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TLC Chile-Estados Unidos o los adoradores del significado

Todavía Chile siente la resaca por la euforia de concluir las negociaciones para un tratado de libre comercio con Estados Unidos el 11 de diciembre recién pasado. Si no fuera por la grave situación económica y los escándalos de corrupción que afectan a la actual administración, no cabe duda que las autoridades ya hubieran desempolvado aquellos viejos discursos de mediados de los noventa sobre los jaguares de América Latina. Pero, ni siquiera el pudor, logró contener las frases grandilocuentes a que nos tiene acostumbrados el Presidente de la República "quién se manda este numerito, tres acuerdos de comercio en un año" dijo con satisfacción, haciendo referencia a la suscripción del tratado con la Unión Europea, Corea y ahora Estados Unidos.

El Senador Foxley tampoco pudo contener su satisfacción, reconociendo "humildemente" que todo esto fue idea de él, cuando era Ministro de Hacienda del Presidente Aylwin; obviamente no pudo evitar retomar su discurso sobre jugar en las grandes ligas y que Chile sólo necesitaba una oportunidad, para ser un país desarrollado. Tomó 11 años, tres procesos de negociación y tres gobiernos, tanto en Chile como en Estados Unidos, para concluir el tan ansiado Tratado de Libre Comercio.

Todos los poderes fácticos, gobierno y prensa incluidos, están cuadrados detrás de este Tratado, como si fuese el éxito principal de la administración del Presidente Lagos. Las elucubraciones acerca de los beneficios del tratado, son fantasiosas e incluso demagógicas, el ministro de Economía Rodríguez Grossi, ha señalado que todos ganan con este acuerdo, nadie pierde, con una lógica casi infantil. Los comentaristas informados, no pudiendo contener su alegría, pero debiendo cumplir su deber de decir algo inteligente, apuntan al desafío que significa para Chile haber sido ungido con la magia del capitalismo estadounidense, y cuidadosos advierten sobre la necesidad de avanzar en las demás reformas impostergables para tener un país decente, que incluye: privatizaciones, flexibilidad laboral, modernización del Estado y desregulación.

Sin embargo, ninguno parece haber evaluado los detalles del acuerdo, entender lo que en realidad significa y las implicancias para Chile. No existe ninguna evaluación acerca de cómo se llevó a cabo la negociación misma. Al respecto, por las declaraciones de los negociadores, queda la sensación de que daba lo mismo, los chilenos hubiésemos firmado cualquier cosa. En vez de una negociación auténtica, lo que en verdad hubo fue un una larga espera para que los intereses sectoriales se contuvieran y la correlación de fuerzas en el Congreso estadounidense fuera favorable para así aprobar el Tratado, a cualquier costo.

Objetivos del TLC

Pero, como siempre, las cosas no son tan simples. En un matutino de Santiago, El Diario, el Instituto Libertad y Desarrollo (ILD), centro de estudios por excelencia de la derecha chilena, se entregó la opinión de este sector respecto al TLC entre Chile y Estados Unidos. El artículo identifica como éxitos incuestionables para el consumidor chileno, los objetivos logrados de los negociadores estadounidenses en la eliminación de las bandas de precios, la eliminación del encaje (impuesto al capital especulativo), y la eliminación del impuesto al lujo para los automóviles. Lo preocupante es que esto significa que Chile nunca más podrá aplicar este tipo de políticas, vale decir, a través de estos tratados internacionales se busca, también, condicionar las políticas económicas nacionales.

Más aún, el artículo sostiene que el TLC no constituye una panacea sino un desafío, pues significa costos mayores para Chile si no adoptamos rápidamente las políticas que aumenten la flexibilidad del mercado laboral; si no profundizamos la desregulación del mercado de capitales; si no modernizamos y hacemos más eficiente al sector público. Es decir, implica necesariamente introducir una serie de nuevas políticas que evidentemente el ILD comparte, pero en las cuales aún no existe consenso nacional.

Finalmente el artículo concluye, "las consecuencias no sólo son significativas por los aspectos económicos como por los de imagen internacional, sino también porque ayuda a consolidar de manera sustancial el modelo de economía de mercado que se aplica exitosamente desde hace tres décadas". He aquí el tema central de este tratado.

Más que comercio

El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, curiosamente, no es bajo ningún prisma uno sobre el comercio y mucho menos aún sobre la libertad económica. Muy por el contrario, dado que la relación comercial entre Estados Unidos y Chile ya es bastante amplia, las magras concesiones en materia comercial que ha entregado el gobierno del país del Norte, tendrán un impacto mínimo sobre el comercio de bienes. El TLC en verdad trata de reglas y regulaciones, de lo que se puede y no se puede hacer, tanto en el ámbito comercial como en la política económica.

