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De la lacra social a comercio sexual

Que la prostitución ha existido desde épocas remotas es un hecho que nadie cuestiona, y que tiene historia es también relativamente aceptado. En Chile, desde los inicios de la sociedad colonial, han existido diversas formas de prostitución, es decir de comercio de sexo entre seres humanos. Lo novedoso, al parecer, es la definición en que ha entrado esta forma de relacionarse entre las personas.

Desde las primeras preocupaciones higienistas y de costumbres, la prostitución hoy día pasa a ser entendida, analizada y observada como un producto más del mercado. De hecho ya no se puede hablar prácticamente de las prostitutas, sino de las trabajadoras o trabajadores sexuales.

Es indudable que la entrada en escena de las mujeres, tanto al trabajo asalariado desde la Revolución Industrial en adelante, así como al espacio público, desde la Revolución Francesa, ha puesto de manifiesto y especialmente en las últimas décadas del siglo XX, la condición de las mujeres a través de la historia. Y es así que la mujer pública tradicional, asociada a la prostitución pasa a ser un término problemático para entender este aspecto.

La prostitución ha existido siempre ligada a aspectos de represión sexual, sea éste orquestado por ideologías católicas o confesionales; conservación de costumbres y hábitos en los modelos de matrimonios y parejas sexuales, al mismo tiempo que a situaciones económicas de precariedad en relación a sectores importantes de poblaciones.

En este sentido, en Chile, el historiador Gabriel Salazar, estudiando a los sectores populares y su participación en la formación de la sociedad chilena, sitúa la aparición del comercio sexual en los albores del siglo XIX con la aparición de las crisis de la economía campesina y el tránsito a economías capitalistas, en donde la posición de las mujeres campesinas habría sufrido transformaciones fundamentales de desplazamiento, "miles de mujeres se vieron desplazadas de la sociedad rural y obligadas a deambular de un lugar a otro" para buscar formas de subsistencias que les permitieran sobrevivir a ellas y a sus hijos e hijas, en lo que Salazar ha denominado la aparición del peonaje femenino, encontrándose en este sector las primeras formas de arranchamiento en lugares urbanos y suburbanos y las "asiladas" en los puertos y pueblos salitreros1.

Hoy día en Chile, el problema de la comercialización sexual es de difícil definición; a las tradicionales casas de prostitución, casas de tolerancia, burdeles o casas de asilos, y a la manifiesta prostitución callejera, hay que agregar todos aquellos lugares encubiertos de tráficos sexuales o de insinuación de los mismos; “cafés con piernas”, topless, saunas, casas de masajes, cabarets con privados y la prostitución de jóvenes universitarias para pagarse los estudios; es decir la diversificación del comercio sexual y el intercambio público de llamados respecto a esto: páginas de avisos comerciales en los diarios y avisos virtuales a través de las publicaciones electrónicas.

Urbanización y comercio sexual

En Chile, el proceso de desarrollo del capitalismo en el siglo XX, conllevó las migraciones de poblaciones en busca de mejores condiciones de trabajo y de vida, lo que trajo aparejado grandes hacinamientos en los centros urbanos, especialmente en Santiago, dando origen a espacios y lugares de entretenimiento que favorecieron el ejercicio de la prostitución por razones económicas y de hacinamiento espacial: "La falta de una habitación, de agua, empujaba a los niños a jugar o a deambular por las calles y a los jefes de hogar a frecuentar prostíbulos, expendio de bebidas alcohólicas, chinganas"; aspectos que necesariamente acompañaron la urbanización y las modernizaciones de Santiago entremezclándose situaciones económicas, de clase, culturales y étnicas. La segunda corriente de migraciones, a partir de los años 30, y la gran expansión industrial de Chile, incorporó de forma masiva a las mujeres al trabajo asalariado en las industrias textiles, de cuero y calzado, de alimentos y se incrementó la participación de las mujeres en el servicio doméstico, lo que trajo aparejado una preocupación médica e higiénica para combatir los malos hábitos sexuales por parte de los sectores dominantes, el Estado y el catolicismo2.

Ya a mediados del siglo xx, el cambio de hábitos en algunas costumbres sexuales, así como la aparición de los métodos contraceptivos, apoyados en una masificación de los medios de comunicación: revistas, diarios, radios, cine y televisión comienzan a dar cabida a discursos distintos a los oficiales de resguardo de la moral y las buenas costumbres. Es a través de la masificación del cine que se tendrá acceso a formas de relaciones sexuales más abiertas que irán modificando aspectos de los comportamientos sexuales en sectores importantes de la sociedad, especialmente en las mujeres; desde el terror sacrosanto a la pérdida de la virginidad y el hábito de la iniciación de jóvenes de sectores sociales acomodados en casas de prostitutas hacia relaciones más osadas entre las parejas no casadas entre sectores medios y altos de la sociedad chilena.

