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Quiero votar y no tengo a quién

Para las elecciones legislativas del 14 de octubre se preve un porcentaje de votos anulados y en blanco que supera al porcentaje de intención de voto positivo para los candidatos preferidos. Tal vez el verdadero significado de ese rechazo militante sea el dato más difícil y también más crucial a desentrañar por la dirigencia política argentina.

Para las elecciones legislativas del 14 de octubre se preve un porcentaje de votos anulados y en blanco que supera al porcentaje de intención de voto positivo para los candidatos preferidos. Tal vez el verdadero significado de ese rechazo militante sea el dato más difícil y también más crucial a desentrañar por la dirigencia política argentina.

Codo a codo, se alinean Sarmiento, Belgrano, San Martín y Eva Duarte. "Ellos no votaron en blanco", recuerda el cartel que propone la senaduría de Gustavo Béliz en la Ciudad de Buenos Aires. "Y vos te comparás, cara rota", ha garabateado alguien con birome al pie de uno de ellos.

Los carteles de Gustavo Béliz se pelean con el mensaje que derrama Bernardo Neustadt desde la cadena de tv de Metrovía, donde avisa que el día de las elecciones pondrá en el sobre un retrato de Manuel Belgrano.

"El voto en blanco no castiga", advierte otro cartel con la imagen de Patricia Walsh, "Izquierda Unida sí". De donde habría que deducir que la izquierda (para nada unida) no propone un proyecto de poder político sino que se conforma con castigar a los que ya accedieron a él.

Esta polémica desde los afiches de la campaña electoral para las elecciones legislativas del 14 de octubre apunta a una franja del electorado que, contra lo habitual, crece conforme se acerca la fecha de elecciones: la de quienes se proponen votar en blanco, anular el voto o simplemente no ir a votar.

A cuatro días de las elecciones, la consultora Analogías de Analía del Franco registra un 11% de intención de voto para el candidato a Senador más favorecido por el electorado de la Ciudad de Buenos Aires, el aliancista Rodolfo Terragno, mientras que la intención de anular el voto es de 18,6%, la de voto en blanco 5,8% y la de no ir a votar 3,7%1.

Esa intención de no voto, en blanco y anulado, representa el 34,3% de intenciones a nivel nacional, según un estudio de Ibope2; el 38% del electorado de Capital según la consultora Mori Argentina3; sumado a los indecisos representa el 40 % en el electorado de Capital según la encuesta de Consultora Catterberg4 y el 39,4% según Hugo Haime y asociados, respecto del 31 % en septiembre y el 25,9% en agosto5. Representa el 26% de los votos a Senador en Capital según Ibope y el 22% de los votos a Senador en la provincia de Buenos Aires según Consultora Equis6. Según el Centro de Estudios de Opinión Pública el "voto bronca" en la Ciudad de Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires promedia el 20 %7. Artemio López, de Consultora Equis, calcula para las elecciones del domingo un ausentismo de 2 millones y medio de personas a nivel nacional, sumado al 14 % de ausentismo estructural; 1.100.000 votos en blanco, y un voto anulado que del 0,5% en el padrón electoral de 1983 este año llegaría al 5%, y es la opción que más ha crecido8

Este tipo de voto es un fenómeno transversal, esto es, atraviesa todo el espectro político y social. Pero según el estudio de Ibope el perfil del típico votante negativo es un varón de menos de 30 años, perteneciente a estratos sociales altos o medios, con nivel educativo medio o superior. El estudio de Haime deduce que este voto saca buena parte de su fuerza de votantes de centro-derecha, que en las elecciones de 1999 habían apoyado la candidatura presidencial del actual ministro de Economía Domingo Cavallo. De manera que relaciona la inclinación a anular el voto o ponerlo en blanco con la estrepitosa caída de imagen de Cavallo: del 47% de aprobación en noviembre de 2000 al 13% actual.

En cambio el estudio del CEOP encuentra una mayor tendencia por este voto en el electorado masculino de edad madura y bajo nivel socioeconómico.

