hecho de que el fuerte contenido ético del judaísmo, para las personas radicalmente laicas, podría ser fuente de inspiración y retorno al judaísmo. Sin embargo, aún subsiste la pregunta de si estos valores universales del judaísmo, compartidos hoy día por muchas denominaciones religiosas y movimientos sociales, bastan para construir alrededor de ellos una identidad judía laica.

En nuestro país, además, la diferenciación cada vez más acentuada de los segmentos sociales ha tenido un fuerte impacto en el seno de las comunidades locales. Parte importante de la comunidad ha prosperado económicamente de manera apreciable, generando fisuras socioeconómicas que han ido en menoscabo de aquellos miembros que han mantenido una vida más modesta.

Así pues, en la Región Metropolitana, principal centro de concentración judía en Chile, las sinagogas, el colegio Hebreo y los centros comunitarios judaicos se han trasladado hacia el barrio alto. Los escasos locales de comida kosher se han establecido también en las comunas del sector Oriente de Santiago. Y, a pesar de los esfuerzos de los líderes por mantener la solidaridad interna en sus comunidades, simbólica y socialmente se ha producido una brecha que ha terminado por provocar un autoaislamiento, silencioso, de numerosos judíos capitalinos.

Por otra parte, aunque el antisemitismo no ha estado ausente en suelos chilenos, la instalación de las comunidades judías en nuestro país ha sufrido históricamente menos agresiones que en la vecina Argentina, donde incluso en los últimos años se han presentado hechos de terrorismo, con gran cantidad de víctimas y de gran impacto socio-político.

En Chile, la relación con sus pares, los inmigrantes árabes, tradicionalmente vinculados a similares espacios productivos –como el comercio, industria textil y profesiones liberales– ha sido por lo general amistosa y de estrecha colaboración. Incluso se conocen públicamente casos de algunos pocos matrimonios mixtos, entre los que se cuenta los de la familia del seleccionado nacional de tenis, Nicolás Massú.

Sin embargo, las actuales tensiones en Medio Oriente, especialmente entre palestinos e israelíes, han provocado un distanciamiento y deterioro en las relaciones entre ambas comunidades. La postura pública de la comunidad judía local frente a esta situación ha sido, sin embargo, la de no importar el conflicto al suelo chileno, y seguir actuando como parte de la diáspora que ha contribuido a los intentos de acercar posiciones entre ambos grupos en conflicto.

Por último, cabe destacar que en la actualidad la profunda crisis económica argentina y uruguaya ha promovido una pequeña nueva ola de inmigrantes judíos, que están aportando vitalidad a la vida comunitaria local.

  1. Ladino, de latino, la lengua judeo-española hablada por los judios de origen español, el idish, es la lengua judeo-germana hablada por los judios del este de Europa. Para profundizar en conceptos específicos ver: Yacob Newman y Gabriel Siván, "Judaísmo A-Z", Depto. Educación y Cultura Religiosa para la Diáspora, Jerusalem, 1983.
  2. Halajá, conjunto de la ley judía, especialmente la ley oral codificada en el Talmud y en escritos posteriores.
  3. Eretz Israel, la tierra de Israel bíblica. El moderno Estado de Israel está en Eretz Israel pero no ocupa todo su territorio.
  4. Werner Keller, "Historia del Pueblo Judío", Barcelona, Ediciones Omega, s.a. 1969.
  5. Sergio Della Pergola. World Jewish Population en American Jewish Year Book, Vol. 100, The A.Harman Institute of Contemporary Jewry. The Hebrew University of Jerusalem. Nueva York, 2000.
  6. Los Judíos, o descendientes de conversos forzados, jugaron un papel bastante más importante de lo que reconoce la historia oficial chilena. Así, por ejemplo, la familia Albano, crió a don Bernardo O’Higgins por encargo de don Ambrosio. Poco después de la independencia, la masonería regular chilena fue fundada en Valparaíso también por un judío, Don Manuel de Lima. Para mayor información sobre historia de los judíos en Chile: Günter Döhm, "Nuevos antecedentes para una historia de los Judíos en el Chile Colonial". Santiago de Chile, Ed. Universitaria, 1963; del mismo autor: "Historia de los judíos en Chile", Santiago, Andrés Bello, 1984; y, Mario Matus González,. "Tradición y adaptación : vivencia de los sefaradíes en Chile" Santiago, Comunidad Israelita Sefaradi de Chile, 1993.
  7. Moisés Hassón, "Temuco: Génesis de una Comunidad", Publicado en: Toldot # 12, Argentina, Agosto 2000.
  8. Shabat, el séptimo día de la semana, que de acuerdo con los preceptos bíblicos se reserva para el descanso. Éste comienza con la caída del sol el viernes, y finaliza tras la puesta del sol del día sábado.
  9. Kashrut, leyes dietéticas judías; en un sentido más amplio también comprende aquello que se adecua a la ley y la costumbre judía.
Autor/es Patricio Guzmán Sinkovich
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Octubre 2002
Temas Sectas y Comunidades
Países Chile