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No es cierto, Manolo

Así decía la portada de Il Manifesto el domingo 19 de octubre, y el periódico amigo se me cayó de las manos mientras caminaba por una calle de Rapolano, muy cerca de Siena. El otoño cubría de oro la campiña toscana y, apenas unas horas antes, los organizadores de "Greenaccord", un encuentro sobre ética y comunicaciones, habían leído un saludo de Manuel Vázquez Montalbán en el que hacía llegar a los escritores y periodistas venidos de todos los confines del planeta su mensaje cargado de rigor urgente.

Si tuvimos un escritor querido y admirado, ese fue Manolo. Serio y profundo, pero jamás grave. Consecuente con su ilimitada cultura y por ello desacralizador de la "inteligentzia". Pocos hombres son capaces de entender que el prestigio ganado a pulso y talento es también un adoquín de las necesarias barricadas. Así lo recordarán siempre los chilenos, bañado por los carros lanza agua, lloroso por efecto de las bombas lacrimógenas, con más de un moretón recuerdo de un bastonazo, pero insistente mientras repartía los panfletos que llamaban a terminar con la dictadura. Así lo recordarán las Madres de la Plaza de Mayo y los chicos de HIJOS, en primera fila, marchando entre soles argentinos y esperanzas que alumbraban aún más. Así lo recordarán los mexicanos de Chiapas, solidario y curioso, impasible frente a la voracidad de los mosquitos de la selva lacandona, agradeciendo un vaso de agua o una tortilla en tzotzil o tojolabal. Así lo recordaremos todos los que asistimos a la investidura de Marcelino Camacho como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valencia, hace menos de seis meses. Éramos pocos los que acompañábamos a ese gran sindicalista, a ese gran compañero que dejó los mejores años de su vida en las cárceles del franquismo. Éramos pocos pero Manolo estaba con nosotros para recordarnos que nuestra ligazón con la izquierda no es puramente sentimental, como aseguran los pobres hombres desprovistos de principios, o de principios cambiados por un plato de lentejas made in USA. Manolo nos insistía que nuestra ligazón con la izquierda se sustentaba en valores imperecederos y era moral, intelectual y viva.

Gianni Mina, el imprescindible periodista italiano proscrito por los acólitos berlusconianos, caminaba cabizbajo y musitaba "no es cierto, Manolo, no es cierto", porque la ausencia de Manolo nos deja un enorme vacío bajo los pies. Cuando en América Latina, en Italia o Francia alguien nos preguntaba "¿cómo está Manolo?", nos consultaba por un hombre-historia-continente con un sólo punto cardinal: el norte de la solidaridad.

Ahora no sabremos qué responder, no echaremos mano a la libreta para desplegar el recorte con alguna de sus crónicas, de sus punzantes y certeras percepciones de la realidad, y de su humor, sobre todo de ese humor que nos hacía fuertes frente a la felonía y al cretinismo que caracteriza a los que tienen la sartén por el mango. Nos hemos quedado solos y algo más apátridas en Bangkok.

Mientras escribo éstas líneas llueve en Asturias y recuerdo algunas caminatas con Manolo luego de comer en La Ciudadela, con el mar gijonés como telón de fondo para dejar que alguna estupenda lubina a la sal se transformara en añoranza, mientras él desgranaba percepciones, puntos de vista, agudas observaciones sobre el tratado de libre comercio o la política exterior española, o acodados en una barra de Cimadevilla, bebiendo el whisky del amanecer, mientras Manolo detallaba a un par de jóvenes escritores algunos trucos del oficio para hacer coincidir las líneas narrativas, o en Gotemburgo cuando, invitados por una universidad asistimos al más espartano coctail de inauguración, con "la fugacidad del salmón y la evanescencia del cava" como protagonistas, según recordaba el mismo Manolo, y un bardo chileno que se encargó de arruinar la intervención de Javier García Sánchez. Javier apenas había empezado una estupenda disertación sobre literatura contemporánea, cuando fue interrumpido por el vozarrón del bardo declarando que "la poesía es un oficio de palabras". Comprensivo y cortés, Javier continuó otros treinta segundos y una vez más se enteró de que "la poesía es un oficio de palabras". Los estudiantes suecos y latinoamericanos querían escuchar a García Sánchez, el Decano, también chileno, sugirió sacar al bardo a patadas, pero éste buscó una mirada comprensiva y se encontró con los ojos de Manolo, que respondió con un gesto de aquiescencia, lo que dio alas al poeta chileno y repitió unas treinta veces que "la poesía es un oficio de palabras". Aquel bardo nunca supo que su consigna se transformó en un saludo, en una llamada práctica que evitaba tener que gritar nuestros nombres en el tumulto de un aeropuerto o una feria del libro. Bastaba con exclamar "la poesía es un oficio de palabras", para que el abrazo inaugurara otro encuentro inolvidable.

Afuera sigue lloviendo. Tal vez sea hora de tomar un trago de pie frente al librero, frente a Manolo que sigue ahí, con la fuerza incombustible de sus libros.

Autor/es Luis Sepúlveda
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Diciembre 2003
Temas Literatura
Países Chile