"Mientras la gente de menores recursos prefiere el ausentismo, las clases medias adhieren a las campañas promocionadas por Internet que llaman a colocar en el sobre papeletas de personajes como Clemente; y mientras los menores de 35 años se inclinan por el voto nulo, los mayores optan por el blanco", discrimina Diego Rosemberg9. Quienes intentan explicar el crecimiento de esta tendencia coinciden en que el voto en blanco no tiene el sentido preciso que tuvo por ejemplo durante la proscripción del peronismo, cuando además de una actitud activa de señalar la escasa legitimidad de resultados electorales fundados en esa proscripción, indicaba a las claras una filiación política. Para estas elecciones el Partido Comunista Revolucionario, por ejemplo, llama al voto negativo, pero las personas que piensan votar en blanco o anular su voto provienen efectivamente de las más diversas adhesiones. Sin embargo, no se los podría asimilar con la apatía de los que se abstienen de votar en sociedades desarrolladas satisfechas, donde el voto suele no ser obligatorio: especialmente en los casos de intención de anular el voto, se trata de votantes que desean expresarse, pero su prioridad es el rechazo de lo que se les ofrece. Quieren decir ante todo: "No entro en tu juego".

Las razones de ese "Yo te odio, político", el oportunista título del volumen de Dalmiro Sáenz que inunda los escaparates de las librerías en esta semana de elecciones, son múltiples. A la crisis de representatividad, ya un lugar común en el análisis de la política occidental actual, se suma la disolución de hecho de las identidades partidarias tradicionales en el país, que sobreviven a través de sus aparatos, disolución que se ha ido acentuando precisamente a partir de 1984, cuando el país salió de la dictadura militar dispuesto a apostar a la institucionalidad democrática. Pero además ahora hay que añadir el amargo balance de los gobiernos que se sucedieron desde 1983, el agobio de tres años de recesión, y el estallido de la Alianza gobernante. No fueron pocos quienes votaron a Carlos S. Menem en 1989 contra Angeloz y contra el fiasco de Alfonsín. Tras dos mandatos consecutivos de Menem, la Alianza estaba de hecho "condenada al triunfo", un triunfo para el que se valió de la presencia del Frepaso, una formación política reciente que a su vez estaba conformada en buena parte por gente de diversas procedencias partidarias: socialistas, peronistas, radicales… Pero ¿a quién votar hoy "contra la Alianza"? La partida del vicepresidente Carlos Alvarez hacia ninguna parte hace un año apuró un proceso de astillamiento del Frepaso, hoy parcialmente repartido en dos nuevas formaciones, ARI (Alternativa por una República de Iguales)y Polo social. Por si fuera poco, la designación por De la Rúa de Domingo Cavallo (ex ministro de Economía de Carlos Menem) como superministro de Economía a partir de marzo de este año, contrarió la opinión no sólo de buena parte del Frepaso sino también de significativos sectores de la Unión Cívica Radical (UCR), que lo consagró candidato a presidente en 1998; así es como nos enfrentamos a la insólita situación de que los candidatos por la Alianza (es el caso de Rodolfo Terragno, candidato a Senador por la Alianza en la ciudad de Buenos Aires) hagan campaña contra el gobierno correspondiente a su propio partido, sin por eso abandonarlo, y contra Cavallo, que al responder al llamado de De la Rúa perdió además el favor de sus correligionarios de Acción por la República. El justicialismo, y más concretamente el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires Eduardo Duhalde, candidato a senador por esa provincia, primero indiscutido en los sondeos de opinión en su distrito, cosecha la caída en desgracia del gobierno nacional, pero también logra su desquite sobre el presidente de su propio partido, Carlos Menem, detenido en la quinta de don Torquato, y candidato a senador suplente en su Rioja natal, a quien le atribuye su derrota en las presidenciales de 2000. En la ciudad de Buenos Aires la pirueta es aún más difícil de seguir: el Partido Justicialista está representado (por decirlo de algún modo) por Daniel Scioli como primer diputado en la lista que lleva como senador a Horacio Liendo, del partido de Cavallo Acción por la República y actual funcionario de gobierno, que se presentan bajo el nombre de "Unión por Buenos Aires"; pero los retratos de Perón y Evita son exclusividad de la campaña de Gustavo Béliz e Irma Roy en Frente por un nuevo país (uno y otra ya en las anteriores elecciones se presentaron por fuera del PJ, pero por separado). Si quedara algún votante peronista en Capital, puede preguntarse absorto qué hace Perón (que se jactó de conducir un movimiento que abarcaba la práctica totalidad del espectro político) abriendo los brazos en un cartel de Béliz, y más modestamente qué hace el militante peronista Dante Gullo junto a Alfredo Bravo (ARI) (salvo, claro, la consoladora y cierta explicación de que "se juntan porque no roban").