Chile cedió en la capacidad de regular el capital especulativo, aceptó introducir normativas de propiedad intelectual más allá que los compromisos ante la Organización Mundial de Comercio. Aparentemente se comprometió a no cobrar nunca impuestos al comercio electrónico y aceptó sanciones comerciales. Es más, supuestamente, aceptó enmarcar las inversiones extranjeras bajo el paraguas del capítulo 11 del Nafta, lo que implica el reconocimiento del pre-establecimiento y el derecho de empresas transnacionales de demandar al Estado chileno. En la práctica lo anterior significa la imposibilidad de alterar los actuales marcos regulatorios sectoriales. Si hoy en día, en Chile, la minería privada no paga impuestos, con este tratado nunca más lo hará. Vale decir, se fijó legalmente el actual patrón de comercio internacional, en el cual a Chile le corresponde exportar materias primas vinculadas a los recursos naturales y a Estados Unidos la alta tecnología.

A través del tratado Chile consolidó la estrategia de desarrollo basada en la exportación de productos primarios, dado que se genera un anclaje adicional para el modelo de desarrollo, haciéndose prácticamente imposible volver hacia atrás o incluso contener sus peores efectos. EL TLC constituye la consagración de las políticas del Consenso de Washington como modelo de desarrollo, en el contexto de una globalización a la estadounidense. En consecuencia, inevitablemente al evaluar el Tratado, la pregunta se dirige hacia al modelo de desarrollo y sus reales beneficios.

La experiencia mexicana

Sobre lo anterior conviene revisar las consecuencias que ha tenido para México el tratado con Estados Unidos (NAFTA), dado que éstas son ilustrativas respecto a lo que se puede esperar en Chile, aunque la comparación no es perfecta puesto que ambos países, al ser vecinos, tienen otras implicancias económicas. No obstante, cabe recordar que el NAFTA buscó más que nada convertir al territorio mexicano en un paraíso de atracción para la inversión extranjera. Los capitales transnacionales se han asegurado que los acuerdos comerciales garanticen que nada atente contra sus intereses, en particular lo que dice relación con las prestaciones sociales o las regulaciones. Estas garantías explican el enorme incremento de la inversión extranjera directa que pasó de 4,4 mil millones de dólares, en 1993, a 11,8 mil millones de dólares, en 1999. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos aseguró su hegemonía en lo que se refiere a los avances tecnológicos a través de reglas de propiedad intelectual muy estrictas.

Paralelamente, los trabajadores de la industria manufacturera han visto caer sus salarios y sus derechos laborales, durante el período 1993-2001: los salarios reales del sector manufacturero experimentaron una variación porcentual de -20,6%, al mismo tiempo que los inversionistas extranjeros gozan de facilidades tributarias y altas tasas de ganancia.

Después de 9 años de TLC, 60 millones de mexicanos viven en la pobreza, el porcentaje de mexicanos que vive en esa aguda condición pasó de 21,46% en 1994, a 50,97% en 1998, mientras que el salario mínimo ha perdido el 22% de su poder adquisitivo. El sector informal ha crecido alarmantemente a costa del empleo formal y de la quiebra de pequeñas y medianas empresas. El campo mexicano está en ruinas, debido a las crecientes importaciones y a la caída de los precios internacionales de los productos agrícolas. La ola de emigrantes hacia las grandes ciudades y hacia los Estados Unidos es cada día más grande.

En materia ambiental el panorama no es mejor. De acuerdo a cifras oficiales, de 1993 a 1999, el costo de la degradación ambiental y del agotamiento de los recursos naturales alcanza un valor promedio del 10,9% del PIB, mientras que el valor de los recursos dedicados a resarcir daños por contaminación o degradación ambiental ha caído en cerca del 50% en este

período.

En Chile, dado que las reformas estructurales se introdujeron hace mucho tiempo atrás, el tratado no tendrá mayores implicancias y muy probablemente no habrá mayores cambios, lo que sí hará este Tratado es hacer imposible alterar la situación actual. En consecuencia el TLC constituye la camisa de fuerza final a los enclaves autoritarios que impedirá alterar un patrón de desarrollo, profundamente desigual y altamente depredador de los recursos naturales.

Chile-EE.UU. Artículos, documentos y declaraciones críticas en: TLC

www.attac.cl

www.comerciojusto.terra.cl

www.puntofinal.cl

www.elsiglo.cl

www.portaldenegocios.cl

La experiencia mexicana

Autor/es Marcel Claude, Rodrigo Pizarro Gariazzo
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Enero 2003
Temas Mercosur y ALCA
Países Chile