Estos avances fueron haciendo de la prostitución un comercio acotado en casas de tolerancia y en lugares de recreación, y una forma de trabajo para cientos de mujeres que soñaban con el cambio de vida al llegar a las ciudades.

A fines de los sesenta en Santiago se contabilizaban a lo menos sesenta burdeles en los lugares céntricos con altos grados de refinamientos y publicitados a través de choferes de taxis, garzones de restaurantes y de kioscos de periódicos; surgiendo en la misma época la prostitución de jóvenes hombres y mujeres de quince años y menos que se ofrecían en las avenidas, parques, plazas y lugares públicos diversos, donde se comercializa sexo asiduamente y por poco dinero y en forma rotativa3. Es desde fines de los sesenta que se sitúa la aparición de prostitución masculina y femenina practicada por adolescentes, situación que en los albores del siglo XXI no hace más que agudizarse.

Entre los años sesenta y setenta, la prostitución sufrió altos y bajos al ritmo de la sociedad de la época: se liberaron muchas costumbres de prácticas sexuales, especialmente en las mujeres y se cuestionaban los patrones de sexualidad impuestos desde tiempos inmemoriales por las rígidas costumbres de la religión católica y los reforzamientos higienistas desde el Estado4.

A partir del golpe de Estado, en 1973, la prostitución sufrirá las transformaciones sociales, económicas, culturales y represivas que se instalarán con la dictadura militar conculcando todos los derechos laborales, políticos, reducción de empleos en el sector público y cesantía obligada de miles de trabajadoras y trabajadores por represión política y ajuste económico decretado por los sectores empresariales en concordancia con los ajustes económicos internacionales en la década de los ochenta5.

Esta implantación de nuevas políticas económicas que llevaron a una reconcentración de la riqueza y a la pauperización económica de sectores importantes de la población se contraponía a un incentivo de consumo contrastado con una cesantía generalizada que a mediado de los ochenta afectó a la mayoría de las chilenas y chilenos: En 1984, un sacerdote, el padre Hernán Alessandri, denunciaba el hecho "…que muchas niñitas de enseñanza básica se ubicaban en fábricas, supermercados, paraderos de taxis o de locomoción colectiva, ofreciéndose por 200, 100 y hasta 10 pesos…" (Ver nota 3) denuncia que significó la instauración de un reglamento sobre Enfermedades de Transmisión Sexual, prohibiéndose el funcionamiento de prostíbulos, casas de cita o tolerancia destinadas al comercio sexual, prohibiendo al mismo tiempo la propaganda y publicidad que incentivara a dicha actividad, quedando excluido de estas orientaciones los topless, saunas y casas de masajes que son vistas como servicios no sexuales.

Abusos sexuales

Las afectadas, mujeres de casas de tolerancia, protestaron por lo que ellas consideraban sus fuentes de ingreso. Desde mediados de los ochenta queda claramente explicitada en Chile la relación entre comercio sexual y mercado económico, quedando de manifiesto que la degradación de la situación laboral de miles de mujeres seguía imponiéndoles estas formas de obtención de recursos, no sólo para satisfacer deseos consumistas o necesidades de acceso a una mejor calidad de vida en lo económico, sino que para la alimentación y la subsistencia de ellas, sus hijas e hijos y entorno. El comercio sexual se muestra como una estrategia de sobrevivencia para sectores importantes de poblaciones, no sólo mujeres, sino además jóvenes adolescentes y hasta niños.

A mediados de los años noventa, el comercio sexual se instaló definitivamente como un producto más del mercado sin mayores denuncias sociales.

El incremento de la violencia en las relaciones sociales y especialmente la difusión de la violencia al interior de las familias y de los abusos sexuales y malos tratos hacia mujeres y niños ha significado una puesta en los medios de comunicación de problemáticas que dan cuenta casi patológicamente de una situación que está en directa relación con el desarrollo de un sistema económico neoliberal que ha resquebrajado los cánones tradicionales respecto a la sexualidad. La vuelta del objeto sexual a través de la publicidad masiva y la contradictoria situación económica, de creciente cesantía y falta de oportunidades, ya no sólo para las jóvenes generaciones que entran al mercado sino que además segregando de este a los adultos mayores y la ruptura de lazos sociales basados en la solidaridad humana han sido factores de incentivo del mercado sexual para la subsistencia y el acceso a los sueños materiales del capitalismo actual.

La oferta laboral para las mujeres sigue siendo mayoritariamente la de oficios mal remunerados y un desincentivo permanente por razones económicas y culturales a continuar la escolarización y la formación profesional o de oficios para la juventud actual.

En Chile, la prostitución, así como tiene una historia, tiene una reglamentación respecto a su ejercicio que concierne sólo a las mujeres, éstas deben acudir mensualmente a un Centro de Enfermedades de Transmisión Sexual y deben tener consigo un carné sanitario que acredite que no son portadoras de alguna enfermedad venérea, al mismo tiempo que señala que no se permiten los prostíbulos, contradiciéndose esta reglamentación con el Código Penal en donde está estipulado el delito de ofensa a la moral que puede ser aplicado a las mujeres que ejercen la prostitución callejera6.

La prostitución juvenil e infantil, sin ser un fenómeno nuevo, adquiere mayor presencia a partir de la década de los ochenta, dado el aumento de adolescentes que ejercen el comercio sexual. Situación que es difícil de analizar o ha sido poco estudiada; no existen registros directos a pesar del reconocimiento a través de instituciones como el SENAME (Servicio Nacional de Menores) y de la deducción que se puede hacer a través de los menores ingresados a la tutela de este servicio por situaciones de familias y vidas irregulares. En 1996 ingresaron a diversos centros del SENAME, 50.000 menores de ambos sexos a través de todo el país, sólo 80 casos se registraron como prostitución, 70 de entre ellos mujeres y 10 hombres, situación que no daría cuenta si se sigue la prensa del periodo informando de diversos casos de prostitución infantil en diferentes lugares7.

El aumento de la prostitución infantil y la mercantilización de la misma se puede observar en la interacción de varios factores: la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza que a pesar de las tasas de crecimiento económico no logra satisfacer las necesidades básicas de una gran parte de la población chilena; el 20 por ciento de la población percibe el 57 % de los ingresos y el 20 % más pobre percibe sólo un 4% de los mismos, situación de carencias económicas contrapuestas a un constante incentivo al consumo. Una de las causas inmediatas de la globalización es la incorporación masiva a nivel mundial de niños al trabajo mal remunerado por necesidades de subsistencia. “Alrededor de 100 millones de niños tienen que trabajar para ayudar a sus familias. En Chile más de un tercio de la población vive en condiciones de pobreza”8. Las familias se han transformado en la unidad básica de la sobrevida de los seres humanos, sin distinción de sexo ni edades, perdiendo aceleradamente el carácter de célula comunitaria y protectora y realizándose como una unidad económica, sin lograr satisfacer las necesidades y expectativas de grandes núcleos familiares de la población chilena; es así que asistimos a lo que Guy Santibañez ha llamado la deambulación familiar –total o parcial– para conseguir fuentes de ingresos, al alto costo a la mantención de la familia, entre los que se encuentran derechos básicos como la salud, la educación y el bienestar social.

Un debate público necesario que nos interpela en lo cotidiano frente a los cambios de paradigmas y responsabilidades sociales que hoy día se discuten en diversas regiones del mundo pero que tienen componentes diferenciados según los países analizados y el acceso a mercados de trabajo sin protecciones sociales y en condiciones de precariedad e inestabilidad del empleo.

  1. Gabriel Salazar, Labradores, peones y proletarios. El peonaje femenino: Iniciativa empresarial, servidumbre y proletarización (1750-1900) Santiago, Sur, 1985.
  2. Alvaro Góngora E., La prostitución en Santiago. 1813-1931, Santiago, Editorial Universitaria,1999.
  3. Teresa Lastra, Las Otras Mujeres, Santiago, Aprodem, 1995.
  4. Verónica Mahan Marchese, La prostitución en una sociedad en cambio (1964-1973). Testimonios de clientes habituales en prostíbulos de las calles de San Camilo, en Santiago y Clave en Valparaíso. Tesis de Licenciatura. Santiago, Universidad de Chile, 1997.
  5. Teresa Lastra Torres, op. cit.
  6. Paulina Vidal, Sexualidad y Comercio sexual, Santiago, Instituto de la Mujer, 1995.
  7. Denisse Araya C. y Patricia Latorre G., Las Hijas del desamor, prostitución juvenil. Santiago, Raíces, 1997.
  8. Guy Santibañez H., Fenomenología de la Crisis: Cesantía y Alienación. Santiago, U-Noticias, Año 4, Nº 24, Universidad de Chile, junio 2001.
Autor/es Margarita Iglesias Saldaña
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Agosto 2001
Temas Derechos Humanos, Prostitución
Países Chile