Elisa Carrió, cuya investigación sobre la trama mafiosa del Estado le dio justificado protagonismo y autoridad, no se presenta en ninguna lista, pero su imagen aparece en los carteles junto a los heterogéneos candidatos por el ARI, cosa que el desorientado votante no se confunda del todo … o se confunda definitivamente.

En cuanto a la izquierda, su exaltación optimista ante las relativamente buenas proyecciones de su intención de voto en los sondeos, no parece haber contribuido a reducir su proverbial fragmentación, ni a reconocer que "la campaña para su crecimiento la hicieron la derecha y los partidos tradicionales, en tanto que la izquierda ha hecho todo para dificultar que la voten"10.

Si el enojo de los votantes negativos les dejara espacio para reflexionar, tal vez se enojarían todavía más al descubrir lo difícil que resulta saber cuál es el mejor modo de dañar realmente a los políticos que se quiere dañar, cuál el mejor modo de ser, según las inclinaciones de cada quien, más reaccionario o más rebelde. Para su desesperación, allí están las múltiples hipótesis sobre el principal beneficiario de votos en blanco y anulados: De la Rúa (bien podría decir: "No es sólo contra mí"), Menem ("Ve, si yo no estoy todo se va al diablo") o Duhalde (lo dijo explícitamente, palabras más o menos: A mí me conviene, pero es malo para la democracia). El hecho de que los mismos sondeos que destacan la envergadura del voto en blanco o impugnado den por ganadores (con porcentajes llamativamente bajos) a Duhalde en la provincia y a Terragno en capital (de nuevo, representantes de los dos grandes partidos que sellaron la política nacional durante el siglo XX, y que han dado prueba de su agotamiento en las respectivas gestiones) parecería corroborar el efecto de mantenimiento del statu quo del voto negativo.

"Me cuesta diferenciar a uno de otro", dice refiriéndose a los candidatos una votante informada para explicar su voto en blanco11. Por cierto las escenas de debates televisivos donde los candidatos hablan todos a la vez o se pelean entre ellos hacen las delicias del equipo de Daniel Hadad en el programa televisivo Después de hora, un dechado de apología de las discriminaciones y de agravio de los derechos humanos, que promueve la impugnación del voto mediante permanentes chistes sobre las boletas, lo que hay que colocar en la urna, y la campaña electoral.

Al enojo de los votantes negativos se enfrenta la indignación de quienes ven en estas actitudes una conducta que socava objetivamente la democracia, más allá de las intenciones individuales. Los votantes que aun en medio de su zozobra se esfuerzan por encontrar un voto aproximado, ya que no convencido, acusan a los abstinentes o impugnadores de irresponsabilidad, de no medir la importancia del voto en un país durante tanto tiempo despojado de esa posibilidad. "Detrás de esta trama se mueve el fantasma de un vacío que no podría ser llenado sino por un liderazgo carism*tico anti institucional:el borde de un abismo…", analiza Beatriz Sarlo12.

Pero tal vez el dato más grave consista en el hecho de que de sectores del establishment político mismo ha surgido una campaña antipolítica. En el curso del último año, el descrédito de la política se asimiló alegremente a la necesidad de reducir gastos políticos, dentro de la lógica de reducción del gasto público en que se empeñó el gobierno de la Alianza especialmente a partir de la sustitución de José Luis Machinea primero por Ricardo López Murphy y después por Cavallo, rozando peligrosamente la conclusión de que la política es un espacio superfluo, precisamente en momentos en que ese espacio tiende a ser ahogado a escala global por planteos economicistas y tecnocráticos.

Claro que hay argumentos de peso en cuanto a la posibilidad y necesidad de reducir esos gastos. Por ejemplo, los legisladores de Formosa son los más caros del país: le cuestan al Estado 1.580.000 millones de pesos anuales13 Así, mientras la provincia alemana de Baviera con una población de más de 12 millones de habitantes y un PBI de 279.600 millones de dólares tiene 254 legisladores y un presupuesto legislativo de 54,3 millones, Formosa con 504.000 habitantes, 30 legisladores y un PBI de 1.788 millones de dólares tiene un presupuesto legislativo de 57 millones14. La legislatura del Chaco tiene 32 legisladores, pero una planta permanente de 1.500 empleados, es decir, 46 por legislador15 mientras que en Alemania, un diputado tiene derecho a un asistente y una secretaria. Los servicios de asesoramiento e información los recibe de su bloque16. Sin embargo, la contundencia de estos datos no debiera ocultar el carácter flagrantemente oportunista de las propuestas de eliminar el bicameralismo en sus respectivas provincias por el gobernador de Buenos Aires Carlos Ruckauf y el de Córdoba José Manuel de la Sota, para ganarse a la opinión pública. Reducir el bicameralismo en las 8 provincias que lo tienen no garantiza un criterio más racional de gasto político, como lo indica el hecho de que tanto la legislatura de Formosa como la del Chaco son unicamerales. En efecto, los analistas coinciden en que lo más cuestionable del gasto político "gira en torno de las prebendas enquistadas en la función pública; gastos reservados, viáticos onerosos, pasajes en exceso, importantes fondos para contratar personal transitorio o partidas para otorgar en forma discrecional subsidios, becas y pensiones"17.

Para quienes defienden el pleno sentido del voto aun en tan desalentadoras condiciones, no es difícil señalar cierta connivencia entre un establishment político que sólo mira su propio beneficio (la privatización de lo público y el carácter público de lo privado, esa distorsión de la democracia parlamentaria que anatematizó Hannah Arendt) y un público que habiendo aprendido las prácticas del clientelismo se limita a irritarse cuando los políticos no satisfacen esas expectativas. Distorsiones exacerbadas en la medida en que precisamente como consecuencia de las políticas implementadas disminuyen drásticamente los empleos y las posibilidaes de inserción social, convirtiéndose la actividad política en un medio de vida. En ese sentido el enojo de muchos votantes debiera incluir el enojo consigo mismos, procedente de un reconocimiento de su propia reponsabilidad respecto de las deficiencias y lacras de la actividad política, aunque más no sea por la incapacidad de generar una nueva fuerza que se sustraiga a esas lacras.

Pero también podría leerse al menos parte del "voto enojado" como un paradójico reclamo de espacio público y participación política lanzado a dirigentes en su mayoría encantados de hacer campaña contra la política para seguir monopolizando su concepción prebendaria y cortoplacista de la gestión del poder.

  1. Página12, 11-10-01.
  2. La Nación, 7-10-01
  3. La Nación, 10-10-01
  4. Página 12, 10-10-01
  5. Pagina 12, 7-10-01
  6. Idem
  7. Clarín, 7-10-01
  8. Página12, 7-10-01
  9. 3puntos, 11-10-01.
  10. Luis Bruchstein, en Pagina 12, 7-10-01
  11. Hilda Sábato en 3puntos,11-10-01
  12. Idem
  13. La Nación, 14-1-01
  14. La Nación, 26-11-01
  15. La Nacion, 4-3-01
  16. La Nación, 26-11-00
  17. La Nación, 13-4-01
Autor/es Marta Vassallo
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Temas Sociología, Corrupción, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina